Profundo examen para tiempo de
cuaresma: Para los que no se encuentran pecados
Parroquia San Fulgencio y San Bernardo
Para aquellos de vosotros que, gracias a Dios, no soléis incurrir
en actos gravemente pecaminosos, y que, por otra parte,
experimentáis cierta dificultad a la hora de encontrar materia de la
que acusaros en la Confesión, quizá pueda serviros de orientación la
siguiente lista, hecha a vuela pluma, y con escasas pretensiones y
que bien podría titularse algo así como "elenco muy incompleto de
defectos y actitudes defectuosas en que suelen incurrir las buenas
personas".
Como podréis observar, no se trata, en general, de cosas en sí
necesariamente graves, sino de modos de ser, de pensar o de actuar
que, a parte de desagradar a Dios, pueden hacer daño al alma y
dificultar la vida de los demás. ¿Os imagináis, por ejemplo, lo dura
que podemos hacer la vida de quienes con nosotros conviven -y más si
de nosotros dependen- cuando nos dejamos dominar por el pesimismo,
la intransigencia o la tacañería?
"Hemos de convencernos de que el mayor enemigo de la roca no es el
pico o el hacha, ni el golpe de cualquier otro instrumento, por
contundente que sea: es ese agua menuda, que se mete, gota a gota,
entre las grietas de la peña, hasta arruinar su estructura. El
peligro más fuerte para el cristiano es despreciar la pelea en esas
escaramuzas que calan poco a poco en el alma, hasta volverla blanda,
quebradiza e indiferente, insensible a las voces de Dios".
Se trata de saber si somos -y si desde la última Confesión se nos
ha notado claramente-, aparte de otras cosas más gordas:
caprichosos, tozudos, intransigentes, coléricos, irascibles,
agresivos, discutidores implacables, quejicas, malhumorados,
envidiosos, protestones por sistema, egoistones, susceptibles,
tacaños, mezquinos, propensos al complejo de víctima, perezosos,
comodones, flojos, sensuales, equilibristas de la impureza,
noveleros, excesivamente soñadores, suavemente materialistas,
irresponsables, frívolos, vacíos, superficiales, inconstantes,
mentirosos, tramposos, faltos de autenticidad, desordenados,
chapuceros, vanidosos, arrogantes, engreídos, impuntuales,
rencorosos, murmuradores, chismosos, mal pensados, difamadores,
duros para la comprensión, brutos en al expresión, mal dispuesto
contra todo y todos, despreciativos, faltos de espíritu universal,
fácilmente injustos, ingratos, desagradecidos, poco propicios a la
generosidad, indiferentes hacia los demás, aislacionistas,
individualistas, sembradores de pesimismo, incrédulos por comodidad,
irreverentes, poco piadosos, faltos de visión sobrenatural, faltos
de confianza en Dios, sordos a su voluntad, propensos a olvidarnos
de El, distraídos en la liturgia, poco devotos de la Virgen.
Y examinar también:
si despreciamos el tiempo,
si vivimos permanentemente descontentos,
si nos falta sentido del pudor,
si estamos excesivamente seguros de las propias ideas,
si nos sentimos como reyes no reconocidos o injustamente
destronados, y, en consecuencia, siempre enfadados,
si en todas las cosas estamos contra,
si vivimos exageradamente inquietos por el porvenir,
si no nos preocupa el sufrimiento ajeno ni las injusticias,
si sólo somos amables cuando nos conviene,
si somos propensos a instrumentalizarlo todo hacia lo que nos
conviene,
si carecemos del "sentido del otro",
si pactamos fácilmente con la injusticia,
si siempre lo vemos todo desde el punto de vista propio,
si solemos pasar factura a los demás, por lo que hacemos o nos
parece hacer por ellos,
si no damos limosna ni por casualidad,
si somos negligentes en la educación de los hijos, quizá con el
pretexto del mucho trabajo,
si somos negligentes en la atención debida a los padres, esposa o
esposo,
si aumentamos innecesariamente la carga de los demás con caprichos y
nuevas necesidades,
si sólo nos preocupamos de que nuestros padres nos complazcan, y
rara vez les damos una alegría,
si exigimos mucho y damos poco,
si aceptamos la mediocridad en las cosas de Dios,
si tenemos tendencia a confiar más en nosotros mismos que en la
gracia,
si descuidamos la oración personal,
si no procuramos adquirir la debida formación religiosa,
si damos por supuesto que el apostolado es cosa de los otros,
si vivimos esquivando las cruces que nos santificarían,
si sentimos celos por el progreso espiritual de los otros,
si nos falta fe en el Magisterio de la Iglesia,
si tenemos tendencia a criticarla,
si nos consideramos el mejor intérprete del Vaticano II,
si contribuimos al desprestigio de las personas consagradas a Dios,
si somos tacaños en la ayuda económica a la Iglesia,
si llegamos habitualmente tarde a Misa,
si descuidamos el ayuno y la abstinencia,
si... , etc.
Después de esta relación meramente ejemplificativa, ¿continuaréis
pensando algunos que todavía es difícil hallar -aun sin emplear
demasiado tiempo-, cinco, seis, siete o diez pecados o defectos
gordos de los que acusaros? Y si fuese así, ¿no sería cosa de ir
pensando en introducir vuestro proceso de canonización?
Ya os dais cuenta de que ese elenco no es sino un cajón de sastre,
donde hay cosas que pueden ser, o llegar a ser, incompatibles con
una vida cristiana de verdad; y cosas menos importantes, si se lucha
contra ellas.
Y si, refiriendoos a estas últimas, me dijeseis que son pequeñeces,
yo podría responderos con palabras ajenas, muy llenas de razón y muy
experimentadas: "Sí, verdaderamente: pero esas pequeñeces son el
aceite, nuestro aceite, que mantienen viva la llama y encendida de
la luz".
Tomado del libro:
ALFONSO REY. El sacramento de la Penitencia. Ed. Palabra.
Madrid 1977.
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