DOS DIMENSIONES DE LA VOCACIÓN DE LA MUJER
MATERNIDAD
LA MATERNIDAD EN RELACIÓN CON LA ALIANZA
LA VIRGINIDAD POR EL REINO
LA MATERNIDAD SEGÚN EL ESPÍRITU
"HIJOS MÍOS, POR QUIENES SUFRO DE NUEVO DOLORES DE
PARTO"
VII
LA IGLESIA - ESPOSA DE CRISTO
"GRAN MISTERIO"
LA "NOVEDAD" EVANGÉLICA
LA DIMENSIÓN SIMBÓLICA DEL "GRAN MISTERIO"
LA EUCARISTÍA
EL DON DE LA ESPOSA
VIII
LA MAYOR ES LA CARIDAD
ANTE LOS CAMBIOS
LA DIGNIDAD DE LA MUJER Y EL ORDEN DEL AMOR
CONCIENCIA DE UNA MISIÓN
IX
CONCLUSION
"SI CONOCIERAS EL DON DE DIOS"
Venerables
Hermanos,
amadísimos
hijos e hijas,
salud y
Bendición Apostólica.
I
INTRODUCCION
UN SIGNO DE LOS TIEMPOS
1.
LA DIGNIDAD DE LA MUJER y su vocación, objeto constante de la reflexión humana
y cristiana, ha asumido en estos últimos años una importancia muy particular.
Esto lo demuestran, entre otras cosas, las
intervenciones del Magisterio de la Iglesia, reflejadas en varios
documentos del Concilio Vaticano II, que
en el Mensaje final afirma: "Llega la hora, ha llegado la hora en que
la vocación de la mujer se cumple en plenitud, la hora en que la mujer adquiere
en el mundo una influencia, un peso, un poder jamás alcanzados hasta ahora. Por
eso, en este momento en que la humanidad conoce una mutación tan profunda, las
mujeres llenas del espíritu del Evangelio pueden ayudar tanto a que la
humanidad no decaiga"( Las
palabras de este Mensaje resumen lo que ya se había expresado en el
Magisterio conciliar, especialmente en la Constitución Pastoral Gaudium et spes(
y en el Decreto Apostolicam actuositatem,
sobre el apostolado de los seglares.(
Tomas
de posición similares se habían manifestado ya en el período preconciliar, por
ejemplo, en varios discursos del Papa Pío XII (
y en la Encíclica Pacem in terris del
Papa Juan XXIII(). Después del Concilio Vaticano II, mi
predecesor Pablo VI expresó también
el alcance de este "signo de los text-align:justify'>
Tomas
de posición similares se habían manifestado ya en el período preconciliar, por
ejemplo, en varios discursos del Papa Pío XII (efectiva proclamación de la dignidad de la responsabilidad de las
mujeres"( Pablo VI, en uno de
sus discursos, decía entre otras cosas: "En efecto, en el cristianismo,
más que en cualquier otra religión, la mujer tiene desde los orígenes un
estatuto especial de dignidad, del cual el Nuevo Testamento da testimonio en no
pocos de sus importantes aspectos (...); es evidente que la mujer está llamada
a formar parte de la estructura viva y operante del Cristianismo de un modo tan
promitente que acaso no se hayan todavía puesto en evidencia todas sus
virtualidades".(
Los
Padres de la reciente Asamblea del Sínodo de los Obispos (octubre de 1987), que
fue dedicada a "la vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el
mundo a los veinte años del Concilio Vaticano II", se ocuparon nuevamente
de la dignidad y de la vocación de la mujer. Entre otras cosas, abogaron por la
profundización de los fundamentos antropológicos y teológicos necesarios para resolver
los problemas referentes al significado y dignidad del ser mujer y del ser
hombre. Se trata de comprender la razón y las consecuencias de la decisión del
Creador que han hecho que el ser humano pueda existir sólo como mujer y como
varón. Solamente partiendo de estos fundamentos, que permiten descubrir la
profundidad de la dignidad y vocación de la mujer, es posible hablar de la
presencia activa que desempeña en la Iglesia y en la sociedad.
Esto
es lo que deseo tratar en el presente Documento. La Exhortación postsinodal,
que se hará pública después de éste, presentará las propuestas de carácter
personal sobre el cometido de la mujer en la Iglesia y en la sociedad, sobre
las que los Padres sinodales han hecho importantes consideraciones, teniendo también
en cuenta los testimonios de los Auditores seglares -tanto mujeres como
hombres- provenientes de las Iglesias
particulares de todos los continentes.
EL AÑO MARIANO
2.
El último Sínodo se ha desarrollado durante
el Año Mariano, lo cual ofrece un particular impulso para afrontar este
tema, como lo indica también la Encíclica Redemptoris
mater.( Este Encíclica
desarrolla y actualiza la enseñanza del Concilio Vaticano II contenida en el
capítulo VIII de la Constitución dogmática Lumen
gentium sobre la Iglesia. Dicho capítulo lleva un título significativo:
"La Santísima Virgen María, Madre de
Dios, en el Misterio de Cristo y de la Iglesia". María -esta
"mujer" de la Biblia (cf. Gen 3,
15; Jn 2, 4; 19, 26)- pertenece íntimamente al misterio salvífico de Cristo y
por eso está presente también de un modo especial en el misterio de la Iglesia.
Puesto que "la Iglesia es en Cristo como un sacramento (...) de la unión
íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano",( la presencia especial de la Madre de
Dios en el Misterio de la Iglesia nos hace pensar en el vínculo excepcional entre esta "mujer" y toda la familia
humana. Se trata aquí de todos y cada uno de los hijos e hijas del género
humano, en los que, en el transcurso de las generaciones, se realiza aquella herencia fundamental de la humanidad
entera, unida al misterio del principio bíblico: "creó, pues, Dios al ser
humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó".
(Gén 2, 27):(
Esta
eterna verdad sobre el ser humano hombre
y mujer -verdad que está también impresa de modo inmutable en la experiencia de
todos- constituye en nuestros días el
misterio que sólo en el "Verbo encarnado encuentra verdadera luz
(...). Cristo desvela plenamente el hombre al hombre y le hace consciente de su
altísima vocación", como enseña el Concilio.( En este "desvelar el hombre al
hombre", ¿no se debe quizás descubrir un puesto particular para aquella
"mujer" que fue la Madre de Cristo?. El mensaje de Cristo, contenido en el Evangelio, que tiene como
fondo toda la Escritura, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento, ¿no puede
quizá decir mucho a la Iglesia y a la humanidad sobre la dignidad y la vocación
de la mujer?.
Precisamente
ésta quiere ser la trama del presente Documento, que se sitúa en el más amplio
contexto del Año Mariano, mientras nos encaminamos hacia el final del segundo
milenio del nacimiento de Cristo y el inicio del tercero. Por otra parte, me ha
parecido lo más conveniente dar a este
documento el estilo y el carácter de una meditación.
II
MUJER
- MADRE DE DIOS
(THEOTOKOS)
UNION CON DIOS
3.
"Al llegar la plenitud de los tiempos envió
Dios a su Hijo, nacido de mujer". Con estas palabras de la Carta a los Gálatas (4,4) el apóstol
Pablo relaciona entre sí los momentos principales que determinan de modo
esencial el cumplimiento del misterio "preestablecido en Dios" (cf. Ef 1,9). El Hijo, Verbo consubstancial
al Padre, nace como hombre de una mujer cuando llega "la plenitud de los
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UNION CON DIOS
3.
"Al llegar la plenitud de los tiempos envió
Dios a su Hijo, nacido de mujer". Con estas palabras de la Carta a los Gálatas (4,4) el apóstol
Pablo relaciona entre sí los momentos principales que determinan de modo
esencial el cumplimiento del misterio "preestablecido en Dios" (cf. Ef 1,9). El Hijo, Verbo consubstancial
al Padre, nace como hombre de una mujer cuando llega "la plenitud de los
tiempos". Este acontecimiento nos lleva al punto clave en la historia del hombre en la tierra, entendida como
historia de la salvación. Es significativo que el Apóstol nos llama a la Madre
de Cristo con el nombre propio de "María", sino que la llama
"mujer", lo cual establece una concordancia con las palabras del
Protoevangelio en el Libro del Génesis
(cf 3, 15). Precisamente aquella "mujer" está presente en el
acontecimiento salvífico central, que decide la "plenitud de los
tiempos" y que se realiza en ella y por medio de ella.
De
esta manera inicia el acontecimiento
central, acontecimiento clave en la historia de la salvación: la Pascua del
Señor. Sin embargo, quizás vale la pena considerarlo a partir de la historia
espiritual del hombre entendida de un modo más amplio, como se manifiesta a
través de las diversas religiones del mundo. Citamos aquí las palabras del
Concilio Vaticano II: "Los hombres
esperan de las diversas religiones la respuesta a los enigmas recónditos de
la condición humana que, ayer como hoy, conmueven íntimamente su corazón: ¿Qué
es el hombre? ¿Cuál es el sentido y el fin de nuestra vida? ¿Qué es el bien y
qué es el pecado? ¿Cuál es el origen y el fin del dolor? ¿Cuál es el camino
para conseguir la verdadera felicidad? ¿Qué es la muerte, el juicio y cuál la
retribución después de la muerte? ¿Cuál es, finalmente, aquel último e inefable misterio que envuelve nuestra existencia,
del cual procedemos y hacia el cual nos dirigimos?".( "Ya desde la antigüedad y hasta
nuestros días se encuentra en los distintos pueblos una cierta percepción de
aquella fuerza misteriosa que se halla presente en la marcha de las cosas y en
los acontecimientos de la vida humana, y a veces también el conocimiento de la
suma Divinidad e incluso del Padre".(
Desde
la perspectiva de este vasto panorama, que pone en evidencia las aspiraciones
del espíritu humano a la búsqueda de Dios --a veces casi como "caminando a
tientas" (cf. Act 17,27--, la
"plenitud de los tiempos", de la que habla Pablo en su Carta, pone de
relieve la respuesta de Dios mismo
"en el cual vivimos, nos movemos y existimos" (cf. Act 17,28). Este es el Dios que
"muchas veces y de muchos modos habló en el pasado a nuestros padres por
medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del
Hijo" (cf Heb 1, 1-2). El envío
de este Hijo, consubstancial al Padre, como hombre "nacido de mujer",
constituye el punto culminante y
definitivo de la autorrevelación de Dios a la humanidad. Esta
autorrevelación posee un carácter
salvífico, como enseña en otro lugar el Concilio Vaticano II: "Quiso Dios
con su bondad y sabiduría revelarse a Sí mismo y manifestar el misterio de su
voluntad "cf. Ef 1, 9): por
Cristo, la Palabra hecha carne, y con el Espíritu Santo, pueden los hombres
llegar hasta el Padre y participar de la naturaleza divina (cf. Ef 2, 18; 2 Pe 1, 4)".(
La
mujer se encuentra en el corazón mismo de
este acontecimiento salvífico. La autorrevelación de Dios, que es la
inescrutable unidad de la Trinidad, está contenida, en sus líneas
fundamentales, en la anunciación de
Nazaret. "Vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo a quien
pondrás por nombre Jesús. El será grande y será llamado Hijo del
Altísimo", "¿Cómo será esto puesto que no conozco varón?. "El
espíritu Santo vendrá sobre tí y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra;
por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios (...) ninguna
cosa es imposible para Dios" (Lc 1,
31. 37).(
Es
fácil recordar este acontecimiento en la
perspectiva de la historia de Israel --el pueblo elegido del cual es hija
María--, aunque también es fácil recordarlo en la perspectiva de todos aquellos
caminos en los que la humanidad desde siempre busca una respuesta a las
preguntas fundamentales y, a la vez, definitivas que más le angustian. ¿No se
encuentra quizás en la Anunciación de Nazaret el comienzo de aquella respuesta
definitiva, mediante la cual Dios mismo
sale al encuentro de las inquietudes del corazón del hombre?.( Aquí no se trata solamente de
palabras reveladas por Dios a través de los Profetas, sino que con la respuesta
de María realmente "el verbo se hace carne" (cf Jn 1, 14). De esta manera, María
alcanza tal unión con Dios que supera todas las expectativas del espíritu
humano. Supera incluso las expectativas de todo Israel y, en particular, de las
hijas del pueblo elegido, las cuales, basándose en la promesa, podían esperar
que una de ellas llegaría a ser un día madre del Mesías. Sin embargo, ¿quién
podía suponer que el Mesías prometido sería el Hijo del Altísimo"?. Esto
era algo difícilmente imaginable según la fe monoteísta veterotestamentaria.
Solamente en virtud del Espíritu Santo, que "extendió su sombra",
sobre ella, María pudo aceptar lo que era "imposible para los hombres,
pero posible para Dios" (cf. Mc
10,27).
THEOTÓKOS
4. De esta manera "la
plenitud de los tiempos" manifiesta la dignidad extraordinaria de la
"mujer". Esta dignidad consiste, por una parte, en la elevación sobrenatural a la unión con Dios
en Jesucristo, que determina la finalidad tan profunda de la existencia de cada
hombre tanto sobre la tierra como en la eternidad. Desde este punto de vista,
la "mujer" es la representante y arquetipo de todo el género humano,
es decir, representa aquella humanidad que
es propia de todos los seres humanos, ya sean hombres o mujeres. Por otra
parte, el acontecimiento de Nazaret pone en evidencia un modo de unión con el
Dios vivo, que es propio sólo de la
"mujer" de María, esto es, la unión
entre madre e hijo. En efecto, la Virgen de Nazaret se convierte en la
Madre de Dios.
Esta verdad, asumida desde
el principio por la fe cristiana, asumida desde el principio por la fe
cristiana, tuvo una formulación solemne en el Concilio de Efeso (a. 431).( En contraposición a Nestorio, que
consideraba a María exclusivamente como madre de Jesús-hombre, este Concilio
puso de relieve el significado esencial de la maternidad de la Virgen María. En
el momento de la Anunciación, pronunciando su "fiat", María concibió
un hombre que era Hijo de Dios, consubstancial al Padre. Por consiguiente, es verdaderamente la Madre de Dios, puesto
que la maternidad abarca toda la persona y no sólo el cuerpo, así como
tampoco la "naturaleza" humana. De este modo, el nombre "Theotókos" --Madre de Dios-- viene
a ser el nombre propio de la unión con Dios, concedido a la Virgen María.
La
unión particular de la "Theotókos" con Dios, --que realiza del modo
más eminente la predestinación a todos los hombres ("filii in
Filio")-- es pura gracia y, como tal, un
don del Espíritu. Sin embargo, y mediante una respuesta desde la fe, María
expresa al mismo tiempo su libre voluntad y, por consiguiente, la participación
plena del "yo" personal y femenino en el hecho de la encarnación. Con
su "fiat" María se convirtió en el sujeto auténtico de
aquella unión con Dios que se realizó en el Misterio de la encarnación del
Verbo consubstancial al Padre. Toda la acción de Dios en la historia de los
hombres respeta siempre la voluntad libre del "yo" humano. Lo mismos
acontece en la anunciación de Nazaret.
"SERVIR QUIERE DECIR REINAR"
5.
Este acontecimiento posee un claro carácter
interpersonal: es un diálogo. No lo comprendemos plenamente si no situamos
toda la conversación entre el ángel y María en el saludo: "llena de
gracia".( Todo el diálogo de la
anunciación revela la dimensión esencial del acontecimiento: la dimensión sobrenatural (nexagitoouévn). Pero la
gracia no prescinde nunca de la naturaleza ni la anula, antes bien la
perfecciona y la ennoblece. Por lo tanto, aquella "plenitud de
gracia" concedida a la Virgen de Nazaret, en previsión de que llegaría a
ser "Theotókos", significa
al mismo tiempo la plenitud de la
perfección de lo "que es
característico de la mujer", de "lo que es femenino". Nos
encontramos aquí, en cierto sentido, en el punto culminante, el arquetipo de la
dignidad personal de la mujer.
Cuando
María, la "llena de gracia", responde a las palabras del mensajero
celestial con su "fiat", siente la necesidad de expresar su relación
personal ante el don que le ha sido revelado diciendo: "He aquí la esclava del Señor" (Lc 1, 38).
A esta frase no se la puede privar ni disminuir de su sentido profundo,
sacándola artificialmente del contexto del acontecimiento y de todo el
contenido de la verdad revelada sobre Dios y sobre el hombre. En la expresión
"esclava del Señor" se deja traslucir toda la conciencia que María
tiene de ser criatura en relación con Dios. Sin embargo, la palabra
"esclava", que encontramos hacia el final del diálogo de la
Anunciación, se encuadra en la perspectiva del la historia de la Madre y del
Hijo. De hecho, este Hijo, que es el
verdadero y consubstancial "Hijo del Altísimo", dirá muchas veces de
sí mismo, especialmente en el momento culminante de su misión: "El Hijo
del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir" (Mc 10, 45).
Cristo
es siempre consciente de ser el "Siervo del Señor", según la profecía
de Isaías (cf. 42, 1; 49, 3. 6; 52, 13), en la cual se encierra el contenido
esencial de su misión mesiánica: la conciencia de ser el Redentor del mundo. María, desde el primer momento de su
maternidad divina, de su unión con el Hijo que "el Padre ha enviado al
mundo, para que el mundo se salve por él" (cf Jn 3, 17), se inserta en el servicio mesiánico de
Cristo.( Precisamente este
servicio constituye el fundamento mismo de aquel Reino, en el cual
"servir" (...) quiere decir "reinar".( Cristo, "siervo del Señor",
manifestará a todos los hombres la dignidad real del servicio, con la cual se
relaciona directamente la vocación de cada hombres.
De
esta manera, considerando la realidad mujer-Madre de Dios, entramos del modo
más oportuno en la presente meditación del Año Mariano. Esta realidad determina también el horizonte esencial de la reflexión sobre la dignidad y sobre la
vocación de la mujer. Al pensar, decir o hacer algo en orden a la dignidad
y vocación de la mujer, no se deben separar de esta perspectiva el pensamiento,
el corazón y las obras. La dignidad de cada hombre y su vocación
correspondiente encuentran su realización definitiva en la unión con Dios. María --la mujer de la Biblia-- es la expresión más
completa de esta dignidad y de esta vocación. En efecto, cada hombre --varón o
mujer-- creado a imagen y semejanza de Dios, no puede llegar a realizarse fuera
de la dimensión de esta imagen y semejanza.
III
IMAGEN
Y SEMEJANZA DE DIOS
LIBRO DEL GENESIS
6.
Hemos de situarnos en el contexto de aquel "principio" bíblico según
el cual la verdad revelada sobre el hombre como "imagen y semejanza de
Dios" constituye la base inmutable
de toda la antropología cristiana.( "Creó pues Dios al ser humano a
imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó" (Gén 1, 27). Este conciso fragmento
contiene las verdades antropológicas fundamentales: el hombre es el ápice de
todo lo creado en el mundo visible, y el género humano, que tiene su origen en
la llamada a la existencia del hombre y de la mujer, corona todo la obra de la
creación; ambos son seres humanos en el
mismo grado, tanto el hombre como la mujer, ambos fueron creados a imagen de Dios. Esta imagen y semejanza
de Dios, esencial al ser humano, es transmitida a sus descendientes por el
hombre y la mujer, como esposos y padres: "Sed fecundos y multiplicados y
henchid la tierra y sometedla" (Gén
1, 28). El Creador confía el "dominio" de la tierra al género humano,
a todas las personas, tanto hombres como mujeres, que reciben su dignidad y
vocación de aquel "principio" común.
En
el Génesis encontramos aún otra
descripción de la creación del hombre --varón y mujer (cf. 2, 18-25)-- de la
que nos ocuparemos a continuación. Sin embargo, ya desde ahora, conviene
afirmar que de la reflexión bíblica emerge la verdad sobre el carácter personal
del ser humano. El hombre --ya sea hombre
o mujer-- es persona igualmente; en efecto, ambos, han sido creados a
imagen y semejanza del Dios personal. Lo que hace al hombre semejante a Dios es
el hecho de que --a diferencia del mundo de los seres vivientes, incluso los
dotados de sentidos (animalia)-- sea
también un ser racional (animal
rationale).( Gracias a esta
propiedad, el hombre y la mujer pueden "dominar" a las demás
criaturas del mundo visible (cf. Gén
2, 18).
En la segunda descripción de
la creación del hombre (cf. Gén 2, 18-25) el lenguaje con el que se
expresa la verdad sobre la creación del hombre, y especialmente de la mujer, es
diverso, y en cierto sentido menos preciso; es, podríamos decir, más
descriptivo y metafórico, más cercano al lenguaje de los mitos conocidos en
aquel tiempo. Sin embargo, no existe una contradicción esencial entre los dos
textos. El texto del Génesis 2, 18-25
ayuda a la comprensión de lo que encontramos en el fragmento conciso del Génesis 1, 27-28 y, al mismo tiempo, si
se leen juntos, nos ayudan a comprender
de un modo todavía más profundo la verdad fundamental, encerrada en el
mismo, sobre el ser humano creado a
imagen y semejanza de Dios, como hombre y mujer.
En
la descripción del Génesis (2, 18-25)
la mujer es creada por Dios "de la costilla" del hombre y es puesta
como otro "yo", es decir, como un interlocutor junto al hombre, el
cual se siente solo en el mundo de las criaturas animadas que lo circunda y no
halla en ninguna de ellas una "ayuda" adecuada a él. La mujer,
llamada así a la existencia, es reconocida inmediatamente por el hombre como
"carne de su carne y hueso de sus huesos" (cf. Gén 2, 25) y por eso es llamada "mujer". En el lenguaje
bíblico este nombre indica la identidad esencial con el hombre: 'is - issah, cosa que, por lo general,
las lenguas modernas, desgraciadamente, no logran expresar. "Esta será
llamada mujer ('issah), porque del varón ('is) ha sido tomada" (Gén. 2, 25).
El
texto bíblico proporciona bases suficientes para reconocer la igualdad esencial
entre el hombre y la mujer desde el punto de vista de su humanidad.( Ambos desde el comienzo son personas,
a diferencia de los demás seres vivientes del mundo que los circunda. La mujer es otro "yo" en la
humanidad común. Desde el principio aparecen como "unidad de los
dos", y esto significa la superación de la soledad original, en la que el
hombre no encontraba "una ayuda que fuese semejante a él" (Gén 2, 20). ¿Se trata aquí solamente de
la "ayuda" en orden a la acción, a "someter la tierra" (cf.
Gén 1, 28)?. Ciertamente se trata de
la compañera de la vida con la que el hombre se puede unir, como esposa,
llegando a ser con ella "una sola carne" y abandonando por esto a
"su padre y a su madre" (cf. Gén
2, 24). La descripción "bíblica" habla, por consiguiente, de la institución del matrimonio por parte de
Dios en el contexto de la creación del hombre y de la mujer, como condición
indispensable para la transmisión de la vida a las nuevas generaciones de los
hombres, a la que el matrimonio y el amor conyugal están ordenados: "Sed
fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla" (Gén 1, 28).
PERSONA - COMUNION - DON
7.
Penetrando con el pensamiento el conjunto de la descripción del Libro del Génesis 2, 18-25, e
interpretándola a la luz de la verdad sobre la imagen y semejanza de Dios (cf. Gén 1, 26-27), podemos comprender mejor en qué consiste el carácter
personal del ser humano, gracias al cual ambos -hombre y mujer- son
semejantes a Dios. En efecto, cada hombre es imagen de Dios como creatura
racional y libre, capaz de conocerlo y amarlo. Leemos además que el hombre no
puede existir "solo" (cf. Gén
2,18); puede existir solamente como "unidad de los dos" y, por
consiguiente, en relación con otra
persona humana. Se trata de una relación recíproca, del hombre con la mujer
y de la mujer con el hombre. Ser persona a imagen y semejanza de Dios comporta
también existir en relación al otro "yo". Esto es preludio de la
definitiva autorrevelación de Dios, Uno y Trino: unidad viviente en la comunión
del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Al comienzo de la Biblia no
se dice esto de modo directo. El Antiguo Testamento es, sobre todo, la
revelación de la verdad acerca de la unicidad y unidad de Dios. En esta verdad
fundamental sobre Dios, el Nuevo Testamento introducirá la revelación del
inescrutable misterio de su vida íntima. Dios,
que se deja conocer por los hombres por medio de Cristo, es unidad en la Trinidad: es unidad en la
comunión. De este modo se proyecta también una nueva luz sobre aquella
semejanza e imagen de Dios en el hombre de la que habla el Libro del Génesis. El hecho de que el ser humano, creado como
hombre y mujer, sea imagen de Dios no significa solamente que cada uno de ellos
individualmente es semejante a Dios como ser racional y libre; significa además
que el hombre y la mujer, creados como "unidad de los dos" en su
común humanidad, están llamados a vivir una comunión de amor y, de este modo,
reflejar en el mundo la comunión de amor que se da en Dios, por la que las tres
Personas se aman en el íntimo misterio de la única vida divina. El Padre, el
Hijo y el Espíritu Santo -un solo Dios en la unidad de la divinidad- existen
como personas por las inescrutables relaciones divinas. Solamente así se hace
comprensible la verdad de que Dios en sí mismo es amor (cf. 1 Jn 4, 16).
La imagen y semejanza de
Dios en el hombre, creado como hombre y mujer (por la analogía que se
presupone entre el Creador y la criatura), expresa también, por consiguiente,
la "unidad de los dos" en la común humanidad. Esta "unidad de
los dos", que es signo de la comunión interpersonal, indica que en la creación del hombre se da también una cierta
semejanza con la comunión divina ("Communio").
Esta semejanza se da como cualidad del ser personal de ambos, del hombre y de
la mujer, y al mismo tiempo como una llamada y tarea. Sobre la imagen y
semejanza de Dios, que el género humano lleva consigo desde el
"principio", se halla el fundamento de todo el "Ethos" humano. El Antiguo y el
Nuevo Testamento desarrollarán este "ethos", cuyo vértice es el mandamiento del amor.(
En
la "unidad de los dos" el hombre y la mujer son llamados desde su
origen no sólo a existir "uno al lado del otro", o simplemente
"juntos", sino que son llamados también a existir recíprocamente, "el uno para el otro".
De
esta manera se explica también el significado de aquella "ayuda" de
la que se habla en el Génesis 2,
18-25: "Voy a hacerle una ayuda
adecuada". El contexto bíblico permite entenderlo también en el
sentido de que la mujer debe "ayudar" al hombre, así como éste debe
ayudar a aquella; en primer lugar por el hecho mismo de "ser persona
humana", lo cual les permite, en cierto sentido, descubrir y confirmar
siempre el sentido integral de su propia humanidad. Se entiende fácilmente que
-desde esta perspectiva fundamental- se trata de una "ayuda" de at-align:justify'>
Esta
verdad concierne también a la historia de
la salvación. A este respecto es particularmente significativa una
afirmación del Concilio Vaticano II. En el capítulo sobre la "comunidad de
los hombres", de la Constitución pastoral Gaudium et spes, leemos: "El Señor, cuando ruega al Padre que
"todos sean uno, como nosotros también somos uno" (Jn 17, 21-22), abriendo perspectivas
cerradas a la razón humana, sugiere una
cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la unión de los
hijos de Dios en la verdad y en la caridad. Esta semejanza demuestra que el
hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí misma, no puede
encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismos a los
demás".(
Con
estas palabras el texto conciliar presenta sintéticamente el conjunto de la
verdad sobre el hombre y sobre la mujer (verdad que se de línea ya en los
primeros capítulos del Libro del Génesis)
como estructura de la antropología bíblica y cristiana. El ser humano -ya sea hombre o mujer- es el único entre las criaturas del mundo visible que Dios Creador "ha amado por sí
mismo"; es, por consiguiente, una persona. El ser persona significa
tender a su realización (el texto conciliar habla de "encontrar su propia
plenitud"), cosa que no puede llevar a cabo si no es "en la entrega sincera de si mismo a los
demás". El modelo de esta interpretación de la persona es Dios mismo
como Trinidad, como comunión de Personas. Decir que el hombre ha sido creado a
imagen y semejanza de este Dios quiere decir también que el hombre está llamado
a existir "para" los demás, a convertirse en un don.
Esto
concierne a cada ser humano, tanto mujer como hombre, los cuales llevan a cabo
según su propia peculiaridad. En el ámbito de la presente meditación acerca de
la dignidad y vocación de la mujer, esta verdad sobre el ser humano constituye el punto de partida indispensable. Ya el
Libro del Génesis permite captar,
como un primer esbozo, este carácter esponsal de la relación entre las
personas, sobre el que se desarrollará a su vez la verdad sobre la maternidad,
así como sobre la virginidad, como dos dimensiones particulares de la vocación
de la mujer a la luz de la Revelación divina. Estas dos dimensiones encontrarán
su expresión más elevada en el cumplimiento de la "plenitud de los
tiempos" (cf. Gál 4, 4), esto
es, en la figura de la "mujer" de Nazaret: Madre-Virgen.
ANTROPOMORFISMO DEL LENGUAJE
BIBLICO
8.
La presentación del hombre como "imagen y semejanza de Dios", así
como aparece inmediatamente al comienzo de la Sagrada Escritura, reviste
también otro significado. Este hecho
constituye la clave para comprender la Revelación bíblica como manifestación de
Dios sobre sí mismo. Hablando de sí, ya sea "por medio de los profetas, ya
sea por medio del Hijo", hecho hombre (cf. Heb 1, 1-2), Dios habla en
lenguaje humano, usa conceptos e imágenes humanas. Si este modo de
expresarse está caracterizado por un cierto antropomorfismo, su razón está en
el hecho de que el hombre es "semejante" a Dios, esto es, creado a su
imagen y semejanza. Consiguientemente, también
Dios es, en cierta medida, "semejante" al hombre y, precisamente
basándose en esta similitud, puede llegar a ser conocido por los hombres. Al
mismo tiempo, el lenguaje de la Biblia es suficientemente preciso para mostrar
los límites de la "semejanza", los límites de la
"analogía". En efecto, la revelación bíblica afirma que si bien es
verdadera la "semejanza" del hombre con Dios, es aún más esencialmente verdadera la "no-semejanza",( que distingue toda la creación del
Creador. En definitiva, para el hombre creado a semejanza de Dios, el mismo
Dios es aquél "que habita en una luz inaccesible" (1 Tim 6, 16): El es el
"Diverso" por esencia, el "totalmente Otro".
Esta
observación sobre los límites de la analogía -límites de la semejanza del
hombre con Dios en el lenguaje bíblico- se debe tener muy en cuenta también
cuando, en diversos lugares de la Sagrada Escritura (especialmente del Antiguo
Testamento), encontramos comparaciones
que atribuyen a Dios cualidades "masculinas" o también
"femeninas". En ellas podemos ver la confirmación indirecta de la
verdad de que ambos, tanto el hombre como la mujer, han sido creados a imagen y
semejanza de Dios. Si existe semejanza entre el Creador y las criaturas, es
comprensible que la Biblia haya usado expresiones que le atribuyen cualidades
tanto "masculinas" como "femeninas".
Queremos
referirnos aquí a varios textos característicos del profeta Isaías: "Pero dice Sión:
"Yahveh me ha abandonado, el Señor me ha olvidado" ¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho,
sin compadecerse del hijo de sus entrañas?. Pues aunque ésas llegasen a
olvidar, yo no te olvido" (49,
14-15). Y en otro lugar: "como uno a quien su madre le consuela, así yo os consolaré (y por Jerusalén seréis
consolados)" (Is 66, 13). También en los Salmos Dios es parangonado a una
madre solícita: "No, mantengo mi alma en paz y silencio como niño
destetado en el regazo de su madre. ¡Como niño destetado está mi alma en mí!
¡Espera, Israel, en Yaveh desde ahora y por siempre!" (Sal 131 [130]; 2-3). En diversos pasajes
el amor de Dios, siempre solícito para con su Pueblo, es presentado como el
amor de una madre: como una madre Dios ha
llevado a la humanidad, y en particular a su pueblo elegido, en el propio seno,
lo ha dado a luz en el dolor, lo ha nutrido y consolado (cf Is 42, 14; 46, 3-4). El amor de Dios es
presentado en muchos pasajes como amor "masculino" del esposo y padre
(cf Os 11, 1-4; Jer 3, 4-19), pero a
veces también como amor "femenino" de la madre.
Esta
característica del lenguaje bíblico, su modo antropomórfico de hablar de Dios, indica también, indirectamente, el misterio del eterno "engendrar",
que pertenece a la vida íntima de Dios. Sin embargo, este "engendrar"
no posee en sí mismo cualidades "masculinas" ni
"femeninas". Es de naturaleza totalmente divina. Es espiritual del
modo más perfecto, ya que "Dios es espíritu" (Jn 4, 24) y no posee ninguna propiedad típica del cuerpo, ni
"femenina" ni "masculina". Por consiguiente, también la
"paternidad" en Dios es
completamente divina, libre de la característica corporal
"masculina", propia de la paternidad humana. En este sentido el
Antiguo Testamento hablaba de Dios como de un Padre y a él se dirigía como a un
Padre. Jesucristo, que se dirigía a Dios llamándole "Abba-Padre" (Mc 14, 36) -por ser su Hijo unigénito y
consubstancial-, y que situó esta verdad en el centro mismo del Evangelio como
normativa de la oración cristiana, indicaba la paternidad en este sentido
ultracorporal, sobrehumano, totalmente divino. hablaba como Hijo, unido al
Padre por el eterno misterio del engendrar divino, y lo hacía así siendo al
mismo tiempo Hijo auténticamente humano de su Madre Virgen.
Si
bien no se pueden atribuir cualidades humanas a la generación eterna del Verbo
de Dios, ni la paternidad divina tiene elementos "masculinos" en
sentido físico, sin embargo se debe buscar en Dios el modelo absoluto de toda "generación"
en el mundo de los seres humanos. En este sentido -parece- leemos en la
Si
bien no se pueden atribuir cualidades humanas a la generación eterna del Verbo
de Dios, ni la paternidad divina tiene elementos "masculinos" en
sentido físico, sin embargo se debe buscar en Dios el modelo absoluto de toda "generación"
en el mundo de los seres humanos. En este sentido -parece- leemos en la Carta a los Efesios: "Doblo mis
rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la
tierra". (2, 14-15). Todo "engendrar" en la dimensión de las
criaturas encuentra su primer modelo en aquel engendrar que se da en Dios de
modo completamente divino, es decir, espiritual. A este modelo absoluto,
no-creado, se asemeja todo el "engendrar" en el mundo creado. Por
consiguiente, lo que en el engendrar humano es propio del hombre o de la mujer
-esto es, la "paternidad" y la "maternidad" humanas- lleva
consigo la semejanza, o sea, la analogía con el "engendrar" divino y
con aquella "paternidad" que en Dios es "totalmente
diversa": completamente espiritual y divina por esencia. En cambio, en el
orden humano el engendrar es propio de la "unidad de los dos": ambos
son "progenitores", tanto el hombre como la mujer.
IV
EVA
- MARIA
EL "PRINCIPIO" Y EL PECADO
9.
"Constituido por Dios en un estado de santidad, el hombre, tentado por el
Maligno, desde los comienzos de la historia abusó de su libertad, erigiéndose
contra Dios y anhelando conseguir su fin fuera de Dios!.( Con estas palabras la enseñanza del
último concilio evoca la doctrina revelada sobre el pecado y, en particular,
sobre aquel primer pecado, que es el "original". El
"principio" bíblico -la creación del mundo y del hombre en el mundo- contiene en sí al mismo tiempo la verdad sobre este pecado, que puede
ser llamado también el pecado del "principio" del hombre sobre la
tierra. Aunque la narración del Libro del
Génesis sobre este hecho está expresada de forma simbólica, como en la
descripción de la creación del hombre como varón y mujer (cf. Gén. 2, 15-25), desvela sin embargo lo
que hay que llamar "el misterio del pecado" y, más propiamente aún,
"el misterio del mal" en el mundo creado por Dios.
No
es posible entender el "misterio del pecado" sin hacer referencia a
toda la verdad acerca de la "imagen y semejanza" con Dios, que es la
base de la antropología bíblica. Esta verdad muestra la creación del hombre
como una donación especial por parte del Creador, en la que están contenidos no solamente el fundamento y la
fuente de la dignidad esencial del ser humano -hombre y mujer- en el mundo
creado, sino también el comienzo de la
llamada de ambos a participar de la vida íntima de Dios mismo. A la luz de
la Revelación, creación significa también
comienzo de la historia de la salvación. Precisamente en este comienzo el pecado
se inserta y configura como contraste y negación.
Se
puede decir, paradójicamente, que el pecado presentado en el Génesis (c. 3) es la confirmación de la
verdad acerca de la imagen y semejanza de Dios en el hombre, si esta verdad
significa libertad, es decir, la voluntad libre de la que el hombre puede usar
eligiendo el bien o de la que puede abusar eligiendo el mal contra la voluntad
de Dios. No obstante, en su significado esencial, el pecado es la negación de
lo que es Dios -como Creador- en relación con el hombre, y de lo que Dios
quiere decir el comienzo y siempre para el hombre. Creando el hombre y la mujer
a su propia imagen y semejanza Dios quiere para ellos la plenitud del bien, es
decir, la felicidad sobrenatural, que brota de la participación de su misma
vida. Cometiendo el pecado, el hombre
rechaza este don y al mismo tiempo quiere llegar a ser él mismo "como
Dios, conociendo el bien y el mal" (cf Gén
3, 5), es decir, decidiendo sobre el bien y el mal independientemente de
Dios, su Creador. El pecado de los orígenes tiene su "medida" humana,
su metro interior, en la voluntad libre del hombre, y lleva consigo además una
cierta característica "diabólica",(
como lo pone claramente de relieve el
Libro del Génesis (3, 1-5). El pecado provoca la ruptura de la unidad
originaria, de la que gozaba el hombre en el estado de justicia original: la
unión con Dios como fuente de la unidad interior de su propio "yo",
en la recíproca relación entre el hombre y la mujer ("communio personarum"), y, por último, en relación con el mundo
exterior, con la naturaleza.
La
descripción bíblica del pecado original en el Génesis (c. 3) en cierto modo "distribuye los papeles"
que en él han tenido la mujer y el hombre. A ello harán referencia más tarde
algunos textos de la Biblia como, por ejemplo, la Carta de S. Pablo a Timoteo:
"Porque Adán fue formado primero y Eva en segundo lugar. Y en el engaño no
fue Adán, sino la mujer" (1 Tim 2,
13-14). Sin embargo, no cabe duda de que -independientemente de esta
"distribución de los papeles" en la descripción bíblica- aquel primer pecado es el pecado del hombre,
creado por Dios varón y mujer. Este es también el pecado de los "progenitores" y a ello se debe su
carácter hereditario. En este sentido lo llamamos "pecado original".
Este pecado, como ya se ha
dicho, no se puede comprender de manera
adecuada sin referirnos al misterio de la creación del ser humano -hombre y
mujer- a imagen y semejanza de Dios.
Mediante esta relación se puede comprender también el misterio de aquella
"no-semejanza" con Dios, en la cual consiste el pecado y que se
manifiesta en el mal presente en la historia del mundo; aquella
"no-semejanza" con Dios, "el único bueno" (cf. Mt 19, 17), que es la plenitud del bien.
Si esta "no-semejanza" del pecado con Dios, santidad misma, presupone
la "semejanza" en el campo de la libertad y de la voluntad libre, se
puede decir que, precisamente por esta razón, la "no-semejanza" contenida en el pecado es más dramática y más
dolorosa. Además, es necesario admitir que Dios, como Creador y Padre, es aquí
agraviado, "ofendido", y ofendido ciertamente en el corazón mismo de
aquella donación que pertenece al designio eterno de Dios en su relación con el
hombre.
Al
mismo tiempo, sin embargo, también
Estas
palabras son confirmadas generación tras generación. Pero esto no significa que
la imagen y la semejanza de Dios en el
ser humano, tanto mujer como hombre, haya sido destruida por el pecado;
significa, en cambio, que ha sido "ofuscada"( y, en cierto sentido,
"rebajada". En efecto, el pecado "rebaja" al hombre, como
nos lo recuerda también el Concilio Vaticano II.( Si el hombre -por su misma naturaleza
de persona- es ya imagen y semejanza de Dios quiere decir que su grandeza y
dignidad se realizan en la alianza con Dios, en su unión con él, en el tender
hacia aquella unidad fundamental que pertenece a la "lógica" interna
del misterio mismo de la creación. Esta unidad corresponde a la verdad profunda
de todas las criaturas dotadas de inteligencia y, en particular, del hombre, el
cual ha sido elevado desde el principio entre las criaturas del mundo visible
mediante la eterna elección por parte de Dios en Jesús: "En cristo (...)
nos ha elegido antes de la fundación del mundo (...) en el amor, eligiéndonos
de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo según el
beneplácito de su voluntad" (cf. Ef
1, 4-6). La enseñanza bíblica en su conjunto nos permite afirmar que la
predestinación concierne a las personas humanas, hombres y mujeres, a todos y a
cada uno sin excepción.
"EL TE
DOMINARA"
10.
La descripción bíblica del Libro del
Génesis de línea la verdad acerca de las consecuencias del pecado del
hombre, así como indica igualmente la alteración
de aquella originaria relación entre
el hombre y la mujer, que corresponde a la dignidad personal de cada uno de
ellos. El hombre, tanto varón como mujer, es una persona y, por consiguiente,
"la única criatura sobre la tierra que Dios ha amado por sí misma"; y
al mismo tiempo precisamente esta criatura única e irrepetible "no puede
encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los
demás".( De aquí surge la
relación de "comunión" en la que se expresan la "unidad de los
dos" y la dignidad como persona tanto del hombre como de la mujer. Por
tanto, cuando leemos en la descripción bíblica las palabras dirigidas a la
mujer: "Hacia tu marido irá tu apetencia y él te dominará" (Gén 3, 16), descubrimos una ruptura y
una constante amenaza precisamente en relación a esta "unidad de los
dos", que corresponde a la dignidad de la imagen y de la semejanza de Dios
en ambos. Pero esta amenaza es más grave para la mujer. En efecto, al ser un
don sincero y, por consiguiente, al vivir "para" el otro aparece el
dominio: "é