Humildad, Sinceridad y Verdad

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Si me preguntáis qué es lo más esencial en la religión y en la disciplina de Jesucristo —escribió San Agustín—, os responderé: lo primero es la humildad, lo segundo, la humildad, y lo tercero, la humildad (Epístola 118, 22). Y esto es así porque la humildad es la morada de la caridad (De sancta virginitate 51). Entonces, para ser mejores instrumentos en las manos de Dios, hemos de fomentar la humildad.

Las palabras de San Agustín deberían hacernos temblar: “Los otros vicios nos hacen cometer obras malas; pero el orgullo ataca incluso a las obras buenas para hacerlas perecer”.

La verdadera humildad está mucho en estar prontos a contentarse con lo que el Señor quiera hacer de mí, decía Santa Teresa. Pensar si hay esa disponibilidad en mí.

Juan Pablo II decía que le tenía más miedo al estado de bienestar de Suecia que a la persecución de Stalin. La persecución nos hace vibrar; el bienestar lleva a la tibieza al aburguesamiento del alma.

A veces pensamos: “Esta persona, ¡qué centrada está, qué ubicada!. ¿Cómo le hace?...¡Cuánto ayuda la humildad a ubicar las cosas! Es como un punto de vista certero.

Si la ayuda que me dan me molesta es por soberbia. Que detectemos: “Esta rebeldía tan curiosa es... soberbia”.  Quizás para probar nuestra fe, a veces, el Señor puede disponer que los frutos de su gracia y de nuestra correspondencia, permanezcan ocultos por algún tiempo, incluso largo. El Señor puede permitir que en nuestra vida haya tiempos en que las circunstancias resulten más costosas. Son momentos de oro –de purificación- donde se pueden ejercitar la paciencia y la humildad, por amor a Dios. Con vuestra paciencia salvaréis vuestras almas, dice el Señor en el Evangelio (Lucas 21, 19).

Para aumentar la humildad hay tres cosas que pueden ayudar:
a) oración, para sintonizar con Dios;
b) examen de conciencia;
c) espíritu de servicio.

El hombre siempre ha querido ser como Dios y el hombre ha tenido siempre derecho en desear esa semejanza. Se equivocó sólo cuando alguien sobre un árbol le dijo que ser como Dios era ser independiente de Dios; tuvo razón cuando Alguien más en el Árbol de la Cruz le dijo que ser como Dios era ser dependiente de Él en la forma que lo es un hijo. Esto es lo sobrenatural (Fulton Sheen, Errores y verdades, Ed. Azteca, p. 107).

Escribe una dramaturga francesa, Gabriela Bossis, lo que le dice Jesús: Nada es imposible para la efusión de la Sangre de mi Corazón; sin embargo, hay que someter todas las cosas a la voluntad de mi Padre, que ama vuestra sumisión. La sumisión es la expresión de la humildad. Mis mayores milagros fueron hechos para los más humildes, para los que me decían: ‘Yo no soy digno’…o ‘di una sola palabra’… O como San Juan: ‘Yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia’. O como la mujer que dijo: ‘Los perritos comen las migajas que caen de su mesa’. Recuerda lo que te dijeron hace poco: ‘Somos demasiado grandes para ser santos’. ¿Sabes tú que en medio de las otras mujeres mi Madre se creía la última de todas? … Ofréceme seguido las virtudes que Ella tuvo en la tierra. (El y Yo, Gabriela Bossis n. 187).

Michel Esparza dice: “A la larga, el orgullo siempre resulta ser el peor de los vicios y la humildad la más importante de las virtudes” (La autoestima del cristiano, p. 28). Michel Esparza dice que el orgullo es competitivo y cegador. Dice “Lo peor que tiene el orgullo es que es insaciable y competitivo. El orgullo de cada persona –escribe Lewis- está en competencia con el orgullo de todos los demás. Es por que yo querría ser el alma de la fiesta por lo que me molestó tanto que alguien más lo fuera. Dos de la misma especie nunca están de acuerdo. Lo que es necesario aclarares que el orgullo es esencialmente competitivo –es competitivo por su naturaleza misma-, mientras que los demás vicios son competitivos sólo por accidente. El orgullo no deriva del placer de poseer algo, sino sólo de poseer algo más de lo que el vecino posee.

La gente no está orgullosa de ser rica, inteligente o guapa. Están orgullosos de ser más ricos, más inteligentes o más guapos que los demás. Es la comparación lo que nos vuelve orgullosos: el placer de estar por encima de los demás. Una vez que el elemento de competición ha desaparecido, el orgullo desaparece.

La soberbia introduce un elemento de falsedad tanto en la percepción de uno mismo, como en la percepción de los demás. Lleva a ver a los demás como rivales potenciales que ponen en peligro la propia excelencia. “Desde el momento en que tenemos un ego –explica Lewis-, existe la posibilidad de poner a ese ego por encima de todo –de querer ser el centro- de querer, de hecho, ser Dios. Ese fue el pecado de Satán”.

El cristianismo es paradójico, bien lo entendió San Juan de la Cruz cuando escribe: Pierde si quieres ganar. / Baja si quieres subir. / Sufre si quieres gozar. / Muere si quieres vivir.

A pesar de la diferencia entre nuestra naturaleza y la de los ángeles, el problema es, a fin de cuentas, el mismo para todos: el combate entre el orgullo y la humildad.

El santo Cura de Ars decía: “La humildad es el gran medio para amar a Dios. Es nuestro orgullo lo que nos impide ser santos” [1]. “No hay nada que ofenda tanto al buen Dios como la falta de esperanza en su misericordia. Es nuestro orgullo el que nos impide avanzar hasta la santidad. Las tentaciones más temibles, que llevan a la perdición a más almas de las que pensamos, son los pequeños pensamientos de amor propio, los pensamientos de estima de nosotros mismos, los pequeños aplausos de autosatisfacción por todo lo que hacemos, por lo que se dice de nosotros”.

“Una persona orgullosa piensa que todo lo que hace está bien hecho; quiere dominar sobre todos, siempre cree que tiene razón; cree que su opinión es mejor que la de los demás. Por el contrario, cuando a una persona humilde y santa se le pide su opinión, la da siempre con serenidad, después de haber escuchado la de los demás. Tengan razón o no, no replicará nada”.

¿Qué vemos cuando estamos a la luz? Vemos que somos pecadores y débiles, pero vemos mucho más. Vemos que en esta guerra somos, con mucho, la parte más fuerte. La gracia compensa nuestra debilidad. Con su ayuda somos capaces de hacer lo que no podríamos hacer por nosotros mismos: a saber, amar perfectamente y sacrificarnos totalmente [2].

Fray Luis de Granada escribe en su Guía de pecadores: La soberbia “es apetito desordenado de la propia excelencia”. La soberbia es reina y madre de todos los vicios. “La humildad hace de los hombres ángeles, y la soberbia, de los ángeles demonios” (p. 426). “Así como el principal fundamento de la humildad es el conocimiento de sí mismo, así el de la soberbia es la ignorancia de sí mismo”. Mayor cuidado debemos poner en mirar lo que nos falta que lo que tenemos. “Si deseas alcanzar la virtud de la humildad, sigue el camino de la humillación; porque si no quieres ser humillado nunca llegarás a ser humilde” (p. 433) (...). “En el sufrimiento de las injurias se conoce el verdadero humilde” [3].

El famoso escritor inglés, G. K. Chesterton, decía: “Si no podemos hacer que los hombres vuelvan a gozar de la vida ordinaria que los modernos llaman insípida, toda nuestra civilización estará en ruinas dentro de unos años...

Jacques Philippe dice que “el hombre libre, el cristiano espiritualmente maduro –es decir, el que se ha convertido en hijo de Dios-  es aquel que ha experimentado su auténtica nada, su absoluta miseria”…, pero en ese abismo ha acabado descubriendo una ternura inefable, el amor incondicional de Dios; sólo tiene un apoyo: la misericordia divina; ésta es su total seguridad, su apoyo en Dios lo mantiene protegido de cualquier contratiempo (cfr. La libertad interior, p. 158).

Nos cuesta dar el brazo a torcer. “Cuando una persona inclina la cabeza ante Dios, Dios se la corona” (anónimo, citado por Eliécer Sálesman en El Evangelio explicado 1, p. 5).

La calidad de caridad está en la capacidad de escucha, de oír y comprender a los demás, pero, ¿cómo escucho a Dios y a los demás?