Venerables
hermanos en el episcopado; queridos congresistas:
1. Siento una gran alegría al
reunirme con las familias que participaron, en
representación de varias naciones, en este Congreso
teológico-pastoral celebrado con vistas al II Encuentro
mundial de las familias. Os saludo a vosotros, venerables
hermanos en el episcopado de Brasil, de América Latina y
del mundo entero, y saludo igualmente a las familias
presentes y a todas aquellas a las que representan. A la
vez que pido al Todopoderoso abundantes gracias de
sabiduría y fortaleza, que sirvan de estímulo para
reafirmar con fe el lema: "La
familia: don y compromiso, esperanza de la
humanidad", quisiera reflexionar con vosotros
sobre varios aspectos y exigencias del trabajo
apostólico y pastoral con las familias que debéis
realizar.
Algunas de las consideraciones, que os propongo de modo
particular a vosotros los obispos, maestros de la fe y
pastores de la grey llamados a infundir un renovado
dinamismo a la pastoral familiar, ya han sido objeto de
atento estudio en el Congreso teológico-pastoral.
Agradezco al cardenal Alfonso López Trujillo, presidente
del Consejo pontificio para la familia, el saludo que me
ha dirigido e invito a los participantes delegados de las
Conferencias episcopales, los movimientos, las
asociaciones y los grupos, procedentes de todo el mundo,
a profundizar y difundir con entusiasmo los frutos de
este trabajo, emprendido con plena fidelidad al
Magisterio de la Iglesia.
El proyecto
original de Dios Padre
2. El hombre es el camino de la Iglesia. Y la
familia es la expresión primordial de este camino. Como
escribí en la Carta a las familias, "el misterio
divino de la encarnación del Verbo está (...) en
estrecha relación con la familia humana. No sólo
con una, la de Nazaret, sino, de alguna manera, con cada
familia, análogamente a cuanto el concilio Vaticano II
afirma del Hijo de Dios, que en la Encarnación "se
ha unido, en cierto modo, con todo hombre" (Gaudium
et spes, 22). Siguiendo a Cristo, "que
vino" al mundo "para servir" (Mt
20, 28), la Iglesia considera el servicio a la familia
humana una de sus tareas esenciales. En este sentido,
tanto el hombre como la familia constituyen "el
camino de la Iglesia"" (Gratissimam sane,
2).
Así pues, el Evangelio ilumina la dignidad del hombre y
redime todo lo que puede empobrecer la visión del hombre
y de su verdad. Es en Cristo donde el hombre percibe la
grandeza de su llamada como imagen e hijo de Dios; es en
él donde se manifiesta en todo su esplendor el proyecto
original de Dios Padre sobre el hombre; y es en Cristo
donde ese proyecto alcanzará su plena realización.
Asimismo, es en Cristo donde esta primera y privilegiada
expresión de la sociedad humana, que es la familia,
encuentra la luz y la plena capacidad de realización, de
acuerdo con los planes de amor del Padre.
"Si Cristo "manifiesta plenamente el hombre al
propio hombre", lo hace empezando por la familia en
la que eligió nacer y crecer" (ib.). Cristo,
lumen gentium, luz de los pueblos, ilumina los
caminos de los hombres; e ilumina, sobre todo, la íntima
comunión de vida y amor de los cónyuges, que en la vida
de los hombres y de los pueblos es la encrucijada
necesaria donde Dios siempre les sale a su encuentro.
Este es el sentido sagrado del matrimonio, presente de
alguna manera en todas las culturas, a pesar de las
sombras debidas al pecado original, y que adquiere una
grandeza y un valor eminentes con la Revelación:
"De la misma manera que Dios en otro tiempo salió
al encuentro de su pueblo con una alianza de amor y
fidelidad, ahora el Salvador de los hombres y Esposo de
la Iglesia, mediante el sacramento del matrimonio, sale
al encuentro de los esposos cristianos. Permanece,
además, con ellos para que, como él mismo amó a la
Iglesia y se entregó por ella, así también los
cónyuges, con su mutua entrega, se amen con perpetua
fidelidad" (Gaudium et spes, 48).
La gran batalla de
la dignidad del hombre
3. La familia no es para el hombre
una estructura accesoria y extrínseca, que impida su
desarrollo y su dinámica interior. "El hombre es,
por su íntima naturaleza, un ser social y no puede vivir
ni desplegar sus cualidades sin relacionarse con los
demás" (ib., 12). La familia, lejos de ser
un obstáculo para el desarrollo y el crecimiento de la
persona, es el ámbito privilegiado para hacer crecer
todas las potencialidades personales y sociales que el
hombre lleva inscritas en su ser.
La familia, fundada en el amor y vivificada por él, es
el lugar en donde cada persona está llamada a
experimentar, hacer propio y participar en el amor sin el
cual el hombre no podría existir y toda su vida
carecería de sentido (cf. Redemptoris missio, 10;
Familiaris consortio, 18).
Las tinieblas que hoy afectan a la misma concepción del
hombre atacan en primer lugar y directamente la realidad
y las expresiones que le son connaturales. La persona y
la familia corren parejas en la estima y en el
reconocimiento de su dignidad, así como en los ataques y
en los intentos de disgregación. La grandeza y la
sabiduría de Dios se manifiestan en sus obras. Con todo,
parece que hoy los enemigos de Dios, más que atacar de
frente al Autor de la creación, prefieren herirlo en sus
obras. El hombre es el culmen, la cima de sus criaturas
visibles. "Gloria enim Dei, vivens homo; vita autem
hominis, visio Dei" (San Ireneo, Adv. haer.
IV, 20, 7).
Entre las verdades ofuscadas en el corazón del hombre, a
causa de la creciente secularización y del hedonismo
dominante, se ven especialmente afectadas todas las que
se relacionan con la familia. En torno a la familia y
a la vida se libra hoy la batalla fundamental de la
dignidad del hombre. En primer lugar, la comunión
conyugal no es reconocida ni respetada en sus elementos
de igualdad en la dignidad de los esposos, y de necesaria
diversidad y complementariedad sexual. La misma fidelidad
conyugal y el respeto a la vida, en todas las fases de su
existencia, se ven subvertidos por una cultura que no
admite la trascendencia del hombre, creado a imagen y
semejanza de Dios. Cuando las fuerzas disgregadoras del
mal logran separar el matrimonio de su misión con
respecto a la vida humana, atentan contra la humanidad,
privándola de una de las garantías esenciales de su
futuro.
Urgencia y
prioridad de la pastoral familiar
4. El Papa ha querido venir a Río
de Janeiro para saludaros con los brazos abiertos, como
el Cristo Redentor que domina esta ciudad maravillosa
desde la cima del Corcovado. Y ha venido para confirmaros
en la fe, para sostener vuestro esfuerzo por testimoniar
los valores evangélicos. Así pues, ante los problemas
centrales de la persona y de su vocación, la actividad
pastoral de la Iglesia no puede responder con una acción
sectorial de su apostolado.
Es necesario
emprender una acción pastoral en la que las verdades
centrales de la fe irradien su fuerza evangelizadora en
los diversos sectores de la existencia, especialmente en
los relativos a la familia. Se trata de una tarea
prioritaria, fundada en "la certeza de que la
evangelización, en el futuro, depende en gran parte de
la Iglesia doméstica" (Familiaris consortio, 65).
Es preciso despertar y presentar un frente común,
inspirado y apoyado en las verdades centrales de la
Revelación, que tenga como interlocutor a la persona
y como agente a la familia.
Por eso, los pastores deben tomar cada vez mayor
conciencia de que la pastoral familiar exige agentes con
una esmerada preparación y, además, estructuras ágiles
y adecuadas en las Conferencias episcopales y en las
diócesis, que sirvan como centros dinámicos de
evangelización, de diálogo y de acciones organizadas
conjuntamente, con proyectos bien elaborados y planes
pastorales.
Al mismo tiempo, deseo apoyar todo esfuerzo encaminado a
promover estructuras organizativas adecuadas, tanto en el
ámbito nacional como en el internacional, que asuman la
tarea de entablar un diálogo constructivo con las
instancias políticas, de las que depende en buena medida
el destino de la familia y de su misión al servicio de
la vida. Encontrar los caminos oportunos para seguir
proponiendo con eficacia al mundo los valores
fundamentales del plan de Dios, significa comprometerse
en la defensa del futuro de la humanidad.
Una nueva
evangelización
5. Además de iluminar y reforzar
la presencia de la Iglesia como levadura, luz y sal de la
tierra, para que no se descomponga la vida de los
hombres, es necesario dar prioridad a programas de
pastoral que promuevan la formación de hogares
plenamente cristianos, y acrecienten en los esposos la
generosidad de encarnar en sus propias vidas las verdades
que la Iglesia propone para la familia humana.
La concepción cristiana del matrimonio y de la familia
no modifica la realidad creatural, sino que eleva
aquellos componentes esenciales de la sociedad
conyugal: comunión de los esposos que generan
nuevas vidas, las educan e integran en la sociedad, y
comunión de las personas como vínculo firme
entre los miembros de la familia.
6. Hoy, en este Centro de congresos
Río Centro, invoco sobre vosotros, cardenales,
arzobispos y obispos, representantes de las diversas
Conferencias episcopales del mundo entero, y sobre los
delegados del Congreso teológico-pastoral y sus
familias, la luz y el calor del Espíritu Santo. A él se
dirige la Iglesia, para que infunda en todos su presencia
santificadora y renueve en la Esposa de Cristo "el
celo misionero a fin de que todos lleguen a conocer a
Cristo, verdadero Hijo de Dios y verdadero Hijo del
hombre" (cf. Oración para el primer año de
preparación al gran jubileo del año 2000). Mañana
celebraremos en el estadio de Maracaná el Acto de
testimonio, junto con todos vosotros que habéis
traído aquí la inmensa riqueza, las preocupaciones y
las esperanzas de vuestras Iglesias y vuestros pueblos, y
que servirá de marco para la eucaristía del domingo, en
la explanada de Flamengo, durante la cual viviremos, a la
luz de la fe, el misterio del Pan vivo que bajó del
cielo, el maná de las familias que van en peregrinación
hacia Dios.
Hago votos para que, por la mediación de la santísima
Virgen María, los frutos de este encuentro hallen
corazones bien dispuestos a acoger las luces del
Altísimo, con renovado celo misionero, de cara a una
nueva evangelización de la familia y de toda la sociedad
humana. Que el Espíritu del Padre y del Hijo, que es
también el Espíritu-Amor, nos conceda a todos la
bendición y la gracia que deseo transmitir a los hijos e
hijas de la Iglesia y a toda la familia humana.
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