El hombre, ¿animal o espíritu?

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 El hombre no es solamente un animal. Pero también el hombre es animal. Podríamos decir que el hombre es animal espiritualmente y es espíritu “animalmente”.

Estas afirmaciones nos ponen ante el misterio personal de cada uno de los hombres y mujeres de nuestro planeta, y sirven para evitar errores que se dan no pocas veces a la hora de explicar lo que es el hombre.

En efecto, algunos creen que el hombre es sólo un animal. Más desarrollado, más complejo, más problemático, más peligroso. Pero animal, al fin  y al cabo.

Como los animales no son libres, tampoco son responsables de sus actos. Hacen lo que hacen porque no pueden no seguir sus instintos (que pueden ser más sencillos o más complejos). De lo contrario, habría que establecer tribunales para condenar a los animales que “hacen mal uso de su libertad”.

Si el hombre fuese simplemente un animal, cuando uno roba no debería ir a la cárcel. Quizá lo mejor, entonces, sería modificar aquella parte del cerebro que tiene dañada.

No hace muchos años, un profesor de filosofía de la Universidad de California, en San Diego, volvía a proponer que se “curasen” a ciertos criminales con medicinas o con operaciones neuronales, de forma que se les quitase totalmente su agresividad. Que esto se haga con un animal, es posible que muchos lo acepten. Sin embargo, no deja de suscitar inquietud el que tratamientos de este tipo puedan aplicarse, incluso con la fuerza, sobre aquellos hombres que sean definidos como “no normales”. Además, ¿quién dice que uno es o no es normal?

Pero el hombre también es animal. Es decir, vive en un mundo de sensaciones, de reflejos, de pulsiones instintivas, de gravitación universal y de oxígeno que entra por los pulmones para sostener el complejo sistema de nuestros órganos.

La “animalidad” no puede ser dejada de lado, como si fuésemos un espíritu, un ángel, que “usa” un cuerpo. Por desgracia, la tentación del angelismo ha tenido su fuerza en diversos momentos de la historia. Hoy, todavía, existen quienes dicen que el hombre no puede someterse a las leyes biológicas, porque es libre. Y, como es libre, puede hacer con su cuerpo lo que quiera.

Con ideas como estas es lógico que se fomente, por ejemplo, la contracepción, la esterilización, la amputación y venta de órganos (pues cada quien puede hacer con su cuerpo lo que quiera), la prostitución, la drogadicción y el alcoholismo, etc. Lo que pasa es que luego las leyes biológicas pasan la cuenta. Un hombre o una mujer que han “jugado” con su cuerpo como si fuese un muñeco al que se pueden quitar o poner piezas a gusto del consumidor, tarde o temprano se dará cuenta de que algo no funciona, de que se ha abusado no del cuerpo, sino de uno mismo, que es también cuerpo, animal, “de carne y hueso y un poco de pescuezo...”.

Por eso nos resulta vital comprender lo que somos. Somos animales espirituales y somos espíritus animales. O, en palabras clásicas, somos una unidad inseparable de alma y de cuerpo.

No podemos pensar alta matemática sin el apoyo fundamental (a nivel físico) de las neuronas del cerebro. No podemos hacer bien la digestión si estamos preocupados (a nivel espiritual) por algo que nos pase en la familia o en el trabajo.

También la oración, ese momento en el que elevamos lo más profundo de nuestro ser al Dios que nos ha creado y redimido, es realizada con todo nuestro ser, con el alma y con el cuerpo. Por eso los santos, en sus momentos de éxtasis, llegan incluso a elevarse sobre el suelo: el cuerpo participa de algún modo en las actividades superiores del espíritu.

Hay corrientes de pensamiento que quieren reducir al hombre a lo puramente animal. Hay otras corrientes que defienden un dualismo exagerado. Muy pocas, aunque las hay, son las voces que promueven un “angelismo” anacrónico.

Frente a estos reduccionismos, resulta imprescindible conocer al hombre, según el famoso mandato escrito en un templo griego: “conócete a ti mismo”. Un hombre que es espiritual y corporal, que escribe novelas y que se indigesta cuando toma fresas mal preparadas.

Sólo así respetaremos nuestra vida biológica y la de todos los que viven con nosotros (también la de los niños en el seno de su madre). Sólo así sabremos que somos algo grande, libertades e inteligencias, pero encarnadas, “animaladas”. Reconoceremos entonces que en cada uno de nuestros gestos y palabras, medibles físicamente, se esconde el misterio de un espíritu que inició su vida el día de su concepción y que espera vivir, eternamente, también con un cuerpo glorioso cuando llegue el día de la resurrección.