Importancia de rezar por las vocaciones

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Importancia de rezar por las vocaciones

ORDENACIÓN PRESBITERAL y DIACONAL

Homilía de monseñor Alfonso Delgado, arzobispo de San Juan de Cuyo (Iglesia catedral, viernes 11 de julio de 2008)

Hech 6, 1-7b - 2 Cor 4, 1-2.5-7 - Mt 9, 35-38

Queridos hermanos y hermanas en Jesucristo, queridos sacerdotes y diáconos, queridas religiosas, queridos seminaristas y formadores y profesores del Seminario de San Juan:

Demos gracias a Dios porque la Iglesia Católica en San Juan de Cuyo hoy puede pedir al Señor la ordenación diaconal y presbiteral de dos hermanos nuestros: de Martín, como diácono camino hacia el sacerdocio, y de Sergio, como presbítero.

Dejemos que nos ilumine la Palabra de Dios que hoy transmiten el evangelio de Mateo, los escritos del apóstol Pablo y el libro de los Hechos de los apóstoles, escrito por el evangelista Lucas.

 

Miremos a Jesús

Miremos de cerca a Jesús recorriendo todas las ciudades y pueblos, enseñando y proclamando la Buena Noticia del Reino de Dios y sanando todas las dolencias humanas, al mismo tiempo que comparte con sus discípulos –y con nosotros– los sentimientos de su corazón de Dios y de hombre verdadero. Compara a esas muchedumbres que estaban como vejas sin pastor con algo que todos ellos observan a la vera del camino: campos sembrados a punto para la siega esperando manos dispuestas a levantar la cosecha. “La cosecha es abundante –les dice– pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha”. Y no sólo lo expresa con palabras. Otro evangelista cuenta la oración de Jesús durante toda la noche, antes de llamar a sus discípulos y elegir a los que serían sus Apóstoles.

La oración llena de fe y con constancia es la forma señalada por Dios para que siempre haya discípulos entregados y dispuestos a hacer presente en la Iglesia y en el mundo el sacerdocio de Cristo. Tenemos que orar mucho por las vocaciones, con humildad, alegría y fe. Cuando todo el pueblo cristiano (obispo, sacerdotes, diáconos, religiosos, fieles laicos) y –específicamente– cada comunidad parroquial oran insistentemente a Dios por las vocaciones en la Iglesia, se percibe un florecimiento en la apertura a la llamada de Dios.

Al rezar por las vocaciones sacerdotales estamos orando por todas las vocaciones en la Iglesia de Dios: al diaconado permanente, a la vida religiosa, a la santidad del matrimonio, al apostolado en medio del mundo, a la misión en los pueblos que no conocen al verdadero Dios y a tantos servicios de fe y de caridad que el Señor suscita en el corazón de los cristianos. Precisamente el Papa Juan Pablo II, al referirse a la vocación y misión de los fieles laicos en la Iglesia y en el mundo, nos ha recordado que el sacerdocio ministerial tiene como finalidad y está ordenado al servicio de todo el Pueblo de Dios, y que los fieles –absolutamente todos– necesitamos del sacerdocio ministerial para nuestra vida cristiana y para participar con fruto en la misión salvadora de la Iglesia (Cf. Christifideles laici, 22).

Por eso quisiera agradecer a Dios por su gran misericordia. Y dar gracias a cada uno de ustedes por la oración diaria, constante y perseverante por las vocaciones. Cuando una comunidad parroquial reza y trabaja con fe y entusiasmo, en ese ámbito florece (o “reflorece”) el fruto de la gracia, de la llamada de Dios y de la respuesta generosa al Señor. ¿Cuánto oramos cada día por las vocaciones de la Iglesia? ¿Cuánto rezo yo? ¿Cuántas vocaciones surgen cada año en nuestra comunidad parroquial? ¿Nos imaginamos una vocación sacerdotal al año en cada de nuestras 40 parroquias?

Hoy también quisiera agradecer y alentar a la Obra de las Vocaciones Eclesiásticas (la “OVE”) por rezar y alentar a toda la comunidad cristiana a orar por esta intención tan importante y por trabajar para obtener recursos para el sostenimiento del Seminario. Y si en alguna Parroquia no funcionara establemente la Obra de las Vocaciones, es importante que esta tarea comience cuanto antes, con el Párroco a la cabeza. Es admirable cómo muchas comunidades se reúnen junto al Sagrario para pedir por las vocaciones, con la mirada puesta en las necesidades de la Iglesia universal.

Muy especialmente quisiera dar gracias por la oración y la tarea silenciosa y fecunda del Seminario de San Juan, que nos dejó nuestro querido Mons. Di Stefano. Gracias a sus cinco formadores, a sus profesores y profesoras y a todos los seminaristas.

 

Miras con los ojos de la fe

Hermanos: tratemos de mirar siempre con los ojos de Jesús, con ojos de fe. A veces podemos llegar a contemplar la vida de la Iglesia y del mundo desde fuera, como se mira la fachada de un templo desde una plaza. Quisiera invitarlos a mirar siempre el mundo y tantos ámbitos necesitados de la luz del Evangelio desde el mismo corazón de Cristo. Y con esos ojos misericordiosos y compasivos de Jesús, contemplar los sueños de salvación de Dios y las alegrías, dificultades y necesidades de toda la Iglesia, vislumbrar la amplitud de la obra evangelizadora en el continente americano y en nuestro país y comprender la inmensidad de la siembra y de la cosecha del Evangelio en nuestra tierra sanjuanina en cada generación de la historia. Dios nunca se deja ganar en generosidad, y lo que recibimos gratuitamente, gratuitamente debemos brindarlo a nuestros hermanos. Así lo enseñó Jesús a sus discípulos y así lo comprueban cada día los discípulos que buscan ser fieles al Señor.

La oración por las vocaciones no se limita a orar sólo por los nuevos llamados que hace Jesús, sino que incluye la oración por la fidelidad y la santidad de quienes siguen sus pasos. Cuando en la Santa Misa pedimos por el Papa y por el Obispo, no lo hacemos como un detalle honorífico sino entendiendo la gran necesidad que ellos tienen de la fuerza de Dios. En esta Eucaristía  oramos especialmente por los presbíteros de la Iglesia, por los diáconos que van camino del sacerdocio y los diáconos permanentes, por nuestros seminaristas y por quienes comienzan a sentir en sus corazones la gozosa llamada de Jesús.

El libro de los Hechos de los Apóstoles nos ha relatado la institución del diaconado en la Iglesia para fortalecer el servicio de la caridad hacia los más pobres y necesitados, ministerio que también lleva consigo otras tareas para la mejor atención de las comunidades cristianas. Es el sacramento que hoy recibe Martín.

Sergio recibirá la ordenación presbiteral, aunque nunca dejará de ser diácono, es decir, servidor de la caridad a lo largo de toda su vida, lo mismo que el obispo o el Papa. A través de su entrega a Dios y de la formación sacerdotal recibida, que no termina nunca, desde hoy hará presente con su vida el sacerdocio de Cristo, especialmente en la Eucaristía y los sacramentos y en la predicación de la Palabra de Dios. Se trata de algo muy grande, que no es suyo sino don gratuito de Dios.

Las enseñanzas de Pablo


El pasado 29 de junio comenzó el año de San Pablo, conmemorando dos mil años de su nacimiento. El año paulino nos impulsa a madurar en la vocación de discípulos y misioneros de Jesús, y a los ministros del Señor nos impulsa a ser más fieles y generosos en la misión que inmerecidamente hemos recibido. Nos enriquece el ejemplo de su vida y la sinceridad y autenticidad de sus escritos, que forman parte de la Sagrada Escritura.

Pablo, luego de su conversión mientras perseguía a los cristianos, recibe el Bautismo en la ciudad de Damasco. Más adelante será investido del ministerio apostólico, al ser ordenado como presbítero y obispo en la naciente Iglesia.

En la carta a los cristianos de Corinto que hemos leído, Pablo recuerda que llevamos el tesoro de Dios en recipientes de barro, toscos y frágiles por cierto, para que se vea bien que este poder no procede de nosotros mismos sino de Dios. El ministerio sacerdotal exige de cada uno de nosotros una creciente y profunda humildad en el corazón, en la mente y en las actitudes cotidianas, recordando siempre la poquedad del instrumento que Dios quiere utilizar para hacer sus maravillas de gracia y de amor entre los hombres.

San Pablo nos pide, asimismo, que no caigamos nunca en la tentación de predicarnos a nosotros mismos, sino sólo a Cristo Jesús, el Señor, sin ningún tipo de astucias y sin falsificar jamás la Palabra de Dios. Y añade: porque no somas más que servidores de ustedes por amor de Jesús. A semejanza de Pablo, también nosotros queremos ser servidores fieles del Señor y de ustedes.

Pablo nos enseña que cuando nos apoyamos en Jesucristo como roca firme, la debilidad se convierte en fortaleza y ya no hay lugar para el desánimo, la vergüenza o el miedo, a pesar de los obstáculos externos o interiores que podamos encontrar. Así, Dios puede hacer resplandecer su luz y su gracia en nuestros corazones, para que resplandezca en cada uno el fiel reflejo de Jesucristo.

Mirando el rostro y la vida de Jesús con la luz y la gracia divina, pedimos que Dios otorgue el ministerio diaconal y sacerdotal a estos dos hermanos nuestros, en servicio de su Iglesia. Que María, Reina de los Apóstoles, los acompañe a ellos y nos bendiga siempre. Que así sea.

Mons. Alfonso Delgado, arzobispo de San Juan