Acercarse a la Pasión de Jesús
Autor: Padre Llucià Pou Sabaté
El Viernes de pasión, antiguamente memoria de la Virgen de los
dolores, es como el pórtico para comenzar a meternos en las escenas
del Evangelio que narran la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro
Señor Jesucristo, y preguntarnos cómo vamos a vivir estos próximos
días de una manera especial. Será ésta una Semana Santa
especialmente eucarística, en la celebración del jueves santo del
Año de la Eucaristía, el día que Jesús se nos da todo Él en este
Sacramento. Y como siempre, lo mejor para acompañar de cerca al
Señor, para contemplarle y demostrarle un amor con propósitos de
conversión, es hacerlo con la Virgen de los Dolores. Para hacer una
buena fotografía se requiere un encuadre adecuado, enfocar bien el
campo visual, un punto de vista adecuado. Pues para vivir la Semana
Santa el mejor ángulo de encuadre es el corazón de la Santísima
Virgen, meternos en su corazón y desde allí acompañar a Jesús.
Ella nos dice que hagamos lo que su Hijo nos diga. Es bueno que
pensemos qué es lo que Jesús nos dice con su Pasión, y al contemplar
lo mucho que Jesús nos quiere hasta morir crucificado por nuestra
salvación, nos vendrá a la cabeza, como decía san Josemaría Escrivá:
Jesús ha hecho esto por mí... yo, ¿qué hago por Jesús? Y de ahí
salen propósitos de correspondencia: puesto que la causa de la
muerte de Jesús son mis pecados, voy a vivir en gracia de Dios
acudiendo al sacramento de la confesión. Voy a acompañar a Jesús de
la mejor manera: que El esté conmigo, y huyendo de las ocasiones de
pecado, acudiendo a la Virgen en las tentaciones, reaccionando con
prontitud como han hecho los santos: “¡Aparta Señor de mí lo que me
aparte de Ti!”
Como nos dice en el libro “Getsemaní” el prelado del Opus Dei, hemos
de mirar a Cristo
para aprender de Él a tratar al Padre, meternos entre los apóstoles
en esas escenas: “Los llevó con Él, para que participaran en su
oración... Durante los tres años de caminar con Él por Tierra Santa,
sería constante la invitación del Maestro a los discípulos para que
rezaran. Ahora les pidió que se sumasen a su recogimiento, a su
preparación para el Sacrificio redentor de la humanidad. Les
remachaba así que la vida del cristiano, a todas horas y
especialmente en las circunstancias más extraordinarias, debe
discurrir por el cauce de una oración con Él y como la de Él”, y
“orar con Cristo lleva necesariamente a asumir como propia la
Voluntad del Padre... los planes divinos”. Meternos en Jesús
significa que le “dejaremos habitar en la inteligencia y en el
corazón, confiriendo a nuestras potencias la hondura del diálogo del
Hijo de Dios con su Padre”.
“Contemplar” así es desligarnos de nuestra miseria y volar alto, en
esas alturas del amor de Dios. La oración es necesaria para no caer
en la tentación, para no abandonar a Jesús en las horas duras:
“abandonándole huyeron todos” (Mc 14, 50), en una desbandada que
dura siglos... Hoy Jesús sigue teniendo pocos amigos: para no
fallarle, para que Jesús no se quede más solo, para acompañarle...
hay que estar con El cada día, incorporar a nuestro plan de vida
estar unos minutos con quien sabemos nos quiere tanto: la lectura
del Evangelio, la oración para meter la cabeza y el corazón en cada
una de las escenas de la Pasión del Señor, si puede ser meditación,
que lleve a la contemplación que es cerrar los ojos y representar a
Cristo en el momento a considerar según lo que nos presenta la
liturgia cada uno de estos días: hecho un guiñapo en la flagelación,
caído en el suelo por el camino de la Vía dolorosa, con la cruz a
plomo... “Contemplar” ha de ser dejarse mirar por Él, y mirarle
nosotros con petición de perdón... esta actitud ha hecho muchos
santos y es el mejor sistema para crecer en amor a Cristo, a través
de su Humanidad Santísima. Va muy bien beber en la sabiduría de las
imágenes del crucificado, como el pequeño crucifijo que podemos
llevar encima, y al que acudir a escondernos en sus heridas; o
admirar el padecimiento de Jesús cuando vamos a dejar un trabajo por
cansancio, cuando somos perezosos; ver su humillación cuando nos
sentimos vanidosos; ver su generosidad cuando nos vence el egoísmo,
ver su entrega cuando luchamos poco.
Nos acercamos a Jesús con los protagonistas de la Pasión, por
ejemplo Verónica, esa mujer atrevida, que se abre paso para dar la
cara por Jesús; limpia su rostro y queda grabada su faz en el velo,
como queda impresa la imagen de Cristo en nuestra alma. Por eso, de
ahí nacen deseos de no empañar esa imagen con cosas malas, queremos
limpiar el rostro de Jesús... Son los actos de amor y de desagravio,
jaculatorias y petición de perdón ante nuestros retrasos e
indelicadezas, desganas y falta de sensibilidad. Son también
nuestras contrariedades, enfermedades, unidas a la cruz de Jesús; y
las correcciones que nos hacen, agradecer esa ayuda. Y siempre con
María, ir de su mano, a donde ella nos lleve. |