| He aquí
pues, jóvenes amigos, que yo pongo en vuestras manos
esta carta, que se inspira en el coloquio evangélico de
Cristo con el joven (rico) y nace del testimonio de los
apóstoles y de las primeras generaciones cristianas. Os
entrego esta carta en el año de la Juventud, mientras
nos estamos acercando al final del segundo Milenio
Cristiano. Os la entrego en el año en que se conmemora
el vigésimo aniversario de la clausura del Concilio
Vaticano II, que llamó a los jóvenes "esperanza de
la Iglesia" y a los jóvenes de entonces - igual que
a los de hoy y de siempre - dirijo su "Último
Mensaje", en el que la Iglesia es presentada como la
verdadera Juventud del mundo, con la que "posee lo
que hace la fuerza y el encanto de la juventud: la
facultad de alegrarse con lo que comienza, de darse
gratuitamente, de renovarse y de partir de nuevo para
nuevas conquistas". Hago esto en el Domingo de
Ramos, día en el que puedo encontrarme con muchos de
vosotros, peregrinos hasta esta plaza de San Pedro, en
Roma. Precisamente este día el Obispo de Roma pide junto
con vosotros por los jóvenes de todo el mundo, para cada
una y cada uno. Estamos rezando en la comunidad de la
Iglesia, a fin de que - en la perspectiva de los tiempos
difíciles en que vivimos - estéis "siempre prontos
para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os lo
pidiere". Si, precisamente vosotros, porque de
vosotros depende el futuro, de vosotros depende el final
de este milenio y el comienzo del nuevo. No permanezcáis
pues pasivos; asumid vuestras responsabilidades en todos
los campos abiertos a vosotros en nuestro mundo. Por esta
misma intención rezarán junto con vosotros los obispos
y los sacerdotes en los distintos lugares. Y rezando así en la gran comunidad
de los jóvenes de toda la Iglesia y de todas las
Iglesias tenemos ante nosotros a María, que acompaña a
Cristo en el comienzo de su misión entre los hombres. Es
María, la de Caná de Galilea, que intercede por los
jóvenes, por los recién casados, cuando en el banquete
de bodas falta el vino para los invitados. Entonces la
Madre de Cristo dirige a los hombres, presentes allí
para servir durante el banquete, estas palabras: "
Haced lo que Él os diga". Él, Cristo.
Yo repito estas palabras
de la madre de Dios y las dirijo a vosotros, jóvenes, a
cada uno y a cada una: "Haced lo que Cristo os
diga". Y os bendigo en el nombre de la Trinidad
Santísima. Amén
Dado en Roma junto a San
Pedro el 31 de marzo, Domingo de Ramos "De Passione
Domini", del año de 1985, séptimo de mi
pontificado.

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