Honrados y Felices

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Honrados y Felices

La vida nos da muchos golpes. Quizá lo que más nos duele es ver que, por querer ser buenos, por cumplir con nuestro deber, las cosas nos salgan mal. Si me paro ante el semáforo en rojo, el coche de atrás choca contra mí, y, encima, se pone a insultarme. Si pago los impuestos, mis compañeros se ríen de mí, porque dicen que ya nadie tiene esos "escrúpulos". Si el esposo no engaña a la esposa lo toman por tonto, porque hoy muchos buscan disfrutar al máximo de la primera aventura amorosa que se asome por el camino...

Nos duele ver a otros tan contentos con sus trampas. Ellos "lo pasan bien", ascienden en el trabajo, tienen más dinero y mejores casas, mientras que nosotros nos quedamos ahí, como un don nadie.

Entonces nos preguntamos: ¿para qué portarse bien, vivir según los principios, según la moral? ¿Qué ganamos con la honradez?

A veces escuchamos el caso de un empresario honesto. Le piden que calumnie a otra persona. Se niega, y a los pocos días inventan un motivo para acusarlo y logran que la justicia (¡la justicia!) lo meta en la cárcel. ¿Valió la pena ser honesto?

Otras veces es el caso de una esposa abandonada por su marido: queda en casa de sus padres, con los hijos. Después de varias semanas se entera de que su esposo ya está con otra. Pasan los meses, y ni siquiera le manda el dinero para los gastos familiares. Pronto muchos de sus amigos, quizá incluso los mismos familiares, le dicen: "¿para qué sigues ahí, como tonta? Búscate a otro, ya que tu marido te ha traicionado". ¿De verdad es tonta la esposa que se mantiene fiel en estas circunstancias?

Un obrero piensa que no debe robar en su empresa. Algunos compañeros de trabajo lo hacen, y pronto ve que Fulano ya tiene una nueva televisión, que Mengano va a comprarse un coche nuevo, que Perengano tiene hasta su computadora e internet. Un día, su esposa le regaña: "Si los demás lo hacen, ¡no tengas miedo! Mira que en casa nos hace falta una buena lavadora..."

La ética parece no estar de moda. Los escándalos públicos y las mismas dudas personales nos hacen pensar que, en este mundo, "el que no transa no avanza". Pero ahí siguen los hombres y las mujeres "raros", que viven según sus principios: son fieles a su conciencia, no saben robar aunque muchos lo hagan, no saben engañar al esposo o a la esposa. ¿Por qué?

Todos queremos ser felices. El problema es saber encontrar el camino correcto. Para algunos, felicidad y placer son lo mismo. Para otros, la felicidad es algo más profundo, una conquista personal que respeta a los otros, que se construye cada día, a base de justicia, respeto, lealtad a la amistad y al amor. Una felicidad que nace del gusto de haber cumplido los propios deberes, de la sencillez de una vida quizá pobre pero honesta.

Las normas son pesadas si no hay amor. El esposo abandonado (también los hay) que ni siquiera puede ver a sus hijos porque los jueces se lo han prohibido, puede sentir un deseo fuerte de venganza. Pero también sabe que, si se venga, añadirá dolor e injusticia a aquellos a los que tanto ama. La venganza no arregla nada. Ese mismo esposo, si ama a fondo, hasta el heroísmo, perdonará. Si ama, esperará. Si ama, mirará al cielo, donde quienes lloraron en la tierra son consolados por el Dios de la justicia y del perdón.

Es difícil defender la honestidad si hemos olvidado el cielo. Las mil sorpresas de la vida nos asustan, nos desaniman, nos hacen pensar que lo que todos hacen "funciona", aunque engañemos a un hermano o calumniemos a un compañero de trabajo. Pero a los ojos de Dios y a los ojos de la propia dignidad, por más beneficios materiales que pueda proporcionarnos un comportamiento deshonesto, sabemos que algo no está bien, que la felicidad profunda no se encuentra en una vida que obedece las órdenes del egoísmo y del capricho, llena de trampas y de arreglos a escondidas...

Sí, pero... Alguno dirá que los héroes son para otras épocas... No nacen santos de debajo de las piedras...

A pesar de todo, en muchos rincones del planeta, sin que la prensa o la televisión lo sepa, hay héroes que son honestos, buenos, santos. Quien los ha visto sabe que la felicidad sí puede florecer también en la pobreza o la desgracia, cuando uno sabe amar a Dios, defender la justicia y respetar su conciencia. Hacer la experiencia es cosa de pocos, aunque todos pueden intentarlo. Vale la pena, para esta vida y para un cielo en el que sólo entran los limpios, los justos, los misericordiosos, los honestos...