Sobre la cuestión obrera
A LOS VENERABLES HERMANOS PATRIARCAS, PRIMADOS, ARZOBISPOS
TODOS DEL ORBE CATOLICO QUE ESTAN EN GRACIA Y COMUNION CON LA
SANTA SEDE APOSTOLICA
LEON PAPA XIII
VENERABLES HERMANOS
SALUD Y BENDICION APOSTOLICA
INTRODUCCIÓN
PRIMERA
PARTE: EL REMEDIO PROPUESTO POR EL SOCIALISMO
SEGUNDA PARTE: SOLUCION PROPUESTA POR LA IGLESIA
I POR INFLUJO DE SU DOCTRINA
INTRODUCCION
Existencia y gravedad de
la cuestión obrera
1. Una vez despertado el afán de novedades, que hace tanto tiempo
agita a los Estados, necesariamente había de suceder que el deseo de hacer
mudanzas en el orden político se extendiera al económico, que tiene con aquel
tanto parentesco.
2. Efectivamente, los aumentos recientes de la industria y los
nuevos caminos por los que van las artes, el cambio obrado en las relaciones
mutuas de amos y jornaleros, el haberse acumulado las riquezas en unos pocos y
empobrecido la multitud, la mayor confianza de los obreros en sí mismos, y la
unión más estrecha con que unos a otros se han juntado; y finalmente, la
corrupción de las costumbres, han hecho estallar la guerra.
3. La gravedad que envuelve esta guerra, se
comprende por la viva expectación que tiene los ánimos suspensos, y por lo que
ejercita los ingenios de los doctos, las juntas de los prudentes, las asambleas
populares, el juicio de los legisladores y los consejos de los príncipes de tal
manera, que no se halla ya cuestión alguna, por grande que sea, que con más
fuerza que ésta preocupe los ánimos de los hombres.
4. Por esto, proponiéndonos como fin la causa de la Iglesia y el
bien común, y como otras veces os hemos escrito sobre el gobierno de los pueblos,
la libertad humana, la constitución cristiana de los Estados y otras cosas
semejantes, cuanto parecía a propósito para refutar las opiniones engañosas,
así y por las mismas causas creemos deber tratar ahora de la cuestión obrera.
5. Materia es ésta que ya otras veces, cuando se ha
ofrecido la ocasión, hemos tocado; más en esta Encíclica amonéstanos la
conciencia de nuestro deber apostólico que tratemos la cuestión de propósito y
por completo y de manera que se vean bien los principios que han de dar a esta
contienda la solución que demandan la verdad y la justicia.
6. Pero es ella difícil de resolver y no carece de
peligro. Porque difícil es dar la medida justa de los derechos y deberes, en
que ricos y proletarios, capitalistas y operarios, deben encerrarse.
7. Y peligrosa es una contienda que por hombres
turbulentos y maliciosos frecuentemente se tuerce para pervertir el juicio de
la verdad y mover a sediciones la multitud.
8. Como quiera que sea, vemos claramente, y en esto convienen
todos, que es preciso dar pronto y oportuno auxilio a los hombres de la ínfima
clase, puesto que sin merecerlo se halla la mayor parte de ellos en una
condición desgraciada o inmerecida.
Causas del malestar
obrero
9. Pues, destruidos en el pasado siglo los antiguos
gremios de obreros, y no habiéndoseles dado en su lugar defensa alguna, por
haberse apartado las instituciones y las leyes públicas de la religión de
nuestros padres, poco a poco ha sucedido hallarse los obreros entregados, solos
e indefensos, por la condición de los tiempos, a la inhumanidad de sus amos y a
la desenfrenada codicia de sus competidores. A aumentar el mal, vino la voraz
usura; la cual, aunque más de una vez condenada por sentencia de la Iglesia,
sigue siempre bajo diversas formas, la misma en su ser, ejercida por hombres
avaros y codiciosos. Juntase a esto que la producción y el comercio de todas
las cosas está casi en manos de pocos, de tal suerte, que unos cuantos hombres
opulentos y riquísimos han puesto sobre la multitud innumerable de proletarios,
un yugo que difiere poco del de los esclavos.
[Inicio]
PRIMERA PARTE
EL REMEDIO PROPUESTO POR
EL SOCIALISMO
10. Para remedio de este mal, "los
socialistas", después de excitar en los pobres el odio a los ricos,
pretenden que es preciso acabar con la propiedad privada y sustituirla con la
colectiva, en que los bienes de cada uno sean comunes a todos, atendiendo a su
conservación y distribución, los que rigen el municipio o tienen el gobierno
general del Estado. Con este pasar los bienes de las manos de los particulares
a las de la comunidad y repartir luego esos mismos bienes y sus utilidades con
igualdad perfecta entre los ciudadanos, creen que podrán curar la enfermedad
presente.
Es perjudicial al obrero
11. Pero tan lejos está este procedimiento de poder
dirimir la cuestión, que más bien perjudica a los obreros mismos, y es, además,
grandemente injusto, porque hace fuerza a los que legítimamente poseen,
pervierten los derechos del Estado, e introducen una completa confusión en el
orden social.
Es injusto
12. A la verdad, todos fácilmente entienden que la
causa principal de emplear su trabajo los que se ocupan en algún arte lucrativo
y el fin que próximamente mira el operario, son estos: procurarse alguna cosa y
poseerla como propia con derecho propio y personal. Porque si el obrero presta
a otros sus fuerzas y su industria, las presta con el fin de alcanzar lo
necesario para vivir y sustentarse, y por esto, con el trabajo que de su parte
pone, adquiere un derecho verdadero y perfecto, no sólo para exigir un salario,
sino para hacer de éste el uso que quisiere. Luego, si gastando poco de este
salario, ahorra algo, y para tener más seguro este ahorro, fruto de su
economía, lo emplea en una finca, síguese que la tal finca no es más que aquel
salario bajo otra forma; y por lo tanto, la finca, que el obrero así compró
debe ser tan suya como lo era el salario, que con su trabajo ganó. Ahora bien,
en esto precisamente, consiste, como fácilmente se deja entender, el dominio de
bienes muebles e inmuebles . Luego al empeñarse los "socialistas" en
que los bienes de los particulares pasen a la comunidad, empeoran la condición
de los obreros, porque quitándoles la libertad de disponer libremente de su
salario, les quitan hasta la esperanza de poder aumentar sus bienes propios y
sacar de ellos otras utilidades.
13. Pero, y esto es aún más grave, el remedio que
proponen pugna abiertamente con la justicia porque poseer algo como propio y
con exclusión de los demás, es un derecho que dio la naturaleza a todo hombre.
Y a la verdad, aún en esto hay grandísima diferencia entre el hombre y los
demás animales. Porque estos no son dueños de sus actos, sino que se gobiernan
por un doble instinto natural que mantiene en ellos despierta la facultad de
obrar, y a su tiempo les desenvuelve las fuerzas y determina cada uno de sus
movimientos. Muévelos uno de estos instintos a defender su vida y otro a
conservar su especie. Y entre ambas cosas fácilmente las alcanzan con solo usar
de lo que tienen presente; ni pueden en manera alguna mirar más adelante,
porque los mueve sólo el sentido y las cosas singulares que con los sentidos
perciben. Pero muy distinta es la naturaleza del hombre. Existe en él toda
entera y perfecta la naturaleza animal, y por eso, no menos que a los otros
animales se ha concedido al hombre, por razón de ésta su naturaleza animal, la
facultad de gozar del bien que hay en las porque poseer algo como propio y
con exclusión de los demás, es un derecho que dio la naturaleza a todo hombre.
Y a la verdad, aún en esto hay grandísima diferencia entre el hombre y los
demás animales. Porque estos no son dueños de sus actos, sino que se gobiernan
por un doble instinto natural que mantiene en ellos despierta la facultad de
obrar, y a su tiempo les desenvuelve las fuerzas y determina cada uno de sus
movimientos. Muévelos uno de estos instintos a defender su vida y otro a
conservar su especie. Y entre ambas cosas fácilmente las alcanzan con solo usar
de lo que tienen presente; ni pueden en manera alguna mirar más adelante,
porque los mueve sólo el sentido y las cosas singulares que con los sentidos
perciben. Pero muy distinta es la naturaleza del hombre. Existe en él toda
entera y perfecta la naturaleza animal, y por eso, no menos que a los otros
animales se ha concedido al hombre, por razón de ésta su naturaleza animal, la
facultad de gozar del bien que hay en las cosas corpóreas. Pero esta naturaleza
animal, aunque sea en el hombre perfecta, dista tanto de ser ella sola toda la
naturaleza humana, que es muy inferior a ésta y destinada a sujetarse a ella y
obedecerla. Lo que en nosotros domina y sobresale, lo que nos diferencia
específicamente de las bestias, es el entendimiento o la razón. Y por esto, por
ser el hombre el solo animal dotado de razón, hay que concederle necesariamente
la facultad no sólo de usar las cosas como los demás animales, sino también de
poseerlas con derecho estable y perpetuo, tanto aquellas que con el uso se
consumen, como las que no.
14. Lo cual se ve aún más claro si se estudia en sí
y más intensamente la naturaleza del hombre. Este, porque con la inteligencia
abarca cosas innumerables y a las presentes junta y enlaza las futuras, y
porque además es dueño de sus acciones, por esto, sujeto a la ley eterna y a la
potestad de Dios que todo lo gobierna con providencia infinita, se gobierna él
a sí mismo con la providencia de que es capaz su razón, y porque también tiene
libertad de elegir aquellas cosas que juzgue más a propósito para su propio
bien, no sólo en el tiempo presente, sino también en el futuro. De donde se
sigue que debe el hombre tener dominio, no sólo de los frutos de la tierra sino
además de la tierra misma, porque la tierra ve que se producen, para ponerse a
su servicio, las cosas necesarias para su porvenir. Las necesidades de todo
hombre están sujetas a perpetuas vueltas, y así, satisfechas hoy, vuelven
mañana a ejercer su imperio. Debe pues, la naturaleza haber dado al hombre algo
estable y que perpetuamente dure, para que de ella perpetuamente pueda esperar
el alivio de sus necesidades. Y esta perpetuidad nadie, sino la tierra con su
inextinguible fecundidad, puede darla.
15. Ni hay para qué se entrometa en esto el cuidado
providencial del Estado, porque más antiguo que el Estado, es el hombre y antes
que se formase Estado alguno, debió recibir el hombre de la naturaleza el
derecho de cuidar su vida y de su cuerpo. Más el haber dado Dios la tierra a
todo el linaje humano, para que use de ella y la disfrute, no se opone de manera
alguna a la existencia de propiedades privadas.
16. Porque decir que Dios ha dado la tierra en
común a todo el linaje humano, no es decir que todos los hombres
indistintamente sean señores de toda ella, sino que no señaló Dios a ninguno en
particular, la parte que había de poseer, dejando a la industria de los
individuos y a las leyes de los pueblos la determinación de lo que cada uno en
particular había de poseer.
17. Por lo demás, aún después de poseer, entre
personas particulares, no cesa la tierra de servir a la utilidad común, pues no
hay mortal alguno que no se sustente de lo que produce la tierra. Los que
carecen de capital lo suplen con su trabajo, de suerte que con verdad se puede
afirmar que todo el arte de adquirir lo necesario para la vida y mantenimiento,
se funda en el trabajo que, o se emplea en una finca o en una industria
lucrativa, cuyo salario, en último término, de los frutos de la tierra se saca
o con ellos se permuta.
18. Dedúcese de aquí también, que la propiedad
privada es claramente conforme a la naturaleza. Porque las cosas que para
conservar la vida, y más aún, las que para perfeccionarla son necesarias,
prodúcelas la tierra, es verdad, con grande abundancia, más sin el cultivo y
cuidado de los hombres no las podría producir.
Ahora bien, cuando en preparar estos bienes
naturales gasta el hombre la industria de su inteligencia y las fuerzas de su
cuerpo, por el mismo hecho se aplica a sí aquella parte de la naturaleza
material que cultivó y en la que dejó una como huella o figura de su propia
persona; de modo que no puede menos de ser conforme a la razón que aquella
parte la posea el hombre como suya y a nadie de manera alguna le sea lícito
violar su derecho.
19. Tan clara es la fuerza de estos argumentos que
causa admiración ver que haya algunos que piensan de otro modo, resucitando
envejecidas opiniones, las cuales conceden, es verdad, al hombre, aun como
particular el uso de la tierra y de los frutos varios que ella con el cultivo,
produce; pero abiertamente le niegan el derecho de poseer como señor y dueño el
solar sobre el que levantó un edificio o la hacienda que cultivó, y no ven que,
al negar este derecho al hombre, le quitan cosas adquiridas con su trabajo.
Pues, un campo, cuando lo cultiva la mano y lo trabaja la industria del hombre,
cambia muchísimo de condición, hácese de silvestre, fructuoso y de estéril,
feraz. Y estas mejoras de tal modo se adhieren y confunden con el terreno, que
muchas de ellas son de él inseparables.
Ahora bien, que venga a apoderarse y disfrutar del
pedazo de tierra en que depositó otro su propio sudor, ¿lo permitirá la
justicia? Como los efectos siguen a la causa de que son efectos, así el fruto
del trabajo es justo que pertenezca a los que trabajaron.
20. Con razón, pues, la totalidad del género
humano, haciendo poco caso de las opiniones discordes de unos pocos, y
estudiando diligentemente la naturaleza, halla el fundamento de la división de
bienes y de la propiedad privada en la misma ley natural; tanto que, como muy
conformes y convenientes a la paz y tranquilidad de la vida, las ha consagrado
con el uso de todos los siglos. Este derecho, de que hablamos, lo confirman y
hasta con la fuerza lo defienden las leyes civiles que, cuando son justas,
derivan su eficacia de la misma ley natural.
21. Y este mismo derecho sancionaron con su
autoridad las divinas leyes, que aun el desear lo ajeno severamente prohíben.
"No codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su casa, ni campo, ni sierva, ni
buey, ni asno, ni cosa alguna de las que son suyas"
22. Estos derechos que a los hombres, aun separados
competen, se ve que son aún más fuertes si se los considera trabados y unidos
con los deberes que los mismos hombres tienen cuando viven en familia. En
cuanto a elegir el género de la vida, no hay duda que puede cada uno a su
arbitrio escoger una de dos cosas: o seguir el consejo de Jesucristo, guardando
virginidad, o ligarse con los vínculos del matrimonio. Ninguna ley humana puede
quitar al hombre el derecho natural y primario que tiene a contraer matrimonio,
ni puede tampoco ley alguna humana poner de ningún modo límites a la causa
principal del matrimonio, cual la estableció la autoridad de Dios, en el
principio: "Creced y multiplicaos"
aquí la familia o sociedad doméstica, pequeña, a la verdad, pero verdadera
sociedad y anterior a todo Estado, y que, por lo tanto, debe tener derechos
propios, y quede ninguna manera dependan del Estado. Es menester, pues,
traspasar al hombre, como cabeza de familia, aquel derecho de propiedad, que
hemos demostrado que la naturaleza dio a cada uno en particular; más aún este
derecho es tanto mayor y más fuerte cuanto son más las cosas que en la sociedad
doméstica abarca la persona del hombre. Es ley santísima de la naturaleza que
deba el padre de familia defender, alimentar, y, con todo género de cuidados,
atender a los hijos que engendró; y de la misma naturaleza se deduce que a los
hijos, los cuales en cierto modo reproducen y perpetúan la persona del padre,
deba éste querer adquirirles y prepararles los medios, con que honradamente
puedan en la peligrosa carrera de la vida, defenderse de la desgracia. Y esto
no lo puede hacer sino poseyendo bienes útiles, que pueda en herencia
transmitir a sus hijos.
23. Lo mismo que el Estado, es la familia, como
antes hemos dicho, una verdadera sociedad, regida por un poder que es propio, a
saber: el paterno. Por esto, dentro de los límites que su fin próximo le
prescribe, tiene la familia en el procurar y aplicar los medios que para su
bienestar y justa libertad son necesarios, derechos iguales por lo menos a los
de la sociedad civil. Iguales, por lo menos hemos dicho, porque, como la
familia o sociedad doméstica, se concibe y de hecho existe antes que la
sociedad civil, síguese que los derechos y deberes de aquella son anteriores y
más inmediatamente naturales que los de ésta.
Y si los ciudadanos, si las familias al formar
parte de una comunidad y sociedad humana hallasen, en vez de auxilio, estorbo,
y en vez de defensa disminución de su derecho, sería más bien de aborrecerse
que de desearse la sociedad civil.
Querer, pues, que se entrometa el poder civil hasta
en lo íntimo del hogar, es un grande y pernicioso error. Cierto que si alguna
familia se hallase en extrema necesidad, y no pudiese valerse ni salir por sí
de ella de manera alguna, justo sería que la autoridad pública remediase esta
necesidad extrema por se cada una de las familias una parte de la sociedad.
Y del mismo modo, si dentro del hogar doméstico
surgiera una perturbación grave de los derechos mutuos, interpóngase la
autoridad pública para dar a cada uno lo suyo, pues, no es justo usurpar los
derechos de los ciudadanos, sino protegerlos y asegurarlos con una justa y
debida tutela. Pero es menester que aquí se detengan los que tienen el cargo de
la cosa pública; pasar de esos límites no le permite la naturaleza.
24. Porque es tal la patria potestad, que no puede
ser ni extinguida ni absorbida por el Estado, puesto que su principio es igual
e idéntico al de la vida misma de los hombres. "Los hijos son algo del
padre", y como una amplificación de la persona del padre; y si queremos
hablar con propiedad, no por sí mismos, sino por la comunidad doméstica, en que
fueron engendrados, entran a formar parte de la sociedad civil, y por esta razón,
porque los hijos son "naturalmente algo del padre, antes de que lleguen
atener el uso de su libre albedrío, están sujetos al cuidado de sus
padres" Cuando, pues, los
"socialistas, descuidada la providencia de los padres", introducen en
su lucha la del Estado, obran "contra la justicia natural", y
disuelven la trabazón del hogar doméstico.
Es subversivo
25. Y fuera de esta injusticia, vese demasiado claro cual sería en
todas las clases el trastorno y perturbación a lo que seguirá una dura y odiosa
esclavitud de los ciudadanos. Abriríase la puerta a mutuos odios, murmuraciones
y discordias; quitado al ingenio y diligencia de cada uno todo estímulo,
secaríanse necesariamente las fuentes mismas de la riqueza, y esa igualdad que
en su pensamiento se forja, no sería realmente otra cosa sino un estado tan
triste como innoble de todos los hombres sin distinción alguna. De todo lo cual
se ve que aquel dictamen de los "socialistas", a saber que toda
propiedad ha de ser común, debe absolutamente rechazarse, porque perjudica a
los mismos a quienes se trata de socorrer; pugna con los derechos naturales de
los individuos y perturba los deberes del Estado y la tranquilidad común.
Quede, pues, sentado que cuando se busca el modo de aliviar a los pueblos, lo
que principalmente y como fundamento de todo se ha de tener, es esto: que se
debe guardar intacta la propiedad privada. Esto probado, vamos a declarar dónde
hay que ir a buscar el remedio que se desea.
[Inicio]
SEGUNDA PARTE
SOLUCION PROPUESTA POR LA IGLESIA
26. Animosos y con derecho
claramente nuestro, entramos a tratar de esta materia: porque cuestión es esta
a la cual no se hallará solución alguna aceptable, si no se acude a la Religión
y a la Iglesia. Y como la guarda de la Religión y la administración de la
Iglesia principalmente incumbe a Nos, con razón, si calláramos se juzgaría que
faltábamos a nuestro deber. Verdad es que cuestión tan grave demanda la
cooperación y esfuerzo de otros, a saber: de los príncipes y cabezas de los
estados, de los amos ricos, y hasta de los mismos proletarios de cuya suerte se
trata, pero, afirmamos, sin duda alguna, que serán vanos cuantos esfuerzos
hagan los hombres, si desatienden a la Iglesia.
27. Porque la Iglesia es la que del Evangelio saca
doctrinas tales que bastan, o para dirimir completamente esta contienda, o por
lo menos, para quitarle toda aspereza y hacerla así más suave; ella es la que
trabaja no sólo en instruir el entendimiento, sino en regir cada uno de los
hombres; ella, la que con muchas y utilísimas instituciones promueve el
mejoramiento de la situación de los proletarios; ella, la que quiere y pide que
se aúnen los pensamientos y las fuerzas de todas las clases para poner remedio
lo mejor que sea posible, a las necesidades de los obreros; y para conseguirlo,
cree que se deben emplear, aunque con peso y medida, las leyes mismas y la
autoridad del Estado.
I. POR INFLUJO DE SU DOCTRINA
1. Sosteniendo la desigualdad humana
28. Sea, pues, el primer principio, y como la base
de todo, que no hay más remedio que acomodarse a la condición humana; que en la
sociedad civil no pueden todos ser iguales, los altos y los bajos. Afánanse, es
verdad, por ello los "socialistas"; pero vano es ese afán y contra la
naturaleza misma grandísimas y muchísimas desigualdades. No son iguales los
talentos de todos, ni igual el ingenio, ni la salud, ni las fuerzas; y a la
necesaria desigualdad de estas cos:ftn4; color:#009933; text-decoration:underline; text-underline:single'
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30. Y del mismo modo no han de tener fin en este
mundo las otras penalidades; porque los males, que al pecado siguieron, son
ásperos de sufrir, duros y difíciles y de necesidad han de acompañar al hombre
hasta lo último de su vida.
Así que sufrir y padecer es cosa humana, y por más
experiencias y tentativas que el hombre haga, con ninguna fuerza, con ninguna
industria podrá arrancar enteramente de la vida humana estas incomodidades. Los
que dicen que lo pueden hacer, los que al desgraciado pueblo prometen una vida
exenta de toda fatiga y dolor, y regalada con holganza e incesantes placeres,
lo inducen a errar, lo engañan con fraudes, de que brotarán algún día males
mayores que los presentes, y al mismo tiempo buscar en otra parte como ya hemos
dicho, el remedio conveniente a estas incomodidades.
31. Hay en la cuestión que tratamos un mal capital,
y es el de figurarse y pensar que unas clases de la sociedad son por su
naturaleza enemigas de otras, como si a los ricos y a los proletarios los
hubiera hecho la Naturaleza para estar peleando unos contra los otros en
perpetua guerra. Lo cual es tan opuesto a la razón y a la verdad que, por el
contrario, es certísimo que, así como en el cuerpo se unen miembros entre sí diversos,
y de su unión resulta esa disposición de todo el ser, que bien podríamos llamar
simetría, así en la sociedad civil ha ordenado la Naturaleza que aquellas dos
clases se junten concordes entre sí, y se adapten la una a la otra de modo que
se equilibren. Necesita la una de la otra enteramente; porque "sin trabajo
no puede haber capital, ni sin capital trabajo".
La concordia engendra en las cosas, hermosura y
orden: y al contrario, de una perpetua lucha, no puede menos de resultar la
confusión junto con una salvaje ferocidad.
2. Definiendo las relaciones entre el capital y el trabajo
32. Ahora bien, para acabar con esa lucha y hasta
para cortar las raíces mismas de ella, tiene la religión cristiana una fuerza
admirable y múltiple. Y en primer lugar, el conjunto de la enseñanza de la
religión, de que es intérprete y depositaria la Iglesia, debe contribuir a
arreglar entre sí y unir a los ricos y a los proletarios, porque a ambos enseña
sus mutuos deberes y en especial los qucordia engendra en las cosas, hermosura y
orden: y al contrario, de una perpetua lucha, no puede menos de resultar la
confusión junto con una salvaje ferocidad.
2. Definiendo las relaciones entre el capital y el trabajo
32. Ahora bien, para acabar con esa lucha y hasta
para cortar las raíces mismas de ella, tiene la religión cristiana una fuerza
admirable y múltiple. Y en primer lugar, el conjunto de la enseñanza de la
religión, de que es intérprete y depositaria la Iglesia, debe contribuir a
arreglar entre sí y unir a los ricos y a los proletarios, porque a ambos enseña
sus mutuos deberes y en especial los que dimanan de la justicia de estos
deberes. "Los que corresponden al proletario y al obrero son": poner
de su parte íntegra y fielmente el trabajo que libre y equitativamente se ha
contratado; no perjudicar en manera alguna el capital, ni hacer violencia
personal a sus amos; al defender sus propios derechos abstenerse de la fuerza,
y nunca armar sediciones ni hacer juntas con hombres malvados que mañosamente
les ponen delante desmedidas esperanzas y grandísimas promesas, a los que sigue
casi siempre un arrepentimiento inútil y la ruina de sus fortunas. "Y
estos los deberes de los ricos y patronos": no considerar los obreros como
esclavos, respetar en ellos la dignidad de la persona y la nobleza que a esa
persona añade lo que se llama carácter de cristiano. Que si se tiene en cuenta
la razón natural y la filosofía cristiana, no es vergonzoso para el hombre ni
lo rebaja el ejercer un oficio por salario, pues le habilita el tal oficio para
poder sustentar honradamente su vida. Que lo que verdaderamente es vergonzoso e
inhumano es abusar de los hombres, como
si no fueran más que cosas, para sacar provecho de ellos, y no estimularlos en
más de lo que dan de sí sus músculos y sus fuerzas. Ordénase asimismo que en
los proletarios se tenga en cuenta la religión y el bien de sus almas.
Y por eso, es deber de sus amos: hacer que a su
tiempo se dedique el obrero a la piedad; no exponerlo a los atractivos de la
corrupción, ni a los peligros de pecar, ni en manera alguna estorbarle el que
atienda su familia y el cuidado de ahorrar. Asimismo no imponerle más trabajo
del que sus fuerzas puedan soportar, ni tal clase de trabajo que no lo sufra su
sexo y su edad. Pero entre los principales deberes de los patronos, se destaca
el de dar a cada uno lo que le es justo.
Sabido es que para fijar conforme a la justicia el
límite del salario, muchas cosas se han de tener en consideración; pero en
general deben acodarse los ricos y los patronos que oprimir en provecho propio
a los indigentes y menesterosos, y explotar la pobreza ajena para mayores
lucros, es contra todo derecho divino y humano. Y el defraudar a uno del
salario que se le debe es un gran crimen que clama al cielo venganza:
"Mirad que el jornal que defraudasteis a los trabajadores clama, y el
clamor de ellos suena en los oídos del Señor de los ejércitos" Finalmente, con extremo cuidado deben
guardarse los amos de perjudicar en lo más mínimo los ahorros de los
proletarios, ni con violencia, ni con engaño, ni con artificios de la usura; y
esto aún con mayor razón, porque no están ellos suficientemente protegidos
contra quien les quite sus derechos o los incapacite para trabajar, y porque
sus haberes, cuanto más pequeños son, tanto más deben ser respetados.
33. La obediencia a estas leyes, ¿no es verdad que
bastaría ella sola para quitar las fuerzas a esta contienda y acabar con sus
causas? Pero la Iglesia, enseñada y guiada por Jesucristo, aspira a algo más
grande; es decir, ordena algo que es más perfecto; y pretende con ello juntar
en unión íntima y amistad una clase con otra.
3. Señalando el verdadero destino de la vida presente
34. Entender en su realidad, y apreciar en su justo
valor las cosas perecederas es imposible, si no se ponen los ojos del alma en
la otra vida, imperecedera. Desaparecida la cual, desaparecerá inmediatamente
el concepto y verdadera noción del bien, y hasta se convertirá este universo en
un misterio inexplicable a toda investigación humana. Así, pues, lo que del
magisterio de la naturaleza misma aprendimos, es también dogma de la fe
cristiana, en que como principal fundamento estriba la razón y el ser todo de
la religión, a saber, que cuando salgamos de esta vida, entonces hemos de
comenzar de veras a vivir, porque no creó Dios al hombre para estas cosas
quebradizas y caducas sino para las celestiales y eternas; ni nos dió la tierra
por habitación perpetua, sino por lugar de destierro. Abundar o carecer de
riquezas y de las otras cosas, que se llaman bienes, nada importa para la
bienaventuranza eterna; lo que importa más que todo, es el uso que de estos
bienes hagamos.
35. Las varias penalidades de que está como tejida
la vida mortal, no las quitó Jesucristo con su "copiosa redención",
sino las trocó en incentivos de virtudes, materia de merecer, de tal suerte,
que ninguno de los mortales puede alcanzar los bienes sempiternos si no es
caminando sobre las ensangrentadas huellas de Jesucristo: "Si sufriéremos,
reinaremos también con El"
El de su voluntad trabajos y tormentos templó admirablemente la fuerza de esos
mismos trabajos y tormentos; y no sólo con su ejemplo, sino con su gracia y la
esperanza de un premio eterno, que nos pone delante, hizo más fácil el sufrir
dolores: "Pues, por la momentánea y ligera tribulación nos prepara un peso
eterno de gloria incalculable"
4. Inculcando a los ricos sus deberes de justicia y caridad
36. Adviértase, por lo tanto, a los que tienen
riquezas, que no libran ellas de dolor, ni en nada aprovechan para la eterna
bienaventuranza, sino que antes dañan
que deben a los ricos infundir terror las extraordinarias amenazas que les hace
Jesucristo y que ha de llegar un día en que darán
en el tribunal de Dios severísima cuenta del uso que hicieron de sus riquezas.
37. Acerca del uso que se debe hacer de las
riquezas, hay una doctrina excelente e importantísima, que la filosofía
vislumbró, pero que la Iglesia perfeccionó y enseña y trabaja para que sea no
sólo conocida, sino observada o aplicada, a las costumbres. El principio
fundamental de esta doctrina es el siguiente: que se debe distinguir entre la
justa posesión del dinero y el uso justo del mismo. Poseer algunos bienes en
particular, es, como poco antes hemos visto, derecho natural del hombre; y usar
de ese derecho, mayormente cuando se vive en sociedad no sólo es lícito, sino
absolutamente necesario. "Lícito es que el hombre posea algo como propio;
es además, para la vida humana, necesario"
Massi se pregunta, qué uso se debe hacer de esos bienes, la Iglesia, sin
titubear, responde: "En cuanto a esto, no debe tener el hombre las cosas
externas como propias sino como comunes; es decir, de tal suerte que fácilmente
las comunique a otros, cuando estos la necesiten. Por lo cual dice el Apóstol:
Manda a los ricos de este siglo... que den y que repartan francamente".
Verdad es que a nadie se manda socorrer a otros con
lo que para sí o para los suyos necesita, ni siquiera dar a otros lo que para
el debido decoro de su propia persona ha menester, "pues nadie está
obligado a vivir de un modo que a su estado no convenga" Pero, satisfecha la necesidad y el
decoro, deber nuestro es, de lo que sobra, socorrer a los indigentes. "Lo
que sobre, dadlo de limosna" No
son estos, deberes de justicia, sino de caridad cristiana, a lo cual no tienen
derecho de contradecir las leyes. Porque anterior a las leyes y juicios de los
hombres es la ley y juicio de Jesucristo, que de muchas maneras aconseja que
nos acostumbremos a dar limosna: "Mejor es dar que recibir" y que tendrá por hecha o negada a sí
propio. "La caridad" que hiciéremos o negáremos a los pobres;
"en cuanto lo hicisteis a uno de esos mis hermanos pequeñitos, a mí lo
hicisteis" En suma, los que mayor
abundancia de bienes han recibido de Dios, ya sean estos bienes corporales o
externos, ya sean del espíritu, para esto lo han recibido, para que con ellos
atiendan como ministros de la Divina Providencia al provecho de los demás.
"Así, pues, el que tuviere talento, cuide de no callar; el que tuviere
abundancia de bienes, vele, no se entorpezca en él la largueza de la
misericordia; el que supiere un oficio con qué manejarse, ponga gran empeño en
hacer al prójimo participante de su utilidad y provecho"
5. Consolando a los pobres.
38. A los que carecen de bienes de fortuna
enséñales la Iglesia a no tener a deshonra, como no la tiene Dios, la pobreza,
y a no avergonzarse de tener que ganar el sustento trabajando. Todo lo cual lo
confirmó con sus obras y hechos Cristo Nuestro Señor, que para salvar a los
hombres "se hizo pobre, siendo rico"
y aunque era Dios e Hijo de Dios, quiso, sin embargo, mostrarse y ser tenido
por hijo de un artesano: "¿No es éste el artesano hijo de María?"
39. Quien tuviere ante los ojos este divino ejemplo
entenderá más fácilmente lo que sigue, a saber: que la verdadera dignidad y
excelencia del hombre consiste en las costumbres, es decir, en la virtud; que
la virtud es el patrimonio común a todos los mortales, y que igualmente lo
pueden alcanzar los altos y los bajos, los ricos y los proletarios; que sólo a
las virtudes y al mérito, en quienquiera que se hallen, se ha de dar el premio
de la eterna bienaventuranza.
40. Y no sólo esto, sino que a los afligidos por
alguna calamidad, se ve más inclinada la voluntad del mismo Dios, pues
bienaventurados llama Jesucristo a los pobres; amantísimamente llama a
"Sí", para consolar a los que están en algún trabajo o aflicción; y a
los más abandonados y a los que injustamente son oprimidos abraza con especial
amor.
41. Cuando estas verdades se conocen, fácilmente se
reprime la hinchazón de ánimo de los ricos y se levanta el abatimiento de los
pobres, y se doblegan los unos a ser benignos y los otros a ser humildes. Y de
esta suerte, la distancia que entre unos y otros quisiera poner la soberbia, se
acorta, y no habrá dificultad en conseguir que se unan con estrecho vínculo de
amistad la una y la otra clase.
6. Engendrando la verdadera fraternidad.
42. Estas dos clases, si a los preceptos de Cristo
obedecieren, no sólo en amistad, sino en verdadero amor de hermanos, se
unirían. Porque sentirán y entenderán que todos los hombres sin distinción
alguna, han sido creados por Dios, Padre común de todos; que todos tienden al
mismo bien, como fin, que es Dios mismo único que puede dar bienaventuranza
perfecta a los hombres y a los Angeles; que todos y cada uno han sido por favor
de Jesucristo igualmente redimidos y levantados a la dignidad de hijos de Dios,
de tal manera que, no sólo entre sí, sino aun con Cristo Señor Nuestro,
"primogénito entre muchos hermanos", los enlaza un parentesco
verdaderamente de hermanos. Y asimismo, que los bienes de naturaleza y los
dones de la gracia divina pertenecen en común y sin diferencia alguna a todo
linaje humano, y que nadie, como no se haga indigno, será desheredado de los
bienes celestiales. "Si hijos, también herederos, verdaderamente de Dios y
coherederos con Cristo"
43. Tal es la naturaleza de los deberes y los
derechos que la filosofía cristiana enseña. ¿No es verdad que en brevísimo
tiempo parece que se acabaría toda contienda, donde en la sociedad civil
prevaleciese esta doctrina?
[Inicio]
II - POR LA VIRTUD
DIVINA DE SU ACCION
44. Finalmente, no se contenta la Iglesia con
mostrar los medios con que este mal se ha de curar; ella, con sus propias
manos, aplica las medicinas. Porque todo su afán es educar y formar a los
"hombres" conforme a sus enseñanzas y doctrina; y con el auxilio de
los obispos y del clero, procura extender cuanto más puede, los saludabílisimos
raudales de su doctrina. Esfuérzase, además, en penetrar hasta lo íntimo del
alma y doblegar las voluntades para que se dejen regir y gobernar en
conformidad con los divinos preceptos.
1. Reformando interiormente la sociedad
45. Esta parte es la principal y la más importante,
por depender de ella la suma total de los provechos y la solución completa de
la cuestión y en ella, sólo la Iglesia tiene el verdadero poder..Porque los
instrumentos de que, para mover los ánimos se sirve para ese fin precisamente se
los puso en las manos Jesucristo, y del mismo Dios reciben su eficacia.
Semejantes instrumentos son los únicos que pueden convenientemente llegar hasta
los senos recónditos del corazón y hacer el hombre obediente y pronto a cumplir
con su deber, y que gobierne los movimientos de su apetito, y ame a Dios y al
prójimo con singular y suma caridad, y se abra animosamente camino a través de
cuanto le estorbe la carrera de la virtud.
46. Basta en esta materia renovar nuevamente la
memoria de los ejemplos de nuestros mayores. Las cosas y los hechos que
recordamos son tales, que no dejan lugar a duda alguna, a saber: que con las
máximas cristianas se renovó de alto a bajo la humana sociedad civil, que por
virtud de esta renovación se mejoró el género humano, o más bien resucitó de
muerte a vida, y adquirió tan grade perfección que ni hubo antes, ni habrá en
las venideras edades otro mayor. Y, por fin, que de todos esos beneficios es
Jesucristo el principio y es el término, porque nacidos de El, a El todos se deben
referir. Efectivamente, cuando recibió el mundo la ley evangélica, cuando
aprendió el grande misterio de la Encarnación del Verbo y Redentor del género
humano, la vida de Jesucristo, Dios y hombre, penetró en las entrañas de la
sociedad civil y la impregnó toda de su fe, de sus preceptos y de sus leyes.
47. Por esto, si remedio ha de tener el mal que
ahora padece la sociedad humana, este remedio no puede ser otro que la
restauración de la vida e instituciones cristianas. Cuando las sociedades se
desmoronan, exige la rectitud, que, si se quieren restaurar, vuelvan a los
principios que les dieron ser. Porque en esto consiste la perfección de todas
las asociaciones, en trabajar para conseguir el fin para el que fueron
establecidas; de manera que los movimientos y actos de la sociedad no los
produzca otra causa que la que produjo la misma sociedad. Por lo cual,
desviarse de su fin es enfermar, volver a él, es sanar. Y lo que decimos de
todo el cuerpo de la sociedad civil, del mismo modo y con perfecta verdad lo
decimos de aquella clase de ciudadanos, la más numerosa, que sustenta su vida
con su trabajo.
2. Moralizando a los individuos
48. Y no se vaya a creer que la Iglesia de tal
manera tiene empleada toda su solicitud en cultivar las almas, que descuide lo que
pertenece a la vida mortal, y terrena. Quiere que los proletarios salgan de su
tristísimo estado y alcancen suerte mejor y lo procura con todas sus fuerzas. Y
a esto no poco ayuda aún con atraer a los hombres y formarlos en la virtud.
Porque las costumbres cristianas, cuando se guardan en toda su integridad, dan
espontáneamente alguna prosperidad a las cosas exteriores, porque hacen
benévolo a Dios, principio y fin de todos los bienes; deprimen esas dos
pestilencias de la vida, que con harta frecuencia hacen al hombre desgraciado
aun en la abundancia: el apetito desordenado de riqueza y la sed de placeres y hacen que los hombres, contentos
con un trato y sustento frugal, suplan la escasez de las rentas con la
economía, lejos de los vicios destructores, no sólo de pequeñas fortunas, sino
de grandísimos caudales, y dilapidadores de inmensos patrimonios.
3. Instituyendo las obras de caridad
49. Pero fuera de esto provee la Iglesia lo que ve
convenir al bienestar de los proletarios, instituyendo y fomentando cuantas
cosas entiende que puedan contribuir a aliviar su pobreza. Y sobresalió siempre
tanto y en este género de beneficios, que la colman de elogios hasta sus mismos
enemigos. Tanta era entre los cristianos de la antigüedad más remota, la fuerza
de la caridad, que muchas veces se despojaban de sus bienes los ricos para
socorrer a los pobres, y así no había ningún necesitado entre ellos A los diáconos, Orden instituida
precisamente para esto, dieron los apóstoles el encargo de ejercitar cada día
los oficios de la caridad; y el apóstol San Pablo, aunque oprimido bajo el peso
del cuidado de todas las Iglesias, no vaciló en emprender trabajosos viajes
para llevar en persona una limosna a los cristianos más pobres.
Las limosnas que los cristianos, cuantas veces se
reunían, voluntariamente daban, las llama Tertuliano, "depósitos de la
piedad", porque se empleaban "en alimentar en vida y enterrar en
muerte a los necesitados, a los niños y niñas pobres y huérfanos, a los
ancianos que tenían en sus casas y también a los naúfragos" . De aquí poco a poco se fue formando
aquel patrimonio que, con religioso esmero, guardó la Iglesia como propiedad de
familia de los pobres. Y no sólo esto, sino que halló el modo de socorrer a la
multitud de desgraciados, quitándoles el empacho de mendigar. Porque como Madre
común de ricos y pobres, promoviendo en todas partes la caridad hasta un grado
sublime, estableció comunidades de religiosos e hizo otras muchísimas útiles
fundaciones para que, distribuyéndose por ellas los socorros, apenas hubiese
género alguno de males que careciese de consuelo.
50. Hoy, en verdad, hállanse muchos que, como los
gentiles de otros tiempos, hacen capítulo de acusación contra la Iglesia de
esta misma excelentísima caridad, y en su lugar les parece que pueden poner la
beneficencia establecida y regulada por leyes del Estado. Pero la caridad
cristiana, de la cual es propio darse toda al bien del prójimo, no hay ni habrá
artificio humano que la supla. Sólo de la Iglesia es esta virtud, porque si no
se va a buscar en el Sacratísimo Corazón de Jesucristo, no se halla en parte
alguna y muy lejos de Cristo van los que de la Iglesia se apartan.
III. POR LOS MEDIOS
HUMANOS QUE ACONSEJA
51. No puede, sin embargo, dudarse que para conseguir, el fin
propuesto se requieren también medios humanos. Todos, sin excepción alguna,
todos aquellos a quienes atañe esta cuestión, es menester que se dirijan al
mismo fin, y en la medida que les corresponde trabajen para alcanzarlo a
semejanza de la Providencia Divina reguladora del mundo, en el cual vemos que
resultan los efectos de la concorde operación de las causas todas de que
dependen.
La acción del Estado
52. Bueno es, pues, que examinemos qué parte del
remedio que se busca se ha de exigir al Estado. Entendemos hablar aquí del
Estado, no como existe en este pueblo o en el otro, sino tal cual lo demanda la
recta razón, conforme con la naturaleza, y cual demuestran que debe ser, los
documentos de la divina sabiduría que Nos particularmente expusimos en la Carta
Encíclica en que tratamos de la Constitución cristiana de los Estados.
Esto supuesto, los que gobiernan un pueblo deben
primero ayudar en general, y como en globo, con todo el complejo de leyes e
instituciones, es decir, haciendo que de la misma conformación y administración
de la cosa pública espontáneamente brote la prosperidad, así de la comunidad
como de los particulares. Porque este es el oficio de la prudencia cívica, este
es el deber de los que gobiernan. Ahora bien: lo que más eficazmente contribuye
a la prosperidad de un pueblo, es la probidad de las costumbres, la rectitud y
orden de la constitución de la familia, la observancia de la religión y de la
justicia, la moderación en imponer y la equidad en repartir las cargas
públicas, el fomento de las artes y del comercio, una floreciente agricultura,
y si hay otras cosas semejantes que cuanto con mayor empeño se promueven tanto
será mejor y más feliz la vida de los ciudadanos. Con el auxilio, pues, de
todas éstas, así como pueden los que gobiernan aprovechar a todas las clases,
así pueden también aliviar muchísimo la suerte de los proletarios, y esto en
uso de su mejor derecho y sin que pueda nadie tenerlos por entrometidos, porque
debe el Estado, por razón de su oficio atender al bien común. Y cuanto mayor
sea la suma de provecho que de esta general providencia dimanare, tanto menor
será la necesidad de buscar nuevas vías para el bienestar de los obreros.
El Estado debe promover y defender el bienestar del obrero en
general
53. Pero debe, además tenerse en cuenta otra cosa
que va más al fondo de la cuestión, y es esta: que en la sociedad civil una es
e igual la condición de las clases altas y de la ínfimas. Porque son los
proletarios con el mismo derecho que los ricos por su naturaleza, ciudadanos,
es decir, partes verdaderas y vivas de que, mediante las familas, se compone el
cuerpo social, por no añadir que en toda ciudad es la suya la clase sin
comparación más numerosa. Pues como sea absurdísimo cuidar de una parte de los ciudadanos y descuidar otra, síguese
que debe la autoridad pública tener cuidado conveniente del bienestar y
provecho de la clase proletaria; de lo contrario, violará la justicia, que
manda a dar cada uno su derecho. A este propósito dice sabiamente Santo Tomás:
"Como las partes y el todo son en cierta manera una misma cosa, así lo que
es del todo es en cierta manera de las partes" De lo cual se sigue que entre los
deberes no pocos ni ligeros de los gobernantes, a quienes toca mirar por el
bien del pueblo, el principal de todos es proteger todas las clases de
ciudadanos por igual, es decir, guardando inviolablemente la justicia llamada
"distributiva".
54. Más, aunque todos los ciudadanos, sin excepción
alguna, deban contribuir algo a la suma de los bienes comunes, de los cuales
espontáneamente toca a cada uno parte proporcionada, sin embargo, no pueden
todos contribuir lo mismo y por igual. Cualesquiera que sean los cambios que se
hagan en las formas de gobierno, existirán siempre en la sociedad alguna.
Necesariamente habrán de hallarse unos que gobiernen, otros que hagan leyes,
otros que administren justicia, y otros que, con su consejo y autoridad,
manejen los negocios del municipio o las cosas de la guerra. Y que estos
hombres, así como sus deberes son los más graves, así deben ser en todo pueblo
los primeros; nadie hay que no lo vea; porque ellos, inmediatamente y por
excelente manera, trabajan para el bien de la comunidad.
Por el contrario, distinto del de estos es el modo
y distintos los servicios con que aprovechan a la sociedad los que se ejercitan
en algún arte u oficio, si bien estos últimos, aunque menos directamente,
sirven también muchísimo a la pública utilidad. Verdaderamente el bien social,
puesto que debe ser tal que con él se hagan mejores los hombres, se ha de poner
principalmente en la virtud. Sin embargo, a una bien constituida sociedad toca
también suministrar los bienes corporales y externos, "cuyo uso es
necesario para el ejercicio de la virtud" . Ahora bien: para la producción de estos
bienes no hay nada más eficaz ni más necesario que el trabajo de los
proletarios, ya empleen estos su habilidad y sus manos en los campos, ya las
empleen en sus talleres. Aún más: tal es en esta parte su fuerza, y su eficacia
que, con grandísima verdad, se puede decir que no de otra cosa, sino del
trabajo de los obreros sale las riquezas de los Estados.
Exige, pues, la equidad que la autoridad pública
tenga cuidado del proletario haciendo que le toque algo de lo que él aporta a
la utilidad común, que con casa en qué morar, vestido con qué cubrirse y
protección con que defenderse de quien atenta a su bien, pueda con menos
dificultades soportar la vida. De donde se sigue que se ha de tener cuidado de
fomentar todas aquellas cosas que en algo pueden aprovechar a la clase obrera.
56. Pues bien: importa al bienestar del público y
al de los particulares que haya paz y orden; que todo el ser de la sociedad
doméstica se gobierne por los mandamientos de Dios y los principios de la ley
natural; que se guarde y se fomente la religión; que florezcan en la vida
privada y en la pública, al que viola el derecho de otro; que se formen
robustos ciudadanos, capaces de ayudar, y si el caso le pidiere, defender la
sociedad. Por esto, si acaeciese alguna vez que amenazasen en huelga; que se
relajasen entre los proletarios los lazos naturales de la familia, que se
hiciese violencia a la religión de los obreros no dándoles comodidad suficiente
para los ejercicios de piedad; si en los talleres peligrase la integridad de
las costumbres, o por la mezcla de los dos sexos o por otros perniciosos
incentivos de pecar; u oprimiesen los amos a los obreros con cargas injustas o
condiciones incompatibles con la persona y dignidad humanas; si se hiciera daño
a la salud con un trabajo desmedido o no
proporcionado al sexo ni a la edad; en todos estos casos claro es que se debe
aplicar, aunque dentro de ciertos límites, la fuerza y autoridad de las leyes.
Los límites los determina el fin mismo, por el cual se apela al auxilio de las
leyes, es decir, que no deban estas abarcar más y extenderse a más de lo que
demanda el remedio de estos males o la necesidad de evitarlos.
57. Deben, además, religiosamente guardarse los
derechos de todos, en quienquiera que los tenga; y debe la autoridad pública
proveer a que a cada uno se le guarde lo suyo, evitando y castigando toda
violación de la justicia.
Aunque en la protección de los derechos de los particulares,
debense tener en cuenta principalmente los de la clase ínfima y pobre. Porque
la clase de los ricos, como se puede defender con sus propios recursos,
necesita menos del amparo de la pública autoridad; el pobre pueblo, como carece
de medios propios con qué defenderse, tiene que apoyarse grandemente en el
patrocinio del Estado. Por esto, a los jornaleros, que forman parte de la
multitud indigente, debe con singular cuidado y providencia cobijar el Estado.
Pero será bien tocar en particular algunas cosas
aun de más importancia. Es la principal que con el imperio y defensa de las
leyes se ha de poner a salvo la propiedad privada.
58. Y sobre todo ahora que tan grande incendio han
levantado todas las codicias, debe tratarse de contener el pueblo dentro de su
deber; porque si bien es permitido esforzarse sin mengua de la justicia, en
mejorar la suerte, sin embargo, quitar a otro lo que es suyo, y su color de una
absurda igualdad, apoderarse de la fortuna ajena, lo prohíbe la justicia y lo
rechaza la naturaleza misma del bien común. Es cierto que la mayor parte de los
obreros quieren mejorar su suerte, a fuerza de trabajar honradamente y sin
hacer a nadie injuria; pero también es verdad que hay, y no pocos, imbuídos de
torcidas opiniones y deseosos de novedades, que de todas maneras procuran
trastornar las cosas y arrastrar a los demás a la violencia. Intervenga, pues,
la autoridad del Estado, y poniendo un freno a los agitadores aleje de los
obreros los artificios corruptores de las costumbres, y de los que
legítimamente tienen el peligro de ser robados.
El Estado debe promover el bienestar moral
59. Una mayor duración o una mayor dificultad del
trabajo y la idea de que el jornal es corto, dan no pocas veces a los obreros
motivo para lanzarse en huelga y entregarse por su voluntad al ocio. A este mal
frecuente y grave debe poner remedio la autoridad pública; porque semejante
cesación del trabajo no sólo daña a los amos y aun a los mismos obreros, sino
que perjudica al comercio ya los intereses del Estado; y como suele no andar
muy lejos de la violencia y sedición, pone muchas veces en peligro la pública
tranquilidad. Y en esto lo más eficaz y más provechoso es prevenir con la
autoridad de las leyes, e impedir que pueda brotar el mal, apartando a tiempo
las causas que se ve han de producir un conflicto entre los amos y los obreros.
60. Asimismo hay en el obrero muchos bienes, cuya
conservación demanda la protección del Estado. Los primeros son los bienes del
alma. Porque esta vida mortal, aunque buena y apetecible, no es lo último para
lo cual hemos nacido, sino camino solamente e instrumento para llegar a aquella
vida del alma que será completa con la vista de la verdad y del amor del sumo
bien. El alma es la que lleva impresa en sí la imagen y semejanza de Dios y
donde reside aquel señorío, en virtud del cual se le ordenó al hombre dominar
sobre naturalezas inferiores y hacerse tributarias para su utilidad y provecho
a todas las tierras y mares.
"Henchid la tierra y tened señorío sobre los peces del mar y sobre las
aves del cielo, y sobre todos los animales que se mueven sobre la tierra" En esto son todos los hombres
iguales; amos y criados, príncipes y particulares, "puesto que uno mismo
es el Señor de todos" Nadie
puede impunemente hacer injuria a la dignidad del hombre, de la que el mismo
Dios dispone "con gran reverencia", ni impedirle que tienda a aquella
perfección, que lo conduce a la vida sempiterna que en el cielo lo guarda.
Más aún: ni el hombre mismo, aunque quiera, puede
en esta parte permitir que se la trate de un modo distinto del que a su
naturaleza conviene ni querer que su alma sea esclava; pues no se trata aquí de
derechos de que libremente pueda disponer el hombre, sino de deberes que lo
obligan para con Dios, y que tiene que cumplir religiosamente. Síguese de aquí
la necesidad de descansar de las obras, o trabajos en los días festivos. Esto,
sin embargo no se ha de entender como una licencia de entregarse a un ocio
inerte y mucho menos a ese descanso que muchos desean, factor de vicios y
promotor del derroche del dinero, sino del descanso completo de toda operación
laboriosa, consagrado por la religión; cuando al descanso se junta la religión
aparta al hombre de los trabajos y negocios de la vida cotidiana, para
levantarle a pensar en los bienes celestiales y a dar el culto que de justicia
debe a la Eterna Divinidad.
En esto, principalmente consiste, y este es el fin
primario del descanso, que en los días de fiesta se ha de tomar, lo cual Dios
sancionó con una ley especial en el Antiguo Testamento: "Acuérdate de
santificar el día sábado" y con
su ejemplo lo enseñó con aquel descanso misterioso que tomó cuando hubo
fabricado al hombre. "Y reposó el día séptimo de toda la obra que había
hecho"
El Estado debe promover el bienestar material
del obrero
61. Por lo que
toca a la defensa de los bienes corporales y externos, lo primero que hay que
hacer es librar a los pobres obreros de la crueldad de los hombres codiciosos
que, a fin de aumentar sus propias ganancias abusan sin moderación alguna, de
las personas, como si no fueran personas sino cosas. Exigir tan grande tarea,
que con el excesivo trabajo se embote el alma y sucumba al mismo tiempo, el
cuerpo a la fatiga, ni la justicia, ni la humanidad lo consienten. En el hombre
toda su naturaleza y consiguientemente la fuerza que tiene para trabajar, está
circunscrita con límites fijos de los cuales no puede pasar. Auméntase, es
verdad, aquella fuerza con el uso y ejercicio, pero a condición de que, de
cuando en cuando, deje de trabajar y descanse.
Débese, pues, procurar que el trabajo de cada día
no se extienda a más horas de las que permiten las fuerzas. Cuánto tiempo haya
de durar este descanso se deberá determinar, teniendo en cuenta las distintas
especies de trabajo, las circunstancias del tiempo y del lusan sin moderación alguna, de
las personas, como si no fueran personas sino cosas. Exigir tan grande tarea,
que con el excesivo trabajo se embote el alma y sucumba al mismo tiempo, el
cuerpo a la fatiga, ni la justicia, ni la humanidad lo consienten. En el hombre
toda su naturaleza y consiguientemente la fuerza que tiene para trabajar, está
circunscrita con límites fijos de los cuales no puede pasar. Auméntase, es
verdad, aquella fuerza con el uso y ejercicio, pero a condición de que, de
cuando en cuando, deje de trabajar y descanse.
Débese, pues, procurar que el trabajo de cada día
no se extienda a más horas de las que permiten las fuerzas. Cuánto tiempo haya
de durar este descanso se deberá determinar, teniendo en cuenta las distintas
especies de trabajo, las circunstancias del tiempo y del lugar, y la salud de
los obreros mismos. Los que se ocupan en cortar piedra de las canteras o en
sacar hierro, cobre y semejantes materias de las entrañas de la tierra, como su
trabajo es mayor y nocivo a la salud, así en proporción, debe ser más corto el
tiempo que trabajen. Débese también atender a la estación del año porque no
pocas veces sucede que una clase de trabajo se puede fácilmente soportar en una
estación, y en otra a absolutamente no se puede, o no sin mucha dificultad.
62. Finalmente, lo que puede hacer y lo que puede
soportar un hombre de edad adulta y bien robusto, es inicuo exigirlo a un niño,
o a una mujer. Más aún, respecto de los niños hay que tener grandísimo cuidado
que no los recoja la fábrica o el taller, antes que la edad haya
suficientemente fortalecido su cuerpo, sus facultades intelectuales, y toda su
alma. Pues las energías que, a semejanza de tiernas plantas, brotan en la niñez
las destruye en prematura sacudida; y cuando esto sucede, ya no es posible dar
al niño la educación que le es debida. Del mismo modo, hay ciertos trabajos que
no están bien a la mujer, nacida para las atenciones domésticas; las cuales son
una grande salvaguardia del decoro propio de la mujer, y que se ordena
naturalmente a la educación de la niñez y prosperidad de la familia. En general
debe quedar establecido que a los obreros se ha de dar tanto descanso, cuanto
compense las fuerzas gastadas en el trabajo: porque debe el descanso ser tal
que restituya las fuerzas que por el uso se consumieron. En todo contrato que
se haga entre amos y obreros, haya siempre expresa o tácita la condición de que
tienda convenientemente a este doble descanso, pues, el contrato que no tuviera
esta condición sería inicuo, porque a nadie es permitido ni exigir ni prometer
que descuidará los deberes que le ligan con Dios y consigo mismo.
63. Vamos a tratar ahora un asunto de mucha
importancia y que es preciso se entienda muy bien para que no se yerre por
ninguno de los extremos. Dícese que la cantidad del jornal o salario la
determina el consentimiento libre de los contratantes, es decir del patrón y
del obrero; y que, por lo tanto, cuando el amo ha pagado el salario que
prometió queda libre y nada más tiene que hacer; que sólo entonces se viola la justicia,
cuando, o rehúsa el amo dar salario entero, o el obrero entregar completa la
tarea a la que se obligó; y que en estos casos, para que a cada uno se guarde
su derecho, puede la autoridad pública intervenir, pero fuera de esto en
ninguno. A este modo de argumentar asentirá difícilmente, y no del todo, quien
sepa juzgar las cosas en equidad, porque no es exacto en todas partes; fáltale
una razón de muchísimo peso. Esta es que el trabajo no es otra cosa que el
ejercicio de la propia actividad enderezado a la adquisición de aquellas cosas
que son necesarias para los varios usos de la vida y principalmente para la
propia conservación. "Con el sudor de tu rostro comerás el pan" Tiene, pues, el trabajo humano dos
cualidades, que en él puso la naturaleza misma: la primera es que es
"personal", porque la fuerza con que trabaja es inherente a la
persona y enteramente propia de aquel que con ella trabaja, y para utilidad de
quien la recibió de la naturaleza; la segunda es que es "necesario",
porque del fruto de su trabajo necesita el hombre para sustentar la vida, y
sustentar la vida es deber primario impuesto por la misma naturaleza, a la cual
hay que obedecer forzosamente.
Ahora, pues, si se considera el trabajo solamente
en cuanto es personal, no hay duda que está en libertad el obrero de pactar por
su trabajo un salario más corto, porque de su voluntad pone el trabajo, de su
voluntad puede contentarse con un salario más corto, y aun ninguno. Pero de muy
distinto modo se habrá de juzgar si a la cualidad de "personal" se
junta la de "necesario", cualidad que podrá con el entendimiento
separarse de la "personalidad", pero que, en realidad de verdad,
nunca está de ella separada. Efectivamente, sustentar la vida es deber común a
todos y cada uno, y faltar a este deber es un crimen. De aquí necesariamente
nace el "derecho de procurarse aquellas cosas que son menester para
sustentar la vida, y estas cosas no las hallan los pobres sino ganando un
jornal con su trabajo".
Luego, aun concedido que el obrero y su amo libremente
convienen en algo, y particularmente en la cantidad de salario, queda, sin
embargo, siempre una cosa, que dimana de la justicia natural y que es de más
peso y anterior a la libre voluntad de los que hacen el contrato, y es esta:
que el salario no debe ser insuficiente para la sustentación de un obrero
frugal y de buenas costumbres. Y si acaeciese alguna vez que el obrero,
obligado por la necesidad o movido del miedo de un mal mayor, aceptase una
condición más dura, que contra su voluntad tuviera que aceptar por imponérsela
absolutamente el amo o el contratista, sería eso hacerle violencia y contra esa
violencia reclama la justicia.
Pero en estos y semejantes casos, como es cuando se
trata de determinar cuántas horas habrá de durar el trabajo en cada una de las
industrias u oficios, qué medios se habrán de emplear para mirar por la salud
especialmente en los talleres o fábricas, para que no se entrometa en esto
demasiado la autoridad, mejor será reservar la decisión de esas cuestiones a
las corporaciones de que hablaremos más abajo, o tantear otro camino para poner
a salvo, como es justo, los derechos de los jornaleros, acudiendo al Estado, si
la cosa lo demandare, con su amparo y auxilio.
64. Si el obrero recibe un jornal suficiente para
sustentarse a sí, a su mujer y a sus hijos, será fácil, si tiene juicio, que
procure ahorrar y hacer, como la misma naturaleza parece que aconseja, que
después de gastar lo necesario, sobre algo, con que poco a poco pueda irse
formando un pequeño capital.
Porque ya hemos visto que no hay solución capaz de
dirimir esta contienda de que tratamos, si no se acepta y establece antes es