CARTA ENCÍCLICA
Laborem Exercens
DEL
SUMO PONTÍFICE JUAN PABLO II
IV. DERECHOS DE LOS HOMBRES DEL TRABAJO
V. ELEMENTOS PARA UNA ESPIRITUALIDAD DEL TRABAJO
VENERABLES
HERMANOS,
AMADISIMOS HIJOS E
HIJAS:
SALUD Y BENDICION
APOSTOLICA
Con su trabajo el
hombre ha de procurarse el pan cotidiano,
contribuir al continuo progreso de las ciencias y la técnica, y sobre todo
a la incesante elevación cultural y moral de la sociedad en la que vive en
comunidad con sus hermanos. Y "trabajo" significa todo tipo de acción
realizada por el hombre, independientemente de sus características o
circunstancias; significa toda actividad humana que se puede o se debe
reconocer como trabajo entre las múltiples actividades de las que el
hombre es capaz y a las que está predispuesto por la naturaleza misma en
virtud de su humanidad. Hecho a imagen y semejanza de Dios
en el mundo visible y puesto en él para que dominase la tierra,
el hombre está por ello, desde el principio, llamado al trabajo. El
trabajo es una de las características que distinguen al hombre del resto
de las criaturas, cuya actividad, relacionada con el mantenimiento de la
vida, no puede llamarse trabajo; solamente el hombre es capaz de trabajar,
solamente él puede llevarlo a cabo, llenando a la vez con el trabajo su
existencia sobre la tierra. De este modo el trabajo lleva en sí un signo
particular del hombre y de la humanidad, el signo de la persona activa en
medio de una comunidad de personas; este signo determina su característica
interior y constituye en cierto sentido su misma naturaleza.
INTRODUCCION
1. El Trabajo
humano 90 años después de la "Rerum Novarum"
Habiéndose cumplido,
el 15 de Mayo del año en curso, noventa años desde la publicación -por
obra de León XIII, el gran Pontífice de la "cuestión social"- de aquella
Encíclica de decisiva importancia, que comienza con las palabras Rerum
Novarum, deseo dedicar este documento precisamente al trabajo humano, y
más aún deseo dedicarlo al hombre en el vasto contexto de esa realidad que
es el trabajo. En efecto, si como he dicho en la Encíclica Redemptor
Hominis, publicada al principio de mi servicio en la sede romana de San
Pedro, el hombre "es el camino primero y fundamental de la Iglesia",
y ello precisamente a causa del insondable misterio de la Redención en
Cristo, entonces hay que volver sin cesar a este camino y proseguirlo
siempre nuevamente en sus varios aspectos en los que se revela toda la
riqueza y a la vez toda la fatiga de la existencia humana sobre la tierra.
—_El trabajo es uno de
estos aspectos, perenne y fundamental, siempre actual y que exige
constantemente una renovada atención y un decidido testimonio. Porque
surgen siempre nuevos interrogantes y problemas, nacen siempre nuevas
esperanzas, pero nacen también temores y amenazas relacionadas con esta
dimensión fundamental de la existencia humana, de la que la vida del
hombre está hecha cada día, de la que deriva la propia dignidad específica
y en la que a la vez está contenida la medida incesante de la fatiga
humana, del sufrimiento y también del daño y de la injusticia que invaden
profundamente la vida social dentro de cada Nación y a escala
internacional. Si bien es verdad que el hombre se nutre con el pan del
trabajo de sus manos,
es decir, no sólo de ese pan de cada día que mantiene vivo su cuerpo, sino
también del pan de la ciencia y del progreso, de la civilización y de la
cultura, entonces es también verdad perenne que él se nutre de ese pan con
el sudor de su frente;
o sea no sólo con el esfuerzo y la fatiga personales, sino también en
medio de tantas tensiones, conflictos y crisis que, en relación con la
realidad del trabajo, trastocan la vida de cada sociedad y aun de toda la
humanidad.
—_Celebramos el 90º
aniversario de la Encíclica Rerum Novarum en vísperas de nuevos adelantos
en las condiciones tecnológicas, económicas y políticas que, según muchos
expertos, influirán en el mundo del trabajo y de la producción no menos de
cuanto lo hizo la revolución industrial del siglo pasado. Son múltiples
los factores de alcance general: la introducción generalizada de la
automatización en muchos campos de la producción, el aumento del costo de
la energía y de las materias básicas; la creciente toma de conciencia de
la limitación del patrimonio natural y de su insoportable contaminación;
la aparición en la escena política de pueblos que, tras siglos de
sumisión, reclaman su legítimo puesto entre las naciones y en las
decisiones internacionales. Estas condiciones y exigencias nuevas harán
necesaria una reorganización y revisión de las estructuras de la economía
actual, así como de la distribución del trabajo. Tales cambios podrán
quizás significar por desgracia, para millones de trabajadores
especializados, desempleo, al menos temporal, o necesidad de nueva
especialización; conllevarán muy probablemente una disminución o
crecimiento menos rápido del bienestar material para los países más
desarrollados; pero podrán también proporcionar respiro y esperanza a
millones de seres que viven hoy en condiciones de vergonzosa e indigna
miseria.
—_No corresponde a la
Iglesia analizar científicamente las posibles consecuencias de tales
cambios en la convivencia humana. Pero la Iglesia considera deber suyo
recordar siempre la dignidad y los derechos de los hombres del trabajo,
denunciar las situaciones en las que se violan dichos derechos, y
contribuir a orientar estos cambios para que se realice un auténtico
progreso del hombre y de la sociedad.
2. En una línea de
desarrollo orgánico de la acción y enseñanza social
—_Ciertamente el
trabajo, en cuanto problema del hombre, ocupa el centro mismo de la
"cuestión social", a la que durante los casi cien años transcurridos desde
la publicación de la mencionada Encíclica se dirigen de modo especial las
enseñanzas de la Iglesia y las múltiples iniciativas relacionadas con su
misión apostólica. Si deseo concentrar en ellas estas reflexiones, quiero
hacerlo no de manera diversa, sino más bien en conexión orgánica con toda
la tradición de tales enseñanzas e iniciativas. Pero a la vez hago esto
siguiendo las orientaciones del Evangelio, para sacar del patrimonio del
Evangelio "cosas nuevas y cosas viejas".Ciertamente
el trabajo es "cosa antigua", tan antigua como el hombre y su vida sobre
la tierra. La situación general del hombre en el mundo contemporáneo,
considerada y analizada en sus varios aspectos geográficos, de cultura y
civilización, exige sin embargo que se descubran los nuevos significados
del trabajo humano y que se formulen asimismo los nuevos cometidos que en
este campo se brindan a cada hombre, a cada familia, a cada Nación, a todo
el género humano y, finalmente, a la misma Iglesia.
En el espacio de los
años que nos separan de la publicación de la Encíclica Rerum Novarum, la
cuestión social no ha dejado de ocupar la atención de la Iglesia. Prueba
de ello son los numerosos documentos del Magisterio, publicados por los
Pontífices, así como por el Concilio Vaticano II. Prueba asimismo de ello
son las declaraciones de los Episcopados o la actividad de los diversos
centros de pensamiento y de iniciativas concretas de apostolado, tanto a
escala internacional como a escala de Iglesias locales. Es difícil
enumerar aquí detalladamente todas las manifestaciones del vivo interés de
la Iglesia y de los cristianos por la cuestión social, dado que son muy
numerosas. Como fruto del Concilio, el principal centro de coordinación en
este campo ha venido a ser la Pontificia Comisión Justicia y Paz, la cual
cuenta con Organismos correspondientes en el ámbito de cada Conferencia
Episcopal. El nombre de esta institución es muy significativo: indica que
la cuestión social debe ser tratada en su dimensión integral y compleja.
El compromiso en favor de la justicia debe estar íntimamente unido con el
compromiso en favor de la paz en el mundo contemporáneo. Y ciertamente se
ha pronunciado en favor de este doble cometido la dolorosa experiencia de
las dos grandes guerras mundiales, que, durante los últimos 90 años, han
sacudido a muchos países tanto del continente europeo como, al menos en
parte, de otros continentes. Se manifiesta en su favor, especialmente
después del final de la segunda guerra mundial, la permanente amenaza de
una guerra nuclear y la perspectiva de la terrible autodestrucción que
deriva de ella.
Si seguimos la línea
principal del desarrollo de los documentos del supremo Magisterio de la
Iglesia, encontramos en ellos la explícita confirmación de tal
planteamiento del problema. La postura clave, por lo que se refiere a la
cuestión de la paz en el mundo, es la de la Encíclica Pacem in Terris de
Juan XXIII. Si se considera en cambio la evolución de la cuestión de la
justicia social, ha de notarse que, mientras en el período comprendido
entre la Rerum Novarum y la Quadragesimo Anno de Pío XI, las enseñanzas de
la Iglesia se concentran sobre todo en torno a la justa solución de la
llamada cuestión obrera, en el ámbito de cada Nación y, en la etapa
posterior, amplían el horizonte a dimensiones mundiales. La distribución
desproporcionada de riqueza y miseria, la existencia de países y
Continentes desarrollados y no desarrollados, exigen una justa
distribución y la búsqueda de vías para un justo desarrollo de todos. En
esta dirección se mueven las enseñanzas contenidas en la Encíclica Mater
et Magistra de Juan XXIII, en la Constitución pastoral Gaudium et Spes del
Concilio Vaticano II y en la Encíclica Populorum Progressio de Pablo VI.
Esta dirección de
desarrollo de las enseñanzas y del compromiso de la Iglesia en la cuestión
social, corresponde exactamente al reconocimiento objetivo del estado de
las cosas. Si en el pasado, como centro de tal cuestión, se ponía de
relieve ante todo el problema de la "clase", en época más reciente se
coloca en primer plano el problema del "mundo". Por lo tanto, se considera
no sólo el ámbito de la clase, sino también el ámbito mundial de la
desigualdad y de la injusticia; y, en consecuencia, no sólo la dimensión
de clase, sino la dimensión mundial de las tareas que llevan a la
realización de la justicia en el mundo contemporáneo. Un análisis completo
de la situación del mundo contemporáneo ha puesto de manifiesto de modo
todavía más profundo y más pleno el significado del análisis anterior de
las injusticias sociales; y es el significado que hoy se debe dar a los
esfuerzos encaminados a construir la justicia sobre la tierra, no
escondiendo con ello las estructuras injustas, sino exigiendo un examen de
las mismas y su transformación en una dimensión más universal.
3. El problema del
trabajo, clave de la cuestión social
En medio de todos
estos aspectos -tanto del diagnóstico de la realidad social objetiva como
también de las enseñanzas de la Iglesia en el ámbito de la compleja y
variada cuestión social- el problema del trabajo humano aparece
naturalmente muchas veces. Es, de alguna manera, un elemento fijo tanto de
la vida social como de las enseñanzas de la Iglesia. En esta enseñanza,
sin embargo, la atención al problema se remonta más allá de los últimos
noventa años. En efecto, la doctrina social de la Iglesia tiene su fuente
en la Sagrada Escritura, comenzando por el libro del Génesis y, en
particular, en el Evangelio y en los escritos apostólicos. Esa doctrina
perteneció desde el principio a la enseñanza de la Iglesia misma, a su
concepción del hombre y de la vida social y, especialmente, a la moral
social elaborada según las necesidades de las distintas épocas. Este
patrimonio tradicional ha sido después heredado y desarrollado por las
enseñanzas de los Pontífices sobre la moderna "cuestión social", empezando
por la Encíclica Rerum Novarum. En el contexto de esta "cuestión", la
profundización del problema del trabajo ha experimentado una continua
puesta al día conservando siempre aquella base cristiana de verdad que
podemos llamar perenne.
—_Si en el presente
documento volvemos de nuevo sobre este problema -sin querer por lo demás
tocar todos los argumentos que a él se refieren- no es para recoger y
repetir lo que ya se encuentra en las enseñanzas de la Iglesia, sino más
bien para poner de relieve -quizá más de lo que se ha hecho hasta ahora-
que el trabajo humano es una clave, quizá la clave esencial, de toda la
cuestión social, si tratamos de verla verdaderamente desde el punto de
vista del bien del hombre. Y si la solución, o mejor, la solución gradual
de la cuestión social, que se presenta de nuevo constantemente y se hace
cada vez más compleja, debe buscarse en la dirección de "hacer la vida
humana más humana",
entonces la clave, que es el trabajo humano, adquiere una importancia
fundamental y decisiva.
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II - EL TRABAJO Y EL HOMBRE
4. En el libro del
Génesis
—_La Iglesia está
convencida de que el trabajo constituye una dimensión fundamental de la
existencia del hombre en la tierra. Ella se confirma en esta convicción
considerando también todo el patrimonio de las diversas ciencias dedicadas
al estudio del hombre: la antropología, la paleontología, la historia, la
sociología, la psicología, etc.; todas parecen testimoniar de manera
irrefutable esta realidad. La Iglesia, sin embargo, saca esta convicción
sobre todo de la fuente de la Palabra de Dios revelada, y por ello lo que
es una convicción de la inteligencia, adquiere a la vez el carácter de una
convicción de fe. El motivo es que la Iglesia -vale la pena observarlo
desde ahora- cree en el hombre: ella piensa en el hombre y se dirige a él
no sólo a la luz de la experiencia histórica, no sólo con la ayuda de los
múltiples métodos del conocimiento científico, sino ante todo a la luz de
la palabra revelada del Dios vivo. Al hacer referencia al hombre, ella
trata de expresar los designios eternos y los destinos trascendentes que
el Dios vivo, Creador y Redentor ha unido al hombre.
onio de las diversas ciencias dedicadas
al estudio del hombre: la antropología, la paleontología, la historia, la
sociología, la psicología, etc.; todas parecen testimoniar de manera
irrefutable esta realidad. La Iglesia, sin embargo, saca esta convicción
sobre todo de la fuente de la Palabra de Dios revelada, y por ello lo que
es una convicción de la inteligencia, adquiere a la vez el carácter de una
convicción de fe. El motivo es que la Iglesia -vale lrcaica- han sido expresadas las verdades
fundamentales sobre el hombre, ya en el contexto del misterio de la
Creación. Estas son las verdades que deciden acerca del hombre desde el
principio y que, al mismo tiempo, trazan las grandes líneas de su
existencia en la tierra, tanto en el estado de justicia original como
también después de la ruptura, provocada por el pecado, de la alianza
original del Creador con la creado, en el hombre. Cuando éste, hecho "a
imagen de Dios... varón y hembra"
,
siente las palabras: "Procread y multiplicaos, y henchid la tierra;
sometedla"
,
aunque estas palabras no se refieren directa y explícitamente al trabajo,
indirectamente ya se lo indican sin duda alguna como una actividad a
desarrollar en el mundo. Más aún, demuestran su misma esencia más
profunda. El hombre es la imagen de Dios, entre otros motivos por el
mandato recibido de su Creador de someter y dominar la tierra. En la
realización de este mandato, el hombre, todo ser humano, refleja la acción
misma del Creador del universo.
—_El trabajo entendido
como una actividad "transitiva", es decir, de tal naturaleza que,
empezando en el sujeto humano, está dirigida hacia un objeto externo,
supone un dominio específico del hombre sobre la "tierra" y a la vez
confirma y desarrolla este dominio. Está claro que con el término
"tierra", del que habla el texto bíblico, se debe entender ante todo la
parte del universo visible en el que habita el hombre; por extensión sin
embargo, se puede entender todo el mundo visible, dado que se encuentra en
el radio de influencia del hombre y de su búsqueda por satisfacer las
propias necesidades. La expresión "someter la tierra" tiene un amplio
alcance. Indica todos los recursos que la tierra (e indirectamente el
mundo visible) encierra en sí y que, mediante la actividad consciente del
hombre, pueden ser descubiertos y oportunamente usados. De esta manera,
aquellas palabras, puestas al principio de la Biblia, no dejan de ser
actuales. Abarcan todas las épocas pasadas de la civilización y de la
economía, así como toda la realidad contemporánea y las fases futuras del
desarrollo, las cuales, en alguna medida, quizás se están delineando ya,
aunque en gran parte permanecen todavía casi desconocidas o escondidas
para el hombre.
—_Si a veces se habla
de período de "aceleración" en la vida económica y en la civilización de
la humanidad o de las naciones, uniendo estas "aceleraciones" al progreso
de la ciencia y de la técnica, y especialmente a los descubrimientos
decisivos para la vida socio-económica, se puede decir al mismo tiempo que
ninguna de estas "aceleraciones" supera el contenido esencial de lo
indicado en este antiquísimo texto bíblico. Haciéndose -mediante su
trabajo- cada vez más dueño de la tierra y confirmando todavía -mediante
el trabajo- su dominio sobre el mundo visible, el hombre en cada caso y en
cada fase de este proceso se coloca en la línea del plan original del
Creador; lo cual está necesaria e indisolublemente unido al hecho de que
el hombre ha sido creado, varón y hembra, "a imagen de Dios". Este proceso
es, al mismo tiempo, universal: abarca a todos los hombres, a cada
generación, a cada fase del desarrollo económico y cultural, ya la vez es
un proceso que se actúa en cada hombre, en cada sujeto humano consciente.
Todos y cada uno están comprendidos en él contemporáneamente. Todos y cada
uno, en una justa medida y en un número incalculable de formas, toman
parte en ese gigantesco proceso, mediante el cual el hombre "somete la
tierra" con su trabajo.
5. El trabajo en
sentido objetivo: La técnica
—_Esta universalidad y
a la vez esta multiplicidad del proceso de "someter la tierra" iluminan el
trabajo del hombre, ya que el dominio del hombre sobre la tierra se
realiza en el trabajo y mediante el trabajo. Emerge así el significado del
trabajo en sentido objetivo, el cual halla su expresión en las varias
épocas de la cultura y de la civilización. El hombre domina ya la tierra
por el hecho de que domestica los animales, los cría y de ellos saca el
alimento y vestido necesarios, y por el hecho de que puede extraer de la
tierra y de los mares diversos recursos naturales. Pero mucho más "somete
la tierra", cuando el hombre empieza a cultivarla y posteriormente elabora
sus productos, adaptándolos a sus necesidades. La agricultura constituye
así un campo primario de la actividad económica y un factor indispensable
de la producción por medio del trabajo humano. La industria, a su vez,
consistirá siempre en conjugar las riquezas de la tierra -los recursos
vivos de la naturaleza, los productos de la agricultura, los recursos
minerales o químicos- y el trabajo del hombre, tanto el trabajo físico
como el intelectual. Lo cual puede aplicarse también en cierto sentido al
campo de la llamada industria de los servicios y al de la investigación,
pura o aplicada.
— Hoy, en la industria
y en la agricultura la actividad del hombre ha dejado de ser, en muchos
casos, un trabajo prevalentemente manual, ya que la fatiga de las manos y
de los músculos es ayudada por máquinas y mecanismos cada vez más
perfeccionados. No solamente en la industria, sino también en la
agricultura, somos testigos de las transformaciones llevadas a cabo por el
gradual y continuo desarrollo de la ciencia y de la técnica. Lo cual, en
su conjunto, se ha convertido históricamente en una causa de profundas
transformaciones de la civilización, desde el origen de la "era
industrial" hasta las sucesivas fases de desarrollo gracias a las nuevas
técnicas, como las de la electrónica o de los microprocesadores de los
últimos años.
Aunque pueda parecer
que en el proceso industrial "trabaja" la máquina mientras el hombre
solamente la vigila, haciendo posible y guiando de diversas maneras su
funcionamiento, es verdad también que precisamente por ello el desarrollo
industrial pone la base para planear de manera nueva el problema del
trabajo humano. Tanto la primera industrialización, que creó la llamada
cuestión obrera, como los sucesivos cambios industriales y
postindustriales, demuestran de manera elocuente que, también en la época
del "trabajo" cada vez más mecanizado, el sujeto propio del trabajo sigue
siendo el hombre.
— El desarrollo de la
industria y de los diversos sectores relacionados con ella -hasta la más
modernas tecnologías de la electrónica, especialmente en el terreno de la
miniaturización, de la informática, de la telemática y otros- indica el
papel de primerísima importancia que adquiere, en la interacción entre el
sujeto y objeto del trabajo (en el sentido más amplio de esta palabra),
precisamente esa aliada del trabajo, creada por el cerebro humano, que es
la técnica. Entendida aquí no como capacidad o aptitud para el trabajo,
sino como un conjunto de instrumentos de los que el hombre se vale en su
trabajo, la técnica es indudablemente una aliada del hombre. Ella le
facilita el trabajo, lo perfecciona, lo acelera y lo multiplica. Ella
fomenta el aumento de la cantidad de productos del trabajo y perfecciona
incluso la calidad de muchos de ellos. Es un hecho, por otra parte, que a
veces, la técnica puede transformarse de aliada en adversaria del hombre,
como cuando la mecanización del trabajo "suplanta" al hombre, quitándole
toda satisfacción personal y el estímulo a la creatividad y
responsabilidad; cuanto quita el puesto de trabajo a muchos trabajadores
antes ocupados, o cuando mediante la exaltación de la máquina reduce al
hombre a ser su esclavo.
— Si las palabras
bíblicas "someted la tierra", dichas al hombre desde el principio, son
entendidas en el contexto de toda la época moderna, industrial y
postindustrial, indudablemente encierran ya en sí una relación con la
técnica, con el mundo de mecanismos y máquinas que es el fruto del trabajo
del cerebro humano y la confirmación histórica del dominio del hombre
sobre la naturaleza.
— La época reciente de
la historia de la humanidad, especialmente la de algunas sociedades,
conlleva una justa afirmación de la técnica como un coeficiente
fundamental del progreso económico; pero al mismo tiempo, con esta
afirmación han surgido y continúan surgiendo los interrogantes esenciales
que se refieren al trabajo humano en relación con el sujeto, que es
precisamente el hombre. Estos interrogantes encierran una carga particular
de contenidos y tensiones de carácter ético y ético-social. Por ello
constituyen un desafío continuo para múltiples instituciones, para los
Estados y para los gobiernos, para los sistemas y las organizaciones
internacionales; constituyen también un desafío para la Iglesia.
6. El trabajo en
sentido subjetivo: El hombre, sujeto del trabajo
Para continuar nuestro
análisis del trabajo en relación con las palabras de la Biblia, en virtud
de las cuales el hombre ha de someter la tierra, hemos de concentrar
nuestra atención sobre el trabajo en sentido subjetivo, mucho más de
cuanto lo hemos hecho hablando acerca del significado objetivo del
trabajo, tocando apenas esa vasta problemática que conocen perfecta y
detalladamente los hombres de estudio en los diversos campos y también los
hombres mismos del trabajo según sus especializaciones. Si las palabras
del libro del Génesis, a las que nos referimos en este análisis, hablan
indirectamente del trabajo en sentido objetivo, a la vez hablan también
del sujeto del trabajo; y lo que dicen es muy elocuente y está lleno de un
gran significado.
— El hombre debe
someter la tierra, debe dominarla, porque como "imagen de Dios" es una
persona, es decir, un ser subjetivo capaz de obrar de manera programada y
racional, capaz de decidir acerca de sí y que tiende a realizarse a sí
mismo. Como persona, el hombre es pues sujeto del trabaja. Como persona él
trabajo, realiza varias acciones pertenecientes al proceso del trabajo;
éstas, independientemente de su contenido objetivo, ha de servir todas
ellas a la realización de su humanidad, al perfeccionamiento de esa
vocación de persona, que tiene en virtud de su misma humanidad. Las
principales verdades sobre este tema han sido últimamente recordadas por
el Concilio Vaticano II en la Constitución Gaudium et Spes, sobre todo en
el capítulo I, dedicado a la vocación del hombre.
— Así ese "dominio"
del que habla el texto bíblico que estamos analizando, se refiere no sólo
a la dimensión objetiva del trabajo, sino que nos introduce
contemporáneamente en la comprensión de su dimensión subjetiva. El trabajo
entendido como proceso mediante el cual el hombre y el género humano
someten la tierra, corresponde a este concepto fundamental de la Biblia
sólo cuando al mismo tiempo, en todo este proceso, el hombre se manifiesta
y confirma como el que "domina". Ese dominio se refiere en cierto sentido
a la dimensión subjetiva más que a la objetiva: esta dimensión condiciona
la misma esencia ética‑‑ del trabajo. En efecto no hay duda de que el
trabajo humano tiene un valor ético, el cual está vinculado completa y
directamente al hecho de que quien lo lleva a cabo es una persona, un
sujeto consciente y libre, es decir, un sujeto que decide de sí mismo.
— Esta verdad, que
constituye en cierto sentido el meollo fundamental y perenne de la
doctrina cristiana sobre el trabajo humano, ha tenido y sigue teniendo un
significado primordial en la formulación de los importantes problemas
sociales que han interesado épocas enteras.
— La edad antigua
introdujo entre los hombres una propia y típica diferenciación en gremios,
según el tipo de trabajo que realizaban. El trabajo que exija de parte del
trabajador el uso de sus fuerzas físicas, el trabajo de los músculos y
manos, era considerado indigno de hombres libres y por ello era ejecutado
por los esclavos. El cristianismo, ampliando algunos aspectos ya
contenidos en el Antiguo Testamento, ha llevado a cabo una fundamental
transformación de conceptos, partiendo de todo el contenido del mensaje
evangélico y sobre todo del hecho de que aquel, que siendo Dios se hizo
semejante a nosotros en todo,
dedicó la mayor parte de los años de su vida terrena al trabajo manual
junto al banco del carpintero. Esta circunstancia constituye por sí sola
el más elocuente "Evangelio del trabajo", que manifiesta cómo el
fundamento para determinar el valor del trabajo humano no es en primer
lugar el tipo de trabajo que se realiza, sino el hecho de que quien lo
ejecuta es una persona. Las fuentes de la dignidad del trabajo deben
buscarse principalmente no en su dimensión objetiva, sino en su dimensión
subjetiva.
— En esta concepción
desaparece casi el fundamento mismo de la antigua división de los hombres
en clases sociales, según el tipo de trabajo que realizasen. Esto no
quiere decir que el trabajo humano, desde el punto de vista objetivo, no
pueda o no deba ser de algún modo valorizado y cualificado. Quiere decir
solamente que el primer fundamento del valor del trabajo es el hombre
mismo, su sujeto. A esto va unida inmediatamente una consecuencia muy
importante de naturaleza ética: es cierto que el hombre está destinado y
llamado al trabajo; pero, ante todo, el trabajo está "en función del
hombre" y no el hombre "en función del trabajo". Con esta conclusión se
llega justamente a reconocer la preeminencia del significado subjetivo del
trabajo sobre el significado objetivo. Dado este modo de entender, y
suponiendo que algunos trabajos realizados por los hombres pueden tener un
valor objetivo más o menos grande, sin embargo queremos poner en evidencia
que cada uno de ellos se mide sobre todo con el metro de la dignidad del
sujeto mismo del trabajo, o sea de la persona, del hombre que lo realiza.
A su vez, independientemente del trabajo que cada hombre realiza, y
suponiendo que ello constituya una finalidad -a veces muy exigente- de su
obrar, esta finalidad no posee un significado definitivo por sí mismo. De
hecho, un fin de cuentas, la finalidad del trabajo, de cualquier trabajo
realizado por el hombre -aunque fuera el trabajo "más corriente", más
monótono en la escala del modo común de valorar, e incluso el que más
margina- permanece siempre el hombre mismo.
7. Una amenaza al
justo orden de los valores
— Precisamente estas
afirmaciones básicas sobre el trabajo han surgido siempre de la riqueza de
la verdad cristiana, especialmente del mensaje mismo del "Evangelio del
trabajo", creando el fundamento del nuevo modo humano de pensar, de
valorar y de actuar. En la época moderna, desde el comienzo de la era
industrial, la verdad cristiana sobre el trabajo debía contraponerse a las
diversas corrientes del pensamiento materialista y "economicista".
— Para algunos autores
de tales ideas, el trabajo se entendía y se trataba como una especie de
"mercancía", que el trabajador -especialmente el obrero de la industria-
vende al empresario, que es a la vez poseedor del capital, o sea del
conjunto de los instrumentos de trabajo y de los medios que hacen posible
la producción. Este modo de entender el trabajo se difundió, de modo
particular, en la primera mitad del siglo XIX. A continuación, las
formulaciones explícitas de este tipo casi han ido desapareciendo,
cediendo a un modo más humano de pensar y valorar el trabajo. La
interacción entre el hombre del trabajo y el conjunto de los instrumentos
y de los medios de producción ha dado lugar al desarrollo de diversas
formas de capitalismo -paralelamente a diversas formas de colectivismo- en
las que se han insertado otros elementos socio-económicos como
consecuencia de nuevas circunstancias concretas, de la acción de las
asociaciones de los trabajadores y de los poderes públicos, así como de la
entrada en acción de grandes empresas transnacionales. A pesar de todo, el
peligro‑‑ de considerar el trabajo como una "mercancía sui generis", o
como una anónima "fuerza" necesaria para la producción (se habla incluso
de "fuerza-trabajo"), existe siempre‑‑, especialmente cuando toda la
visual de la problemática económica esté caracterizada por las premisas
del economismo materialista.
— Una ocasión
sistemática y, en cierto sentido, hasta un estímulo para este modo de
pensar y valorar está constituido por el acelerado proceso de desarrollo
de la civilización unilateralmente materialista, en la que se da
importancia primordial a la dimensión objetiva del trabajo, mientras la
subjetiva -todo lo que se refiere indirecta o directamente al mismo sujeto
del trabajo- permanece a un nivel secundario. En todos los casos de este
género, en cada situación social de este tipo se da una confusión, e
incluso una inversión del orden establecido desde el comienzo con las
palabras del libro del Génesis: el hombre es considerado como un
instrumento de producción,
mientras él, -él solo, independientemente del trabajo que realiza- deberá
ser tratado como sujeto eficiente y su verdadero artífice y creador.
Precisamente tal inversión de orden, prescindiendo del programa y de la
denominación según la cual se realiza, merecerá el nombre de "capitalismo"
en el sentido indicado más adelante con mayor amplitud. Se sabe que el
capitalismo tiene su preciso significado histórico como sistema, y sistema
económico-social, en contraposición al "socialismo" o "comunismo". Pero, a
la luz del análisis de la realidad fundamental del entero proceso
económico y, ante todo, de la estructura de producción -como es
precisamente el trabajo- conviene reconocer que el error del capitalismo
primitivo puede repetirse dondequiera que el hombre sea tratado de alguna
manera a la par de todo el complejo de los medios materiales de
producción, como un instrumento y no según la verdadera dignidad de su
trabajo, o sea como sujeto y autor, y, por consiguiente, como verdadero
fin de todo el proceso productivo.
— Se comprende así
cómo el análisis del trabajo humano hecho a la luz de aquellas palabras,
que se refieren al "dominio" del hombre sobre la tierra, penetra hasta el
centro mismo de la problemática ético-social. Esta concepción debería
también encontrar un puesto central en toda la esfera de la política
social y económica‑‑, tanto en el ámbito de cada uno de los países, como
en el más amplio de las relaciones internacionales e intercontinentales,
con particular referencia a las tensiones, que se delinean en el mundo no
sólo en el eje Oriente-Occidente, sino también en el del Norte-Sur. Tanto
el Papa Juan XXIII en la Encíclica Mater et Magistra‑‑ como Pablo VI en la
Populorum Progressio‑‑ han dirigido una decidida atención a estas
dimensiones de la problemática ético-social contemporánea.
8. Solidaridad de
los hombres del trabajo
— Si se trata del
trabajo humano en la fundamental dimensión de su sujeto, o sea del
hombre-persona que ejecuta un determinado trabajo, se debe bajo este punto
de vista hacer por lo menos una sumaria valoración de las transformaciones
que, en los 90 años que nos separan de la Rerum Novarum‑, han acaecido en
relación con el aspecto subjetivo del trabajo. De hecho aunque el sujeto
del trabajo sea siempre el mismo, o sea el hombre, sin embargo en el
aspecto objetivo se verifican transformaciones notables. Aunque se pueda
decir que el trabajo, a causa de su sujeto, es uno (uno y cada vez
irrepetible) sin embargo, considerando sus direcciones objetivas, hay que
constatar que existen muchos trabajos, tantos trabajos distintos. El
desarrollo de la civilización humana conlleva en este campo un
enriquecimiento continuo. Al mismo tiempo, sin embargo, no se puede dejar
de notar cómo en el proceso de este desarrollo no sólo aparecen nuevas
formas de trabajo, sino que también otras desaparecen. Aun concediendo que
en línea de máxima sea esto un fenómeno normal, hay que ver todavía si no
se infiltran en él, y en qué manera, ciertas irregularidades, que por
motivos éticos-sociales pueden ser peligrosas.
— Precisamente, a raíz
de esta anomalía de gran alcance surgió en el siglo pasado la llamada
cuestión obrera, denominada a veces "cuestión proletaria". Tal cuestión
-con los problemas anexos a ella- ha dado origen a una justa reacción
social, ha hecho surgir y casi irrumpir un gran impulso de solidaridad
entre los hombres del trabajo y, ante todo, entre los trabajadores de la
industria. La llamada a la solidaridad y a la acción común, lanzada a los
hombres del trabajo -sobre todo a los del trabajo sectorial, monótono,
despersonalizador en los complejos industriales, cuando la máquina tiende
a dominar sobre el hombre- tenía un importante valor y su elocuencia desde
el punto de vista de la ética social. Era la reacción contra la
degradación del hombre como sujeto del trabajo‑‑, y contra la inaudita y
concomitante explotación en el campo de las ganancias, de las condiciones
de trabajo y de providencia hacia la persona del trabajador. Semejante
reacción ha reunido al mundo obrero en una comunidad caracterizada por una
gran solidaridad.
— Tras las huellas de
la Encíclica Rerum Novarum y de muchos documentos sucesivos del Magisterio
de la Iglesia, se debe reconocer francamente que fue justificada, desde la
óptica de la moral social, la reacción contra el sistema de injusticia y
de daño, que pedía venganza al cielo,
y que pesaba sobre el hombre del trabajo en aquel período de rápida
industrialización. Esta situación estaba favorecida por el sistema
socio-político liberal que, según sus premisas de economismo, reforzaba y
aseguraba la iniciativa económica de los solos poseedores del capital, y
no se preocupaba suficientemente de los derechos del hombre del trabajo,
afirmando que el trabajo humano es solamente instrumento de producción, y
que el capital es el fundamento, el factor eficiente, y el fin de la
producción.
— Desde entonces la
solidaridad de los hombres del trabajo, junto con una toma de conciencia
más neta y más comprometida sobre los derechos de los trabajadores por
parte de los demás, ha dado lugar en muchos casos a cambios profundos. Se
han ido buscando diversos sistemas nuevos. Se han desarrollado diversas
formas de neocapitalismo o de colectivismo. Con frecuencia los hombres del
trabajo pueden participar, y efectivamente participan, en la gestión y en
el control de la productividad de las empresas. Por medio de asociaciones
adecuadas, ellos influyen en las condiciones de trabajo y de remuneración,
así como en la legislación social. Pero al mismo tiempo, sistemas
ideológicos o de poder, así como nuevas relaciones surgidas a distintos
niveles de la convivencia humana, han dejado perdurar injusticias
flagrantes o han provocado otras nuevas. A escala mundial, el desarrollo
de la civilización y de las comunicaciones ha hecho posible un diagnóstico
más completo de las condiciones de vida y del trabajo del hombre en toda
la tierra, y también ha manifestado otras formas de injusticia mucho más
vastas de las que, en el siglo pasado, fueron un estímulo a la unión de
los hombres del trabajo para una solidaridad particular en el mundo
obrero. Así ha ocurrido en los países que han llevado ya a cabo un cierto
proceso de revolución industrial; y así también en los Países donde el
lugar primordial de trabajo sigue estando en el cultivo de la tierra‑‑ u
otras ocupaciones similares.
— Movimientos de
solidaridad en el campo del trabajo -de una solidaridad que no debe ser
cerrazón al diálogo y a la colaboración con los demás- pueden ser
necesarios incluso con relación a las condiciones de grupos sociales que
antes no estaban comprendidos en tales movimientos, pero que sufren, en
los sistemas sociales y en las condiciones de vida que cambian, una
"proletarización" efectiva o, más aún, se encuentran ya realmente en la
condición de "proletariado", la cual, aunque no es conocida todavía con
este nombre, lo merece de hecho. En esa condición pueden encontrarse
algunas categorías o grupos de la "inteligencia" trabajadora,
especialmente cuando junto con el acceso cada vez más amplio a la
instrucción, con el número cada vez más numeroso de personas, que han
conseguido un diploma por su preparación cultural disminuye la demanda de
su trabajo. Tal desocupación de los intelectuales‑‑ tiene lugar o aumenta
cuando la instrucción accesible no está orientada hacia los tipos de
empleo o de servicios requeridos por las verdaderas necesidades de la
sociedad, o cuando el trabajo para el que se requiere la instrucción, al
menos profesional, es menos buscado o menos pagado que un trabajo manual.
Es obvio que la instrucción de por sí constituye siempre un valor y un
enriquecimiento importante de la persona humana; pero no obstante, algunos
procesos de "proletarización" siguen siendo posibles independientemente de
este hecho.
Por eso, hay que
seguir preguntándose sobre el sujeto del trabajo y las condiciones en las
que vive. Para realizar la justicia social en las diversas partes del
mundo, en los distintos Países, y en las relaciones entre ellos, son
siempre necesarios nuevos movimientos de solidaridad de los hombres del
trabajo y de solidaridad con los hombres del trabajo. Esta solidaridad
debe estar siempre presente allí donde lo requiere la degradación social
del sujeto del trabajo, la explotación de los trabajadores, y las
crecientes zonas de miseria e incluso de hambre. La Iglesia está vivamente
comprometida en esta causa, porque la considera como su misión, su
servicio, como verificación de su fidelidad a Cristo, para poder ser
verdaderamente la "Iglesia de los pobres". Y los "pobres‑‑" se encuentran
bajo diversas formas; aparecen en diversos lugares y en diversos momentos;
aparecen en muchos casos como resultado de la violación de la dignidad del
trabajo humano‑‑:bien sea porque se limitan las posibilidades del trabajo
-es decir por la plaga del desempleo-, bien porque se deprecian el trabajo
y los derechos que fluyen del mismo, especialmente el derecho al justo
salario, a la seguridad de la persona del trabajador y de su familia.
9. Trabajo-
Dignidad de la persona
Continuando todavía en
la perspectiva del hombre como sujeto del trabajo, nos conviene tocar, al
menos sintéticamente, algunos problemas que definen con mayor aproximación
la dignidad del trabajo humano‑‑, ya que permiten distinguir más
plenamente su específico valor moral. Hay que hacer esto, teniendo siempre
presente la vocación bíblica a "dominar la tierra",
en la que se ha expresado la voluntad del Creador, para que el trabajo
ofreciera al hombre la posibilidad de alcanzar el "dominio" que le es
propio en el mundo visible.
La intención
fundamental y primordial de Dios respecto del hombre, que El "creó... a su
semejanza, a su imagen",
no ha sido revocada ni anulada ni siquiera cuando el hombre, después de
haber roto la alianza original con Dios, oyó las palabras: "Con el sudor
de tu rostro comerás el pan".
Estas palabras se refieren a la fatiga a veces pesada‑‑, que desde
entonces acompaña al trabajo humano; pero no cambian el hecho de que éste
es el camino por el que el hombre realiza el "dominio", que le es propio
sobre el mundo visible "sometiendo" la tierra. Esta fatiga es un hecho
universalmente conocido, porque es universalmente experimentado. Lo saben
los hombres del trabajo manual, realizado a veces en condiciones
excepcionalmente pesadas. Lo saben no sólo los agricultores, que consumen
largas jornadas en cultivar la tierra, la cual a veces "produce abrojos y
espinas",
sino también los mineros en las minas o en las canteras de piedra, los
siderúrgicos junto a sus altos hornos, los hombres que trabajan en obras
de albañilería y en el sector de la construcción con frecuente peligro de
vida o de invalidez. Lo saben a su vez, los hombres vinculados a la mesa
de trabajo intelectual; lo saben los científicos; lo saben los hombres
sobre quienes pesa la gran responsabilidad de decisiones destinadas a
tener una vasta repercusión social. Lo saben los médicos y los enfermeros,
que velan día y noche junto a los enfermos. Lo saben las mujeres, que a
veces sin un adecuado reconocimiento por parte de la sociedad y de sus
mismos familiares, soportan cada día la fatiga y la responsabilidad de la
casa y de la educación de los hijos. Lo saben todos los hombres del
trabajo y, puesto que es verdad que el trabajo es una vocación universal,
lo saben todos los hombres.
No obstante, con toda
esta fatiga -y quizás, en un cierto sentido, debido a ella- el trabajo es
un bien del hombre. Si este bien comporta el signo de un "bonum arduum",
según la terminología de Santo Tomás;
esto no quita que, en cuanto tal, sea un bien del hombre. Y es no sólo un
bien "útil" o "para disfrutar", sino un bien "digno", es decir, que
corresponde a la dignidad del hombre, un bien que expresa esta dignidad y
la aumenta. Queriendo precisar mejor el significado ético del trabajo, se
debe tener presente ante todo esta verdad. El trabajo es un bien del
hombre -es un bien de su humanidad-, porque mediante el trabajo el hombre
no sólo transforma la naturaleza adaptándola a las propias necesidades,
sino que se realiza a sí mismo como hombre, es más, en un cierto sentido
"se hace más hombre".
Si se prescinde de
esta consideración no se puede comprender el significado de la virtud de
la laboriosidad y más en concreto no se puede comprender por qué la
laboriosidad debería ser una virtud: en efecto, la virtud, como actitud
moral, es aquello por lo que el hombre llega a ser bueno como hombre.
Este hecho no cambia para nada nuestra justa preocupación, a fin de que en
el trabajo, mediante el cual la materia es ennoblecida, el hombre mismo no
sufra mengua en su propia dignidad.
Es sabido además, que es posible usar de diversos modos el trabajo contra
el hombre, que se puede castigar al hombre con el sistema de trabajos
forzados en los campos de concentración, que se puede hacer del trabajo un
medio de opresión del hombre, que, en fin, se puede explotar de diversos
modos el trabajo humano, es decir, al hombre del trabajo. Todo esto da
testimonio en favor de la obligación moral de unir la laboriosidad como
virtud con el orden social del trabajo, que permitirá al hombre "hacerse
más hombre" en el trabajo, y no degradarse a causa del trabajo,
perjudicando no sólo sus fuerzas físicas (lo cual, al menos hasta un
cierto punto, es inevitable), sino, sobre todo, menoscabando su propia
dignidad y subjetividad.
10. Trabajo y
sociedad: Familia, Nación
Confirmada de este
modo la dimensión personal del trabajo humano, se debe luego llegar al
segundo ámbito de valores, que está necesariamente unido a él. El trabajo
es el fundamento sobre el que se forma la vida familiar, la cual es un
derecho natural y una vocación del hombre. Estos dos ámbitos de valores
-uno relacionado con el trabajo y otro consecuente con el carácter
familiar de la vida humana- deben unirse entre sí correctamente y
correctamente compenetrarse. El trabajo es, en un cierto sentido, una
condición para hacer posible la fundación de una familia, ya que ésta
exige los medios de subsistencia, que el hombre adquiere normalmente
mediante el trabajo. Trabajo y laboriosidad condicionan a su vez todo el
proceso de educación dentro de la familia, precisamente por la razón de
que cada uno "se hace hombre", entre otras cosas, mediante el trabajo, y
ese hacerse hombre expresa precisamente el fin principal de todo el
proceso educativo. Evidentemente aquí entran en juego, en un cierto
sentido, dos significados del trabajo: el que consiente la vida y
manutención de la familia, y aquel por el cual se realizan los fines de la
familia misma, especialmente la educación. No obstante, estos dos
significados del trabajo están unidos entre sí y se complementan en varios
puntos.
En conjunto se debe
recordar y afirmar que la familia constituye uno de los puntos de
referencia más importantes, según los cuales debe formarse el orden
socio-ético del trabajo humano. La doctrina de la Iglesia ha dedicado
siempre una atención especial a este problema y en el presente documento
convendrá que volvamos sobre él. En efecto, la familia es, al mismo
tiempo, una comunidad hecha posible gracias al trabajo y la primera
escuela interior de trabajo para todo el hombre.
El tercer ámbito de
valores que emerge en la presente perspectiva del sujeto del trabajo- se
refiere a esa gran sociedad, a la que pertenece el hombre en base a
particulares vínculos culturales e históricos. Dicha sociedad -aun cuando
no ha asumido todavía la forma madura de una nación- es no sólo la gran
"educadora" de cada hombre, aunque indirecta (porque cada hombre asume en
la familia los contenidos y valores que componen, en su conjunto, la
cultura de una determinada nación), sino también una gran encarnación
histórica y social del trabajo de todas las generaciones. Todo esto hace
que el hombre concilie su más profunda identidad humana con la pertenencia
a la nación y entienda también su trabajo como incremento del bien común
elaborado juntamente con sus compatriotas, dándose así cuenta de que por
este camino el trabajo sirve para multiplicar el patrimonio de toda la
familia humana, de todos los hombres que viven en el mundo.
Estos tres ámbitos
conservan permanentemente su importancia para el trabajo humano en su
dimensión subjetiva. Y esta dimensión, es decir la realidad concreta del
hombre del trabajo, tiene precedencia sobre la dimensión objetiva. En su
dimensión subjetiva se realiza, ante todo, aquel "dominio" sobre el mundo
de la naturaleza, al que el hombre está llamado desde el principio según
las palabras del libro del Génesis. Si el proceso mínimo de "someter la
tierra", es decir, el trabajo bajo el aspecto de la técnica, está marcado
a lo largo de la historia y, especialmente en los últimos siglos, por un
desarrollo inconmensurable de los medios de producción, entonces éste es
un fenómeno ventajoso y positivo, a condición de que la dimensión objetiva
del trabajo no prevalezca sobre la dimensión subjetiva, quitando al hombre
o disminuyendo su dignidad y sus derechos inalienables.
III. CONFLICTO ENTRE TRABAJO Y CAPITAL EN LA PRESENTE FASE HISTORICA
11. Dimensión de
este conflicto
El esbozo de la
problemática fundamental del trabajo, tal como se ha delineado más arriba
haciendo referencia a los primeros textos bíblicos, constituye así, en un
cierto sentido, la misma estructura portadora de la enseñanza de la
Iglesia, que se mantiene sin cambio a través de los siglos, en el contexto
de las diversas experiencias de la historia. Sin embargo, en el trasfondo
de las experiencias que precedieron y siguieron a la publicación de la
Encíclica Rerum Novarum, esa enseñanza adquiere una expresividad
particular y una elocuencia de viva actualidad. El trabajo aparece en este
análisis como una gran realidad, que ejerce un influjo fundamental sobre
la formación, en sentido humano del mundo dado al hombre por el Creador y
es una realidad estrechamente ligada al hombre como al propio sujeto y a
su obrar nacional. Esta realidad, en el curso normal de las cosas, llena
la vida humana e incide fuertemente sobre su valor y su sentido. Aunque
unido a la fatiga y al esfuerzo, el trabajo no deja de ser un bien, de
modo que el hombre se desarrolla mediante el amor al trabajo. Este
carácter del trabajo humano, totalmente positivo y creativo, educativo y
meritorio, debe constituir el fundamento de las valoraciones y de las
decisiones, que hoy se toman al respecto, incluso referidas a los derechos
subjetivos del hombre, como atestiguan las Declaraciones internacionales y
también los múltiples Códigos del trabajo, elaborados tanto por las
competentes instituciones legisladoras de cada país, como por las
organizaciones que dedican su actividad social o también científico-social
a la problemática del trabajo. Un organismo que promueve a nivel
internacional tales iniciativas es la Organización Internacional del
Trabajo, la más antigua Institución especializada de la ONU.
En la parte siguiente
de las presentes consideraciones tengo intención de volver de manera más
detallada sobre estos importantes problemas, recordando al menos los
elementos fundamentales de la doctrina de la Iglesia sobre este tema. Sin
embargo antes conviene tocar un ámbito mucho más importante de problemas,
entre los cuales se ha ido formando esta enseñanza en la última fase, es
decir, en el período, cuya fecha, en cierto sentido simbólica, es el año
de la publicación de la Encíclica Rerum Novarum.
Se sabe que en todo
este período, que todavía no ha terminado, el problema del trabajo ha sido
planteado en el contexto del gran conflicto, que en la época del
desarrollo industrial y junto con éste se ha manifestado entre el "mundo
del capital" y el "mundo del trabajo", es decir, entre el grupo
restringido, pero muy influyente, de los empresarios, propietarios o
poseedores de los medios de producción y la más vasta multitud de gente
que no disponía de estos medios, y que participaba, en cambio, en el
proceso productivo exclusivamente mediante el trabajo. Tal conflicto ha
surgido por el hecho de que los trabajadores, ofreciendo sus fuerzas para
el trabajo, las ponían a disposición del grupo de los empresarios, y que
éste, guiado por el principio del máximo rendimiento, trataba de
establecer el salario más bajo posible para el trabajo realizado por los
obreros. A esto hay que añadir también otros elementos de explotación,
unidos con la falta de seguridad en el trabajo y también de garantías
sobre las condiciones de salud y de vida de los obreros y de sus familias.
Este conflicto,
interpretado por algunos como un conflicto socio-económico con carácter de
clase, ha encontrado su expresión en el conflicto ideológico entre el
liberalismo, entendido como ideología del capitalismo, y el marxismo,
entendido como ideología del socialismo científico y el comunismo, que
pretende intervenir como portavoz de la clase obrera, de todo el
proletariado mundial. De este modo, el conflicto real, que existía entre
el mundo del trabajo y el mundo del capital, se ha transformado en la
lucha programada de clases, llevada con métodos no sólo ideológicos, como
incluso, y ante todo, políticos. Es conocida la historia de este
conflicto, como conocidas son también las exigencias de una y otra parte.
El programa marxista, basado en la filosofía de Marx y de Engels, ve en la
lucha de clases la única vía para eliminar las injusticias de clase,
existentes en la sociedad, y las clases mismas. La realización de este
programa antepone la "colectivización" de los medios de producción, a fin
de que a través del traspaso de estos medios de los privados a la
colectividad, el trabajo humano quede preservado de la explotación.
A esto tiende la lucha
conducida con métodos no sólo ideológicos, sino también políticos. Los
grupos inspirados por la ideología marxista como partidos políticos,
tienden, en función del principio de la "dictadura del proletariado", y
ejerciendo influjos de distinto tipo, comprendida la presión
revolucioe, en cambio, pasar de su contexto al
problema fundamental del trabajo humano, al que se dedican sobre todo las
consideraciones contenidas en el presente documento. Al mismo tiempo pues,
es evidente que este problema capital, siempre desde el punto de vista del
hombre, -problema que constituye una de las dimensiones fundamentales de
su existencia terrena y de su vocación- no puede explicarse de otro modo
si no es teniendo en cuenta el pleno contexto de la realidad
contemporánea.
12. Prioridad del
trabajo
Ante la realidad
actual, en cuya estructura se encuentran profundamente insertos tantos
conflictos, causados por el hombre, y en la que los medios técnicos -fruto
del trabajo humano- juegan un papel primordial (piénsese aquí en la
perspectiva de un cataclismo mundial en la eventualidad de una guerra
nuclear con posibilidades destructoras casi inimaginables) se debe ante
todo recordar un principio enseñado siempre por la Iglesia. Es el
principio de la prioridad del "trabajo" frente al "capital". Este
principio se refiere directamente al proceso mismo de producción, respecto
al cual el trabajo es siempre una causa eficiente primaria, mientras el
"capital", siendo el conjunto de los medios de producción, es sólo un
instrumento o la causa instrumental. Este principio es una verdad
evidente, que se deduce de toda la experiencia histórica del hombre.
Cuando en el primer
capítulo de la Biblia oímos que el hombre debe someter la tierra, sabemos
que estas palabras se refieren a todos los recursos que el mundo visible
encierra en sí, puestos a disposición del hombre. Sin embargo, tales
recursos no pueden servir al hombre si no es mediante el trabajo. Con el
trabajo ha estado siempre vinculado desde el principio el problema de la
propiedad: en efecto, para hacer servir para sí y para los demás los
recursos escondidos en la naturaleza, el hombre tiene como único medio su
trabajo. Y para hacer fructificar estos recursos por medio del trabajo, el
hombre se apropia en pequeñas partes, de las diversas riquezas de la
naturaleza: del subsuelo, del mar, de la tierra, del espacio. De todo esto
se apropia él convirtiéndolo en su puesto de trabajo.
Se lo apropia por
medio del trabajo y para tener un ulterior trabajo. El mismo principio se
aplica a las fases sucesivas de este proceso, en el que la primera fase es
siempre la relación del hombre con los recursos y las riquezas de la
naturaleza. Todo el esfuerzo intelectual, que tiende a descubrir estas
riquezas, a especificar las diversas posibilidades de utilización por
parte del hombre y para el hombre, nos hace ver que todo esto, que en la
obra entera de producción económica procede del hombre, ya sea el trabajo
como el conjunto de los medios de producción y la técnica relacionada con
éstos (es decir, la capacidad de usar estos medios en el trabajo), supone
estas riquezas y recursos del mundo visible, que el hombre encuentra, pero
no crea. El los encuentra, en cierto modo, ya dispuestos, preparados para
el descubrimiento intelectual y para la utilización correcta en el proceso
productor. En cada fase del desarrollo de del trabajo y para tener un ulterior trabajo. El mismo principio se
aplica a las fases sucesivas de este proceso, en el que la primera fase es
siempre la relación del hombre con los recursos y las riquezas de la
naturaleza. Todo el esfuerzo intelectual, que tiende a descubrir estas
riquezas, a especificar las diversas posibilidades de utilización por
parte del hombre y para el hombre, nos hace ver que todo esto, que en la
obra entera de producción económica procede del hombre, ya sea el trabajo
como el conjunto de los medios de producción y la técnica relacionada con
éstos (es decir, la capacidad de usar estos medios en el trabajo), supone
estas riquezas y recursos del mundo visible, que el hombre encuentra, pero
no crea. El los encuentra, en cierto modo, ya dispuestos, preparados para
el descubrimiento intelectual y para la utilización correcta en el proceso
productor. En cada fase del desarrollo de su trabajo, el hombre se
encuentra ante el hecho de la principal donación por parte de la
"naturaleza", y en definitiva por parte del Creador. En el comienzo mismo
del trabajo humano se encuentra el misterio de la creación. Esta
afirmación ya indicada como punto de partida, constituye el hilo conductor
de este documento, y se desarrollará posteriormente en la última parte de
las presentes reflexiones.
La consideración
sucesiva del mismo problema debe confirmarnos en la convicción de la
prioridad del trabajo humano sobre lo que, en el transcurso del tiempo, se
ha sólido llamar "capital". En efecto, si en el ámbito de este último
concepto entran, además los recursos de la naturaleza puestos a
disposición del hombre, también el conjunto de medios, con los cuales el
hombre se apropia de ellos, transformándolos según sus necesidades (y de
este modo, en algún sentido, "humanizándolos"), entonces se debe constatar
aquí que el conjunto de medios de producción, desde los más primitivos
hasta los ultramodernos, han sido elaborados gradualmente por el hombre:
por la experiencia y la inteligencia del hombre. De este modo, han surgido
no sólo los instrumentos más sencillos que sirven para el cultivo de la
tierra, sino también -con un proceso adecuado de la ciencia y de la
técnica- los más modernos y complejos: las máquinas, las fábricas, los
laboratorios y las computadoras. Así, todo lo que sirve al trabajo, todo
lo que constituye -en el estado actual de la técnica- su "instrumento"
cada vez más perfeccionado, es fruto del trabajo.
Este gigantesco y
poderoso instrumento -el conjunto de los medios de producción, que son
considerados, en un cierto sentido, como sinónimo de "capital"-, ha nacido
del trabajo y lleva consigo las señales del trabajo humano. En el presente
grado de avance de la técnica, el hombre, que es el sujeto del trabajo,
queriendo servirse del conjunto de instrumentos modernos, o sea de los
medios de producción, debe antes asimilar a nivel de conocimiento el fruto
del trabajo de los hombres que han descubierto aquellos instrumentos, que
los han programado, construido y perfeccionado, y que siguen haciéndolo.
La capacidad de trabajo -es decir, de participación eficiente en el
proceso moderno de producción- exige una preparación cada vez mayor y,
ante todo, una instrucción adecuada. Está claro obviamente que cada hombre
que participa en el proceso de producción, incluso en el caso de que
realice sólo aquel tipo de trabajo para el cual son necesarias una
instrucción y especialización particulares, es sin embargo en este proceso
de producción el verdadero sujeto eficiente, mientras el conjunto de los
instrumentos, incluso el más perfecto en sí mismo, es sólo y
exclusivamente instrumento subordinado al trabajo del hombre.
Esta verdad, que
pertenece al patrimonio estable de la doctrina de la Iglesia, debe ser
siempre destacada en relación con el problema del sistema de trabajo, y
también de todo el sistema socio-económico. Conviene subrayar y poner de
relieve la primacía del hombre en el proceso de producción, la primacía
del hombre respecto de las cosas. Todo lo que está contenido en el
concepto de "capital" -en sentido restringido- es solamente un conjunto de
cosas. El hombre como sujeto del trabajo, e independientemente del trabajo
que realiza, el hombre, él solo, es una persona. Esta verdad contiene en
sí consecuencias importantes y decisivas.
13. Economismo y
materialismo
Ante todo, a la luz de
esta verdad, se ve claramente que no se puede separar el "capital" del
trabajo, y que de ningún modo se puede contraponer el trabajo al capital
ni el capital al trabajo, ni menos aún -como se dirá más adelante- los
hombres concretos, que están detrás de estos conceptos, los unos a los
otros. Justo, es decir, conforme a la esencia misma del problema, justo,
es decir, conforme a la esencia misma del problema, justo, es decir,
intrínsecamente verdadero y a su vez moralmente legítimo, puede ser aquel
sistema de trabajo que en su raíz supera la antinomia entre el trabajo
humano y de su participación eficiente en todo el proceso de producción, y
esto independientemente de la naturaleza de las prestaciones realizadas
por el trabajador.
La antinomia entre
trabajo y capital no tiene su origen en la estructura del mismo proceso de
producción, y ni siquiera en la del proceso económico en general. Tal
proceso demuestra en efecto la compenetración recíproca entre el trabajo y
lo que estamos acostumbrados a llamar el capital; demuestra su vinculación
indisoluble. El hombre, trabajando en cualquier puesto de trabajo, ya sea
éste relativamente primitivo o bien ultramoderno, puede darse cuenta
fácilmente de que con su trabajo entra en un doble patrimonio, es decir,
en el patrimonio de lo que ha sido dado a todos los hombres con los
recursos de la naturaleza y de lo que los demás ya han elaborado
anteriormente sobre la base de estos recursos, ante todo desarrollando la
técnica, es decir, formando un conjunto de instrumentos de trabajo, cada
vez más perfectos: el hombre, trabajando, al mismo tiempo "reemplaza en el
trabajo a los demás".
Aceptamos sin dificultad dicha imagen del campo y del proceso del trabajo
humano, guiados por la inteligencia o por la fe que recibe la luz de la
Palabra de Dios. Esta es una imagen coherente, teológica y al mismo tiempo
humanística. El hombre es en ella el "señor" de las creaturas, que están
puestas a su disposición en el mundo visible. Si en el proceso del trabajo
se descubre alguna dependencia, ésta es la dependencia del Dador de todos
los recursos de la creación, y es a su vez la dependencia de los demás
hombres, a cuyo trabajo y a cuyas iniciativas debemos las ya
perfeccionadas y ampliadas posibilidades de nuestro trabajo. De todo esto
que en el proceso de producción constituye un conjunto de "cosas", de
instrumentos, del capital, podemos solamente afirmar que condiciona el
trabajo del hombre; no podemos, en cambio, afirmar que ello constituya
casi el "sujeto" anónimo que hace dependiente al hombre y su trabajo.
La ruptura de esta
imagen coherente, en la que se salvaguarda estrechamente el principio de
la primacía de la persona sobre las cosas, ha tenido lugar en la mente
humana, alguna vez, después de un largo período de incubación en la vida
práctica. Se ha realizado de modo tal que el trabajo ha sido separado del
capital y contrapuesto al capital, y el capital contrapuesto al trabajo,
casi como dos fuerzas anónimas, dos factores de producción colocados
juntos en la misma perspectiva "economística". En tal planteamiento del
problema había un error fundamental, que se puede llamar el error del
economismo, si se considera el trabajo humano exclusivamente según su
finalidad económica. Se puede también y se debe llamar este error
fundamental del pensamiento un error del materialismo, en cuanto que el
economismo incluye, directa o indirectamente, la convicción de la primacía
y de la superioridad de lo que es material, mientras por otra parte el
economismo sitúa lo que es espiritual y personal (la acción del hombre,
los valores morales y similares), directa e indirectamente, en una
posición subordinada a la realidad material. Esto no es todavía el
materialismo teórico en el pleno sentido de la palabra; pero es ya
ciertamente materialismo práctico, el cual, no tanto por modo de valorar,
es decir, de una cierta jerarquía de los bienes, basada sobre la inmediata
y mayor atracción de lo que es material, es considerado capaz de apagar
las necesidades del hombre.
El error de pensar
según las categorías del economismo ha avanzado al mismo tiempo que surgía
la filosofía materialista y se desarrolla esta filosofía desde la fase más
elemental y común (llamada también materialismo vulgar, porque pretende
reducir la realidad espiritual a un fenómeno superfluo) hasta la fase del
llamado materialismo dialéctico. Sin embargo parece que -en el marco de
las presentes consideraciones-, para el problema fundamental del trabajo
humano y, en particular, para la separación y contraposición entre
"trabajo" y "capital", como entre dos factores de la producción
considerados en aquella perspectiva "economística" dicha anteriormente, el
economismo haya tenido una importancia decisiva y haya influido
precisamente sobre tal planteamiento no humanístico de este problema antes
del sistema filosófico materialista. No obstante es evidente que el
materialismo, incluso en su forma dialéctica, no es capaz de ofrecer a la
reflexión sobre el trabajo humano bases suficientes y definitivas, para
que la primacía de la persona sobre las cosas, pueda encontrar en él una
adecuada irrefutable verificación y apoyo. También en el materialismo
dialéctico el hombre no es ante todo sujeto del trabajo y causa eficiente
del proceso de producción, sino que es entendido y tratado como
dependiendo de lo que es material, como una especie de "resultante" de las
relaciones económicas y de producción predominantes en una determinada
época.
Evidentemente la
antinomia entre trabajo y capital considerada aquí -la antinomia en cuyo
marco el trabajo ha sido separado del capital y contrapuesto al mismo, en
un cierto sentido ónticamente como si fuera un elemento cualquiera del
proceso económico- inicia no sólo en la filosofía y en las teorías
económicas del siglo XVIII, sino mucho más todavía en toda la praxis
económico-social de aquel tiempo, que era el de la industrialización que
nacía y se desarrollaba precipitadamente, en la cual se descubría en
primer lugar la posibilidad de acrecentar mayormente las riquezas
materiales, es decir los medios, pero se perdía de vista el fin, o sea el
hombre, al cual estos medios deben servir. Precisamente este error
práctico ha perjudicado ante todo al trabajo humano, al hombre del
trabajo, y ha causado la reacción social éticamente justa, de la que se ha
hablado anteriormente. El mismo error, que ya tiene su determinado aspecto
histórico, relacionado con el período del primitivo capitalismo y
liberalismo, puede sin embargo repetirse en otras circunstancias de tiempo
y lugar, si se parte, en el pensar, de las mismas premisas tanto teóricas
como prácticas. No se ve otra posibilidad de una superación radical de
este error, si no intervienen cambios adecuados tanto en el campo de la
teoría, como en el de la práctica, cambios que van en la línea de la
decisiva convicción de la primacía de la persona sobre las cosas, del
trabajo del hombre sobre el capital como conjunto de los medios de
producción.
14. Trabajo y
propiedad
El proceso histórico
-presentado aquí brevemente- que ciertamente ha salido de su fase inicial,
pero que sigue en vigor, más aún que continúa extendiéndose a las
relaciones entre las naciones y los continentes, exige una precisación
también desde otro punto de vista. Es evidente que, cuando se habla de la
antinomia entre trabajo y capital, no se trata sólo de conceptos
abstractos o de "fuerzas anónimas", que actúan en la producción económica.
Detrás de uno y otro concepto están los hombres, los hombres vivos,
concretos; por una parte aquellos que realizan el trabajo sin ser
propietarios de los medios de producción, y por otro aquellos que hacen de
empresarios y son los propietarios de estos medios, o bien representan a
los propietarios. Así pues, en el conjunto de este difícil proceso
histórico, desde el principio está el problema de la propiedad. La
Encíclica Rerum Novarum, que tiene como tema la cuestión social, pone el
acento también sobre este problema, recordando y confirmando la doctrina
de la Iglesia sobre la propiedad, sobre el derecho a la propiedad privada,
incluso cuando se trata de los medios de producción. Lo mismo ha hecho la
Encíclica Mater et Magistra.
El citado principio,
tal y como se recordó entonces y como todavía es enseñado por la Iglesia,
se aparta radicalmente del programa del colectivismo, proclamado por el
marxismo y realizado en diversos países del mundo en los decenios
siguientes a la época de la Encíclica de León XIII. Tal principio se
diferencia al mismo tiempo, del programa del capitalismo, practicado por
el liberalismo y por los sistemas políticos, que se refieren a él. En este
segundo caso, la diferencia consiste en el modo de entender el derecho
mismo de propiedad. La tradición cristiana no ha sostenido nunca
este derecho como absoluto e intocable. Al contrario, siempre lo
ha entendido en el contexto más amplio del derecho común de todos a usar
los bienes de la entera creación: el derecho a la propiedad privada como
subordinado al derecho al uso común, al destino universal de los bienes.
Además, la propiedad
según la enseñanza de la Iglesia nunca se ha entendido de modo que pueda
constituir un motivo de contraste social en el trabajo. Como ya se ha
recordado anteriormente en este mismo texto, la propiedad se adquiere ante
todo mediante el trabajo, para que ella sirva al trabajo. Esto se refiere
de modo especial a la propiedad de los medios de producción. El
considerarlos aisladamente como un conjunto de propiedades separadas con
el fin de contraponerlos en la forma del "capital" al "trabajo", y más aún
realizar la explotación del trabajo, es contrario a la naturaleza misma
de estos medios y de su posesión. Estos no pueden ser poseídos contra el
trabajo, no pueden ser ni siquiera poseídos para poseer, porque el único
título legítimo para su posesión -y esto ya sea en la forma de la
propiedad privada, ya sea en la de la propiedad pública o colectiva- es
que sirvan al trabajo; consiguientemente que, sirviendo al trabajo, hagan
posible la realización del primer principio de aquel orden, que es
el destino universal de los bienes y el derecho a su uso común. Desde este
punto de vista, pues, en consideración del trabajo humano y del acceso
común a los bienes destinados al hombre, tampoco conviene excluir la
socialización, en las condiciones oportunas, de ciertos medios de
producción. En el espacio de los decenios que nos separan de la
publicación de la Encíclica Rerum Novarum, la enseñanza de la Iglesia
siempre ha recordado todos estos principios, refiriéndose a los
argumentos formulados en la tradición mucho más antigua, por ejemplo,
los conocidos argumentos de la Summa Theologiae de Santo Tomás de Aquino.
En este documento,
cuyo tema principal es el trabajo humano, es conveniente corroborar todo
el esfuerzo a través del cual la enseñanza de la Iglesia acerca de la
propiedad ha tratado y sigue tratando de asegurar la primacía del
trabajo y, por lo mismo, la subjetividad del hombre en la vida
social, especialmente en la estructura dinámica de todo el
proceso económico. Desde esta perspectiva, sigue siendo inaceptable
la postura del "rígido" capitalismo, que defiende el derecho exclusivo a
la propiedad privada de los medios de producción, como un "dogma"
intocable en la vida económica. El principio del respeto del trabajo,
exige que este derecho se someta a una revisión constructiva en la teoría
y en la práctica. En efecto, si es verdad que el capital, al igual que el
conjunto de los medios de producción, constituye a su vez el producto del
trabajo de generaciones, entonces no es menos verdad que ese capital se
crea incesantemente gracias al trabajo llevado a cabo con la ayuda de ese
mismo conjunto de medios de producción, que aparecen como un gran lugar de
trabajo en el que, día a día, pone su empeño la presente generación
de trabajadores. Se trata aquí, obviamente, de las distintas clases de
trabajo, no solo del llamado trabajo manual, si