SEGUNDA PARTE:EL DESIGNIO DE
DIOS SOBRE EL MATRIMONIO Y LA FAMILIA
TERCERA PARTE: MISION DE LA FAMILIA CRISTIANA
I. FORMACION DE UNA COMUNIDAD DE PERSONAS
II. SERVICIO DE LA VIDA
III. PARTICIPACION EN EL DESARROLLO
DE LA SOCIEDAD
CUARTA PARTE: PASTORAL
FAMILIAR: TIEMPOS, ESTRUCTURAS, AGENTES Y SITUACIONES
II. ESTRUCTURAS DE LA PASTORAL FAMILIAR
III. AGENTES DE LA PASTORAL FAMILIAR
IV. LA PASTORAL FAMILIAR EN LOS CASOS DIFICILES
CONCLUSIÓN
INTRODUCCIÓN
LA IGLESIA AL SERVICIO DE LA FAMILIA
1. La familia, en los
tiempos modernos, ha sufrido, quizá como ninguna otra institución, la acometida
de las transformaciones amplias, profundas y rápidas de la sociedad y de la
cultura. Muchas familias viven esta situación permaneciendo fieles a los
valores que constituyen el fundamento de la institución familiar. Otras se
sienten inciertas y desanimadas de cara a su cometido, e incluso en estado de
duda o de ignorancia respecto al significado último y a la verdad de la vida
conyugal y familiar. Otras, en fin, a causa de diferentes situaciones de
injusticia se ven impedidas para realizar sus derechos fundamentales.
La Iglesia, consciente
de que el matrimonio y la familia constituyen uno de los bienes más preciosos
de la humanidad, quiere hacer sentir su voz y ofrecer su ayuda a todo aquel
que, conociendo ya el valor del matrimonio y de la familia, trata de vivirlo
fielmente; a todo aquel que, en medio de la incertidumbre o de la ansiedad,
busca la verdad y a todo aquel que se ve injustamente impedido para vivir con
libertad el propio proyecto familiar. Sosteniendo a los primeros, iluminando a
los segundos y ayudando a los demás, la Iglesia ofrece su servicio a todo
hombre preocupado por los destinos del matrimonio y de la familia 1.
De manera especial se
dirige a los jóvenes que están para emprender su camino hacia el matrimonio y
la familia, con el fin de abrirles nuevos horizontes, ayudándolos a descubrir
la belleza y la grandeza de la vocación al amor y al servicio de la vida.
EL SINODO DE 1980 CONTINUACION DE LOS SINODOS ANTERIORES
2. Una señal de este
profundo interés de la Iglesia por la familia ha sido el último Sínodo de los
Obispos, celebrado en Roma del 26 de septiembre al 25 de octubre de 1980. Fue
continuación natural de los anteriores <2>. En efecto, la familia
cristiana es la primera comunidad llamada a anunciar al Evangelio a la persona
humana en desarrollo y a conducirla a la plena madurez humana y cristiana,
mediante una progresiva educación y catequesis.
Es más, el reciente
Sínodo conecta idealmente, en cierto sentido, con el que abordó el tema del
sacerdocio ministerial y de la justicia en el mundo contemporáneo.
Efectivamente, en cuanto comunidad educativa, la familia debe ayudar al hombre
a discernir la propia vocación y a poner todo el empeño necesario en orden a
una mayor justicia, formándolo desde el principio para unas relaciones
interpersonales ricas en justicia y amor.
Los Padres Sinodales,
al concluir su Asamblea, me presentaron una larga lista de propuestas, en las
que recogían los frutos de las reflexiones hechas durante las intensas jornadas
de trabajo, a la vez que me pedían, con voto unánime, que me hiciera intérprete
ante la humanidad de la viva solicitud de la Iglesia en favor de la familia,
dando oportunas indicaciones para un renovado empeño pastoral en este sector
fundamental de la vida humana y eclesial.
Al recoger tal deseo
mediante la presente Exhortación, como una actuación peculiar del ministerio
apostólico que se me ha encomendado, quiero expresar mi gratitud a todos los
miembros del Sínodo por la preciosa contribución en doctrina y experiencia que
han ofrecido, sobre todo con sus "proposiciones", cuyo texto he
confiado al Pontificio Consejo para la Familia, disponiendo que haga un estudio
profundo de las mismas, a fin de valorizar todos los aspectos de las riquezas
allí contenidas.
EL BIEN PRECIOSO DEL MATRIMONIO Y DE LA FAMILIA
3. La Iglesia, iluminada
por la fe, que le da a conocer toda la verdad acerca del bien precioso del
matrimonio y de la familia y acerca de sus significados más profundos, siente
una vez más el deber de anunciar el Evangelio, esto es, la "buena
nueva", a todos los indistintamente, en particular a aquellos que son
llamados al matrimonio y se preparan para él, a todos los esposos y padres del
mundo.
Está íntimamente
convencida de que sólo con la aceptación del Evangelio se realiza de manera
plena toda esperanza puesta legítimamente en el matrimonio y en la familia.
Queridos por Dios con
la misma creación <3>, matrimonio y familia están internamente ordenados
a realizarse en Cristo <4> y tienen necesidad de su gracia para ser
curados de las heridas del pecado <5> y ser devueltos "a su principio
<6>, es decir, al conocimiento pleno y a la realización integral del
designio de Dios.
En un momento
histórico en que la familia es objeto de muchas fuerzas que tratan de
destruirla o deformarla, la Iglesia, consciente de que el bien de la sociedad y
de sí misma está profundamente vinculado al bien de la familia <7>,
siente de manera más viva y acuciante su misión de proclamar a todos el
designio de Dios sobre el matrimonio y la familia, asegurando su plena
vitalidad, así como su promoción humana y cristiana, contribuyendo de este modo
a la renovación de la sociedad y del mismo Pueblo de Dios.
PRIMERA PARTE
LUCES Y SOMBRAS DE LA
FAMILIA EN LA ACTUALIDAD
NECESIDAD DE
CONOCER LA SITUACIÓN
4. Dado que los designios
de Dios sobre el matrimonio y la familia afectan al hombre y a la mujer en su
concreta existencia cotidiana, en determinadas situaciones sociales y
culturales, la Iglesia, para cumplir su servicio, debe esforzarse para conocer
el contexto dentro del cual matrimonio y familia se realizan hoy <8>.
Este conocimiento
constituye consiguientemente una exigencia imprescindible de la tarea
evangelizadora. En efecto, es a las familias de nuestro tiempo a las que la
Iglesia debe llevar el inmutable y siempre nuevo Evangelio de Jesucristo; y son
a su vez las familias, implicadas en las presentes condiciones del mundo, las
que están llamadas a acoger y a vivir el proyecto de Dios sobre ellas. Es más,
las exigencias y llamadas del Espíritu Santo resuenan también en los
acontecimientos mismos de la historia, y por tanto la Iglesia puede ser guiada
a una comprensión más profunda del inagotable misterio del matrimonio y de la
familia, incluso por las situaciones, interrogantes, ansias y esperanzas de los
jóvenes, de los esposos y de los padres de hoy <9>.
A esto hay que añadir
una ulterior reflexión de espacial importancia en los tiempos actuales. No
raras veces al hombre y a la mujer de hoy día, que están en búsqueda sincera y
profunda de una respuesta a los problemas cotidianos y graves de su vida
matrimonial y familiar, se les ofrece perspectivas y propuestas seductoras,
pero que en diversa medida compromete la verdad y la dignidad de la persona
humana. Se trata de un ofrecimiento sostenido con frecuencia por una potente y
capilar organización de los medios de comunicación social que ponen sutilmente
en peligro la libertad y la capacidad de juzgar con objetividad.
Muchos son conscientes
de este peligro que corre la persona humana y trabajan en favor de la verdad.
La Iglesia, con su discernimiento evangélico, se une a ellos, poniendo a su
disposición su propio servicio a la verdad, libertad y dignidad de todo hombre
y mujer.
DISCERNIMIENTO
EVANGELICO
5. El discernimiento hecho
por la Iglesia se convierte en el ofrecimiento de una orientación, a fin de que
se salve y realice la verdad y la dignidad plena del matrimonio y de la
familia.
Tal discernimiento se
lleva a cabo con el sentido de la fe <10> que es un don participado por
el Espíritu Santo a todos los fieles <11>. Es por tanto obra de toda la
Iglesia, según la diversidad de los diferentes dones y carismas que junto y
según la responsabilidad propia de cada uno, cooperan para un más hondo
conocimiento y actuación de la Palabra de Dios. La Iglesia, consiguientemente,
no lleva a cabo el propio discernimiento evangélico únicamente por medio de los
Pastores, quienes enseñan en nombre y con el poder de Cristo, sino también por
medio de los seglares: Cristo "los constituye sus testigos y les dota del
sentido de la fe y de la gracia de la palabra (cfr. Hech. 2, 17-18; Apoc. 19,
10)para que la virtud del Evangelio brille en la vida diaria familiar y social"
<12>. Más aún, los seglares por razón de su vocación particular tienen el
cometido específico de interpretar a la luz de Cristo la historia de este
mundo, en cuanto que están llamados a iluminar y ordenar todas las realidades
temporales según el designio de Dios Creador y Redentor.
El "sentido
sobrenatural de la fe" <13> no consiste sin embargo única o
necesariamente en el consentimiento de los fieles. La Iglesia, siguiendo a
Cristo, busca la verdad que no siempre coincide con la opinión de la mayoría.
Escucha a la conciencia y no al poder, en lo cual defiende a los pobres y
despreciados. La Iglesia puede recurrir también a la investigación sociológica
y estadística, cuando se revele útil para captar el contexto histórico dentro
del cual la acción pastoral debe desarrollarse y para conocer mejor la verdad;
no obstante tal investigación por sí sola no debe considerarse, sin más,
expresión del sentido de la fe.
Dado que es cometido
del ministerio apostólico asegurar la permanencia de la Iglesia en la verdad de
Cristo e introducirla en ella cada vez más profundamente, los Pastores deben
promover el sentido de la fe en todos los fieles, valorar y juzgar con
autoridad la genuinidad de sus expresiones, educar a los creyentes para un
discernimiento evangélico cada vez más maduro <14>.
Para hacer un
auténtico discernimiento evangélico en las diversas situaciones y culturas en
que el hombre y la mujer viven su matrimonio y su vida familiar, los esposos y
padres cristianos pueden y deben ofrecer su propia e insustituible contribución.
A este cometido les habilita su carisma y don propio, el don del sacramento del
Matrimonio <15>.
SITUACION DE LA
FAMILIA EN EL MUNDO DE HOY
6. La situación en que se
halla la familia presenta aspectos positivos y aspectos negativos: signo, los
unos, de la salvación de Cristo operante en el mundo; signo, los otros, del
rechazo que el hombre opone al amor de Dios.
En efecto, por una
parte existe una conciencia más viva de la libertad personal y una mayor
atención a la calidad de las relaciones interpersonales en el matrimonio, a la
promoción de la dignidad de la mujer, a la procreación responsable, a la
educación de los hijos; se tiene además conciencia de la necesidad de
desarrollar relaciones entre las familias, en orden a una ayuda recíproca
espiritual y material, al conocimiento de la misión eclesial propia de la
familia, a su responsabilidad en la construcción de una sociedad más justa. Por
otra parte no faltan, sin embargo, signos de preocupante degradación de algunos
valores fundamentales: una equivocada concepción teórica y práctica de la
independencia de los cónyuges entre sí: las graves ambigüedades acerca de la
relación de autoridad entre padres e hijos; las dificultades concretas que con
frecuencia experimenta la familia en la transmisión de los valores; el número
cada vez mayor de los divorcios, la plaga del aborto, el recurso cada vez más
frecuente a la esterilización, la instauración de una verdadera y propia
mentalidad anticoncepcional.
En la base de estos
fenómenos negativos está muchas veces una corrupción de la idea y de la
experiencia de la libertad, concebida no como la capacidad de realizar la
verdad del proyecto de Dios sobre el matrimonio y la familia, sino como una
fuerza autónoma de autoafirmación, no raramente contra los demás, en orden al
propio bienestar egoísta.
Merece también nuestra
atención el hecho de que en los países del llamado Tercer Mundo a las familias
les faltan muchas veces bien sea los medios fundamentales para la supervivencia
como son el alimento, el trabajo, la vivienda, las medicinas, bien sea las
libertades más elementales. En cambio, en los países más ricos, el excesivo
bienestar y la mentalidad consumística, paradójicamente unida a una cierta
angustia e incertidumbre ante el futuro, quitan a los esposos la generosidad y
la valentía para suscitar nuevas vidas humanas; y así la vida en muchas
ocasiones no se ve ya como una bendición, sino como un peligro del que hay que
defenderse.
La situación histórica
en que vive la familia se presenta pues como un conjunto de luces y sombras.
Esto revela que la
historia no es simplemente un progreso necesario hacia lo mejor, sino más bien
un acontecimiento de libertad, más aún, un combate entre libertades que se
oponen entre sí, es decir, según la conocida expresión de san Agustín, un
conflicto entre dos amores: el amor de Dios llevado hasta el desprecio de sí, y
el amor de sí mismo llevado hasta el desprecio de Dios <16>.
Se sigue de ahí que
solamente la educación en el amor enraizando en la fe puede conducir a adquirir
la capacidad de interpretar los "signos de los tiempos", que son la
expresión histórica de este doble amor.
INFLUJO DE LA
SITUACION EN LA CONCIENCIA DE LOS FIELES
7. Viviendo en un mundo
así, bajo las presiones derivadas sobre todo de los medios de la comunicación
social, los fieles no siempre han sabido ni saben mantenerse inmunes del
oscurecerse de los valores fundamentales y colocarse como conciencia crítica de
esta cultura familiar y como sujetos activos de la construcción de un auténtico
humanismo familiar.
Entre los signos más
preocupantes de este fenómeno, los Padres Sinodales han señalado en particular
la facilidad del divorcio y del recurso a una nueva unión por parte de los
mismos fieles; la aceptación del matrimonio puramente civil, en contradicción
con la vocación de los bautizados a "desposarse en el Señor"; la
celebración del matrimonio sacramento no movidos por una fe viva, sino por
otros motivos; el rechazo de las normas que guían y promueven el ejercicio
humano y cristiano de la sexualidad dentro del matrimonio.
NUESTRA
EPOCA TIENE NECESIDAD DE SABIDURIA
8. Se plantea así a toda
la Iglesia el deber de una reflexión y de un compromiso profundos, para que la
nueva cultura que está emergiendo sea íntimamente evangelizada, se reconozcan
los verdaderos valores, se defiendan los derechos del hombre y de mujer y se
promueva la justicia en las estructuras mismas de la sociedad. De este modo el
"nuevo humanismo" no apartará a los hombres de su relación con Dios,
sino que los conducirá a ella de manera más plena.
En la construcción de
tal humanismo, la ciencia y sus aplicaciones técnicas ofrecen nuevas e inmensas
posibilidades. Sin embargo, la ciencia, como consecuencia de las opciones
políticas que deciden su dirección de investigación y sus aplicaciones, se usa
a menudo contra su significado original, la promoción de la persona humana.
Se hace pues necesario
recuperar por parte de todos la conciencia de la primacía de los valores
morales, que son los valores de la persona humana en cuanto tal. Volver a
comprender el sentido último de la vida y de sus valores fundamentales es el
gran e importante cometido que se impone hoy día para la renovación de la
sociedad. Sólo la conciencia de la primacía de éstos permite un uso de las
inmensas posibilidades, puestas en manos del hombre por la ciencia; un uso
verdaderamente orientado como fin a la promoción de la persona humana en toda
su verdad, en su libertad y dignidad. La ciencia está llamada a ser aliada de
la sabiduría.
Por tanto se pueden
aplicar también a los problemas de la familia las palabras del Concilio
Vaticano II: "Nuestra época, más que ninguna otra, tiene necesidad de ésta
sabiduría para humanizar todos los nuevos descubrimientos de la humanidad. El
destino futuro del mundo corre peligro si no se forman hombres más instruidos
en esta sabiduría" <17>.
La educación de la
conciencia moral que hace a todo hombre capaz de juzgar y de discernir los
modos adecuados para realizarse según su verdad original, se convierte así en
una exigencia prioritaria e irrenunciable.
Es la alianza con la
Sabiduría divina la que debe ser más profundamente reconstituida en la cultura
actual. De tal Sabiduría todo hombre ha sido hacho partícipe por el mismo gesto
creador de Dios. Y es únicamente en la fidelidad a esta alianza como las
familias de hoy estarán en condiciones de influir positivamente en la
construcción de un mundo más justo y fraterno.
GRADUALIDAD Y
CONVERSION
9. A la injusticia
originada por el pecado -que ha penetrado profundamente también en las
estructuras del mundo de hoy - y que con frecuencia pone obstáculos a la
familia en la plena realización de sí misma y de sus derechos fundamentales,
debemos oponernos todos con una conversión de la mente y del corazón, siguiendo
a Cristo Crucificado en la renuncia al propio egoísmo: semejante conversión no
podrá dejar de ejercer una influencia beneficiosa y renovadora incluso en las
estructuras de la sociedad.
Se pide una conversión
continua, permanente, que, aunque exija el alejamiento interior de todo mal y
la adhesión al bien en su plenitud, se actúa sin embargo concretamente con
pasos que conducen cada vez más lejos. Se desarrolla así un proceso dinámico,
que avanza gradualmente con la progresiva integración de los dones de Dios y de
las exigencias de su amor definitivo y absoluto en toda la vida personal y
social del hombre. Por esto es necesario un camino pedagógico del crecimiento
con el fin de que los fieles, las familias y los pueblos, es más, la misma
civilización, partiendo de lo que han recibido ya del misterio de Cristo sean
conducidos pacientemente más allá hasta llegar a un conocimiento más rico y a
una integración más plena de este misterio en su vida.
INCULTURACION
10. Está en conformidad con
la tradición constante de la Iglesia el aceptar de las culturas de los pueblos,
todo de aquello que está en condiciones de expresar mejor las inagotables
riquezas de Cristo <18>. Sólo con el concurso de todas las culturas,
tales riquezas podrán manifestarse cada vez más claramente y la Iglesia podrá caminar
hacia un conocimiento cada día más completo y profundo de la verdad, que le ha
sido dada ya enteramente por su Señor.
Teniendo presente el
doble principio de la compatibilidad con el Evangelio de las varias culturas a
asumir y de la comunión con la Iglesia Universal se deberá proseguir en el
estudio, en especial por parte de las Conferencias Episcopales y de los
Dicasterios competentes de la Curia Romana, y en el empeño pastoral para que
esta "inculturación" de la fe cristiana se lleve a cabo cada vez más
ampliamente, también en el ámbito del matrimonio y de la familia .
Es mediante la
"inculturación" como se camina hacia la reconstrucción plena de la
alianza con la sabiduría de Dios que es Cristo mismo. La Iglesia entera quedará
enriquecida también por aquellas culturas que, aún privadas de tecnología,
abundan en sabiduría humana y están vivificadas por profundos valores morales.
Para que sea clara la
meta y, consiguientemente, queda indicado con seguridad el camino, el Sínodo
justamente ha considerado a fondo en primer lugar el proyecto original de Dios
acerca del matrimonio y de la familia: ha querido "volver al
principio", siguiendo las enseñanzas de Cristo <19>.
SEGUNDA PARTE
EL DESIGNIO DE DIOS
SOBRE EL MATRIMONIO Y LA FAMILIA
EL HOMBRE, IMAGEN DE DIOS AMOR
11. Dios ha creado al hombre
a su imagen y semejanza <20>: llamándolo a la existencia por amor, lo ha
llamado al mismo tiempo al amor.
Dios es amor
<21> y vive en sí mismo un misterio de comunión personal de amor.
Creándola a su imagen y conservándola continuamente en el ser, Dios inscribe en
la humanidad del hombre y de la mujer la vocación y consiguientemente la
capacidad y la responsabilidad del amor y de la comunión <22>. El amor es
por tanto la vocación fundamental e innata de todo ser humano.
En cuanto espíritu
encarnado, es decir, alma que se expresa en el cuerpo informado por un espíritu
inmortal, el hombre está llamado al amor en esta su totalidad unificada. El
amor abarca también el cuerpo humano y el cuerpo se hace partícipe del amor
espiritual.
La Revelación
cristiana conoce dos modos específicos de realizar integralmente la vocación de
la persona humana al amor: el Matrimonio y la Virginidad. Tanto el uno como la
otra, en su forma propia, son una concretización de la verdad más profunda del
hombre, de su "ser imagen de Dios".
En consecuencia, la sexualidad,
mediante el cual el hombre y la mujer se dan uno a otro con los aspectos
propios y exclusivos de los esposos, no es algo puramente biológico, sino que
afecta el núcleo íntimo de la persona humana en cuanto tal. Ella se realiza de
modo verdaderamente humano, solamente cuando es parte integral del amor con el
que el hombre y la mujer se comprometen totalmente entre sí hasta la muerte. La
donación física total sería un engaño si no fuese signo y fruto de una donación
en la que está presente toda la persona, incluso en su dimensión temporal; si
la persona se reservase algo o la posibilidad o de decidir de otra manera en
orden al futuro, ya no se donaría totalmente.
Esta totalidad,
exigida por el amor conyugal, corresponde también con las exigencias de una
fecundidad responsable, la cual, orientada a engendrar una persona humana,
supera por su naturaleza el orden puramente biológico y toca una serie de
valores personales, para cuyo crecimiento armonioso es necesaria la
contribución perdurable y concordé de los padres.
El único
"lugar" que hace posible esta donación total es el matrimonio, es
decir, el pacto de amor conyugal o elección consciente y libre, con la que el
hombre y la mujer aceptan la comunidad íntima de vida y amor, querida por Dios
mismo <23>, que sólo bajo esta luz manifiesta su propio significado. La
institución matrimonial no es una injerencia indebida de la sociedad o de la
autoridad ni la imposición intrínseca de una forma, sino exigencia interior del
pacto de amor conyugal que se confirma públicamente como único y exclusivo,
para que sea vivida así como plena fidelidad al designio de Dios Creador. Esta
fidelidad, lejos de rebajar la libertad de la persona, la defiende contra el
subjetivismo y relativismo, y la hace partícipe de la Sabiduría creadora.
MATRIMONIO Y
COMUNION ENTRE DIOS Y LOS HOMBRES
12. La comunión de amor
entre Dios y los hombres, contenido fundamental de la Revelación y de la
experiencia de fe de Israel, encuentra una significativa expresión en la
alianza esponsal que se establece entre el hombre y la mujer.
Por esta razón, la
palabra central de la Revelación, "Dios ama a su pueblo", es
pronunciada a través de las palabras vivas y concretas con que el hombre y la
mujer se declaran su amor conyugal.
Su vínculo de amor se
convierte en imagen y símbolo de la Alianza que une a Dios con su pueblo
<24>. El mismo pecado puede atentar contra el pacto conyugal se convierte
en imagen de la infidelidad del pueblo a su Dios: la idolatría es prostitución
<25>, la infidelidad es adulterio, la desobediencia a la ley es abandono
del amor esponsal del Señor. Pero la infidelidad de Israel no destruye la
fidelidad eterna del Señor y por tanto el amor siempre fiel de Dios se pone
como ejemplo de las relaciones de amor fiel que deben existir entre los esposos
<26>.
JESUCRISTO,
ESPOSO DE LA IGLESIA, Y EL SACRAMENTO DEL MATRIMONIO
13. La comunión entre Dios y
los hombres halla su cumplimiento definitivo en Cristo Jesús, el Esposo que ama
y se da como Salvador de la humanidad, uniéndola a sí como su cuerpo.
El revela la verdad
original del matrimonio, la verdad del "principio" <27> y,
liberando al hombre de la dureza del corazón, lo hace capaz de realizarla
plenamente.
Esta revelación
alcanza su plenitud definitiva en el don de amor que el Verbo de Dios hace a la
humanidad asumiendo la naturaleza humana, y en el sacrificio que Jesucristo
hace de sí mismo en la cruz por su Esposa, la Iglesia. En este sacrificio se
desvela enteramente el designio que Dios ha impreso en la humanidad del hombre
y de la mujer desde su creación <28>; el matrimonio de los bautizados se
convierte así en el símbolo real de la nueva y eterna Alianza, sancionada con
la sangre de Cristo. El Espíritu que infunde el Señor renueva el corazón y hace
al hombre y a la mujer capaces de amarse como Cristo nos amó. El amor conyugal
alcanza de este modo la plenitud a la que está ordenado interiormente, la
caridad conyugal, que es el modo propio y específico con que los esposos
participan y están llamados a vivir la misma caridad de Cristo que se dona
sobre la cruz.
En una página
justamente famosa, Tertuliano ha expresado acertadamente la grandeza y belleza
de esta vida conyugal en Cristo: "¿Cómo lograré exponer la felicidad de
ese matrimonio que la Iglesia favorece, que la ofrenda eucarística refuerza,
que la bendición sella, que los ángeles anuncian y que el Padre ratifica?...
¡Qué yugo el de los dos fieles unidos en una sola esperanza, en un sólo
propósito, en una sola observancia, en una sola servidumbre! Ambos son hermanos
y los dos sirven juntos; no hay división ni en la carne ni en el espíritu. Al
contrario, son verdaderamente dos en una sola carne y donde la carne es única,
único es el espíritu" <29>.
La Iglesia, acogiendo
y meditando fielmente la Palabra de Dios, ha enseñado solemnemente y enseña que
el matrimonio de los bautizados es uno de los siete sacramentos de la Nueva
Alianza <30>.
En efecto, mediante el
bautismo, el hombre y la mujer son inseridos definitivamente en la Nueva y
Eterna Alianza, en la Alianza esponsal de Cristo con la Iglesia. Y debido a
esta inserción indestructible, la comunidad íntima de vida y de amor conyugal,
fundada por el Creador <31>, es elevada y asumida en la caridad esponsal
de Cristo, sostenida y enriquecida por su fuerza y redentora.
En virtud de la
sacramental de su matrimonio, los esposos quedan vinculados uno a otro de la
manera más profundamente indisoluble. Su recíproca pertenencia es
representación real, mediante el signo sacramental, de peranza del futuro encuentro con Cristo" <32>.
Al igual que cada uno
de los siete sacramentos, el Matrimonio es también un símbolo real del
acontecimiento de la salvación, pero de modo propio. "Los esposos
participan en cuanto esposos, los dos, como pareja hasta tal punto que el
efecto primario e inmediato del matrimonio (res et sacramentum) no es la
gracia sobrenatural misma, sino el vínculo conyugal cristiano, una comunión en
dos típicamente cristiana, porque representa el misterio de la Encarnación de
Cristo y su misterio de Alianza. El contenido de la participación en la vida de
Cristo es también específico: el amor conyugal comporta una totalidad en la que
entran todos los elementos de la persona -reclamo del cuerpo y del instinto,
fuerza del sentimiento y de la afectividad, aspiración del espíritu y de la
voluntad -; mira a una unidad profundamente personal que, más allá de la unión
en una sola carne, conduce a no hacer más que un sólo corazón y una sola alma;
exige la indisolubilidad y fidelidad de la donación recíproca definitiva y se
abre a la fecundidad (cfr. Humanae vitae, 9). En una palabra, se trata
de características normales de todo amor conyugal natural, pero con un
significado nuevo que no sólo las purifica y consolida, sino que las eleva
hasta el punto de hacer de ellas la expresión de valores propiamente
cristianos" <33>.
LOS HIJOS,
DON PRECIOSISIMO DEL MATRIMONIO
14. Según el designio de
Dios, el matrimonio es el fundamento de la comunidad más amplia de la familia,
ya que la institución misma del matrimonio y del amor conyugal están ordenados
a la procreación y educación de la prole, en la que encuentran su coronación
<34>.
En su realidad más
profunda, el amor es esencialmente don y el amor conyugal, a la vez que conduce
a los esposos al recíproco "conocimiento" que les hace "una sola
carne" <35>, no se agota dentro de la pareja, ya que los hace capaces
de la máxima donación posible, por la cual se convierte en cooperadores de Dios
en el don de la vida a una nueva persona humana. De este modo los cónyuges, a
la vez que se dan entre sí, dan más allá de sí mismos la realidad del hijo,
reflejo viviente de su amor, signo permanente de la unidad conyugal y síntesis
viva e inseparable del padre y de la madre.
Al hacerse padres, los
esposos reciben de Dios el don de una nueva responsabilidad. Su amor paterno
está llamado a ser para los hijos el signo visible del mismo amor de Dios,
"del que proviene toda paternidad en el cielo y en la tierra"
<36>.
Sin embargo, no se
debe olvidar que incluso cuando la procreación no es posible, no por esto
pierde su valor la vida conyugal. La esterilidad física, en efecto, puede dar
ocasión a los esposos para otros servicios importantes a la vida de la persona
humana, como por ejemplo la adopción, las diversas formas de obras educativas,
la ayuda a otras familias, a los niños pobres o minusválidos.
LA FAMILIA,
COMUNION DE PERSONAS
15. En el matrimonio y en la
familia se constituye un conjunto de relaciones interpersonales --relación
conyugal, paternidad - maternidad, filiación, fraternidad-- mediante las cuales
toda persona humana queda introducida en la "familia humana" y en la
"familia de Dios", que es la Iglesia.
El matrimonio y la familia cristiana edifican la Iglesia; en
efecto, dentro de la familia la persona humana no sólo es engendrada y
progresivamente introducida, mediante la educación, en la comunidad humana,
sino que mediante la regeneración por el bautismo y la educación en la fe, es
introducida también en la familia de Dios, que es la Iglesia.
La familia humana, disgregada por el pecado, queda reconstituida
en su unidad por la fuerza redentora de la muerte y resurrección de Cristo
<37>. El matrimonio cristiano, partícipe de la eficacia salvífica de este
acontecimiento, constituye el lugar natural dentro del cual se lleva a cabo la
inserción de la persona humana en la gran familia de la Iglesia.
El mandato de crecer y multiplicarse, dado al principio al hombre
y a la mujer, alcanza de este modo su verdad y realización plenas.
La Iglesia encuentra así en la familia, nacida del sacramento, su
cuna y el lugar donde puede actuar la propia inserción en las generaciones
humanas, y éstas, a su vez, en la Iglesia.
MATRIMONIO Y
VIRGINIDAD
16. La virginidad y el
celibato por el Reino de Dios no solo no contradicen la dignidad del
matrimonio, sino que la presuponen y la confirman. El matrimonio y la
virginidad son dos modos de expresar y de vivir el único Misterio de la Alianza
de Dios con su pueblo. Cuando no se estima el matrimonio, no puede existir la
virginidad consagrada; cuando la sexualidad humana no se considera un gran
valor donado por el Creador, pierde significado la renuncia por el Reino de los
cielos.
En efecto, dice
acertadamente san Juan Crisóstomo: "Quien condena el matrimonio, priva
también la virginidad de su gloria; en cambio, quien lo alaba hace la
virginidad más admirable y luminosa. Lo que aparece un bien solamente en
comparación con un mal, no es un gran bien; pero lo que es mejor aún que bienes
por todos considerados tales, es ciertamente un bien en grado superlativo"
<38>.
En la virginidad el
hombre está a la espera, incluso corporalmente, de las bodas escatológicas de
Cristo con la Iglesia, dándose totalmente a la Iglesia con la esperanza de que
Cristo se dé a ésta en la plena verdad de la vida eterna. La persona virgen
anticipa así en su carne el mundo nuevo de la resurrección futura <39>.
En virtud de éste
testimonio, la virginidad mantiene viva en la Iglesia la conciencia del
misterio del matrimonio y lo defiende de toda reducción y empobrecimiento.
Haciendo libre de modo
especial el corazón del hombre <40>, "hasta encenderlo mayormente de
caridad hacia Dios y hacia todos los hombres" <41>, la virginidad
testimonia que el Reino de Dios y su justicia son la perla preciosa que se debe
preferir a cualquier otro valor aunque sea grande, es más, que hay que buscarlo
como el único valor definitivo. Por esto, la Iglesia, durante toda su historia,
ha defendido siempre la superioridad de este carisma frente al del matrimonio,
por razón del vínculo singular que tiene con el Reino de Dios <42>.
Aun habiendo
renunciado a la fecundidad física, la persona virgen se hace espiritualmente
fecunda, padre y madre de muchos, cooperando a la realización de la familia
según el designio de Dios.
Los esposos cristianos
tienen pues el derecho de esperar de las personas vírgenes el buen ejemplo y el
testimonio de la fidelidad a su vocación hasta la muerte. Así como para los
esposos la fidelidad se hace a veces difícil y exige sacrificio, mortificación
y renuncia de sí, así también puede ocurrir a las personas vírgenes. La
fidelidad de éstas incluso ante eventuales pruebas, debe edificar la fidelidad
de aquellos <43>.
Estas reflexiones
sobre la virginidad pueden iluminar y ayudar a aquellos que por motivos
independientes de su voluntad no han podido casarse y han aceptado
posteriormente su situación de servicio.
TERCERA PARTE
MISION DE LA FAMILIA
CRISTIANA
FAMILIA, SÉ LO
QUE ERES!
17. En el designio de Dios
Creador y Redentor la familia descubre no sólo su "identidad", lo que
"es", sino también su "misión", lo que puede y debe
"hacer". El cometido, que ella por vocación de Dios está llamada a desempeñar
en la historia, brota de su mismo ser y representa su desarrollo dinámico y
existencial. Toda familia descubre y encuentra en sí misma la llamada
imborrable, que define a la vez su dignidad y su responsabilidad: familia,
¡"sé lo que "eres"!
Remontarse al
"principio" del gesto creador de Dios es una necesidad para la
familia, si quiere conocerse y realizarse según la verdad interior no sólo de
su ser, sino también de su actuación histórica. Y dado que, según el designio
divino, está constituida como "íntima comunidad de vida y de amor"
<44>, la familia tiene la misión de ser cada vez más lo que es , es
decir, comunidad de vida y de amor, en una tensión que, al igual que para toda
realidad creada y redimida, hallará su cumplimiento en el Reino de Dios. En una
perspectiva que además llega a las raíces mismas de la realidad, hay que decir
que la esencia y el cometido de la familia son definidos en última instancia
por el amor. Por esto la familia recibe la misión de custodiar, revelar y
comunicar el amor, como reflejo vivo y participación real del amor de Dios por
la humanidad y del amor de Cristo Señor por la Iglesia su esposa.
Todo cometido
particular de la familia es su expresión y la actuación concreta de tal misión
fundamental. Es necesario por tanto penetrar más a fondo en la singular riqueza
de la misión de la familia y sondear sus múltiples y unitarios contenidos.
Todo cometido
particular de la familia es su expresión y la actuación concreta de tal misión
fundamental. Es necesario por tanto penetrar más a fondo en la singular riqueza
de la misión de la familia y sondear sus múltiples y unitarios contenidos.
En este sentido,
partiendo del amor y en constante referencia a él, el reciente Sínodo a puesto
de relieve cuatro cometidos generales de la familia:
1) formación de una
comunidad de personas;
2) servicio a la vida;
3) participación en el
desarrollo de la sociedad;
4) participación en la
vida y misión en la Iglesia.
I -
FORMACION DE UNA COMUNIDAD DE PERSONAS
EL
AMOR, PRINCIPIO Y FUERZA DE LA COMUNION
18. La familia, fundada y
vivificada por el amor, es una comunidad de personas: del hombre y de la mujer
esposos, de los padres y de los hijos, de los parientes. Su primer cometido es
el de vivir fielmente la realidad de la comunión con el empeño constante de
desarrollar una auténtica comunidad de personas.
El principio interior,
la fuerza permanente y la meta última de tal cometido es el amor: así como sin
el amor la familia no es una comunidad de personas, así también sin el amor la
familia no puede vivir, crecer y perfeccionarse como comunidad de personas.
Cuanto he escrito en la Encíclica Redemptor hominis encuentra su originalidad y
aplicación privilegiada precisamente en la familia en cuento tal: "El
hombre no puede vivir sin amor. Permanece para sí mismo un ser incomprensible,
su vida está privada de sentido, si no le es revelado el amor, si no se
encuentra con el amor, si no lo experimenta y no lo hace propio, si no participa
en él vivamente" <45>.
El amor entre el
hombre y la mujer en el matrimonio y, de forma derivada y más amplia, el amor
entre los miembros de la misma familia -entre padres e hijos, entre hermanos y
hermanas, entre parientes y familiares - está animado e impulsado por un
dinamismo interior e incesante que conduce la familia a una comunión cada vez
más profunda e intensa, fundamento y alma de la comunidad conyugal y familiar.
UNIDAD INDIVISIBLE DE LA COMUNION
CONYUGAL
19 La comunión primera es
la que se instaura y se desarrolla entre los cónyuges; en virtud del pacto de
amor conyugal, el hombre y la mujer "no son ya dos, sino una sola
carne" <46> y están llamados a crecer continuamente en su comunión a
través de la fidelidad cotidiana a la promesa matrimonial de la recíproca
donación total.
Esta comunión conyugal
hunde sus raíces en el complemento natural que existe entre el hombre y la
mujer y se alimenta mediante la voluntad personal de los esposos de compartir
todo su proyecto de vida, lo que tienen y lo que son; por esto tal comunión es
el fruto y el signo de una exigencia profundamente humana. Pero, en Cristo
Señor, Dios asume esta exigencia humana, la confirma, la purifica y la eleva
conduciéndola a perfección con el sacramento del matrimonio: el Espíritu Santo
infundido en la celebración sacramental ofrece a los esposos cristianos el don
de una comunión nueva de amor, que es imagen viva y real de la singularísima
unidad que hace de la Iglesia el indivisible Cuerpo místico del Señor Jesús.
El don del Espíritu
Santo es mandamiento de vida para los esposos cristianos y al mismo tiempo
impulso estimulante, a fin de que cada día progresen hacia una unión cada vez
más rica entre ellos, a todos los niveles -del cuerpo, del carácter, del
corazón, de la inteligencia y voluntad, del alma - <47>, revelando así a
la Iglesia y al mundo las nueva comunión de amor, donada por la gracia de
Cristo.
Semejante comunión
queda radicalmente contradicha por la poligamia; ésta, en efecto, niega
directamente el designio de Dios tal como es revelado desde los orígenes,
porque es contraria a la igual dignidad personal del hombre y de la mujer, que
en el matrimonio se dan con un amor total y por lo mismo único y exclusivo. Así
lo dice el Concilio Vaticano II: "La unidad matrimonial confirmada por el
Señor aparece de modo claro incluso por la igual dignidad personal del hombre y
de la mujer, que debe ser reconocida en el mutuo y pleno amor" <48>.
UNA COMUNION
INDISOLUBLE
20 La comunión conyugal se
caracteriza no sólo por su unidad, sino también por su indisolubilidad:
"Esta unión íntima, en cuanto donación mutua de dos personas, lo mismo que
el bien de los hijos, exige la plena fidelidad de los cónyuges y reclaman su
indisoluble unidad" <49>.
Es deber fundamental
de la Iglesia reafirmar con fuerza -como han hacho los Padres del Sínodo - la
doctrina de la indisolubilidad del matrimonio; a cuantos, en nuestros días,
consideran difícil o incluso imposible vincularse a una persona por toda la
vida y a cuantos son arrastrados por toda la vida y a cuantos son arrastrados
por una cultura que rechaza la indisolubilidad matrimonial y que se mofa
abiertamente del compromiso de los esposos a la fidelidad, es necesario repetir
el buen anuncio de la perennidad del amor conyugal que tiene en Cristo su
fundamento y su fuerza <50>.
Enraizada en la
donación personal y total de los cónyuges y exigida por el bien de los hijos,
la indisolubilidad del matrimonio halla su verdad última en el designio que
Dios ha manifestado en su Revelación: El quiere y da la indisolubilidad del
matrimonio como fruto, signo y exigencia del amor absolutamente fiel que Dios
tiene al hombre y que el Señor Jesús vive hacia su Iglesia.
Cristo renueve el
designio primitivo que el Creador ha inscrito en el corazón del hombre y de la
mujer, y en la celebración del sacramento del matrimonio ofrece un
"corazón nuevo": de este modo los cónyuges no sólo pueden superar la
"dureza de corazón" <51>, sino que también y principalmente
pueden compartir el amor pleno y definitivo de Cristo, nueva y eterna Alianza
hecha carne. Así como el Señor Jesús es el "testigo fiel" <52>,
es el "sí" de las promesas de Dios <53> y consiguientemente la
realización suprema de la fidelidad incondicional con la que Dios ama a su
pueblo, así también como los cónyuges cristianos están llamados a participar
realmente en la indisolubilidad irrevocable, que una a Cristo con la Iglesia su
esposa, amada por él hasta el fin <54>.
El don del sacramento
es al mismo tiempo vocación y mandamiento para los esposos cristianos, para que
permanezcan siempre fieles entre sí, por encima de toda prueba y dificultad, en
generosa obediencia a la santa voluntad del Señor: "Lo que Dios ha unido, no
lo separa el hombre" <55>.