CARTA PASTORAL La Familia Educadora
en la Sexualidad
INTRODUCCIÓN
La imagen de la casa
construida sobre roca
1 ha sido
siempre muy iluminadora de todas las relaciones humanas, pero de
modo especial lo es cuando se refiere a la realidad familiar. La
familia es en efecto una casa, más aún la casa del hombre. En ella
es concebido, en ella es recibido entre los seres humanos, en ella
es educado y de ella sale para vivir una experiencia familiar
posterior. Por ello si todas las situaciones humanas poseen una
particular importancia, la familia goza de una primacía especial.
Del modo en que se
constituye la familia podemos decir que se construye al hombre y el
modelo de la familia en la que se nace tiende a repetirse en la
siguiente generación. En efecto, la educación que la familia está
llamada a desempeñar con los hijos, no es sino el eco renovado del
primer mandato "Crezcan y multiplíquense"
2. Mandato
que se refiere no sólo a la multiplicación numérica de la especie,
sino también a la multiplicación cualitativa de la misma, pues este
mandato brota del designio de Dios sobre la persona humana: "Creó,
pues Dios al ser humano a imagen y semejanza suya. A imagen de Dios
les creó, hombre y mujer los creó"
3.
Multiplicarse no es sólo una cuestión de números, es sobre todo una
cuestión de reproducir en los hijos la imagen de Dios que les ha
sido dada a los padres, una imagen que se concreta en ser hombre o
en ser mujer. Sin un adecuado desarrollo de la masculinidad o de la
feminidad, el ser humano no puede desarrollar en sí la imagen de
Dios. La familia, de modo particular los esposos, tienen pues, por
mandato divino, esta tarea: educar la sexualidad de los hijos de
modo que llegue a manifestar la imagen de Dios.
Por ello, la imagen
que el Salvador propone de la casa sobre la roca se aplica de modo
particular a la tarea educativa que compete a la familia cuando se
enfrenta a la educación en la sexualidad de los integrantes de la
misma, pues del éxito o del fracaso en este campo depende en gran
medida el equilibrio de las personas que la constituyen y por lo
tanto, el éxito o el fracaso que cada uno de sus miembros a la hora
de formar nuevas familias acabarán teniendo.
La Iglesia Católica
no puede mirar de modo indiferente esta realidad y se siente llamada
a apoyar a todas las familias y a cada una de ellas en su tarea de
educar a sus hijos, de modo especial cuando las circunstancias que
rodean a la familia han cambiado tan drásticamente respecto a
generaciones precedentes. La encrucijada del tercer milenio es más
que una fecha, es un reto cultural en el que se están viendo
comprometidas no sólo unas formas culturales que pueden ser más o
menos caducas, sino sobre todo la misma identidad de la persona
humana. La misma realidad de la familia en la Arquidiócesis de
México es un reto para la tarea evangelizadora de la Iglesia
católica pues se presenta como una realidad muy compleja sometida a
múltiples y variadas tensiones internas y externas. Por ello esta
carta pastoral nace de lo urgente que se presenta el trabajo de
apoyar a la familia de modo que pueda cumplir íntegramente su tarea
de preparar a los hombres y mujeres que constituirán nuestra
sociedad en el próximo milenio.
Asimismo, la
presente carta pastoral en el marco de las prioridades de nuestro II
Sínodo y de la Semana Arquidiocesana de la Familia, que celebramos
este año bajo el lema "La familia educadora de la sexualidad", nos
ofrece la oportunidad de reflexionar y de volver a proponer la
doctrina de la Iglesia sobre la sexualidad, para así ayudar al ser
humano al que por mandato de su divino fundador está llamada a
servir.
LA SITUACIÓN
DE LA FAMILIA ANTE LA EDUCACIÓN DE LA SEXUALIDAD.
LUCES Y SOMBRAS
La familia como
educadora de la sexualidad se presenta hoy de modo especial como un
claroscuro, pues por un lado hay elementos luminosos que hablan de
un progreso en el papel que la familia desarrolla en la formación de
sus miembros en este campo y por otro no podemos dejar de constatar
aspectos preocupantes, signo de la pérdida de identidad verdadera
que el Creador quiso otorgar a la familia humana.
Las luces
En el campo de
la educación en la familia encontramos la presencia de una
mayor apertura para tratar los temas de la sexualidad y del
amor entre los diversos miembros de la familia. Esta apertura
facilita la comunicación no sólo de conocimientos sino sobre
todo de valores y de principios que construyen la sexualidad en
su marco verdadero. La facilidad con que los hijos pueden tratar
los temas referentes a la vida y al sexo con sus padres, así
como la mejor comunicación entre la pareja para hablar de estos
temas es un signo esperanzador de la construcción de un ser
humano cada vez más íntegro en la familia.
La cultura
moderna se caracteriza por la intensificación del diálogo
entre los hombres. Y de este fenómeno no es ajena la familia.
Hoy se da una mayor cercanía entre los padres y los hijos lo que
permite identificar y comprender las opiniones que van surgiendo
en los hijos en sus diferentes etapas evolutivas de maduración.
Los padres han tomado conciencia más clara de que el diálogo es
la mejor arma educativa de que disponen para poder comunicar a
sus hijos los valores que los van a realizar como hombres y
mujeres.
Otro de los
elementos que podemos considerar positivos de la familia actual
en relación con su tarea de educación de la sexualidad y el amor
de sus hijos es el más amplio conocimiento de todos los temas
referentes a la sexualidad. La educación sexual que se
imparte en los diversos ambientes educativos, así como la
divulgación en los medios de comunicación social ha permitido
que temas que socialmente eran considerados reservados a algunos
iniciados se hayan convertido en patrimonio cultural de muchos.
Esto ha permitido que los padres y los hijos tengan una mayor
facilidad para tratarse temas que anteriormente parecían vedados
al intercambio familiar.
Además de todas
las actitudes señaladas anteriormente, no podemos menos que
mirar con gozo la difusión en la Arquidiócesis de los
Movimientos de apostolado en favor de la familia como
ámbitos privilegiados donde se experimenta la plenitud de la
propia vocación conyugal y desde donde los padres obtienen la
formación necesaria para iluminar con conciencia cristianamente
integrada el despertar y madurar de sus hijos en la sexualidad y
el amor. Algo semejante podemos decir respecto a los centros de
formación y terapia familiar con orientación católica cuyas
actividades van estableciendo una red de pensamiento en el
ámbito de la sexualidad de acuerdo a una imagen integral de la
persona humana.
Las
sombras
Sin embargo, no
podemos dejar de constatar con tristeza la presencia de zonas de
sombra en la cultura en la que los padres católicos se hallan
inmersos respecto a la educación en la sexualidad y en el amor
de sus hijos.
Como un signo
particularmente preocupante se ve la difusión de una visión
banal de la sexualidad en la que todo lo referente a este tema
parece carecer de importancia y dejarse en un nivel meramente
fisiológico o anatómico. La actividad sexual se toma como un
juego, como una diversión entre los adolescentes, jóvenes y
adultos. Se erradica de este modo toda responsabilidad de la
dimensión sexual y se colocan los actos de la misma al nivel del
pasatiempo y no en el de la entrega de dos personas.
A este problema
se añade la separación que hace la cultura moderna entre la
persona y la sexualidad. Se toma la sexualidad como algo
indiferente a la persona que la ejerce. Esto lleva a transformar
la sexualidad en un objeto con el que se puede comerciar, o que
se puede usar. El sexo puede llegar a convertirse en un simple
objeto de placer y no en el signo de donación amorosa de un
hombre y una mujer.
No se puede
dejar de mencionar la falta de formación en el campo de la
sexualidad que se da en algunos ambientes de nuestra comunidad
cristiana entre los padres de familia. En muchos casos hay que
decir que esta falta de formación no conlleva una culpabilidad,
lo que no quita, sin embargo, los consecuentes efectos nocivos
en la comprensión de la sexualidad por parte de los hijos. La
educación sexual no es fácil, el problema se revela hoy día
especialmente complejo, incluso a veces superior a las
posibilidades de la familia y porque en la mayoría de los casos
no existe la experiencia de cuanto con ellos hicieron los
propios padres
4.
A estos factores
se han de añadir los modelos materialistas de sexualidad que
propone nuestra sociedad, por lo cual se ve la sexualidad como
un elemento parcial y ciertamente sin una plena orientación al
bien integral de la persona humana, abierta a la trascendencia
hacia su Creador. Muchos de estos modelos se encuentran
influenciados por mentalidades formadas en escuelas
intelectuales alejadas de la mentalidad cristiana y a veces
incluso bajo ropajes pseudocientíficos que están lejos de dar
verdaderos y equilibrados resultados.
No esa ajeno a
todo esto la influencia disolvente de algunos medios de
comunicación que pueden llegar a presentar la sexualidad de modo
distorsionado, cayendo en ocasiones en una pura exhibición de
comportamientos sexuales alejados de la realidad, o cercanos a
experiencias de violencia y excesos como la droga y el alcohol.
Este factor se constituye además en fuente de modelos de amor
humano, mutilando y desfigurando en ocasiones el verdadero
sentido de este amor.
Tristemente no
son sólo los factores externos los que influyen negativamente en
la educación al amor y a la sexualidad que otorga la familia,
también se dan casos en los que el hogar se convierte en fuente
de ejemplos nocivos. Muchas veces los modelos repetidos de
machismo en el trato con la mujer, o las situaciones de
promiscuidad en que muchos de nuestros hermanos se ven obligados
a vivir, provocan situaciones lamentables en la educación sexual
de los hijos que no reciben la verdadera imagen y los auténticos
contenidos del amor que debe existir entre un hombre y una
mujer.
Finalmente
podríamos considerar la problemática que causa un mal manejo de
la sexualidad; la maternidad prematura entre las adolescentes,
los casos de iniciación precoz a la sexualidad, y las
situaciones muy dolorosas de abusos sexuales dentro del hogar,
sea por parte de la familia directa o a veces por parte de otros
familiares.
LOS
PRINCIPIOS FUNDAMENTALES DE LA SEXUALIDAD
La situación
expuesta anteriormente nos lleva a tomar muy en serio el papel que
la familia debe tener en la educación de la sexualidad, no sólo para
evitar las situaciones dolorosas que por un mal manejo de la misma
se producen, sino sobre todo para llevar a plenitud a la persona
humana en cada uno de los hijos. Cada ser humano tiene derecho a
realizar en totalidad el plan originario para el que Dios lo creó.
Cristo, en el evangelio, a la hora de juzgar la cuestión sobre la
relación entre el hombre y la mujer que se le hace con motivo de la
indisolubilidad del matrimonio, reclama el principio, es decir a la
naturaleza que Dios quiso dar al hombre, Cristo no se deja de llevar
por opiniones de su tiempo, ni por una falsa condescendencia con la
dureza del corazón del hombre herido por el pecado, sino por el
designio divino
5. Por
ello, es oportuno volver a dirigir la mirada hacia los principios
básicos que deben regir la concepción de la sexualidad desde la
visual de integridad que caracteriza al pensamiento católico en este
campo, sin dejarse llevar ni por modas, ni por reduccionismos que
acaban por degradar la verdadera identidad de este aspecto de la
persona humana.
La sexualidad humana
no es simplemente una parte de la persona, sino que participa de la
persona. No la podemos aislar de la condición humana. Por ello
tenemos que decir siempre que el ser humano es sexuado y que la
sexualidad es humana. Precisamente por ello, la sexualidad se
orienta en el ser humano hacia dos objetivos particularmente
trascendentes: expresar la totalidad de amor entre un hombre y una
mujer y ofrecer las condiciones que en colaboración con el Creador
den origen a una nueva vida humana. En ambos casos, la sexualidad
se orienta hacia el amor, hacia el amor esponsal o hacia el amor
filial. La sexualidad humana contiene de modo esencial la
capacidad de expresar amor: ese amor precisamente en que el ser
humano se convierte en don y mediante este don realiza el sentido
mismo de su ser y existir
6.
Otro principio
básico de la sexualidad humana es que refleja siempre a la persona.
Por ello, la sexualidad no puede ser usada como una cosa, pues "la
sexualidad es un elemento básico de la personalidad; un modo propio
de ser, de manifestarse, de comunicarse con los otros, de sentir, de
expresar y vivir el amor humano"
7. En todo
acto o expresión sexual está siempre en juego el valor de la
persona. No se puede reducir la sexualidad a una simple función
biológica o a una fuente de placer. Cuando desaparece el sentido y
el significado del amor y del don de sí en la sexualidad, se acaba
cayendo en "una civilización de las cosas y no de las personas; una
civilización en la que las personas se usan como si fueran cosas. En
el contexto de la civilización del placer la mujer puede llegar a
ser un objeto para los hombres y los hijos un obstáculo para los
padres" 8.
Un elemento más de
esta visión cristiana es considerar la sexualidad como un bien,
parte del don que Dios vio que era muy bueno cuando creó a la
persona humana a su imagen y semejanza y hombre y mujer los creó.
Aunque a lo largo de la historia se ha criticado la visión de la
Iglesia juzgándola como oscurantista respecto a la sexualidad, la
verdad es que un estudio equilibrado de la misma nos muestra que las
concepciones rigoristas y negativas de la sexualidad obedecen más a
corrientes ideológicas de la época que al pensamiento cristiano
auténtico.
Sin embargo, también
pertenece a la concepción cristiana de la sexualidad la realidad de
que la sexualidad posee una carga de ambivalencia: se puede usar
para la más alta expresión de amor o se puede usar para la
degradación más dolorosa de la persona humana. Esto nos habla de que
la sexualidad humana se encuentra herida y expuesta "a la fragilidad
debida al pecado original y sufre, en muchos contextos
socioculturales, condicionamientos negativos y a veces desviados y
traumáticos"
9. Sin
embargo, la gracia de la redención del Señor, hace posible una
vivencia recta de la sexualidad, no como una actitud represiva, sino
como un don precioso y enriquecedor, como el del amor, con vistas al
don de sí como ser humano"
10.
Por todo lo dicho
anteriormente, la sexualidad requiere ser integrada en la persona a
través de una oportuna educación, que va más allá de la simple
información funcional. Esta educación comporta la formación de toda
la persona: carácter, temperamento, hábitos, conocimientos, de modo
que se alcance la armonía entre la dimensión corpórea y espiritual
de la persona.
EL PAPEL DE
LA FAMILIA EN LA EDUCACIÓN DE LA SEXUALIDAD
La familia agente
primario de la educación sexual.
Ha sido siempre
doctrina y praxis de la Iglesia el considerar a la familia como el
primer ambiente educativo de la persona humana. Doctrina que ha sido
reafirmada en el Concilio Vaticano II: "Los padres tienen el derecho
originario, primario e inalienable de educarlos (a los hijos)…
tienen el derecho de educar a sus hijos conforme a sus convicciones
morales y religiosas, teniendo presentes las tradiciones culturales
de la familia que favorezcan el bien y la dignidad del hijo"
11. O como
se afirma en la Exhortación Pastoral de Juan Pablo II sobre la
familia: "El derecho - deber educativo de los padres, se califica
como esencial, relacionado como está con la transmisión de la vida
humana; como original y primario respecto al deber educativo de los
demás, por la unicidad de la relación de amor que subsiste entre
padres e hijos; como insustituible e inalienable y que por
consiguiente, no debe ser totalmente delegado ni usurpado por otros"
12, salvo
el caso obvio de una incapacidad física o psíquica de los
progenitores. Esto hay que afirmarlo especialmente, pues no en pocas
ocasiones las familias dejan de lado esta tarea que a ellas les toca
y delegan totalmente esta responsabilidad a otras instituciones que,
aunque dignas en si mismas, sólo deberían ejercer esta función de
modo subsidiario y no supletorio. A este propósito es interesante
recordar el siguiente texto del Pontificio Consejo para la Familia:
"Este derecho implica una tarea educativa: si de hecho no imparten
una adecuada formación en la castidad, los padres abandonan un
preciso deber que les compete; y serían culpables también, si
tolerasen una formación inmoral o inadecuada impartida a los hijos
fuera del hogar".
LOS
CAMINOS DE LA EDUCACIÓN DE LA SEXUALIDAD EN FAMILIA
Ante todas estas
reflexiones, es oportuno ofrecer a la familia algunas pautas que le
iluminen para fortalecerse en su tarea educativa.
La formación de los
padres
La primera tarea
de los padres es la de su propia formación. Es cierto que no
siempre es fácil sacar el tiempo para ello y que no siempre en
todas las áreas y niveles sociales se tienen a la mano los
recursos para ello. Sin embargo hay que sembrar esta inquietud
en los corazones de los padres y, una vez conscientes de ello,
hay que cultivarla con tenacidad. Es una situación muy grave a
que hoy se vive como para no buscar dentro de las propias
posibilidades el formarse.
Esta información
no debe quedarse simplemente en el nivel de la información de
funciones y métodos, sino que, sobre todo, debe llegar a la
formación interior de la persona en los valores, principios y
virtudes que hagan de la sexualidad, en primer lugar la propia y
en consecuencia la de los hijos, un ámbito de amor humano. Ello
supone el que los padres sean los primeros en buscar medios de
superación personal sea en lo personal, sea asociándose con
otros padres de familia, sea acudiendo a instituciones que lo
impartan para así llegar a adquirir los elementos necesarios
para la gravísima tarea de educar a los hijos.
De un modo muy
espacial, hay que recomendar a los padres y madres de familia,
la solicitud por la formación en la sexualidad que se imparte en
la escuela de los hijos, de modo que no sean fáciles de aceptar
cualquier instrucción sin haber ellos aprobado lo que se les
está dando. No cabe duda que el diálogo sincero y claro con
quien imparte la educación sexual en las variadas instituciones
será un elemento de particular importancia.
Por otro lado,
los padres y madres de familia deberán estar muy atentos al
influjo que los ambientes sociales y los medios de comunicación
ejercen sobre sus hijos. Ellos tienen el deber de apoyar a sus
hijos para que la información distorsionada sobre la sexualidad
y la visión materialista de la relación afectiva de la pareja no
acabe dañando el concepto del amor humano que se va formando en
sus hijos.
El acompañamiento a los hijos
Es importante
que los padres sepan estar al lado de sus hijos en las diversas
etapas de su desarrollo afectivo y sexual. Aunque no siempre es
fácil, la tarea de acompañar a los hijos en su crecimiento será
uno de los medios que otorgarán a la familia una especial
cohesión ante los problemas de la vida.
Se ha de prestar
especial atención a las diversas etapas de la vida de los hijos.
Desde la niñez, el hijo debe ser educado en el sentido de su
sexualidad, descubriendo lo que significa ser hombre o ser mujer
sin caer ni en la sensiblería ni en el machismo. Los padres
deberán tener un especial cuidado en que los niños nos vean
contaminados por una información sexual prematura que no tienen
la capacidad de manejar. Casi podríamos decir que hay que
salvaguardar el derecho que todo niño tiene a la inocencia
15.
La pubertad es
la segunda etapa del crecimiento de los hijos, "la labor de la
información y de la educación de los padres en esta etapa es
necesaria no porque los hijos no deban conocer las realidades
sexuales, sino para que las conozcan de modo oportuno"
16.
Esta época requiere un especial tiempo de diálogo y de
ofrecimiento de seguridad ante las diversas angustias y miedos
que pueden presentarse. Siendo la época de las primeras
transformaciones fisiológicas en los hijos, los padres deberán
proporcionarles explicaciones serenas y detalladas de la
sexualidad, orientadas en la perspectiva del amor que tendrá un
día que entregarse en el matrimonio, o vivirse en la vida
consagrada.
La adolescencia
es un período de definición personal y, por lo tanto, de
particular relevancia en la evolución de los hijos. En esta
época los hijos son particularmente sensibles al testimonio que
los padres les puedan ofrecer, más que a las palabras que se les
dirijan aunque éstas también son necesarias. De modo especial
hay que saber ayudar a los hijos a enfrentar la aparición de la
masturbación, pues es un desorden en el comportamiento sexual
que, además de su gravedad moral, conlleva y expresa la
afirmación de una visión egoísta de la sexualidad. El esfuerzo
paterno por enseñar a los hijos a ver siempre la sexualidad en
clave de amor y el delicado consejo para que se acerquen al
sacramento de la reconciliación y de la eucaristía, serán apoyos
de un valor inestimable en este momento de la vida.
El paso de los
años y el afirmarse de la personalidad de los hijos, no excluye
el que los padres abandonen su acompañamiento de los mismos. Es
obvio que los padres deberán saber evolucionar en su trato con
sus hijos hacia un clima de responsabilidad y respeto, pero no
por ello dejan de ser un luminoso punto de referencia en la
maduración de su amor y su sexualidad. De modo especial se
deberá ayudar a discernir a los hijos en el período del
noviazgo. Y quizá, por las particulares condiciones de nuestra
cultura, es muy válida la recomendación del Pontificio Consejo
para la Familia: "Se deberá evitar la difusa mentalidad según la
cual deben hacerse a las hijas todas las recomendaciones en tema
de virtud y sobre todo el valor de la virginidad, mientras no
sería necesario a los hijos, como si para ellos todo fuera
lícito"
17.
La tarea de distinguir entre el bien y el mal.
No se puede
dejar pasar un elemento en que los padres son particularmente
responsables: se trata de la formación de la conciencia de los
hijos. Si esto es importante en todos los temas, <lo es más en
el > campo de la educación de la sexualidad. La conciencia es el
santuario donde el ser humano descubre el bien y el mal y donde
surge la determinación ética fundamental: Tengo que hacer el
bien y evitar el mal.
Sin embargo, la
conciencia no puede ser abandonada a sí misma, sino que requiere
la ayuda de principios que rijan su juicio. Es en este punto
donde la educación que imparte la familia se hace muy necesaria.
Es cierto que la formación de la conciencia se hace inicialmente
en los hijos por una simple imitación, pero la evolución
progresiva del niño en joven y en adulto requiere también una
progresiva maduración en la asimilación de los motivos que
conducen a un determinado juicio de conciencia.
Por ello,
corresponde a los padres ir otorgando a los hijos de modo
paulatino los argumento que conducen a una sexualidad humana
vivida con rectitud. No es justo abandonar la formación de la
conciencia en el campo de la sexualidad y del amor humano cuando
se tiene la preocupación por la formación en otras áreas del
saber humano. Los hijos tienen derecho a que sus padres les
ayuden en la formación de la conciencia para que a su tiempo
puedan discernir el bien del mal en su vida.
Para ello, los
padres deberían preocuparse por ser los primeros en conocer los
criterios morales que rigen el comportamiento de la sexualidad.
Un conocimiento que deberán obtener no sólo de las opiniones de
moda o de los criterios que el ambiente considera justificados,
sino que, en la medida de los posible, deberán iluminar su
conciencia y la de sus hijos con la doctrina de Cristo, de modo
especial a través del conocimiento de la Sagrada Escritura y a
través de la enseñanza del Magisterio auténtico de la Iglesia.
Cabe en este sentido citar la afirmación del Concilio Vaticano
II sobre la importancia de la fidelidad al Magisterio de la
Iglesia: "La índole moral de la conducta no depende solamente de
la sincera intención y apreciación de los motivos, sino que debe
determinarse con criterios objetivos tomados de la naturaleza de
la persona y de sus actos, … No es lícito a los hijos de la
Iglesia, fundados en estos principios, ir por caminos que el
Magisterio, al explicar la ley divina, reprueba"
18.
Nunca tengan los
padres de familia miedo de que sus hijos vayan a considerarlos
menos por el hecho de que mantengan con rectitud los criterios
de la Iglesia Católica. Al contrario, si hay algo que un hijo
aprecia en sus padres, es, más que la condescendencia cobarde,
la coherencia con los propios principios.
CONCLUSIÓN
Al llegar al final de
esta carta con motivo de la Semana Arquidiocesana de la Familia, no
es posible omitir una exhortación a todos los católicos para que
asuman de modo responsable su tarea en la educación de los hijos en
la sexualidad. Deben saber que no se encuentran solos en esta tarea.
Junto a ellos de modo muy particular se encuentran sacerdotes,
religiosos y religiosas, así como los seglares especialmente
comprometidos en la Arquidiócesis de México para ayudarles en esta
tarea. Ellos, con su fidelidad al Magisterio de la Iglesia, con su
conocimiento del corazón y de la psicología humana y con su cercanía
a los casos más difíciles, sabrán ser buenos pastores que en medio
de cañadas oscuras lleven a las familias a ellos encomendadas hacia
una recta comprensión de la sexualidad y del amor humano. Sus
consejos, su apoyo y en ocasiones el ofrecimiento del perdón por
medio del sacramento de la reconciliación, serán una fuente de luz y
de consuelo.
También es oportuno
dirigirse en este momento a todos los medios de comunicación social
para pedirles que sean vehículo de valores para ayudar a las
familias en su difícil tarea educadora, de modo que los programas
que se transmitan colaboren a presentar una imagen adecuada del amor
humano y en especial de la sexualidad. Les invito a que piensen en
sus propios hijos, a que procuren para ellos y para los hijos de
quienes les rodean un ambiente más humano.
Finalmente, quisiera
dirigirme de nuevo a los padres y madres de familia para invitarles
a que asuman un papel protagonista en la educación de sus hijos.
Ellos han recibido de Uds. el don de la vida, un don que no es para
sentirse solos ante los retos de la comprensión de sí mismos y de su
sexualidad, sino para verse acompañados por aquellos que por amor
colaboraron con Dios en darles la existencia. Ojalá que todos sepan
tomar en sus manos esta hermosa tarea. Si el Señor premió
abundantemente al siervo que supo hacer producir los talentos que se
le habían confiado, cómo no recompensará a los padres que supieron
enseñar el amor verdadero a sus hijos.
A todo esto les
invito acompañados por la tierna mirada de Nuestra Señora de
Guadalupe, Madre Nuestra, la que trajo a esta bendita tierra de
México, como Estrella de la Evangelización, el conocimiento del amor
verdadero, Nuestro Señor Jesucristo, Su Hijo, que amó con corazón
esponsal a la Iglesia hasta dar su sangre por ella, Que Él sea la
roca del amor esponsal de cada uno de Uds. y de cada uno de sus
hijos.
Su hermano y servidor
que les bendice.
U Norberto
Rivera Carrera
Arzobispo Primado de México
Curia del Arzobispado
de México
México, D.F., a 10 de diciembre de 1996.
Cfr. Mt. 7, 21ss
Gen. 1,28
Gen. 1,27
Pontificio Consejo
para la Familia, Sexualidad humana: verdad y significado, n.
47
Cf. Mt. 19, 1-9
Cf. Juan Pablo II
Audiencia General, enero 16 de 1980.
Congregación para la
Educación Católica, Orientaciones Educativas sobre el amor
humano, noviembre 1 de 1983.
Juan Pablo II, Carta
a las familias "Gratissimam sane", n. 13
Pontificio Consejo
para la Familia, Sexualidad humana: verdad y significado,
Orientaciones educativas para la familia, n. 3
Ib.
Carta de los
Derechos de la Familia presentada por la Santa Sede, 22 de
octubre de 1983. Art. 5 y Cf. Gravissimum educationonis, n. 3
Familiaris
Consortio, n. 36
Pontificio Consejo
para la Familia, Sexualidad humana: verdad y significado, n.
44
Ibid. N. 59
Ibid. N. 83
Ibid. N. 93
Ibid. N. 111
Constitución Gaudium
et Spes, n. 52. Aunque el texto se refiere directamente a la
regulación de la natalidad el contexto permite su aplicación a la
educación de la sexualidad.