CARTA ENCICLICA
SOLLICITUDO REI SOCIALIS
DEL SUMO PONTIFICE
JUAN PABLO II
I INTRODUCCION
II NOVEDAD
DE LA ENCICLICA POPULORUM PROGRESSIO
III PANORAMA DEL MUNDO CONTEMPORANEO
IV
EL AUTENTICO DESARROLLO HUMANO
V
UNA LECTURA TEOLOGICA DE LOS PROBLEMAS MODERNOS
VI ALGUNAS ORIENTACIONES PARTICULARES
VII CONCLUSION
A LOS
OBISPOS, A LOS SACERDOTES,
A LAS
FAMILIAS RELIGIOSAS,
A LOS HIJOS E
HIJAS DE LA IGLESIA,
ASI COMO A
TODOS LOS HOMBRES DE BUENA VOLUNTAD
AL CUMPLIRSE
EL VIGESIMO ANIVERSARIO
DE LA
POPULORUM PROGRESSIO
Venerables
Hermanos, amadísimos Hijos e Hijas: salud y Bendición Apostólica
I INTRODUCCION
1. LA PREOCUPACION SOCIAL de la Iglesia, orientada
al desarrollo auténtico del hombre y de la sociedad, que respete y promueva en
toda su dimensión la persona humana, se ha expresado de modo muy diverso. Uno
de los medios destacados de intervención ha sido, en los últimos tiempos, e
Magisterio de los Romanos Pontífices, que, a partir de la Encíclica Rerum
Novarum de León XIII como punto de referencia
ha tratado frecuentemente la cuestión, haciendo coincidir a veces las fechas de
publicación de los diversos documentos sociales con los aniversarios de aquel
primer documento Los Sumos Pontífices no
han dejado de iluminar con tales intervenciones aspectos también nuevos dela
doctrina social de la Iglesia. Por consiguiente, a partir de la aportación
valiosísima de León XIII, enriquecida por las sucesivas aportaciones del
Magisterio, se ha formado ya un "corpus" doctrinal renovado, que se
va articulando a medida que la Iglesia, en la plenitud de la Palabra revelada
por Jesucristo y mediante la asistencia
del Espíritu Santo (cfr. Jn. 14, 16.26; 16, 13-15), lee los hechos según se
desenvuelven en el curso de la historia. Intenta guiar de este modo a los
hombres para que ellos mismos den una respuesta, con la ayuda también de la
razón y de las ciencias humanas, a su vocación de constructores responsables de
la sociedad terrena.
2. En este notable cuerpo de enseñanza social se
encuadra y distingue la Encíclica Populorum Progressio
que mi venerado Predecesor Pablo VI publicó el 26 de Marzo de 1967.
La constante actualidad de esta Encíclica se
reconoce fácilmente, si se tiene en cuenta las conmemoraciones que han tenido
lugar a lo largo de este año, de distinto modo y en muchos ambientes del mundo
eclesiástico y civil. Con esta misma finalidad la Pontificia Comisión Iustitia
et Pax envió el año pasado una carta circular a los Sínodos de las Iglesias
católicas Orientales así como a las Conferencias Episcopales, pidiendo
opiniones y propuestas sobre el mejor modo de celebrar el aniversario de esta Encíclica,
enriquecer asimismo sus enseñanzas y eventualmente actualizarlas. La misma
Comisión promovió, a la conclusión del vigésimo aniversario, una solemne
conmemoración a lo cual yo mimo creí oportuno tomar parte con una alocución
final Y ahora, tomado en consideración
también el contenido de las respuestas dadas a la mencionada carta circular,
creo conveniente, al término de 1987, dedicar una Encíclica al tema de la
Populorum Progressio.
3. Con esto me propongo alcanzar
principalmente dos objetivos de no poca
importancia: por un lado, rendir homenaje a este histórico documento de Pablo
VI y a la importancia de su enseñanza; por el otro, manteniéndome en la línea
trazada por mis venerados Predecesores en la Cátedra de Pedro, afirmar una vez
más la continuidad de la doctrina social junto con su constante renovación. En
efecto, continuidad y renovación son una prueba de la perenne validez de la
enseñanza de la Iglesia.
Esta doble connotación es característica de su
enseñanza en el ámbito social. Por un lado, es
constante porque se mantiene idéntica en su inspiración de fondo, en sus
"principios de reflexión", en sus fundamentales "directrices de
acción" y, sobre todo, en su
unión vital con el Evangelio del Señor. Por el otro, es a la vez siempre nueva, dado que está sometida a las
necesarias y oportunas adaptaciones sugeridas por la variación de las
condiciones históricas así como por el constante flujo de los acontecimientos
en que se mueva la vida de los hombres y de las sociedades.
4. Convencido de que las enseñanzas de la
Encíclica Populorum Progressio,
dirigidas a los hombres y a la sociedad de la década de los sesenta, conservan
toda su fuerza de llamado a la conciencia,
ahora, en la recta final de los ochenta, en un esfuerzo por trazar las líneas
maestras del mundo actual, siempre bajo la óptica del motivo inspirador, 'el
desarrollo de los pueblos", bien lejos todavía de haberse alcanzado me
propongo prolongar su eco, uniéndolo con las posibles aplicaciones al actual
momento histórico, tan dramático como el de hace veinte años.
El tiempo -lo sabemos bien- tiene siempre la misma
cadencia; hoy, sin embargo, se tiene la impresión de que estuvo sometido a un
movimiento de continua aceleración, en razón sobre todo de la multiplicación y
complejidad de los fenómenos que nos tocan vivir. En consecuencia, la configuración del mundo, en el curso de los
últimos veinte años, aun manteniendo algunas constantes fundamentales, ha
sufrido notables cambios y presenta aspectos totalmente nuevos.
Este período de tiempo caracterizado a la vigilia
del tercer milenio cristiano por una extendida espera, como si se tratara de un
nuevo "adviento" que en
cierto modo concierne a todos los hombres, ofrecerla ocasión de profundizar la
enseñanza de la Encíclica, para ver juntos también sus perspectivas.
La presente reflexión tiene la finalidad de
subrayar, mediante la ayuda de la investigación teológica sobre las realidades
contemporáneas, la necesidad de una concepción más rica y diferenciada del
desarrollo, según las propuestas de la Encíclica, y de indicar asimismo algunas
formas de actuación.
II NOVEDAD DE LA ENCICLICA POPULORUM PROGRESSIO
5. Ya en su aparición, el documento del Papa Pablo
VI llamó la atención de la opinión pública por su novedad. Se tuvo la
posibilidad de verificar concretamente, con gran claridad, dichas
características de continuidad y de renovación, dentro de la doctrina social de
la Iglesia. Por tanto, el tentativo de volver a descubrir numerosos aspectos de
esta enseñanza, a través de una lectura atenta de la Encíclica, constituirá el
hilo conductor de la presente reflexión.
Pero antes deseo detenerme sobre la fecha de
publicación: el año 1967. El hecho mismo de que el Papa Pablo VI tomara la
decisión de publicar su Encíclica Social aquel año, no lleva a considerar el
documento en relación con el Concilio Ecuménico Vaticano II, que se había
clausurado el 8 de diciembre de 1965.
6. En este hecho debemos ver mús de una simple
cercanía cronológica. La encíclica Populorum Progressio se presenta, en cierto
modo, como un documento de aplicación de las enseñanzas del Concilio. Y esto
sólo porque la Encíclica haga continuas referencias a los textos conciliares sino porque nace de la preocupación de
la Iglesia, que inspiró todo el trabajo conciliar de modo particular la
Constitución Pastoral Gaudium et Spes en la labor de coordinar y desarrollar
algunos temas de su enseñanza social.
Por consiguiente, se puede afirmar que la Encíclica
Populorum Progressio es como la respuesta a la llamada del Concilio, con la que
comienza la Constitución Gaudium et Spes: "Los gozos y las esperanzas, las
tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los
pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y
angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no
encuentre eco en su corazón" Estas
palabras expresan el motivo fundamental que inspiró el gran documento del
Concilio, el cual parte de la constatación de la situación de miseria y de
subdesarrollo, en las que viven tantos millones de seres humanos.
Esta miseria y el subdesarrollo son, bajo otro
nombre, "las tristezas y las angustias" de hoy, "sobre todo de
los pobres"; ante este vasto panorama de dolor y sufrimiento, el Concilio
quiere indicar horizontes de "gozo y esperanza". Al mismo objetivo
apunta la Encíclica de Pablo VI, plenamente fiel en la Constitución Gaudium et
Spes.
7. Pero también en el orden temático, la Encíclica,
siguiendo la gran tradición de la enseñanza social de la Iglesia, propone
directamente, la nueva exposición y la rica síntesis, que el Concilio ha
elaborado de modo particular en al Constitución Gaudium et Spes.
Respecto al contenido y a los temas, nuevamente
propuestos por la Encíclica, cabe subrayar: la conciencia del deber que tiene
la Iglesia,"experta en humanidad", de "escrutar los signos de
los tiempos y de interpretarlos a la luz del Evangelio" la conciencia, igualmente profunda de
su misión de "servicio", distinta de la función del Estado, aun
cuando se preocupa de la suerte de las personas en concreto y
finalmente, sobre el tema del desarrollo, propio de la Encíclica, la
insistencia sobre el "deber gravísimo", que atañe a las naciones más
desarrollas El mismo concepto de
desarrollo, propuesto por la Encíclica, surge directamente de la impostación
que la Constitución pastoral da a este problema
Estas y otras referencias explícitas a la
Constitución pastoral llevan a la conclusión de que la Encíclica se presenta
como una aplicación de la enseñanza conciliar en material social respecto al
problema específico del desarrollo así como del subdesarrollo de los pueblos.
8. El breve análisis efectuado nos ayuda a valorar
mejor la novedad de la Encíclica, que se puede articular en tres puntos.
El primero está constituido por el hecho mismo de
un documento emanado por la máxima autoridad de la Iglesia católica y destinado
a la vez a la misma Iglesia y "a todos los hombres de buena voluntad" sobre una materia que a primera vista
es sólo económica y social el desarrollo de los pueblos. Aquí el vocablo
"desarrollo" proviene del vocabulario de las ciencias sociales y
económicas. Bajo este aspecto, la Encíclica Populorum Progressio se coloca
inmediatamente en la línea de la Rerum Novarum, que trata de la "situación
de los obreros" Vistas
superficialmente, ambas cuestiones podrían parecer extrañas a la legítima
preocupación de la Iglesia considerada como institución religiosa. Más aún el
"desarrollo" que la "condición obrera".
En sintonía con la Encíclica de León XIII, al
documento de Pablo VI hay que reconocerle el mérito de haber señalado el
carácter ético y cultural de la problemática relativa al desarrollo y, así
mismo a la legitimidad y necesidad de la intervención de la Iglesia en este
campo.
Con esto, la doctrina social cristiana ha
reivindicado una vez más su carácter de aplicación de la Palabra de Dios a la
vida de los hombres y de la sociedad así como a las necesidades terrenas, que
con ellas se enlazan, ofreciendo "principios de reflexión",
"criterios de juicio" y "directrices de acción" Pues bien, en el documento de Pablo
VI se encuentran estos tres elementos con una orientación eminentemente
práctica, o sea, orientada a la conducta moral.
Por eso, cuando la Iglesia se ocupa del
"desarrollo de los pueblos" no pueden ser acusada de sobrepasar su
campo específico de la competencia y, mucho menos, el mandato recibido del
Señor.
9. El segundo punto es la novedad de la Populorum
Progressio, como se manifiesta por la amplitud de horizonte abierto a lo que
comúnmente se conoce bajo el nombre de "cuestión social".
En realidad, la Encíclica Mater et Magistra del
Papa Juan XXIII había entrado ya en este horizonte más amplio y el Concilio, en la Constitución
Pastoral Gaudium et Spes, se había hecho eco de ello embargo el magisterio social de la
Iglesia no había llegado a afirmar todavía con toda claridad que la cuestión
social ha adquirido una dimensión mundial
ni había llegado a hacer de esta afirmación y de su análisis una
"directriz de acción", como hace el Papa Pablo VI en su Encíclica.
Semejante toma de posición tan explícita ofrece una
gran riqueza de contenidos, que es oportuno indicar.
Ante todo, es menester eliminar un posible
equívoco. El reconocimiento de que la "cuestión social" haya tomado
una dimensión mundial, no significa de hecho que haya disminuido su fuerza de
incidencia o que haya perdido su importancia en el ámbito nacional o local.
Significa, por el contrario, que la problemática en los lugares de trabajo o en
el movimiento obrero y sindical de un determinado país no debe considerarse
como algo aislado, sin conexión, sino que depende de modo creciente del influjo
de factores existentes por encima de los confines regionales o de las fronteras
nacionales.
Por desgracia, bajo el aspecto económico, los
países en vías de desarrollo son muchos más que los desarrollados; las
multitudes humanas que carecen de los bienes y de los servicios ofrecidos por
el desarrollo, son bastante más numerosos de las que disfrutan de ellos.
Nos encontramos, por tanto, frente a un grave
problema de distribución desigual de los medios de subsistencia, destinados
originariamente a todos los hombres, y también de los beneficios de ellos
derivantes. Y esto sucede no por responsabilidad de las poblaciones indigentes,
ni mucho menos por una especie de fatalidad dependiente de las condiciones
naturales o del conjunto de las circunstancias.
La Encíclica de Pablo VI, al declarar que la
cuestión social ha adquirido una dimensión mundial, se propone ante todo
señalar un hecho moral, que tiene su fundamento en el análisis objetivo de la
realidad. Según las palabras mismas de la Encíclica, "cada uno debe tomar
conciencia" de este hecho
precisamente porque interpela directamente a la conciencia que es fuente de las
decisiones morales.
En este marco, la novedad de la Encíclica, no
consiste tanto en la afirmación, de carácter histórico, sobre la universidad de
la cuestión social cuanto en la valoración moral de esta realidad. Por
consiguiente, los responsables de la gestión pública, los ciudadanos de los
países ricos, individualmente considerados, especialmente si son cristianos,
tienen la obligación moral según el
correspondiente grado de responsabilidad
de tomar en consideración, en las decisiones personales y de gobierno,
esta relación de universalidad, esta interdependencia que subsiste entre su
forma de comportarse y la miseria y el subdesarrollo de tantos miles de
hombres. Con mayor precisión la Encíclica de Pablo VI traduce la obligación moral
como "deber de solidaridad"
y semejante afirmación, aunque muchas cosas han cambiado en el mundo, tiene
ahora la misma fuerza y validez de cuando se escribió.
Pero otro lado, sin abandonar la línea de esta
visión moral, la novedad de la Encíclica conste también en el planteamiento de
fondo, según el cual la concepción misma del desarrollo, si se le considera en
la perspectiva de la interdependencia universal, cambia notablemente. El
verdadero desarrollo no puede consistir en una mera acumulación de riquezas o
en la mayor disponibilidad de los bienes y de los servicios, si esto se obtiene
a costa del subdesarrollo de muchos, y sin la debida consideración por la
dimensión social, cultural y espiritual del ser humano
10. Como tercer punto la Encíclica da un
considerable aporte de novedad a la doctrina social de la Iglesia en su
conjunto y a la misma concepción de desarrollo. Esta novedad se halla en una
frase que se lee en el párrafo final del documento, y que puede ser considerada
como su fórmula recapituladora, además de su importancia histórica: "el
desarrollo es el nombre nuevo de la paz"
De hecho, si la cuestión social ha adquirido
dimensión mundial, es porque la exigencia de justicia puede ser satisfecha
únicamente en este mismo plano. No atender a dicha exigencia podría favorecer
el surgir de una tentación de respuesta violenta por parte de las víctimas de
la injusticia, como acontece al origen de muchas guerras. Las poblaciones
excluidas de la distribución equitativa de los bienes, destinados en origen a
todos, podrían preguntarse: por qué no responder con la violencia a los que, en
primer lugar, nos tratan con violencia? Si la situación se considera a la luz
de la división del mundo en bloques ideológicos ya existentes en 1967 y de las consecuentes repercusiones y
dependencias económicas y políticas, el peligro resulta harto significativo.
A esta primera consideración sobre el dramático
contenido de la fórmula de la Encíclica se añade otra, al que el mismo
documento alude cómo justificar el
hecho de que grandes cantidades de dinero, que podrían y deberían destinarse a
incrementar el desarrollo de los pueblos, son, por el contrario utilizadas para
el enriquecimiento de individuos o grupos, o bien asignadas al aumento de
arsenales, tanto en los Países desarrollados como en aquellos en vías de
desarrollo, trastocando de este modo las verdaderas prioridades? Esto es aún
más grave vistas las dificultades que a menudo obstaculizan el paso directo de
los capitales destinados a ayudar a los Países necesitados. Si "el
desarrollo es el nuevo nombre de la paz", la guerra y los preparativos
militares son el mayor enemigo del desarrollo integral de los pueblos.
De este modo, a la luz de la expresión del Papa
Pablo VI, somos invitados a revisar el concepto de desarrollo, que no coincide
ciertamente con el que se limita a satisfacer los deseos materiales mediante el
crecimiento de los bienes, sin prestar atención al sufrimiento de tantos y
haciendo del egoísmo de las personas y de las naciones la principal razón. Como
acertadamente nos recuerda la carta de Santiago: el egoísmo es la fuente de
donde proceden tantas guerras y contiendas... "de vuestras voluptuosidades
que luchan en vuestros miembros. Codiciarás y no tenéis" (Sant. 4, 1s).
Por el contrario, en un mundo distinto, dominado
por la solicitud por el bien común de toda la humanidad, o sea por la
preocupación por el" desarrollo espiritual y humano de todos", en
lugar de la búsqueda del provecho particular, la paz sería posible como fruto
de una "justicia más perfecta entre los hombres"
Esta novedad de la Encíclica tiene además un valor
permanente y actual, considerada la mentalidad actual que es tan sensible al
íntimo vínculo que existe entre el respeto de la justicia y la instauración de
la paz verdadera.
III PANORAMA DEL MUNDO CONTEMPORANEO
11. La enseñanza fundamental de la Encíclica
Populorum Progressio tuvo en su día gran eco por su novedad. El contexto social
en que vivimos en la actualidad no se puede decir que sea exactamente igual al
de hace veinte años. Es, por esto, por lo que quiero detenerme, a través de una
breve exposición, sobre algunas características del mundo actual, con el fin de
profundizar la enseñanza de la Encíclica de Pablo VI, siempre bajo el punto de
vista del "desarrollo de los pueblos".
12. El primer aspecto a destacar es que la
esperanza de desarrollo, entonces tan viva, aparece en la actualidad muy lejana
de la realidad.
A este propósito, la Encíclica no se hacía ilusión
alguna. Su lenguaje grave, a veces dramático, se limitaba a subrayar el peso de
la situación y a proponer a la conciencia de todos la obligación urgente de
contribuir a resolverla. En aquellos años prevalecía un cierto optimismo sobre
la posibilidad de colmar, sin esfuerzos excesivos, el retraso económico de los
pueblos pobres, de proveerlos de infraestructura y de asistirlos en el proceso
de industrialización.
En aquel contexto histórico, por encima de los
esfuerzos de cada país ,la Organización de las Naciones Unidas promovió
consecutivamente dos decenios de desarrollo
Se tomaron, en efecto, algunas medidas, bilaterales y multilaterales, con el
fin de ayudar a muchas Naciones, algunas de ellas independientes desde hacía
tiempo, otras -la mayoría- nacidas como Estados a raíz del proceso de
descolonización. Por su parte, la Iglesia sintió el deber de profundizar los
problemas planteados por la nueva situación, pensando sostener con su
inspiración religiosa y humana estos esfuerzos para darles un alma y un empuje
eficaz.
Por ello, deseo llamar la atención sobre algunos
indicadores genéricos, sin excluir otros más específicos. Dejando a un lado el
análisis de cifras y estadísticas, es suficiente mirar la realidad de una
multitud ingente de hombres y mujeres, niños, adultos y ancianos, en una
palabra, de personas humanas concretas e irrepetibles, que sufren el peso
intolerable de la miseria. Son muchos millones los que carecen de esperanza
debido al hecho de que, en muchos lugares de la tierra, su situación se ha
agravado sensiblemente. Ante estos dramas de total indigencia y necesidad, en
que viven muchos de nuestros hermanos y hermanas, es el mismo Señor Jesús quien
viene a interpelarnos (Cfr. Mt.25,31 46).
14. La primera constatación negativa que se debe
hacer es la persistencia y a veces el alargamiento del abismo entre las áreas
del llamado Norte desarrollado y la del Sur en vías de desarrollo. Esta
terminología geográfica es sólo indicativa, pues no se puede ignorar que las
fronteras de la riqueza y de la pobreza atraviesan en su interior las mismas
sociedades tanto desarrolladas como en vías de desarrollo. Pues, al igual que
existen desigualdades sociales hasta llegar a los niveles de miseria en los países
ricos, también, de forma paralela, en los países menos desarrollados se ven a
menudo manifestaciones de egoísmo y ostentación desconcertantes y escandalosas.
A la abundancia de bienes y servicios disponibles
en algunas partes del mundo, sobre todo en el Norte desarrollado, corresponde
en el Sur un inadmisible retraso y es precisamente en esta zona geopolítica
donde vive la mayor parte de la humanidad.
Al mirar la gama de los diversos sectores:
producción y distribución de alimentos, higiene, salud y vivienda,
disponibilidad de agua potable, condiciones de trabajo, en especial el
femenino, duración de la vida y otros indicadores económicos y sociales, el
cuadro general resulta desolador, bien considerándolo en sí mismo, bien en
relación con los datos correspondientes de los países más desarrollados del
mundo. La palabra "abismo" vuelve a los labios espontáneamente.
Tal vez no es éste el vocablo adecuado para indicar
la verdadera realidad, y a que puede dar la impresión de un fenómeno
estacionario. Sin embargo, no es así. En el camino de los países desarrollados
y en vías de desarrollo se ha verificado a lo largo de estos años una velocidad
diversa de aceleración, que impulsa a aumentar las distancias. Así los países
en vías de desarrollo, especialmente los más pobres, se encuentran en una
situación de gravísimo retraso.
A lo dicho hay que añadir todavía las diferencias
de cultura y de los sistemas de valores entre los distintos grupos de
población, que no coinciden siempre con el grado de desarrollo económico, sino
que contribuyen a crear distancias. Son estos elementos y los aspectos que
hacen mucho más compleja la cuestión social, debido a que ha asumido una
dimensión mundial.
Al observar las diversas partes del mundo separadas
por la distancia creciente de este abismo, al advertir que cada una de ellas
parece seguir una determinada ruta, con sus realizaciones, se comprende por qué
en el lenguaje corriente se hable de muchos distintos dentro de nuestro único
mundo: Primer Mundo, Segundo Mundo, Tercer Mundo, y, alguna vez, Cuarto Mundo Estas expresiones, que no pretenden
obviamente clasificar de manera satisfactoria a todos los Países, son muy
significativas. Son el signo de una percepción difundida de que la unidad del
mundo, en otras palabras, la unidad del género humano, está seriamente
comprometida. Esta terminología, por encima de su valor más o menos objetivo,
esconde sin lugar a duda un contenido moral, frente al cual la Iglesia, que es
"sacramento o signo e instrumento... de la unidad de todo el género
humano" no puede permanecer
indiferente.
15. El cuadro trazado precedentemente sería sin
embargo incompleto, si a los "indicadores económicos y sociales" del
subdesarrollo no se añadieran otros igualmente negativos, más preocupantes
todavía, comenzando por el plano cultural. Estos son: el analfabetismo, la
dificultad o imposibilidad de acceder a los niveles superiores de instrucción,
la incapacidad de participar en la construcción de la propia Nación, las
diversas formas de explotación y de opresión económica, social, política y
también religiosa de la persona humana y de sus derechos, las discriminaciones
de todo tipo, de modo especial la más odiosa basada en la diferencia racial. Si
algunas de estas plagas se halla en algunas zonas del Norte más desarrollado,
sin lugar a duda éstas son más frecuentes, más duraderas y más difíciles de
extirpar en los países en vías de desarrollo y menos avanzados.
Es menester indicar que en el mundo actual, entre
otros derechos, es reprimido a menudo el derecho de iniciativa económica. No
obstante eso, se trata de un derecho importante no sólo para el individuo en
particular, sino además para el bien común. La experiencia nos demuestra que la
negación de tal derecho o su limitación en nombre de una pretendida
"igualdad" de todos en la sociedad, reduce o, sin más, destruye de
hecho el espíritu de iniciativa, es decir, la subjetividad creativa del
ciudadano. En consecuencia, surge de este modo, no sólo una verdadera igualdad,
sino una "nivelación descendente". En lugar de la iniciativa creadora
nace la pasividad, la dependencia y la sumisión al aparato burocrático que,
como único órgano que "dispone" y "decide" -aunque no se
"poseedor" de la totalidad de los bienes y medios de producción, pone
a todos en una posición de dependencia casi absoluta, similar a la tradicional
dependencia del obrero proletario en el sistema capitalista. Esto provoca un
sentido de frustración o desesperación y predispone a la despreocupación de la
vida nacional, empujando a muchos a la emigración y favoreciendo, a la vez, una
forma de emigración "psicológica".
Una situación semejante tiene sus consecuencias
también desde el punto de vista de los "derechos de cada Nación". En
efecto, acontece a menudo que una Nación es privada de su subjetividad, o sea,
de la "soberanía "que le compete, en el significado económico así
como en el político-social y en cierto modo en el cultural, ya que en una
comunidad nacional todas estas dimensiones de la vida están unidas entre sí.
Es necesario recalcar, además, que ningún grupo
social, por ejemplo un partido, tiene derecho a usurpar el papel de único guía
porque ello supone la destrucción de la verdadera subjetividad de la sociedad y
delas personas ciudadanos, como ocurre en todo totalitarismo. En esta situación
el hombre y el pueblo se convierten en "objeto", no obstante todas
las declaraciones contrarias y las promesas verbales.
Llegados a este punto conviene añadir que en el
mundo actual se dan otras muchas formas de pobreza. En efecto, ciertas carencias
o privaciones merecen tal vez este
nombre. La negación o limitación de los derechos humanos como, por ejemplo, el derecho a la libertad
religiosa, el derecho a participar en la construcción de la sociedad, la
libertad de asociación o de formar sindicatos o de tomar iniciativas en materia
económica no empobrecen tal vez a la persona humana igual o más que la
privación de los bienes materiales? Y un desarrollo que no tenga en h) cuenta
la plena afirmación de estos derechos es verdaderamente desarrollo humano?
En pocas palabras, el subdesarrollo de nuestros
días no es sólo económico, sino también cultural, político y simplemente
humano, como ya indicaba hace veinte años la Encíclica Populorum Progressio.
Por consiguiente, es menester preguntarse si la triste realidad de hoy no sea,
al menos en parte, el resultado de una concepción demasiado limitada, es decir, prevalentemente
económica, del desarrollo.
16. Hay que notar que, a pesar de los notables
esfuerzos realizados en los dos últimos decenios por parte de las naciones más
desarrolladas o en vías de desarrollo, y de las Organizaciones internacionales,
con el fin de hallar una salida a la situación, o al menos poner remedio a
alguno de sus síntomas, las condiciones se han agravado notablemente.
La responsabilidad de este empeoramiento tiene
causas diversas. Hay que indicar las indudables graves omisiones por parte de
las misas naciones en vías de desarrollo, y especialmente por parte de los que
detentan su poder económico y político. Pero tampoco podemos soslayarla
responsabilidad de las naciones desarrolladas que no siempre, al menos en la
debida medida, han sentido el deber de ayudar a aquellos países que se separan
cada vez más del mundo del bienestar al que pertenecen.
No obstante, es necesario denunciar la existencia
de unos mecanismos económicos, financieros y sociales, los cuales, aunque
manejados por la voluntad de los hombres, funcionan de modo casi automático,
haciendo más rígidas las situaciones de riqueza de los unos y de pobreza de los
otros. Estos mecanismos, maniobrados por los países más desarrollados de modo
directo o indirecto, favorecen a causa de su mismo funcionamiento los intereses
de los que los maniobran, aunque terminan por sofocar o condicionar las economías
de los países menos desarrollados. Es necesario someter en el futuro estos
mecanismos a un análisis atento bajo el aspecto ético moral.
La Populorum Progressio preveía ya que con
semejantes sistemas aumentaría la riqueza de los ricos, manteniéndose la
miseria de los pobres Una
prueba de esta previsión se tiene con la aparición del llamado Cuarto Mundo.
17. A pesar de que la sociedad mundial ofrezca
aspectos fragmentarios, expresados con los nombres convencionales de Primero,
Segundo, Tercero y también Cuarto mundo, permanece más profunda su
interdependencia la cual, cuando se separa de las exigencias éticas, tiene unas
consecuencias funestas para los más débiles. Más aún, esta interdependencia,
por una especie de dinámica interior y bajo el empuje de mecanismos que no
pueden dejar de ser calificados como perversos, provoca efectos negativos hasta
en los Países ricos. Precisamente dentro de estos Países se encuentran, aunque
en menor medida, las manifestaciones más específicas del subdesarrollo. De suerte
que debería ser una cosa sabida que el desarrollo o se convierte en un hecho
común a todas las partes del mundo, o sufre un proceso de retroceso aun en las
zonas marcadas por un constante progreso. Fenómeno este particularmente
indicador de la naturaleza del auténtico desarrollo: o participan de él todas
las naciones del mundo o no será tal ciertamente.
Entre los indicadores específicos del
subdesarrollo, que afectan de modo creciente también a los países
desarrollados, hay dos particularmente reveladores de una situación dramática.
En primer lugar, la crisis de la vivienda. En el Año Internacional de las
personas sin techo, querido por la Organización de las Naciones Unidas, la
atención se dirigirá a los millones de seres humanos carentes de una vivienda
adecuada o hasta sin vivienda alguna, con el fin de despertar la conciencia de
todos y de encontrar una solución a este grave problema, que comparta
consecuencias negativas a nivel individual, familiar y social .
La falta de viviendas se verifica a nivel universal
y se debe, en parte, al fenómeno siempre creciente de la urbanización Hasta los mismos pueblos más desarrollados presentan el triste
espectáculo de individuos y familias que se esfuerzan literalmente por
sobrevivir, sin techo o con uno tan precario que es como si no se tuviera.
La falta de vivienda, que es un problema en sí
mismo bastante grave, es digno de ser considerado como signo o síntesis de toda
una serie de insuficiencias económicas, sociales, culturales o simplemente
humanas; y, teniendo en cuenta la extensión del fenómeno, no debería ser
difícil convencerse de cuan lejos estamos del auténtico desarrollo delos
pueblos.
18. Otro indicador, común a gran parte de las
naciones, es el fenómeno del desempleo y del subempleo.
La falta de vivienda, que es un problema en sí
mismo bastante grave, es digno de ser considerado como signo o síntesis de toda
una serie de insuficiencias económicas, sociales, culturales o simplemente
humanas; y, teniendo en cuenta la extensión del fenómeno, no debería ser
difícil convencerse de cuan lejos estamos del auténtico desarrollo delos
pueblos.
18. Otro indicador, común a gran parte de las
naciones, es el fenómeno del desempleo y del subempleo.
No hay persona que no se dé cuenta de la actualidad
y de la creciente gravedad de semejante fenómeno en los países industrializados
Si este aparece de modo alarmante en los países en
vía de desarrollo, con su alto índice de crecimiento demográfico y el número
tan elevado de población juvenil, en los países de gran desarrollo económico
parece que se contraen las fuentes de trabajo, y así, las posibilidades de
empleo, en vez de aumentar, disminuyen.
También este triste fenómeno, con su secuela de
efectos negativos a nivel individual y social, desde la degradación hasta la
pérdida del respeto que todo hombre y mujer se debe a sí mismo, nos lleva a
preguntarnos seriamente sobre el tipo de desarrollo, que se ha perseguido en el
curso de los últimos veinte años.
A este propósito viene muy oportunamente la
consideración de la Encíclica Laborem Exercens: "Es necesario subrayar que
el elemento constitutivo y a su vez la verificación más adecuada de este
progreso en el espíritu de justicia y paz, que la Iglesia proclama y por el que
no cesa de orar (...), es precisamente la continua revaloración del trabajo
humano, tanto bajo el aspecto de su finalidad objetivo, como bajo el aspecto de
la dignidad del sujeto de todo trabajo, que es el hombre".Antes bien, "no
se puede menos de quedar impresionados ante un hecho desconcertante de grandes
proporciones", es decir, que "existen...grupos enteros de desocupados
o sub-ocupados (...); un hecho que atestigua sin duda el que, dentro de las
comunidades políticas como en las relaciones existentes entre ellas a nivel
continental y mundial en lo concerniente a la organización del trabajo y el
empleo hay algo que no funciona y
concretamente en los puntos más críticos y de mayor relieve social"
Como el precedente, también este fenómeno, por su
carácter universal y en cierto sentido multiplicador, representa un signo
sumamente indicativo, por su incidencia negativa, del estado y de la calidad
del desarrollo de los pueblos, ante el cual nos encontramos hoy.
19. Otro fenómeno, también típico del último
período si bien no se encuentra en todos los lugares, es sin duda igualmente
indicador de la interdependencia existente entre los países desarrollados y
menos desarrollados. Es la cuestión de la deuda internacional, a la que la
Pontificia Comisión Justitia et Pax ha dedicado un documento
No se puede aquí silenciar el profundo vínculo que
existe entre este problema, cuya creciente gravedad había sido ya prevista por
la Populorum Progressio y la
cuestión del desarrollo de los pueblos.
La razón que motivó a los países en vías de
desarrollo a acoger el ofrecimiento de abundantes capitales disponibles fue la
esperanza de poderlos invertir en actividades de desarrollo. En consecuencia,
la disponibilidad de los capitales y el hecho de aceptarlos a título de
préstamo puede considerase un contribución al desarrollo mismo, cosa deseable y
legítima en sí misma, aunque quizás imprudente y en alguna ocasión apresurada.
Habiendo cambiado las circunstancias tanto en los
países endeudados como en el mercado internacional indicador, el instrumento
elegido para dar una ayuda al desarrollo se ha transformado en un mecanismo
contraproducente. Y esto ya sea porque los Países endeudados, para satisfacer
los compromisos de la deuda, se ven obligados a exportar los capitales que
serían necesarios para aumentar o, incluso, para mantener su nivel de vida, ya
sea porque, por la misma razón, no pueden obtener nuevas fuentes de
financiación indispensables igualmente.
Por este mecanismo, el medio destinado al
desarrollo de los pueblos se ha convertido en un freno, por no hablar, en
ciertos casos, hasta de una acentuación del subdesarrollo.
Estas circunstancias nos mueven a reflexionar como afirma un reciente Documento de la
Pontificia Comisión Iustitia et Pax
-sobre el carácter ético de la interdependencia de los pueblos; y, para
mantenernos en la línea de la presente consideración, sobre las exigencias y
las condiciones, inspiradas igualmente en los principios éticos, de la
cooperación del desarrollo.
20. Si examinamos ahora las causas de este grave
retraso en el proceso del desarrollo, verificado en sentido opuesto a las
indicaciones de la Encíclica Populorum Progressio que había suscitado tantas
esperanzas, nuestra atención se centra de modo particular en las causas
políticas de la situación actual.
Encontrándonos ante un conjunto de factores
indudablemente complejos, no es posible hacer aquí un análisis completo. Pero
no se puede silenciar un hecho sobresaliente del cuadro político que
caracteriza el período histórico posterior al segundo conflicto mundial y es un
factor que no se puede omitir en el tema del desarrollo de los pueblos.
Nos referimos a la existencia de dos bloques
contrapuestos, designados comúnmente con los nombres convencionales de Este y
Oeste, o bien de Oriente y Occidente. La razón de esta connotación no es
meramente política, sino también, como se dice, geopolítica. Cada uno de ambos
lo que tiende a asimilar y agregar alrededor de sí, con diversos grados de
adhesión y participación, a otros Países o grupos de Países.
En Occidente existe, en efecto, un sistema
inspirado históricamente en el capitalismo liberal, tal como se desarrolló en
el siglo pasado; en Oriente se da un sistema inspirado en el colectivismo
marxista, que nació de la interpretación de la condición de la clase
proletaria, realizada a la luz de una peculiar lectura de la historia.
Cada una de estas dos ideologías, al hacer
referencia a dos visiones tan diversas del hombre, de su libertad y de su
cometido social, ha propuesto y promueve, bajo el aspecto económico, unas
formas antitéticas de organización del trabajo y de estructuras de la
propiedad, especialmente en lo referente a los llamados medios de producción.
Es inevitable que la contraposición ideológica, al
desarrollar sistemas y centros antagónicos de poder, con sus formas de
propaganda y de doctrina, se convierta en una creciente contraposición militar,
dando origen a dos bloques de potencias armadas, cada uno desconfiado y
temeroso del prevalecer ajeno.
A su vez, las
relaciones internacionales no podían dejar de resentirlos efectos de esta
"lógica de los bloques" y de sus respectivas "esferas de
influencia". Nacida al final de la segunda guerra mundial, la tensión
entre ambos bloques ha dominado los cuarenta años sucesivos, asumiendo unas
veces el carácter de "guerra fría", otras de "guerra por
poder" mediante la instrumentalización de conflictos locales, o bien
teniendo el ánimo angustiado y en suspenso ante la amenaza de una guerra
abierta y total.
Si en el momento actual tal peligro parece que es
más remoto, aun sin haber desaparecido completamente, y si se ha llegado a un
primer acuerdo sobre la destrucción de cierto tipo de armamento nuclear, la
existencia y la contraposición de bloques no deja de ser todavía un hecho real
y preocupante, que sigue condicionando el panorama mundial.
21. Esto se verifica con un efecto particularmente
negativo en las relaciones internacionales, que miran a los Países en vías de
desarrollo. En efecto, como es sabido, la tensión entre Oriente y Occidente no
refleja de por sí una oposición entre los diversos grados de desarrollo, sino
más bien entre dos concepciones del desarrollo mismo de los hombres y de los
pueblos, de tal modo imperfectas que exigen una corrección radical. Dicha
oposición se refleja en el interior de aquellos Países, contribuyendo así a
ensanchar el abismo que ya existe a nivel económico entre Norte y Sur, y que es
consecuencia de la distancia entre los dos mundos más desarrollados y los menos
desarrollados.
Esta es una de las razones por las que la doctrina
social de la Iglesia asume una actitud crítica tanto ante el capitalismo
liberal como ante el colectivismo marxista. En efecto, desde el punto de vista
del desarrollo surge espontáneamente la pregunta: de qué manera o en quémedida
estos dos sistemas son susceptibles de transformaciones y capaces de ponerse al
día, de modo que favorezcan o promuevan un desarrollo verdadero e integral del
hombre y de los pueblos en la sociedad actual? De hecho, estas transformaciones
y puestas al día son urgentes e indispensables para la causa de un desarrollo
común a todos.
Los Países independizados recientemente, que
esforzándose en conseguir su propia identidad cultural y política necesitarían
la aportación eficaz y desinteresada de los Países más ricos y desarrollados,
se encuentran comprometidos y a veces incluso desbordados en conflictos
ideológicos que producen inevitables divisiones internas, llegando incluso a
provocar en algunos casos verdaderas guerras civiles. Estos sucede porque las
inversiones y las ayudas para el desarrollo a menudo son desviadas de su propio
fin e instrumentalizadas para alimentar los contrastes, por encima y en contra
de los intereses de los Países que deberían beneficiarse de ello. Muchos de
ellos son cada vez más concientes del peligro de caer víctimas de un
neocolonialismo y tratan de liberarse.
Esta conciencia es tal que ha dado origen, aunque con dificultades,
oscilaciones y a veces contradicciones, al movimiento internacional de los
Países No Alineados, el cual, en lo que constituye su aspecto positivo,
quisiera afirmar efectivamente el derecho de cada pueblo a su propia identidad,
a su propia independencia y seguridad, así como a la participación, sobre la
base de la igualdad y de la solidaridad, de los bienes que están destinados a
todos los hombres.
22. Hechas estas consideraciones es más fácil tener
una visión más clara del cuadro de los últimos veinte años y comprender mejor
los contrastes existentes en la parte Norte del mundo, es decir, entre Oriente
y Occidente, como causa última del retraso o del estancamiento del Sur.
Los países subdesarrollados, en vez de
transformarse en Naciones autónomas, preocupadas de su propia marcha hacia la
justa participación en los bienes y servicios destinados a todos, se convierten
en piezas de un mecanismo y de un engranaje gigantesco. Esto sucede a menudo en
el campo de los medios de comunicación social, los cuales, al estar dirigidos
mayormente por centros de la parte Norte del mundo, no siempre tienen en la
debida consideración las prioridades y los problemas propios de estos Países,
ni respetan su fisionomía cultural; a menudo, imponen una visión desviada de la
vida y del hombre y así no responden a las exigencias del verdadero desarrollo.
Cada uno de los dos bloques lleva oculta
internamente, a su manera ,la tendencia al imperialismo, como se dice
comúnmente, o a formas de neocolonialismo: tentación nada fácil en la que se
cae muchas veces, como enseña la historia incluso reciente.
Esta situación anormal consecuencia de una guerra y de una
preocupación exagerada, más allá de los lícito, por razones de la propia
seguridad impide radicalmente la
cooperación solidaria de todos por el bien común del género humano, con
perjuicio sobre todo de los pueblos pacíficos, privados de su derecho de acceso
a los bienes destinados a todos los hombres.
Desde este punto de vista, la actual división del
mundo es un obstáculo directo para la verdadera transformación de las
condiciones de subdesarrollo en los Países en vías de desarrollo y en aquellos
menos avanzados. Sin embargo, los pueblos no siempre se resignan a su suerte.
Además, la misma necesidad de una economía sofocada por los gastos militares,
así como por la burocracia y su ineficiencia intrínseca, parece favorecer ahora
unos procesos que podrán hacer menos rígida la contraposición y más fácil el
comienzo de un diálogo útil y de una verdadera colaboración para la paz.
23. La afirmación de la Encíclica Populorum
Progressio, de que los recursos destinados a la producción de armas deben ser
empleados en aliviar la miseria de las poblaciones necesitadas hace más urgente el llamado a superar
la contraposición entre los dos bloques.
Hoy, en la práctica, tales recursos sirven para
asegurar que cada uno de los dos bloques pueda prevalecer sobre el otro, y
garantizar así la propia seguridad. Esta distorsión, que es un vicio de origen,
dificulta a aquellas Naciones que, desde un punto de vista histórico, económico
y político tienen la posibilidad de ejercer un liderazgo, el cumplir
adecuadamente su deber de solidaridad en favor de los pueblos que aspiran a su
pleno desarrollo.
Es oportuno afirmar aquí y no debe parecer esto una
exageración que un papel de liderazgo
entre las Naciones se pueda justificar solamente con al posibilidad y la
voluntad de contribuir, de manera más amplia y generosa, al bien común de
todos.
Una Nación que cediese, más o menos
conscientemente, a la tentación de cerrarse en sí misma, olvidando la
responsabilidad que le confiere una cierta superioridad en el concierto de las
Naciones, faltaría gravemente a un preciso deber ético. Esto es fácilmente
reconocible en la contingencia histórica, en la que los creyentes entreven las
disposiciones de la divina Providencia que se sirve de las Naciones para la
realización de sus planes, pero que también "hace vanos los proyectos de
los pueblos" (Cfr. Sal 33 (32) 10).
Cuando Occidente parece inclinarse a unas formas de aislamiento creciente y egoísta,
y Oriente, a su vez, parece ignorar por motivos discutibles su deber de
cooperación para aliviar la miseria de los pueblos, uno se encuentra no sólo
ante una traición de las legítimas esperanzas de la humanidad con consecuencias
imprevisibles, sino ante una defección verdadera y propia respecto de una
obligación moral.
24. Si la producción de armas es un grave desorden
que reina en el mundo actual respecto a las verdaderas necesidades de los
hombres y al uso de los medios adecuados para satisfacerlas, no lo es menos el
comercio de las mismas. Más aún, a propósito de esto, es preciso añadir que el
juicio moral es todavía más severo. Como se sabe, se trata de un comercio sin
fronteras capaz de sobrepasar incluso las de los bloques. Supera la división
entre Oriente y Occidente y, sobre todo, la que hay entre Norte y Sur, llegando
hasta los diversos componentes de la parte meridional del mundo. Nos hallamos
así ante un fenómeno extraño; mientras las ayudas económicas y los planes de
desarrollo tropiezan con el obstáculo de barreras ideológicas insuperables,
arancelarias y de mercado, las armas de cualquier procedencia circulan con
libertad casi absoluta en las diversas partes del mundo. Y nadie ignora como
destaca el reciente documento de la Pontificia Comisión Iustitia et Pax sobre a
deuda internacional. Al servicio de la Comunidad humana: una consideración
ética de la deuda internacional que en
algunos casos, los capitales prestados por el mundo desarrollado han servido
para comprar armamentos en el mundo subdesarrollo.
Si a todo esto se añade el peligro tremendo,
conocido por todos, que representan las armas atómicas acumuladas hasta lo
increíble, la conclusión lógica es la siguiente: el panorama del mundo actual,
incluso el económico, en vez de causar preocupación por un verdadero desarrollo
que conduzca a todos hacia una vida "más humana", como deseaba la Encíclica Populorum
Progressio parece destinado a
encaminarnos más rápidamente hacia la muerte.
Las consecuencias de este estado de cosas se
manifiestan en el acentuarse de una plaga típica y reveladora de los
desequilibrios y conflictos del mundo contemporáneo: los millones de
refugiados, a quienes las guerras, calamidades naturales, persecuciones y
discriminaciones de todo tipo han hecho perder casa, trabajo, familia y patria.
La tragedia de estas multitudes se refleja en el rostro descompuesto de
hombres, mujeres y niños que, en un mundo dividido e inhóspito, no consiguen
encontrar ya un hogar.
Ni se pueden cerrar los ojos a otra dolorosa plaga
del mundo actual :el fenómeno del terrorismo, entendido como propósito de matar
y destruir indistintamente hombres y bienes, y crear precisamente un clima de
terror y de inseguridad, a menudo incluso con la captura de rehenes. Aun cuando
se aduce como motivación de esta actuación inhumana cualquier ideología o la
creación de una sociedad mejor, los actos de terrorismo nunca son
justificables. Pero mucho menos lo son cuando, como sucede hoy, tales
decisiones y actos, que a veces llegan a verdaderas mortandades, ciertos
secuestros de personas inocentes y ajenas a los conflictos, se proponen un fin
propagandístico en favor de la propia causa; o, peor aún, cuando son un fin en
sí mismos, de forma que se mata sólo por matar. Ante tanto horror y tanto
sufrimiento siguen siendo siempre válidas las palabras que pronuncié hace
algunos años y que quisiera repetir una vez más: "El cristianismo
prohíbe... el recurso alas vías del odio, el asesinato de personas indefensas y
a los métodos del terrorismo"
25. A este respecto conviene hacer una referencia
al problema demográfico y a la manera como se trata hoy, siguiendo lo que Pablo
VI indicó en su Encíclica y lo
que expuse más extensamente en la Exhortación Apostólica Familiaris Consortio
No se puede negar la existencia sobre todo en la parte Sur de nuestro planeta
de un problema demográfico que crea dificultades al desarrollo. Es preciso
afirmar enseguida que en la parte Norte este problema es designo inverso: aquí
lo que preocupa es la caída de la tasa de natalidad ,con repercusiones en el
envejecimiento de la población, incapaz incluso de renovarse biológicamente.
Fenómeno éste capaz de obstaculizar de por sí el desarrollo. Como tampoco es
exacto afirmar que tales dificultades provengan solamente del crecimiento
demográfico; no está demostrado siquiera que cualquier crecimiento demográfico
sea incompatible con su desarrollo ordenado.
Por otra parte, resulta muy alarmante constatar en
muchos Países el lanzamiento de campañas sistemáticas contra la natalidad, por
iniciativa de sus Gobiernos, en contraste no sólo con la identidad cultural y
religiosa de los mismos Países, sino también con la naturaleza del verdadero
desarrollo. Sucede a menudo que tales campañas son debidas a presiones y están
financiadas a las mismas y a la asistencia económico-financiera. En todo caso
se trata de una falta absoluta de respeto por la libertad de decisión de las
personas afectadas, hombres y mujeres, sometidos a veces a intolerables
presiones, incluso económicas para someterlos a esta nueva forma de opresión.
Son las poblaciones más pobres las que sufren los atropellos, y ello llega a
originar en ocasiones la tendencia a un cierto racismo, o favorece la
aplicación de ciertas formas de eugenismo, igualmente racistas.
También este hecho, que reclama la condena más
enérgica, es indicio de una concepción errada y perversa del verdadero
desarrollo humano.
26. Este panorama, predominante negativo, sobre la
situación real del desarrollo en el mundo contemporáneo, no sería completo si
no señalara la existencia de aspectos positivos.
El primero es la plena conciencia, en muchísimos
hombres y mujeres, de su propia dignidad y de la de cada ser humano. Esta conciencia
se expresa, por ejemplo, en una viva preocupación por el respeto de los
derechos humanos y en el más decidido rechazo de sus violaciones. De esto es un
signo revelador el número de asociaciones privadas, algunas de alcance mundial,
de reciente creación, y casi todas comprometidas en seguir con extremo cuidado
y loable objetividad los acontecimientos internacionales en un campo tan
delicado.
En este sentido hay que reconocer la influencia
ejercida por la Declaración de los Derechos Humanos, promulgada hace casi
cuarenta años por la Organización de las Naciones Unidas. Su misma existencia y
su aceptación progresiva por la comunidad internacional son ya testimonio de
una mayor conciencia que se está imponiendo. Lo mismo cabe decir siempre en el
campo de los derechos humanos sobre los
otros instrumentos jurídicos de la misma Organización de las Naciones Unidas o
de otros Organismos internacionales
La conciencia de la que hablamos no se refiere
solamente a los individuos, sino también a las Naciones y a los pueblos, los
cuales, como entidades con una determinada identidad cultural, son
particularmente sensibles a la conservación, libre gestión y promoción de su
precioso patrimonio.
Al mismo tiempo, en este mundo dividido y turbado
por toda clase de conflictos, aumenta la convicción de una radical
interdependencia, y por consiguiente, de una solidaridad necesaria, que la
asuma y traduzca en el plano moral. Hoy quizás más que antes, los hombres se
dan cuenta detener un destino común que construir juntos, si se quiere evitar
la catástrofe para todos. Desde el fondo de la angustia, del miedo y de los
fenómenos de evasión como la droga, típicos del mundo contemporáneo, emerge la
idea de que el bien, al cual estamos llamados todos, y la felicidad a la que
aspiramos no se obtienen sin el esfuerzo y el empeño de todos sin excepción,
con la consiguiente renuncia al propio egoísmo.
Aquí se inserta también, como signo del respeto por
la vida, no obstante todas las tentaciones por destruirla, desde el aborto a la
eutanasia la preocupación concomitante por la paz; y, una vez más, se es
consciente de que ésta es indivisible: o es de todos, o de nadie. Una paz que
exige, cada vez más, el respeto riguroso de la justicia, y, por consiguiente,
la distribución equitativa de los frutos del verdadero desarrollo
Entre las señales positivas del presente, hay que
señalar igualmente la mayor conciencia de la limitación de los recursos
disponibles, la necesidad de respetar la integridad y los ritmos de la
naturaleza y detenerlos en cuenta en la programación del desarrollo, en lugar
de sacrificarlo a ciertas concepciones demagógicas del mismo. Es lo que hoy se
llama la preocupación ecológica.
Es justo reconocer también el empeño de
gobernantes, políticos, economistas, sindicalistas, hombres de ciencia y
funcionarios internacionales muchos de
ellos inspirados por su fe religiosa por
resolver generosamente con no pocos sacrificios personales, los males del mundo
y procurar por todos los medios que un número cada vez mayor de hombres y
mujeres disfruten del beneficio de la paz y de una calidad de vida digna de
este nombre.
A ello contribuyen en gran medida las grandes
Organizaciones internacionales y algunas Organizaciones regionales, cuyos
esfuerzos conjuntos permiten intervenciones de mayor eficacia.
Gracias a estas aportaciones, algunos Países del
Tercer Mundo, no obstante el peso de numerosos condicionamientos negativos, han
logrado alcanzar una cierta autosuficiencia alimentaria, o grado de
industrialización que les permite subsistir dignamente y garantizar fuentes de
trabajo a la población activa.
Por consiguiente, no todo es negativo en el mundo
contemporáneo y no podría ser de otra
manera porque al Providencia del Padre celestial vigila con amor también sobre
nuestras preocupaciones diarias (cfr. Mt6, 25 32; 10,23 31; Lc 12,6 7; 22,20);
es más, los valores positivos señalados revelan una nueva preocupación moral,
sobre todo en orden a los grandes problemas humanos, como son el desarrollo y
la paz.
Esta realidad me mueve a reflexionar sobre la
verdadera naturaleza del desarrollo de los pueblos, de acuerdo con la Encíclica
cuyo aniversario celebramos, y como homenaje a su enseñanza.
IV EL
AUTENTICO DESARROLLO HUMANO
27. La mirada que la Encíclica invita a dar sobre
el mundo contemporáneo nos hace constatar, ante todo, que el desarrollo no es
un proceso rectilíneo, casi automático y de por sí limitado, como si, en
ciertas condiciones, el género humano marchara seguro hacia una especie de
perfección indefinida
Esta concepción
unida a una noción de "progreso" de connotaciones filosóficas
de tipo iluminista, más bien que a la de "desarrollo" usada en sentido específicamente
económico social parece puesta ahora
seriamente en duda, sobre todo después de la trágica experiencia de las dos
guerras mundiales, de la destrucción planeada y en parte realizada de
poblaciones enteras y del peligro atómico que amenaza. A un ingenio optimismo
mecanista le reemplaza una fundada inquietud por el destino de la humanidad.
28. Pero al mismo tiempo ha entrado en crisis la
misma concepción "económica" o "economicista" vinculada a
la palabra desarrollo. En efecto, hoy se comprende mejor que la mera
acumulación de bienes y servicios, incluso en favor de una mayoría, no basta
para proporcionar la felicidad humana. Ni, por consiguiente, la disponibilidad
de múltiples beneficios reales, aportados en los tiempos recientes por la
ciencia y la técnica, incluida la informática, traen consigo la liberación de
cualquier forma de esclavitud. Al contrario, la experiencia de los últimos años
demuestra que si toda esta considerable masa de recursos y potencialidades,
puestas a disposición del hombre, no es regida por un objetivo moral y por una
orientación que vaya dirigida al verdadero bien del género humano, se vuelve
fácilmente contra él para oprimirlo.
Debería ser altamente instructiva una constataron
desconcertante de este período más reciente: junto a las miserias del
subdesarrollo, que son intolerables, nos encontramos con una especie de
superdesarrollo, igualmente inaceptable porque, como el primero, es contrario
al bien ya la felicidad auténtica. En efecto, este superdesarrollo, consiente
en la excesiva disponibilidad de toda clase de bienes materiales para algunas
categorías sociales, fácilmente hace a los hombres esclavos de la
"posesión" y del goce inmediato, sin otro horizonte que la
multiplicación o la continua sustitución de los objetos que se poseen por otros
todavía más perfectos. Es la llamada civilización del "consumo" o
consumismo, que comparta tantos "desechos" o "basuras". Un
objeto poseído, y ya superado por toda más perfecto, es descartado simplemente,
sin tener en cuenta su posible valor permanente para uno mismo o para otro ser
humano más pobre.
Todos somos testigos de los tristes efectos de esta
ciega sumisión al mero consumo: en primer término, una forma de materialismo
craso, y al mismo tiempo una radical insatisfacción, porque se comprende
rápidamente que, si no se está prevenido contra la inundación de mensaj