Homilía del cardenal Ratzinger en la misa por la
elección del Papa
En esta hora de gran responsabilidad, escuchemos con particular
atención lo que nos dice el Señor con sus mismas palabras. De las
tres lecturas, quisiera escoger sólo algún pasaje que nos afecta
directamente en un momento como éste.
La primera lectura ofrece un retrato profético de la figura del
Mesías, un retrato que alcanza todo su significado en el momento en
el que Jesús lee este texto en la sinagoga de Nazaret, cuando dice:
«Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy» (Lucas 4,
21). En el centro de este texto profético, encontramos una frase
que, al menos a primera vista, parece contradictoria. Al hablar de
sí mismo, el Mesías dice que ha sido enviado «a pregonar el año de
gracia del Señor, el día de venganza de nuestro Dios» (Isaías 61,
2). Escuchamos, con alegría, el anuncio del año de la misericordia:
la misericordia divina pone un límite al mal, nos ha dicho el Santo
Padre. Jesucristo es la misericordia divina en persona: encontrar a
Cristo significa encontrar la misericordia de Dios. El mandato de
Cristo se ha convertido en nuestro mandato a través de la unción
sacerdotal; estamos llamados a promulgar no sólo con las palabras
sino también con la vida y con los signos eficaces de los
sacramentos «el año de la misericordia del Señor». Pero, ¿qué quiere
decir Isaías cuando anuncia el «día de venganza de nuestro Dios»?
Jesús, en Nazaret, al leer el texto profético, no pronunció estas
palabras, concluyó anunciando el año de la misericordia. ¿Fue éste
quizá el motivo del escándalo que tuvo lugar tras su predicación? No
lo sabemos. De todos modos, el Señor ofreció su comentario auténtico
a estas palabras con su muerte en la cruz. «Él mismo sobre el madero
llevó nuestros pecados…», dice san Pedro (1 Pedro 2, 24). Y san
Pablo escribe a los Gálatas: «Cristo nos rescató de la maldición de
la ley, haciéndose él mismo maldición por nosotros, pues dice la
Escritura: maldito todo el que está colgado de un madero, a fin de
que llegara a los gentiles, en Cristo Jesús, la bendición de
Abraham, y por la fe recibiéramos el Espíritu de la Promesa» (Gálatas
3, 13s).
La misericordia de Cristo no es una gracia barata, no supone la
banalización del mal. Cristo lleva en su cuerpo y en su alma todo el
peso del mal, toda su fuerza destructora. El día de la venganza y el
año de la misericordia coinciden en el misterio pascual, en Cristo,
muerto y resucitado. Esta es la venganza de Dios: él mismo, en la
persona del Hijo, sufre por nosotros. Cuanto más quedamos tocados
por la misericordia del Señor, más solidarios somos con su
sufrimiento, más disponibles estamos para completar en nuestra carne
«lo que falta a las tribulaciones de Cristo» (Colosenses 1, 24).
Pasemos a la segunda lectura, la carta a los Efesios. Afronta
esencialmente tres argumentos: en primer lugar, los ministerios y
los carismas en la Iglesia, como dones del Señor resucitado y
elevado al cielo; a continuación, la maduración en la fe y en el
conocimiento del Hijo de Dios, como condición y contenido de la
unidad en el cuerpo de Cristo; y, por último, la participación común
en el crecimiento del Cuerpo de Cristo, es decir, la transformación
del mundo en la comunión con el Señor.
Detengámonos en dos puntos. El primero, es el camino hacia la
«madurez de Cristo», como dice, simplificando, el texto en italiano.
Más en concreto tendríamos que hablar, según el texto griego, de la
«medida de la plenitud de Cristo», a la que estamos llamados a
llegar para ser realmente adultos en la fe. No deberíamos quedarnos
como niños en la fe, en estado de minoría de edad. Y, ¿qué significa
ser niños en la fe? Responde san Pablo: significa ser «llevados a la
deriva y zarandeados por cualquier viento de doctrina» (Efesios 4,
14). ¡Una descripción muy actual!
Cuántos vientos de doctrina hemos conocido en estas últimas décadas,
cuántas corrientes ideológicas, cuántas modas del pensamiento… La
pequeña barca del pensamiento de muchos cristianos con frecuencia ha
quedado agitada por las olas, zarandeada de un extremo al otro: del
marxismo al liberalismo, hasta el libertinismo; del colectivismo al
individualismo radical; del ateísmo a un vago misticismo religioso;
del agnosticismo al sincretismo, etc. Cada día nacen nuevas sectas y
se realiza lo que dice san Pablo sobre el engaño de los hombres,
sobre la astucia que tiende a inducir en el error (Cf. Efesios 4,
14). Tener una fe clara, según el Credo de la Iglesia, es etiquetado
con frecuencia como fundamentalismo. Mientras que el relativismo, es
decir, el dejarse llevar «zarandear por cualquier viento de
doctrina», parece ser la única actitud que está de moda. Se va
constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada
como definitivo y que sólo deja como última medida el propio yo y
sus ganas.
Nosotros tenemos otra medida: el Hijo de Dios, el verdadero hombre.
Él es la medida del verdadero humanismo. «Adulta» no es una fe que
sigue las olas de la moda y de la última novedad; adulta y madura es
una fe profundamente arraigada en la amistad con Cristo. Esta
amistad nos abre a todo lo que es bueno y nos da la medida para
discernir entre lo verdadero y lo falso, entre el engaño y la
verdad.
Tenemos que madurar en esta fe adulta, tenemos que guiar hacia esta
fe al rebaño de Cristo. Y esta fe, sólo la fe, crea unidad y tiene
lugar en la caridad. San Pablo nos ofrece, en oposición a las
continuas peripecias de quienes son como niños zarandeados por las
olas, una bella frase: hacer la verdad en la caridad, como fórmula
fundamental de la existencia cristiana. En Cristo, coinciden verdad
y caridad. En la medida en que nos acercamos a Cristo, también en
nuestra vida, verdad y caridad se funden. La caridad sin verdad
sería ciega; la verdad sin caridad, sería como «un címbalo que
retiñe» (1 Corintios 13, 1).
Pasemos ahora al Evangelio, de cuya riqueza quisiera sacar tan sólo
dos pequeñas observaciones. El Señor nos dirige estas maravillosas
palabras: «No os llamo ya siervos… a vosotros os he llamado amigos»
(Juan 15, 15). Muchas veces no sentimos simplemente siervos
inútiles, y es verdad (Cf. Lucas 17, 10). Y, a pesar de ello, el
Señor nos llama amigos, nos hace sus amigos, nos da su amistad. El
Señor define la amistad de dos maneras. No hay secretos entre
amigos: Cristo nos dice todo lo que escucha al Padre; nos da su
plena confianza y, con la confianza, también el conocimiento. Nos
revela su rostro, su corazón. Nos muestra su ternura por nosotros,
su amor apasionado que va hasta la locura de la cruz. Nos da su
confianza, nos da el poder de hablar con su yo: «este es mi
cuerpo…», «yo te absuelvo…». Nos confía su cuerpo, la Iglesia.
Confía a nuestras débiles mentes, a nuestras débiles manos su
verdad, el misterio del Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo; el
misterio del Dios que «tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo
único» (Juan 3, 16). Nos ha hecho sus amigos y, nosotros, ¿cómo
respondemos?
El segundo elemento con el que Jesús define la amistad es la
comunión de las voluntades. «Idem velle – idem nolle», era también
para los romanos la definición de la amistad. «Vosotros sois mis
amigos, si hacéis lo que yo os mando» (Juan 15, 14). La amistad con
Cristo coincide con lo que expresa la tercera petición del
Padrenuestro: «Hágase tu voluntad así en la tierra como en el
cielo». En la hora de Getsemaní, Jesús transformó nuestra voluntad
humana rebelde en voluntad conformada y unida con la voluntad
divina. Sufrió todo el drama de nuestra autonomía y, al llevar
nuestra voluntad en las manos de Dios, nos da la verdadera libertad:
«pero no sea como yo quiero, sino como quieras tú» (Mateo 26, 39).
En esta comunión de las voluntades tiene lugar nuestra redención:
ser amigos de Jesús, convertirse en amigos de Dios. Cuanto más
amamos a Jesús, más le conocemos, más crece nuestra auténtica
libertad, la alegría de ser redimidos. ¡Gracias, Jesús, por tu
amistad!
El otro elemento del Evangelio que quería mencionar es el discurso
de Jesús sobre llevar fruto: «os he destinado para que vayáis y deis
fruto, y que vuestro fruto permanezca» (Juan 15, 16). Aquí aparece
el dinamismo de la existencia del cristiano, del apóstol: os he
destinado para que vayáis… Tenemos que estar animados por una santa
inquietud: la inquietud de llevar a todos el don de la fe, de la
amistad con Cristo. En verdad, el amor, la amistad de Dios, nos ha
sido dada para que llegue también a los demás.
Hemos recibido la fe para entregarla a los demás, somos sacerdotes
para servir a los demás. Y tenemos que llevar un fruto que
permanezca. Pero, ¿qué queda? El dinero no se queda. Los edificios
tampoco se quedan, ni los libros. Después de un cierto tiempo, más o
menos largo, todo esto desaparece. Lo único que permanece
eternamente es el alma humana, el hombre creado por Dios para la
eternidad. El fruto que queda, por tanto, es el que hemos sembrado
en las almas humanas, el amor, el conocimiento; el gesto capaz de
tocar el corazón; la palabra que abre el alma a la alegría del
Señor. Entonces, vayamos y pidamos al Señor que nos ayude a llevar
fruto, un fruto que permanezca. Sólo así la tierra se transforma de
valle de lágrimas en jardín de Dios.
Volvamos, por último, una vez más a la carta a los Efesios. La carta
dice, con las palabras del Salmo 68, que Cristo, al ascender al
cielos, «subiendo al cielo, dio dones a los hombres» (Efesios 4, 8).
El vencedor distribuye dones. Y estos dones son apóstoles, profetas,
evangelistas, pastores y maestros. Nuestro ministerio es un don de
Cristo a los hombres para edificar su cuerpo, el mundo nuevo.
Vivamos nuestro ministerio de este modo, ¡como don de Cristo a los
hombres! Pero, en este momento, pidamos sobre todo con insistencia
al Señor que, después del gran don del Papa Juan Pablo II, nos dé de
nuevo un pastor según su corazón, un pastor que nos guíe al
conocimiento de Cristo, a su amor, a la verdadera alegría. Amén.
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