Señor Presidente,
Ilustres Señoras y Señores:1. Es un honor para mí tomar la palabra en
esta Asamblea de los pueblos, para celebrar con los
hombres y mujeres de todos los países, razas, lenguas y
culturas, los cincuenta años de la fundación de la
Organización de las Naciones Unidas. Soy plenamente
consciente de que, hablando a esta respetable Asamblea,
tengo la oportunidad de dirigirme, en cierto sentido, a
toda la familia de los pueblos de la tierra. Mi palabra,
que quiere ser signo de la estima y del interés de la
Sede Apostólica y de la Iglesia Católica por esta
Institución, se une de buen grado a la voz de quienes
ven en la ONU la esperanza de un futuro mejor para la
sociedad de los hombres.
Expreso un profundo agradecimiento,
en primer lugar, al Secretario General, Doctor Boutros
Boutros-Ghali, por haber alentado vivamente mi visita.
Estoy también agradecido a Usted, Señor Presidente, por
la cordial bienvenida con la que me ha acogido en esta
eminente Reunión. Saludo asimismo a todos Ustedes y les
expreso mi reconocimiento por su presencia y por su
amable atención.
He venido hoy entre Ustedes con el
deseo de ofrecer mi contribución a la significativa
profundización sobre la historia y el papel de esta
Organización, que acompaña y enriquece la celebración
de este aniversario. La Santa Sede, en virtud de la
misión específicamente espiritual que la hace mirar
solícitamente al bien integral de cada ser humano, ha
sostenido decididamente, desde el principio, los ideales
y objetivos de la Organización de las Naciones Unidas.
La finalidad y modo de actuación, obviamente, son
diversos, pero la común preocupación por la familia
humana, abre constantemente a la Iglesia y a la ONU
vastas áreas de colaboración. Es este convencimiento el
que orienta y anima mi reflexión de hoy. Ésta no se
detendrá en cuestiones específicas sociales, políticas
o económicas, sino más bien en las consecuencias que
los cambios extraordinarios acaecidos en los años
recientes tienen para el presente y el futuro de toda la
humanidad.
Un patrimonio común de la
humanidad
2. Señoras y Señores: En el
umbral de un nuevo milenio somos testigos de cómo
aumenta de manera extraordinaria y global la búsqueda de
libertad, que es una de las grandes dinámicas de la
historia del hombre. Este fenómeno no se limita a una
sola parte del mundo, ni es expresión de una única
cultura. Al contrario, en cada rincón de la tierra
hombres y mujeres, aunque amenazados por la violencia,
han afrontado el riesgo de la libertad, pidiendo que les
fuera reconocido el espacio en la vida social, política
y económica que les corresponde por su dignidad de
personas libres. Esta búsqueda universal de libertad es
verdaderamente una de las características que distinguen
nuestro tiempo.
En mi anterior visita a las
Naciones Unidas, el 2 de octubre de 1979, tuve ocasión
de poner de relieve cómo la búsqueda de libertad en
nuestro tiempo tiene su fundamento en aquellos derechos
universales de los que el hombre goza por el simple hecho
de serlo. Fue precisamente la barbarie cometida contra la
dignidad humana lo que llevó a la Organización de las
Naciones Unidas a formular, apenas tres años después de
su constitución, la Declaración Universal de los
Derechos del Hombre que continúa siendo en nuestro
tiempo una de las más altas expresiones de la conciencia
humana. En Asia y en Africa, en América, en Oceanía y
en Europa, hombres y mujeres decididos y valientes han
apelado a esta Declaración para dar fuerza a las
reivindicaciones de una mayor participación en la vida
de la sociedad.
3. Es importante para nosotros
comprender lo que podríamos llamar la estructura
interior de este movimiento mundial. Una primera y
fundamental "clave" de la misma nos la ofrece
precisamente su carácter planetario, confirmando que
existen realmente unos derechos humanos universales,
enraizados en la naturaleza de la persona, en los cuales
se reflejan las exigencias objetivas e imprescindibles de
una ley moral universal. Lejos de ser afirmaciones
abstractas, estos derechos nos dicen más bien algo
importante sobre la vida concreta de cada hombre y de
cada grupo social. Nos recuerdan también que no vivimos
en un mundo irracional o sin sentido, sino que, por el
contrario, hay una lógica moral que ilumina la
existencia humana y hace posible el diálogo entre los
hombres y entre los pueblos. Si queremos que un siglo de
constricción deje paso a un siglo de persuasión,
debemos encontrar el camino para discutir, con un
lenguaje comprensible y común, acerca del futuro del
hombre. La ley moral universal, escrita en el corazón
del hombre, es una especie de "gramática" que
sirve al mundo para afrontar esta discusión sobre su
mismo futuro.
En este sentido, es motivo de seria
preocupación el hecho de que hoy algunos nieguen la
universalidad de los derechos humanos, así como niegan
que haya una naturaleza humana común a todos.
Ciertamente, no hay un único modelo de organización
política y económica de la libertad humana, ya que
culturas diferentes y experiencias históricas diversas
dan origen, en una sociedad libre y responsable, a
diferentes formas institucionales. Pero una cosa es
afirmar un legítimo pluralismo de "formas de
libertad", y otra cosa es negar el carácter
universal o inteligible de la naturaleza del hombre o de
la experiencia humana. Esta segunda perspectiva hace muy
difícil, o incluso imposible, una política
internacional de persuasión.
Asumir el riesgo de la
libertad
4. Las dinámicas morales de la
búsqueda universal de la libertad han aparecido
claramente en Europa central y oriental con las
revoluciones no violentas de 1989. Aquellos históricos
acontecimientos, acaecidos en tiempos y lugares
determinados, han ofrecido, no obstante, una lección que
va más allá de los confines de un área geográfica
específica. Las revoluciones no violentas de 1989 han
demostrado que la búsqueda de la libertad es una
exigencia ineludible que brota del reconocimiento de la
inestimable dignidad y valor de la persona humana, y
acompaña siempre el compromiso en su favor. El
totalitarismo moderno ha sido, antes que nada, una
agresión a la dignidad de la persona, una agresión que
ha llegado incluso a la negación del valor inviolable de
su vida. Las revoluciones de 1989 han sido posibles por
el esfuerzo de hombres y mujeres valientes, que se
inspiraban en una visión diversa y, en última
instancia, más profunda y vigorosa: la visión del
hombre como persona inteligente y libre, depositaria de
un misterio que la transciende, dotada de la capacidad de
reflexionar y de elegir y, por tanto, capaz de sabiduría
y de virtud. Decisiva, para el éxito de aquellas
revoluciones no violentas, fue la experiencia de la
solidaridad social: Ante regímenes sostenidos por la
fuerza de la propaganda y del terror, aquella solidaridad
constituyó el núcleo moral del "poder de los no
poderosos", fue una primicia de esperanza y es un
aviso sobre la posibilidad que el hombre tiene de seguir,
en su camino a lo largo de la historia, la vía de las
más nobles aspiraciones del espíritu humano.
Mirando hoy aquellos
acontecimientos desde este privilegiado observatorio
mundial, es imposible no ver la coincidencia entre los
valores que han inspirado aquellos movimientos populares
de liberación y muchas de los obligaciones morales
escritas en la Carta de las Naciones Unidas. Pienso, por
ejemplo, en la obligación de "reafirmar la fe en
los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y
el valor de la persona humana"; como también en el
deber de "promover el progreso social y elevar el
nivel de vida dentro de un concepto más amplio de
libertad" (Preámbulo). Los cincuenta y un Estados
que fundaron esta Organización en 1945 encendieron
verdaderamente una antorcha, cuya luz puede dispersar las
tinieblas causadas por la tiranía, luz que puede indicar
la vía de la libertad, de la paz y de la solidaridad.
Los derechos de las Naciones
5. La búsqueda de la libertad en
la segunda mitad del Siglo XX ha comprometido no sólo a
los individuos, sino también a las naciones. A cincuenta
años del final de la Segunda Guerra mundial es
importante recordar que aquel conflicto tuvo su origen en
violaciones de los derechos de las naciones. Muchas de
ellas sufrieron tremendamente por la única razón de ser
consideradas "otras". Crímenes terribles
fueron cometidos en nombre de doctrinas nefastas, que
predicaban la "inferioridad" de algunas
naciones y culturas. En un cierto sentido se puede decir
que la Organización de las Naciones Unidas nació de la
convicción de que semejantes doctrinas eran
incompatibles con la paz; y el esfuerzo de la Carta por
"preservar a las generaciones venideras del flagelo
de la guerra" (Preámbulo) implicaba seguramente el
compromiso moral de defender a cada nación y cultura de
agresiones injustas y violentas.
Por desgracia, incluso después del
final de la Segunda Guerra mundial los derechos de las
naciones han continuado siendo violados. Por poner sólo
algunos ejemplos, los Estados Bálticos y amplios
territorios de Ucrania y Bielorrusia fueron absorbidos
por la Unión Soviética, como había sucedido ya con
Armenia, Azerbaiyán y Georgia en el Caúcaso.
Contemporáneamente, las llamadas "democracias
populares" de Europa central y oriental perdieron de
hecho su soberanía y se les exigió someterse a la
voluntad que dominaba el bloque entero. El resultado de
esta división artificial de Europa fue la "guerra
fría", es decir, una situación de tensión
internacional en la que la amenaza del holocausto nuclear
estaba suspendida sobre la cabeza de la humanidad. Sólo
cuando se restableció la libertad para las naciones de
Europa central y oriental, la promesa de paz, que
debería haber llegado con el final de la guerra,
comenzó a concretarse para muchas de las víctimas de
aquel conflicto.
6. La Declaración Universal de los
Derechos del Hombre, adoptada en 1948, ha tratado de
manera elocuente de los derechos de las personas, pero
todavía no hay un análogo acuerdo internacional que
afronte de modo adecuado los derechos de las naciones. Se
trata de una situación que debe ser considerada
atentamente, por las urgentes cuestiones que conlleva
acerca de la justicia y la libertad en el mundo
contemporáneo.
En realidad el problema del pleno
reconocimiento de los derechos de los pueblos y de las
naciones se ha presentado repetidamente a la conciencia
de la humanidad, suscitando también una notable
reflexión ético-jurídica. Pienso en el debate
desarrollado durante el Concilio de Constanza en el siglo
XV, cuando los representantes de la Academia de Cracovia,
encabezados por Pawel Wlodkowic, defendieron con tesón
el derecho a la existencia y a la autonomía de ciertas
poblaciones europeas. Muy conocida es también la
reflexión llevada a cabo, en aquella misma época, por
la Universidad de Salamanca en relación con los pueblos
del Nuevo Mundo. En nuestro siglo, además, ¿cómo no
recordar la palabra profética de mi predecesor Benedicto
XV, que en el trascurso de la Primera Guerra mundial
recordaba a todos que "las naciones no mueren",
e invitaba a "ponderar con conciencia serena los
derechos y las justas aspiraciones de los pueblos"?
(A los pueblos beligerantes y a sus jefes, 28 de julio de
1915)
7. El problema de las
nacionalidades se sitúa hoy en un nuevo horizonte
mundial, caracterizado por una fuerte
"movilidad", que hace los mismos confines
étnico-culturales de los diversos pueblos cada vez menos
definidos, debido al impulso de múltiples dinamismos
como las migraciones, los medios de comunicación social
y la mundialización de la economía. Sin embargo, en
este horizonte de universalidad vemos precisamente surgir
con fuerza la acción de los particularismos
étnico-culturales, casi como una necesidad impetuosa de
identidad y de supervivencia, una especie de contrapeso a
las tendencias homologadoras. Es un dato que no se debe
infravalorar, como si fuera un simple residuo del pasado,
éste requiere más bien ser analizado, para una
reflexión profunda a nivel antropológico y
ético-jurídico.
Esta tensión entre particular y
universal se puede considerar inmanente al ser humano. La
naturaleza común mueve a los hombres a sentirse, tal
como son, miembros de una única gran familia. Pero por
la concreta historicidad de esta misma naturaleza, están
necesariamente ligados de un modo más intenso a grupos
humanos concretos; ante todo la familia, después los
varios grupos de pertenencia, hasta el conjunto del
respectivo grupo étnico-cultural, que, no por
casualidad, indicado con el término "nación"
evoca el "nacer", mientras que indicado con el
término "patria" ("fatherland"),
evoca la realidad de la misma familia. La condición
humana se sitúa así entre estos dos polos - la
universalidad y la particularidad - en tensión vital
entre ellos; tensión inevitable, pero especialmente
fecunda si se vive con sereno equilibrio.
8. Sobre este fundamento
antropológico se apoyan también los "derechos de
las naciones", que no son sino los "derechos
humanos" considerados a este específico nivel de la
vida comunitaria. Una reflexión sobre estos derechos
ciertamente no es fácil, teniendo en cuenta la
dificultad de definir el concepto mismo de
"nación", que no se identifica a priori y
necesariamente con el de Estado. Es, sin embargo, una
reflexión improrrogable, si se quieren evitar los
errores del pasado y tender a un orden mundial justo.
Presupuesto de los demás derechos
de una nación es ciertamente su derecho a la existencia:
nadie, pues, - un Estado, otra nación, o una
organización internacional - puede pensar legítimamente
que una nación no sea digna de existir. Este derecho
fundamental a la existencia no exige necesariamente una
soberanía estatal, siendo posibles diversas formas de
agregación jurídica entre diferentes naciones, como
sucede por ejemplo en los Estados federales, en las
Confederaciones, o en Estados caracterizados por amplias
autonomías regionales. Puede haber circunstancias
históricas en las que agregaciones distintas de una
soberanía estatal sean incluso aconsejables, pero con la
condición de que eso suceda en un clima de verdadera
libertad, garantizada por el ejercicio de la
autodeterminación de los pueblos. El derecho a la
existencia implica naturalmente para cada nación,
también el derecho a la propia lengua y cultura,
mediante las cuales un pueblo expresa y promueve lo que
llamaría su originaria "soberanía"
espiritual. La historia demuestra que en circunstancias
extremas (como aquellas que se han visto en la tierra
donde he nacido), es precisamente su misma cultura lo que
permite a una nación sobrevivir a la pérdida de la
propia independencia política y económica. Toda nación
tiene también consiguientemente derecho a modelar su
vida según las propias tradiciones, excluyendo,
naturalmente, toda violación de los derechos humanos
fundamentales y, en particular, la opresión de las
minorías. Cada nación tiene el derecho de construir el
propio futuro proporcionando a las generaciones más
jóvenes una educación adecuada.
Pero si los "derechos de la
nación" expresan las exigencias vitales de la
"particularidad", no es menos importante
subrayar las exigencias de la universalidad, expresadas a
través de una fuerte conciencia de los deberes que unas
naciones tienen con otras y con la humanidad entera. El
primero de todos es, ciertamente, el deber de vivir con
una actitud de paz, de respeto y de solidaridad con las
otras naciones. De este modo el ejercicio de los derechos
de las naciones, equilibrado por la afirmación y la
práctica de los deberes, promueve un fecundo
"intercambio de dones", que refuerza la unidad
entre todos los hombres.
El respeto por las
diferencias
9. En los diecisiete años pasados,
durante mis peregrinaciones pastorales entre las
comunidades de la Iglesia católica, he podido entrar en
diálogo con la rica diversidad de naciones y culturas de
todas las partes del mundo. Desgraciadamente, el mundo
debe aprender todavía a convivir con la diversidad, como
nos han recordado dolorosamente los recientes
acontecimientos en los Balcanes y en Africa central. La
realidad de la "diferencia" y la peculiaridad
del "otro" pueden sentirse a veces como un
peso, o incluso como una amenaza. El miedo a la
"diferencia", alimentado por resentimientos de
carácter histórico y exacerbado por las manipulaciones
de personajes sin escrúpulos, puede llevar a la
negación de la humanidad misma del "otro", con
el resultado de que las personas entran en una espiral de
violencia de la que nadie - ni siquiera los niños - se
libra. Tales situaciones nos son hoy bien conocidas, y en
mi corazón y en mis oraciones están presentes en este
instante de modo especial los sufrimientos de las
martirizadas poblaciones de Bosnia Herzegovina.
Por amarga experiencia, por tanto,
sabemos que el miedo a la "diferencia",
especialmente cuando se expresa mediante un reductivo y
excluyente nacionalismo que niega cualquier derecho al
"otro", puede conducir a una verdadera
pesadilla de violencia y de terror. Y sin embargo, si nos
esforzamos en valorar las cosas con objetividad, podemos
ver que, más allá de todas las diferencias que
caracterizan a los individuos y los pueblos, hay una
fundamental dimensión común, ya que las varias culturas
no son en realidad sino modos diversos de afrontar la
cuestión del significado de la existencia personal.
Precisamente aquí podemos identificar una fuente del
respeto que es debido a cada cultura y a cada nación:
toda cultura es un esfuerzo de reflexión sobre el
misterio del mundo y, en particular, del hombre: es un
modo de expresar la dimensión trascendente de la vida
humana. El corazón de cada cultura está constituido por
su acercamiento al más grande de los misterios: el
misterio de Dios.
10. Por tanto, nuestro respeto por
la cultura de los otros está basado en nuestro respeto
por el esfuerzo que cada comunidad realiza para dar
respuesta al problema de la vida humana. En este contexto
nos es posible constatar lo importante que es preservar
el derecho fundamental a la libertad de religión y a la
libertad de conciencia, como pilares esenciales de la
estructura de los derechos humanos y fundamento de toda
sociedad realmente libre. A nadie le está permitido
conculcar estos derechos usando el poder coactivo para
imponer una respuesta al misterio del hombre.
Querer ignorar la realidad de la
diversidad - o, peor aún, tratar de anularla - significa
excluir la posibilidad de sondear las profundidades del
misterio de la vida humana. La verdad sobre el hombre es
el criterio inmutable con el que todas las culturas son
juzgadas, pero cada cultura tiene algo que enseñar
acerca de una u otra dimensión de aquella compleja
verdad. Por tanto la "diferencia", que algunos
consideran tan amenazadora, puede llegar a ser, mediante
un diálogo respetuoso, la fuente de una comprensión
más profunda del misterio de la existencia humana.
11. En este contexto es necesario
aclarar la divergencia esencial entre una forma peligrosa
de nacionalismo, que predica el desprecio por las otras
naciones o culturas, y el patriotismo, que es, en cambio,
el justo amor por el propio país de origen. Un verdadero
patriotismo nunca trata de promover el bien de la propia
nación en perjuicio de otras. En efecto, esto
terminaría por acarrear daño también a la propia
nación, produciendo efectos perniciosos tanto para el
agresor como para la víctima. El nacionalismo,
especialmente en sus expresiones más radicales, se opone
por tanto al verdadero patriotismo, y hoy debemos
empeñarnos en hacer que el nacionalismo exacerbado no
continúe proponiendo con formas nuevas las aberraciones
del totalitarismo. Es un compromiso que vale, obviamente,
incluso cuando se asume, como fundamento del
nacionalismo, el mismo principio religioso, como por
desgracia sucede en ciertas manifestaciones del llamado
"fundamentalismo".
Libertad y verdad moral
12. Señoras y Señores: La
libertad es la medida de la dignidad y de la grandeza del
hombre. Vivir la libertad que los individuos y los
pueblos buscan es un gran desafío para el crecimiento
espiritual del hombre y para la vitalidad moral de las
naciones. La cuestión fundamental, que hoy todos debemos
afrontar, es la del uso responsable de la libertad, tanto
en su dimensión personal, como social. Es necesario, por
tanto, que nuestra reflexión se centre sobre la
cuestión de la estructura moral de la libertad, que es
la arquitectura interior de la cultura de la libertad.
La libertad no es simplemente
ausencia de tiranía o de opresión, ni es licencia para
hacer todo lo que se quiera. La libertad posee una
"lógica" interna que la cualifica y la
ennoblece: está ordenada a la verdad y se realiza en la
búsqueda y en el cumplimiento de la verdad. Separada de
la verdad de la persona humana, la libertad decae en la
vida individual en libertinaje y en la vida política, en
la arbitrariedad de los más fuertes y en la arrogancia
del poder. Por eso, lejos de ser una limitación o
amenaza a la libertad, la referencia a la verdad sobre el
hombre, - verdad que puede ser conocida universalmente
gracias a la ley moral inscrita en el corazón de cada
uno - es, en realidad, la garantía del futuro de la
libertad.
13. Bajo esta perspectiva se
entiende que el utilitarismo, doctrina que define la
moralidad no en base a lo que es bueno sino en base a lo
que aporta una ventaja, sea una amenaza a la libertad de
los individuos y de las naciones, e impida la
construcción de una verdadera cultura de la libertad. El
utilitarismo tiene consecuencias políticas a menudo
negativas, porque inspira un nacionalismo agresivo, en
base al cual el someter una nación más pequeña o más
débil es considerado como un bien simplemente porque
responde a los intereses nacionales. No menos graves son
las consecuencias del utilitarismo económico, que lleva
a los países más fuertes a condicionar y aprovecharse
de los más débiles.
Frecuentemente estas dos formas de
utilitarismo van juntas, y es un fenómeno que ha
caracterizado notoriamente las relaciones entre el
"Norte" y el "Sur" del mundo. Para
las naciones en vías de desarrollo el alcanzar la
independencia política a menudo ha comportado de hecho
una dependencia económica de otros Países. Se debe
subrayar que, en algunos casos, las áreas en vías de
desarrollo han sufrido incluso tal retroceso que algunos
Estados carecen de medios para hacer frente a las
necesidades esenciales de sus pueblos. Semejantes
situaciones ofenden la conciencia de la humanidad y
plantean un formidable desafío moral a la familia
humana. Afrontar este desafío requiere obviamente
cambios tanto en las naciones en vías de desarrollo como
en las económicamente más avanzadas. Si las primeras
saben ofrecer garantías seguras de gestión correcta de
los recursos y ayudas, así como de respeto de los
derechos humanos, pasando, donde sea necesario, de formas
de gobierno injustas, corruptas o autoritarias a otras de
tipo participativo y democrático, ¿no es acaso verdad
que de este modo se dará vía libre a los mejores
recursos civiles y económicos de la propia gente? Y los
países ya desarrollados, ¿no deben acaso madurar, por
su parte, en esta perspectiva, actitudes no sujetas a
lógicas puramente utilitaristas sino caracterizadas por
sentimientos de mayor justicia y solidaridad?
Ciertamente, ilustres Señoras y
Señores: Es necesario que en el panorama económico
internacional se imponga un ética de la solidaridad, si
se quiere que la participación, el crecimiento
económico, y una justa distribución de los bienes
caractericen el futuro de la humanidad. La cooperación
internacional, auspiciada por la Carta de las Naciones
Unidas "para la solución de problemas
internacionales de carácter económico, social, cultural
o humanitario" (art. 1,3), no puede ser concebida
exclusivamente como ayuda o asistencia, o incluso mirando
a las ventajas de contrapartida por los recursos puestos
a disposición. Cuando millones de personas sufren la
pobreza - que significa hambre, desnutrición,
enfermedad, analfabetismo y miseria - debemos no sólo
recordar que nadie tiene derecho a explotar al otro en
beneficio propio, sino también y sobre todo reafirmar
nuestro compromiso con la solidaridad que permite a los
otros vivir en las concretas circunstancias económicas y
políticas; nuestro compromiso con la creatividad, que es
una característica de la persona humana y que hace
posible la riqueza de las naciones.
Las Naciones Unidas y el
futuro de la libertad
14. Ante estos enormes desafíos,
¿cómo no reconocer el papel que corresponde a la
Organización de las Naciones Unidas? A cincuenta años
de su institución, se ve aún más su necesidad, pero se
ve aún mejor, conforme a la experiencia realizada, que
la eficacia de este máximo instrumento de síntesis y
coordinación de la vida internacional depende de la
cultura y de la ética internacional en la que se basa y
que expresa. Es necesario que la Organización de las
Naciones Unidas se eleve cada vez más de la fría
condición de institución de tipo administrativo a la de
centro moral, en el que todas las naciones del mundo se
sientan como en su casa, desarrollando la conciencia
común de ser, por así decir, una "familia de
naciones". El concepto de "familia" evoca
inmediatamente algo que va más allá de las simples
relaciones funcionales o de la mera convergencia de
intereses. La familia es, por su naturaleza, una
comunidad fundada en la confianza recíproca, en el apoyo
mutuo y en el respeto sincero. En una auténtica familia
no existe el dominio de los fuertes; al contrario, los
miembros más débiles son, precisamente por su
debilidad, doblemente acogidos y ayudados.
Son éstos, trasladados al nivel de
la "familia de las naciones", los sentimientos
que deben construir, antes aún del mero derecho, las
relaciones entre los pueblos. La ONU tiene el cometido
histórico, quizás epocal, de favorecer este salto de
cualidad de la vida internacional, no sólo actuando como
centro de mediación eficaz para la solución de los
conflictos, sino también promoviendo aquellas actitudes,
valores e iniciativas concretas de solidaridad que sean
capaces de elevar las relaciones entre las naciones desde
el nivel "organizativo" al, por así decir,
"orgánico"; desde la simple "existencia
con" a la "existencia para" los otros, en
un fecundo intercambio de dones, ventajoso sobre todo
para las naciones más débiles, pero en definitiva
favorecedor de bienestar para todos.
15. Sólo con esta condición se
superarán no únicamente las "guerras
combatidas", sino también las "guerras
frías"; no sólo la igualdad de derecho entre todos
los pueblos, sino también su activa participación en la
construcción de un futuro mejor; no sólo el respeto de
cada una de las identidades culturales, sino su plena
valorización, como riqueza común del patrimonio
cultural de la humanidad. ¿No es quizás éste el ideal
propuesto por la Carta de las Naciones Unidas, cuando
pone como fundamento de la Organización "el
principio de la igualdad soberana de todos sus
Miembros" (art. 2,1), o cuando la compromete a
"fomentar entre las naciones relaciones de amistad
basadas en el respeto al principio de la igualdad de
derechos y al de la libre determinación de los
pueblos" (art. 1,2)? Es ésta la vía maestra que
debe ser recorrida hasta el fondo, incluso con oportunas
modificaciones si fuera necesario, del modelo operativo
de las Naciones Unidas, para tener en cuenta todo lo que
ha sucedido en este medio siglo, con el asomarse de
tantos nuevos pueblos a la experiencia de la libertad en
la legítima aspiración a "ser" y a
"contar" más.
Que todo esto no parezca una
utopía irrealizable. Es la hora de una nueva esperanza,
que nos exige quitar del futuro de la política y de la
vida de los hombres la hipoteca paralizante del cinismo.
Nos invita a esto precisamente el aniversario que estamos
celebrando, proponiéndonos de nuevo, con la idea de las
"naciones unidas", una idea que habla
elocuentemente de mutua confianza, de seguridad y
solidaridad. Inspirados por el ejemplo de cuantos han
asumido el riesgo de la libertad, ¿podríamos nosotros
no acoger también el riesgo de la solidaridad, y por
tanto el riesgo de la paz?
Más allá del miedo: la
civilización del amor
16. Una de las mayores paradojas de
nuestro tiempo es que el hombre, que ha iniciado el
período que llamamos la "modernidad" con una
segura afirmación de la propia "madurez" y
"autonomía", se aproxima al final del siglo
veinte con miedo de sí mismo, asustado por lo que él
mismo es capaz de hacer, asustado ante el futuro. En
realidad, la segunda mitad del siglo XX ha visto el
fenómeno sin precedentes de una humanidad incierta
respecto a la posibilidad misma de que haya un futuro,
debido a la amenaza de una guerra nuclear. Aquel peligro,
gracias a Dios, parece haberse alejado - y es necesario
alejar con firmeza, a nivel universal, todo lo que lo
pueda volver a acercar, si no reactivar -, pero permanece
sin embargo el miedo por el futuro y del futuro.
Para que el milenio que está ya a
las puertas pueda ser testigo de un nuevo auge del
espíritu humano, favorecido por una auténtica cultura
de la libertad, la humanidad debe aprender a vencer el
miedo. Debemos aprender a no tener miedo, recuperando un
espíritu de esperanza y confianza. La esperanza no es un
vano optimismo, dictado por la confianza ingenua de que
el futuro es necesariamente mejor que el pasado.
Esperanza y confianza son la premisa de una actuación
responsable y tienen su apoyo en el íntimo santuario de
la conciencia, donde "el hombre está solo con
Dios" (Cons. past. Gaudium et spes, 16), y por eso
mismo intuye que ¡no está solo entre los enigmas de la
existencia, porque está acompañado por el amor del
Creador!
Esperanza y confianza podrían
parecer argumentos que van más allá de los fines de las
Naciones Unidas. En realidad no es así, porque las
acciones políticas de las naciones, argumento principal
de las preocupaciones de vuestra Organización, siempre
tienen que ver también con la dimensión trascendente y
espiritual de la experiencia humana, y no podrían
ignorarla sin perjudicar a la causa del hombre y de la
libertad humana. Todo lo que empequeñece al hombre daña
la causa de la libertad. Para recuperar nuestra esperanza
y confianza al final de este siglo de sufrimientos,
debemos recuperar la visión del horizonte trascendente
de posibilidades al cual tiende el espíritu humano.
17. Como cristiano, además, no
puedo no testimoniar que mi esperanza y mi confianza se
fundan en Jesucristo, de cuyo nacimiento se celebrarán
los dos mil años al alba del nuevo milenio. Nosotros,
los cristianos, creemos que en su Muerte y Resurrección
han sido plenamente revelados el amor de Dios y su
solicitud por toda la creación. Jesucristo es para
nosotros Dios hecho hombre, que ha entrado en la historia
de la humanidad. Precisamente por esto la esperanza
cristiana respecto al mundo y su futuro se extiende a
cada persona humana. No hay nada auténticamente humano
que no tenga eco en el corazón de los cristianos. La fe
en Cristo no nos empuja a la intolerancia, al contrario,
nos obliga a mantener con los demás hombres un diálogo
respetuoso. El amor por Cristo no nos aparta del interés
por los demás, sino más bien nos invita a preocuparnos
por ellos, sin excluir a nadie y privilegiando si acaso a
los más débiles y los que sufren. Por tanto, mientras
nos acercamos al bimilenario del nacimiento de Cristo, la
Iglesia no pide mas que poder proponer respetuosamente
este mensaje de la salvación, y promover con espíritu
de caridad y servicio, la solidaridad de toda la familia
humana.
Señoras y Señores: Estoy ante
Ustedes, al igual que mi predecesor el Papa Pablo VI hace
exactamente treinta años, no como uno que tiene poder
temporal - son palabras suyas - ni como un líder
religioso que invoca especiales privilegios para su
comunidad. Estoy aquí ante Ustedes como un testigo:
testigo de la dignidad del hombre, testigo de esperanza,
testigo de la convicción de que el destino de cada
nación está en las manos de la Providencia
misericordiosa.
18. Debemos vencer nuestro miedo
del futuro. Pero no podremos vencerlo del todo si no es
juntos. La "respuesta" a aquel miedo no es la
coacción, ni la represión o la imposición de un único
"modelo" social al mundo entero. La respuesta
al miedo que ofusca la existencia humana al final del
siglo es el esfuerzo común por construir la
civilización del amor, fundada en los valores
universales de la paz, de la solidaridad, de la justicia
y de la libertad. Y el "alma" de la
civilización del amor es la cultura de la libertad: la
libertad de los individuos y de las naciones, vivida en
una solidaridad y responsabilidad oblativas.
No debemos tener miedo del futuro.
No debemos tener miedo del hombre. No es casualidad que
nos encontremos aquí. Cada persona ha sido creada a
"imagen y semejanza" de Aquél que es el origen
de todo lo que existe. Tenemos en nosotros la capacidad
de sabiduría y de virtud. Con estos dones, y con la
ayuda de la gracia de Dios, podemos construir en el siglo
que está por llegar y para el próximo milenio una
civilización digna de la persona humana, una verdadera
cultura de la libertad. ¡Podemos y debemos hacerlo! Y,
haciéndolo, podremos darnos cuenta de que las lágrimas
de este siglo han preparado el terreno para una nueva
primavera del espíritu humano.
Nueva York, 5 de octubre de 1995
|