Humanizar la técnica I

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Es frecuente en la literatura fantástica encontrar obras futuristas en las que se presagia un oscuro mañana en el cual el hombre pasa a estar dominado por las máquinas, obra de sus manos: “Matrix”, “1984”, “Un mundo feliz” son algunos de los títulos más conocidos con esta trama. Son ficciones interesantes para hacer una película y cuestionarnos sobre los límites de la técnica. El Papa nos invita a plantearnos si no será necesario replantear la técnica, para no sacrificar lo más específicamente humano en aras de un supuesto –por reductivo- progreso tecnológico, acercándonos peligrosamente a los presagios de esas ficciones.

En un pasaje de su reciente encíclica, casi podríamos adivinar el desahogo del Papa al contemplar la indiferencia e insensibilidad a la que han llegado amplios sectores de la sociedad contemporánea: “Sorprende la selección arbitraria de aquello que hoy se propone como digno de respeto. Muchos, dispuestos a escandalizarse por cosas secundarias, parecen tolerar injusticias inauditas”. Nos molesta el humo del cigarro o el fabricar abrigos de pieles, pero aceptamos la experimentación con embriones, la manipulación genética, la clonación humana, etc. Todo con el sencillísimo argumento de “si podemos, ¿por qué no vamos a hacerlo?”

Con su carácter automático e impersonal, la técnica parece imponerse por sí misma o ser ajena a las dimensiones éticas de actuar humano. Sin embargo aquellos que detonaron la bomba atómica en Hiroshima o Nagasaki difícilmente estarían dispuestos a admitirlo. La técnica es obra humana y como tal somos responsables de ella; tiene un carácter de medio, debe servir al hombre o se vuelve monstruosa. “La técnica es el aspecto objetivo del actuar humano, cuyo origen y razón de ser está en el elemento subjetivo: el hombre que trabaja. Por eso, la técnica nunca es sólo técnica. Manifiesta quién es el hombre y cuáles son sus aspiraciones de desarrollo, expresa la tensión del ánimo humano hacia la superación gradual de ciertos condicionamientos materiales”.  Nos dice quiénes somos y sobre todo quiénes queremos ser.

El problema radica en la prepotencia técnica. Es decir, nos ha permitido transformar el mundo y nuestra vida; goza de múltiples ventajas y no estamos dispuestos a renunciar a ella. Sin embargo, no debemos olvidar sus aspectos nocivos –bombas nucleares, armas biológicas- ni absolutizarla, sobre todo no debe ocupar el lugar de la conciencia moral del hombre. “El desarrollo tecnológico puede alentar la idea de la autosuficiencia de la técnica, cuando el hombre se pregunta sólo por el cómo, en vez de considerar los porqués que lo impulsan a actuar. Por eso, la técnica tiene un rostro ambiguo. Nacida de la creatividad humana como instrumento de la libertad de la persona, puede entenderse como elemento de una libertad absoluta, que desea prescindir de los límites inherentes a las cosas. El proceso de globalización podría sustituir las ideologías por la técnica, transformándose ella misma en un poder ideológico, que expondría a la humanidad al riesgo de encontrarse encerrada dentro de un a priori del cual no podría salir para encontrar el ser y la verdad”.

“Esta visión refuerza mucho hoy la mentalidad tecnicista, que hace coincidir la verdad con lo factible. Pero cuando el único criterio de verdad es la eficiencia y la utilidad, se niega automáticamente el desarrollo. En efecto, el verdadero desarrollo no consiste principalmente en hacer. La clave del desarrollo está en una inteligencia capaz de entender la técnica y de captar el significado plenamente humano del quehacer del hombre, según el horizonte de sentido de la persona considerada en la globalidad de su ser. Pero la libertad humana es ella misma sólo cuando responde a esta atracción de la técnica con decisiones que son fruto de la responsabilidad moral. De ahí la necesidad apremiante de una formación para un uso ético y responsable de la técnica”. La técnica es una realidad profundamente humana, pero no es la única, ni la exclusiva, ni la más importante. Es solo una forma de racionalidad que padece de hipertrofia; es necesario un ejercicio sapiencial que permita restituirla a su puesto original, de ser una de las formas –y no la más importante- de racionalidad humana.

“Deberíamos preguntarnos por qué las decisiones de tipo técnico han funcionado hasta ahora sólo en parte. La causa es mucho más profunda. El desarrollo nunca estará plenamente garantizado plenamente por fuerzas que en gran medida son automáticas e impersonales, ya provengan de las leyes de mercado o de políticas de carácter internacional. El desarrollo es imposible sin hombres rectos. Cuando predomina la absolutización de la técnica se produce una confusión entre los fines y los medios, el empresario considera como único criterio de acción el máximo beneficio en la producción; el político, la consolidación del poder; el científico, el resultado de sus descubrimientos”. Esta ceguera denota falta de sabiduría, que en la postura clásica es el saber arquitectónico, que ubica a los demás en su puesto preciso, al servicio del hombre; esta sabiduría es la que busca restaurar Benedicto XVI.