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La mirada de Jesús

Autor: + Cardenal Antonio Mª Rouco Varela

Al ver Jesús a las gentes, se compadeció de ellas. La compasión de Jesús en la Cuaresma del año 2006: sobre este tema escribe nuestro cardenal arzobispo su exhortación pastoral de esta semana, y dice:

Con la liturgia de la imposición de la ceniza ha comenzado el tiempo de Cuaresma de este año 2006. Siempre un tiempo extraordinario para caminar de nuevo al encuentro con el Señor crucificado y resucitado por nuestra salvación. Siempre, ofreciendo una nueva y apremiante invitación de la Iglesia a aprovechar la hora de la gracia que suena en nuestras vidas y en la vida del mundo con el acontecimiento de la Pascua nueva y eterna que se nos avecina una vez más. La obra de la salvación va a ser actualidad máxima, el próximo mes de abril, en la celebración de los Misterios de la liturgia pascual. La comunidad diocesana de Madrid quiere emprender el itinerario cuaresmal en sintonía con el Mensaje del Papa, Benedicto XVI, dirigido a toda la Iglesia, conmovida con él al constatar cómo, «al ver Jesús a las gentes, se compadecía de ellas» (Mt 9,36). ¿No subyacía en nuestra experiencia sinodal de los tres últimos años, proyectada y vivida al servicio de la transmisión de la fe a nuestros hermanos de Madrid, el hecho de habernos cruzado con la mirada compasiva del Señor vuelta a los madrileños de hoy, sumidos ¡tantos! en el dolor físico y en la miseria espiritual? ¿No son muchos los que se sienten abandonados de todos y de todo y, paradójicamente, se resisten a dejarse mirar y amar efectivamente por Aquel que es el único que ni los engaña, ni olvida, sino que los busca con amor?
Sin embargo, no hay duda: Jesús no cesa de acercarse, con su mirada amiga, a la multitud de nuestros contemporáneos y a cada uno de ellos, de amarlos y de compadecerse de ellos, mucho más intensamente que lo hacía con las gentes de su Galilea natal. ¡Jesús nos ve ahora desde lo alto de la Cruz, gloriosa por el triunfo de su Resurrección! Su compasión por nosotros llega, por la fuerza del Espíritu Santo, a lo más interior e íntimo de nosotros mismos, curando y sanando nuestros corazones, hasta el punto de hacerlos capaces de la esperanza de la Gloria. Aprender a mirar a la multitud de nuestros hermanos con los ojos de Jesús, desde lo alto de esa Cruz gloriosa, constituye un excelente guión de vida espiritual para cada uno de nosotros y una propuesta luminosa para la acción pastoral de toda la comunidad diocesana en esta Cuaresma. El Santo Padre nos invita a ello: «La Iglesia, iluminada por esta verdad pascual, es consciente de que, para promover un desarrollo integral, es necesario que nuestra mirada sobre el hombre se asemeje a la de Cristo. En efecto, de ningún modo es posible dar respuesta a las necesidades materiales y sociales de los hombres sin colmar, sobre todo, las profundas necesidades de su corazón».
¿Cómo se compadecía Jesús de las gentes que acudían a Él desde todos los puntos de la geografía palestina, y de fuera de ella, con sus dolencias, sus carencias físicas y humanas más elementales, amenazadas por el diablo, víctimas de muertes incomprensiblemente crueles, ansiosas de oír la Palabra de Dios…? Jesús se multiplica con su presencia cercana y misericordiosa en todas las situaciones de necesidades personales y colectivas, con sus incontables milagros que alivian y curan, con su predicación de la llegada del reino de Dios, tan fácil de comprensión para los niños y para los que se hacen como ellos; derramando compasión y misericordia entre aquel pueblo que le seguía y cercaba por doquier, pero no siempre con limpias intenciones, duro de cerviz a veces, y que al final le abandonó… El corazón compasivo de Jesús iba a superar infinitamente esas y otras ingratitudes. Su consuelo le llevará hasta darles, y darnos, para siempre ese amor sobrehumano, ¡humano-divino!, capaz de redimirnos de todas nuestras miserias, ¡de nuestro pecado!, inmolándose en la Cruz. ¡Estaban como ovejas sin pastor! Les dolía el cuerpo y les dolía el alma. Necesitaban ser amadas más allá de toda fuerza humana. Buscaban perdón de Dios.

Un amor victorioso

También hoy el hombre, la Humanidad, sufren miseria, pobreza de todo tipo, violencia –¡cuántas víctimas de la violencia terrorista conocemos entre nosotros!–, el hambre y la enfermedad, la ruptura de su familia, la soledad en sus más diversas variantes…; está ansiosa de alegría, de paz, de amor, de que el futuro sea de gracia y no de desgracia, de perdón… El Señor ama a este hombre del siglo XXI en Madrid, y en cualquier parte de la tierra, con la profundidad de su amor redentor ofrecido al Padre en la Cruz. Un amor victorioso en sí mismo y al que sólo la obstinada cerrazón del alma –pecando contra el Espíritu– puede oponerse fatalmente. Un amor que cambia al hombre totalmente, íntegramente, hasta convertirlo en una persona que puede y sabe amar más y más a Él y a todos los hombres sus hermanos.
Mirar a los madrileños de hoy y de mañana, a todos nuestros hermanos de España y del mundo, como los mira Jesús, buscando su desarrollo integral, su salvación en el tiempo para la eternidad: he ahí nuestro objetivo para la Cuaresma que ha comenzado este Miércoles de Ceniza. La forma de ayunar, nuestra ayuda al prójimo –la limosna– y nuestra oración cuaresmal han de tender a ese fin; han de propiciar ese objetivo personal y comunitario. Una condición indispensable para lograrlo es que nosotros vayamos con nuevos y decididos pasos hacia Él, dispuestos a la conversión y a experimentar renovadamente su perdón en el sacramento de la Reconciliación, a que nos dejemos mirar por Él, por sus ojos misericordiosos, que nos escrutan en los más hondo y pueden reanimarnos para la apuesta del verdadero amor. A María, en cuyos ojos llenos de suavísima ternura se miró Él; a la Virgen de La Almudena, confiamos nuestro camino cuaresmal del 2006, unidos a las intenciones del Papa.

+ Antonio Mª Rouco Varela