| ||||||||
|
INTRODUCCION
1. El Evangelio de la vida está en el centro del mensaje de Jesús. Acogido con amor cada día por la Iglesia, es anunciado con intrépida fidelidad como buena noticia a los hombres de todas las épocas y culturas. En la aurora de la salvación, el nacimiento de un niño es proclamado como gozosa noticia: «Os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor» (Lc 2, 10-11). El nacimiento del Salvador produce ciertamente esta «gran alegría»; pero la Navidad pone también de manifiesto el sentido profundo de todo nacimiento humano, y la alegría mesiánica constituye así el fundamento y realización de la alegría por cada niño que nace (cfr Ioh 16, 21). Presentando el núcleo central de su misión redentora, Jesús dice: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Ioh 10, 10). Se refiere a aquella vida «nueva» y «eterna», que consiste en la comunión con el Padre, a la que todo hombre está llamado gratuitamente en el Hijo por obra del Espíritu Santificador. Pero es precisamente en esa «vida» donde encuentran pleno significado todos los aspectos y momentos de la vida del hombre.
Valor incomparable de la persona humana 2. El hombre está llamado a una plenitud de vida que va más allá de las dimensiones de su existencia terrena, ya que consiste en la participación de la vida misma de Dios. Lo sublime de esta vocación sobrenatural manifiesta la grandeza y el valor de la vida humana incluso en su fase temporal. En efecto, la vida en el tiempo es condición básica, momento inicial y parte integrante de todo el proceso unitario de la vida humana. Un proceso que, inesperada e inmerecidamente, es iluminado por la promesa y renovado por el don de la vida divina, que alcanzará su plena realización en la eternidad (cfr 1 Ioh 3, 1-2). Al mismo tiempo, esta llamada sobrenatural subraya precisamente el carácter relativo de la vida terrena del hombre y de la mujer. En verdad, esa no es realidad «última», sino «penúltima»; es realidad sagrada, que se nos confía para que la custodiemos con sentido de responsabilidad y la llevemos a perfección en el amor y en el don de nosotros mismos a Dios y a los hermanos. La Iglesia sabe que este Evangelio de la vida, recibido de su Señor , tiene un eco profundo y persuasivo en el corazón de cada persona, creyente e incluso no creyente, porque, superando infinitamente sus expectativas, se ajusta a ella de modo sorprendente. Todo hombre abierto sinceramente a la verdad y al bien, aun entre dificultades e incertidumbres, con la luz de la razón y no sin el influjo secreto de la gracia, puede llegar a descubrir en la ley natural escrita en su corazón (cfr Rom 2, 14-15) el valor sagrado de la vida humana desde su inicio hasta su término, y afirmar el derecho de cada ser humano a ver respetado totalmente este bien primario suyo. En el reconocimiento de este derecho se fundamenta la convivencia humana y la misma comunidad política. Los creyentes en Cristo deben, de modo particular, defender y promover este derecho, conscientes de la maravillosa verdad recordada por el Concilio Vaticano II: «El Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre» . En efecto, en este acontecimiento salvífico se revela a la humanidad no sólo el amor infinito de Dios que «tanto amó al mundo que dio a su Hijo único» (Ioh 3, 16), sino también el valor incomparable de cada persona humana. La Iglesia, escrutando asiduamente el misterio de la Redención, descubre con renovado asombro este valor y se siente llamada a anunciar a los hombres de todos los tiempos este «evangelio», fuente de esperanza inquebrantable y de verdadera alegría para cada época de la historia. El Evangelio del amor de Dios al hombre, el Evangelio de la dignidad de la persona y el Evangelio de la vida son un único e indivisible Evangelio. Por ello el hombre, el hombre viviente, constituye el camino primero y fundamental de la Iglesia .
Nuevas amenazas a la vida humana 3. Cada persona, precisamente en virtud del misterio del Verbo de Dios hecho carne (cfr Ioh 1, 14), es confiada a la solicitud materna de la Iglesia. Por eso, toda amenaza a la dignidad y a la vida del hombre repercute en el corazón mismo de la Iglesia, afecta al núcleo de su fe en la encarnación redentora del Hijo de Dios, la compromete en su misión de anunciar el Evangelio de la vida por todo el mundo y a cada criatura (cfr Mc 16, 15). Hoy este anuncio es particularmente urgente ante la impresionante multiplicación y agudización de las amenazas a la vida de las personas y de los pueblos, especialmente cuando ésta es débil e indefensa. A las tradicionales y dolorosas plagas del hambre, las enfermedades endémicas, la violencia y las guerras, se añaden otras, con nuevas facetas y dimensiones inquietantes. Ya el Concilio Vaticano II, en una página de dramática actualidad, denunció con fuerza los numerosos delitos y atentados contra la vida humana. A treinta años de distancia, haciendo mías las palabras de la asamblea conciliar, una vez más y con idéntica firmeza los deploro en nombre de la Iglesia entera, con la certeza de interpretar el sentimiento auténtico de cada conciencia recta: «Todo lo que se opone a la vida, como los homicidios de cualquier género, los genocidios, el aborto, la eutanasia y el mismo suicidio voluntario; todo lo que viola la integridad de la persona humana, como las mutilaciones, las torturas corporales y mentales, incluso los intentos de coacción psicológica; todo lo que ofende a la dignidad humana, como las condiciones infrahumanas de vida, los encarcelamientos arbitrarios, las deportaciones, la esclavitud, la prostitución, la trata de blancas y de jóvenes; también las condiciones ignominiosas de trabajo en las que los obreros son tratados como meros instrumentos de lucro, no como personas libres y responsables; todas estas cosas y otras semejantes son ciertamente oprobios que, al corromper la civilización humana, deshonran más a quienes los practican que a quienes padecen la injusticia y son totalmente contrarios al honor debido al Creador» . 4. Por desgracia, este alarmante panorama, en vez de disminuir, se va más bien agrandando. Con las nuevas perspectivas abiertas por el progreso científico y tecnológico surgen nuevas formas de agresión contra la dignidad del ser humano, a la vez que se va delineando y consolidando una nueva situación cultural, que confiere a los atentados contra la vida un aspecto inédito y —podría decirse— aún más inicuo ocasionando ulteriores y graves preocupaciones: amplios sectores de la opinión pública justifican algunos atentados contra la vida en nombre de los derechos de la libertad individual, y sobre este presupuesto pretenden no sólo la impunidad, sino incluso la autorización por parte del Estado, con el fin de practicarlos con absoluta libertad y además con la intervención gratuita de las estructuras sanitarias. En la actualidad, todo esto provoca un cambio profundo en el modo de entender la vida y las relaciones entre los hombres. El hecho de que las legislaciones de muchos países, alejándose tal vez de los mismos principios fundamentales de sus Constituciones, hayan consentido no penar o incluso reconocer la plena legitimidad de estas prácticas contra la vida es, al mismo tiempo, un síntoma preocupante y causa no marginal de un grave deterioro moral. Opciones, antes consideradas unánimemente como delictivas y rechazadas por el común sentido moral, llegan a ser poco a poco socialmente respetables. La misma medicina, que por su vocación está ordenada a la defensa y cuidado de la vida humana, se presta cada vez más en algunos de sus sectores a realizar estos actos contra la persona, deformando así su rostro, contradiciéndose a sí misma y degradando la dignidad de quienes la ejercen. En este contexto cultural y legal, incluso los graves problemas demográficos, sociales y familiares, que pesan sobre numerosos pueblos del mundo y exigen una atención responsable y activa por parte de las coos a toda la familia humana y, en particular, a la comunidad cristiana, los Cardenales, con voto unánime, me pidieron ratificar, con la autoridad del Sucesor de Pedro, el valor de la vida humana y su carácter inviolable, con relación a las circunstancias actuales y a los atentados que hoy la amenazan. Acogiendo esta petición, escribí en Pentecostés de 1991 una carta personal a cada Hermano en el Episcopado para que, en el espíritu de colegialidad episcopal, me ofreciera su colaboración para redactar un documento al respecto . Estoy profundamente agradecido a todos los Obispos que contestaron, enviándome valiosas informaciones, sugerencias y propuestas. Ellos testimoniaron así su unánime y convencida participación en la misión doctrinal y pastoral de la Iglesia sobre el Evangelio de la vida. En la misma carta, a pocos días de la celebración del centenario de la Encíclica Rerum novarum, llamaba la atención de todos sobre esta singular analogía: «Así como hace un siglo la clase obrera estaba oprimida en sus derechos fundamentales, y la Iglesia tomó su defensa con gran valentía, proclamando los derechos sacrosantos de la persona del trabajador, así ahora, cuando otra categoría de personas está oprimida en su derecho fundamental a la vida, la Iglesia siente el deber de dar voz, con la misma valentía, a quien no tiene voz. El suyo es el clamor evangélico en defensa de los pobres del mundo y de quienes son amenazados, despreciados y oprimidos en sus derechos humanos». Hoy una gran multitud de seres humanos débiles e indefensos, como son, concretamente, los niños aún no nacidos, está siendo aplastada en su derecho fundamental a la vida. Si la Iglesia, al final del siglo pasado, no podía callar ante los abusos entonces existentes, menos aún puede callar hoy, cuando a las injusticias sociales del pasado, tristemente no superadas todavía, se añaden en tantas partes del mundo injusticias y opresiones incluso más graves, consideradas tal vez como elementos de progreso de cara a la organización de un nuevo orden mundial. La presente Encíclica, fruto de la colaboración del Episcopado de todos los Países del mundo, quiere ser pues una confirmación precisa y firme del valor de la vida humana y de su carácter inviolable, y, al mismo tiempo, una acuciante llamada a todos y a cada uno, en nombre de Dios: ¡respeta, defiende, ama y sirve a la vida, a toda vida humana! ¡Sólo siguiendo este camino encontrarás justicia, desarrollo, libertad verdadera, paz y felicidad! ¡Que estas palabras lleguen a todos los hijos e hijas de la Iglesia! ¡Que lleguen a todas las personas de buena voluntad, interesadas por el bien de cada hombre y mujer y por el destino de toda la sociedad! 6. En comunión profunda con cada uno de los hermanos y hermanas en la fe, y animado por una amistad sincera hacia todos, quiero meditar de nuevo y anunciar el Evangelio de la vida, esplendor de la verdad que ilumina las conciencias, luz diáfana que sana la mirada oscurecida, fuente inagotable de constancia y valor para afrontar los desafíos siempre nuevos que encontramos en nuestro camino. Al recordar la rica experiencia vivida durante el Año de la Familia, como completando idealmente la Carta dirigida por mí «a cada familia de cualquier región de la tierra» , miro con confianza renovada a todas las comunidades domésticas, y deseo que resurja o se refuerce a cada nivel el compromiso de todos por sostener la familia, para que también hoy —aun en medio de numerosas dificultades y de graves amenazas— ella se mantenga siempre, según el designio de Dios, como «santuario de la vida» . A todos los miembros de la Iglesia, pueblo de la vida y para la vida, dirijo mi más apremiante invitación para que, juntos, podamos ofrecer a este mundo nuestro nuevos signos de esperanza, trabajando para que aumenten la justicia y la solidaridad y se afiance una nueva cultura de la vida humana, para la edificación de una auténtica civilización de la verdad y del amor.
Capítulo I LA SANGRE DE TU HERMANO CLAMA A MI DESDE EL SUELO ACTUALES AMENAZAS A LA VIDA HUMANA «Caín se lanzó contra su hermano Abel y lo mató» (Gen 4, 8): raíz de la violencia contra la vida 7. «No fue Dios quien hizo la muerte ni se recrea en la destrucción de los vivientes; él todo lo creó para que subsistiera... Porque Dios creó al hombre para la incorruptibilidad, le hizo imagen de su misma naturaleza; mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los que le pertenecen» (Sap 1, 13-14; 2, 23-24). El Evangelio de la vida, proclamado al principio con la creación del hombre a imagen de Dios para un destino de vida plena y perfecta (cfr Gen 2, 7; Sap 9, 2-3), está como en contradicción con la experiencia lacerante de la muerte que entra en el mundo y oscurece el sentido de toda la existencia humana. La muerte entra por la envidia del diablo (cfr Gen 3, 1, 4-5) y por el pecado de los primeros padres (cfr Gen 2, 17; 3, 17-19). Y entra de un modo violento, a través de la muerte de Abel causada por su hermano Cain: «Cuando estaban en el campo, se lanzó Caín contra su hermano Abel y lo mató» (Gen 4, 8). Esta primera muerte es presentada con una singular elocuencia en una página emblemática del libro del Génesis. Una página que cada día se vuelve a escribir, sin tregua y con degradante repetición, en el libro de la historia de los pueblos. Releamos juntos esta página bíblica, que, a pesar de su carácter arcaico y de su extrema simplicidad, se presenta muy rica de enseñanzas. «Fue Abel pastor de ovejas y Cain labrador. Pasó algún tiempo, y Caín hizo al Señor una oblación de los frutos del suelo. También Abel hizo una oblación de los primogénitos de su rebaño, y de la grasa de los mismos. El Señor miró propicio a Abel y su oblación, mas no miró propicio a Cain y su oblación, por lo cual se irritó Caín en gran manera y se abatió su rostro. El Señor dijo a Cain: '¿Por qué andas irritado, y por qué se ha abatido tu rostro? ¿No es cierto que si obras bien podrás alzarlo? Mas, si no obras bien, a la puerta está el pecado acechando como fiera que te codicia, y a quien tienes que dominar'. Caín dijo a su hermano Abel: 'Vamos afuera'. Y cuando estaban en el campo, se lanzó Caín contra su hermano Abel y lo mató. El Señor dijo a Caín: '¿Dónde está tu hermano Abel?'. Contestó: 'No sé. ¿Soy yo acaso el guarda de mi hermano?'. Replicó el Señor: '¿Qué has hecho? Se oye la sangre de tu hermano clamar a mí desde el suelo. Pues bien: maldito seas, lejos de este suelo que abrió su boca para recibir de tu mano la sangre de tu hermano. Aunque labres el suelo, no te dará más fruto. Vagabundo y errante serás en la tierra'. Entonces dijo Caín al Señor: 'Mi culpa es demasiado grande para soportarla. Es decir que hoy me echas de este suelo y he de esconderme de tu presencia, convertido en vagabundo errante por la tierra, y cualquiera que me encuentre me matará'. El Señor le respondió: 'Al contrario, quienquiera que matare a Caín, lo pagará siete veces'. Y el Señor puso una señal a Caín para que nadie que lo encontrase le atacara. Cain salió de la presencia del Señor, y se estableció en el país de Nod, al oriente de Edén» (Gen 4, 2-16). 8. Caín se «irritó en gran manera» y su rostro se «abatió» porque el Señor «miró propicio a Abel y su oblación» (Gen 4, 4). El texto bíblico no dice el motivo por el que Dios prefirió el sacrificio de Abel al de Caín; sin embargo, indica con claridad que, aun prefiriendo la oblación de Abel, no interrumpió su diálogo con Caín. Le reprende recordándole su libertad frente al mal: el hombre no está predestinado al mal. Ciertamente, igual que Adán, es tentado por el poder maléfico del pecado que, como bestia feroz, está acechando a la puerta de su corazón, esperando lanzarse sobre la presa. Pero Caín es libre frente al pecado. Lo puede y lo debe dominar: «Como fiera que te codicia, y a quien tienes que dominar» (Gen 4, 7). Los celos y la ira prevalecen sobre la advertencia del Señor, y así Caín se lanza contra su hermano y lo mata. Como leemos en el Catecismo de la Iglesia Católica, «la Escritura, en el relato de la muerte de Abel a manos de su hermano Caín, revela, desde los comienzos de la historia humana, la presencia en el hombre de la ira y la codicia, consecuencia del pecado original. El hombre se convirtió en el enemigo de sus semejantes» . El hermano mata a su hermano. Como en el primer fratricidio, en cada homicidio se viola el parentesco «espiritual» que agrupa a los hombres en una única gran familia donde todos participan del mismo bien fundamental: la idéntica dignidad personal. Además, no pocas veces se viola también el parentesco «de carne y sangre», por ejemplo, cuando las amenazas a la vida se producen en la relación entre padres e hijos, como sucede con el aborto o cuando, en un contexto familiar o de parentesco más amplio, se favorece o se procura la eutanasia. En la raíz de cada violencia contra el prójimo se cede a la lógica del maligno, es decir, de aquel que «era homicida desde el principio» (Ioh 8, 44), como nos recuerda el apóstol Juan: «Pues éste es el mensaje que habéis oído desde el principio: que nos amemos unos a otros. No como Caín, que, siendo del maligno, mató a su hermano» (I Ioh 3, 11-12). Así, esta muerte del hermano al comienzo de la historia es el triste testimonio de cómo el mal avanza con rapidez impresionante: a la rebelión del hombre contra Dios en el paraíso terrenal se añade la lucha mortal del hombre contra el hombre. Después del delito, Dios interviene para vengar al asesinado. Caín, frente a Dios, que le pregunta sobre el paradero de Abel, lejos de sentirse avergonzado y excusarse, elude la pregunta con arrogancia: «No sé. ¿Soy yo acaso el guarda de mi hermano?» (Gen 4, 9). «No sé.» Con la mentira Caín trata de ocultar su delito. Así ha sucedido con frecuencia y sigue sucediendo cuando las ideologías más diversas sirven para justificar y encubrir los atentados más atroces contra la persona. «¿Soy yo acaso el guarda de mi hermano?»: Caín no quiere pensar en su hermano y rechaza asumir aquella responsabilidad que cada hombre tiene en relación con los demás. Esto hace pensar espontáneamente en las tendencias actuales de ausencia de responsabilidad del hombre hacia sus semejantes, cuyos síntomas son, entre otros, la falta de solidaridad con los miembros más débiles de la sociedad —es decir, ancianos, enfermos, inmigrantes y niños— y la indiferencia que con frecuencia se observa en la relación entre los pueblos, incluso cuando están en juego valores fundamentales como la supervivencia, la libertad y la paz. 9. Dios no puede dejar impune el delito: desde el
suelo sobre el que fue derramada, la sangre del asesinado clama justicia a Dios
(cfr Gen 37, 26; Is 26, 21; Ez 24, 7-8). De este texto la
Iglesia ha sacado la denominación de «pecados que claman venganza ante la
presencia de Dios» y entre ellos ha incluido, en primer lugar, el homicidio
voluntario . Para los hebreos, como para otros muchos pueblos de la antigüedad,
en la sangre se encuentra la vida, mejor aún, «la sangre es la vida» (Dt 12,
23) y la vida, especialmente la humana, pertenece sólo a Dios: por eso 9. Dios no puede dejar impune el delito: desde el
suelo sobre el que fue derramada, la sangre del asesinado clama justicia a Dios
(cfr Gen 37, 26; Is 26, 21; Ez 24, 7-8). De este texto la
Iglesia ha sacado la denominación de «pecados que claman venganza ante la
presencia de Dios» y entre ellos ha incluido, en primer lugar, el homicidio
voluntario . Para los hebreos, como para otros muchos pueblos de la antigüedad,
en la sangre se encuentra la vida, mejor aún, «la sangre es la vida» (Dt 12,
23) y la vida, especialmente la humana, pertenece sólo a Dios: por eso quien
atenta contra la vida del hombre, de alguna manera atenta contra Dios mismo. Cain es maldecido por Dios y también por la tierra, que
le negará sus frutos (cfr Gen 4, 11-12). Y es castigado: tendrá
que habitar en la estepa y en el desierto. La violencia homicida cambia
profundamente el ambiente de vida del hombre. La tierra de «jardín de Edén» (Gen
2, 15), lugar de abundancia, de serenas relaciones interpersonales y de
amistad con Dios, pasa a ser «país de Nod» (Gen 4, 16), lugar de
«miseria», de soledad y de lejanía de Dios. Caín será «vagabundo errante
por la tierra» (Gen 4, 14): la inseguridad y la falta de estabilidad lo
acompañarán siempre. Pero Dios, siempre misericordioso incluso cuando castiga, «puso
una señal a Cain para que nadie que le encontrase le atacara» (Gen 4,
15). Le da, por tanto, una señal de reconocimiento, que tiene como
objetivo no condenarlo a la execración de los demás hombres, sino protegerlo y
defenderlo frente a quienes querrán matarlo para vengar así la muerte de Abel.
Ni siquiera el homicida pierde su dignidad personal y Dios mismo se hace
su garante. Es justamente aquí donde se manifiesta el misterio paradójico
de la justicia misericordiosa de Dios, como escribió San Ambrosio: «Porque
se había cometido un fratricidio, esto es, el más grande de los crímenes, en
el momento mismo en que se introdujo el pecado, se debió desplegar la ley de la
misericordia divina; ya que, si el castigo hubiera golpeado inmediatamente al
culpable, no sucedería que los hombres, al castigar, usen cierta tolerancia o
suavidad, sino que entregarían inmediatamente al castigo a los culpables. (...)
Dios expulsó a Caín de su presencia y, renegado por sus padres, lo desterró
como al exilio de una habitación separada, por el hecho de que había pasado de
la humana benignidad a la ferocidad bestial. Sin embargo, Dios no quiso castigar
al homicida con el homicidio, ya que quiere el arrepentimiento del pecador y no
su muerte» . «¿Qué has hecho?» (Gen 4, 10): eclipse del valor
de la vida 10. El Señor dice a Caín: «¿Qué has hecho? Se oye la
sangre de tu hermano clamar a mí desde el suelo» (Gen 4, 10).
La voz de la sangre derramada por los hombres no cesa de clamar, de
generación en generación, adquiriendo tonos y acentos diversos y siempre
nuevos. La pregunta del Señor «¿Qué has hecho?», que Caín no
puede esquivar, se dirige también al hombre contemporáneo para que tome
conciencia de la amplitud y gravedad de los atentados contra la vida, que siguen
marcando la historia de la humanidad; para que busque las múltiples causas que
los generan y alimentan; reflexione con extrema seriedad sobre las consecuencias
que derivan de estos mismos atentados para la vida de las personas y de los
pueblos. Hay amenazas que proceden de la naturaleza misma, y que se
agravan por la desidia culpable y la negligencia de los hombres que, no pocas
veces, podrían remediarlas. Otras, sin embargo, son fruto de situaciones de
violencia, odio, intereses contrapuestos, que inducen a los hombres a agredirse
entre sí con homicidios, guerras, matanzas y genocidios. ¿Cómo no pensar también en la violencia contra la vida de
millones de seres humanos, especialmente niños, forzados a la miseria, a la
desnutrición, y al hambre, a causa de una inicua distribución de las riquezas
entre los pueblos y las clases sociales? ¿O en la violencia derivada, incluso
antes que de las guerras, de un comercio escandaloso de armas, que favorece la
espiral de tantos conflictos armados que ensangrientan el mundo? ¿O en la
siembra de muerte que se realiza con el temerario desajuste de los equilibrios
ecológicos, con la criminal difusión de la droga, o con el fomento de modelos
de práctica de la sexualidad que, además de ser moralmente inaceptables, son
también portadores de graves riesgos para la vida? Es imposible enumerar
completamente la vasta gama de amenazas contra la vida humana, ¡son tantas sus
formas, manifiestas o encubiertas, en nuestro tiempo! 11. Pero nuestra atención quiere concentrarse, en
particular, en otro género de atentados, relativos a la vida naciente y
terminal, que presentan caracteres nuevos respecto al pasado y suscitan
problemas de gravedad singular, por el hecho de que tienden a perder, en la
conciencia colectiva, el carácter de «delito» y a asumir paradójicamente el
de «derecho», hasta el punto de pretender con ello un verdadero y propio reconocimiento
legal por parte del Estado y la sucesiva ejecución mediante la intervención
gratuita de los mismos agentes sanitarios. Estos atentados golpean la vida
humana en situaciones de máxima precariedad, cuando está privada de toda
capacidad de defensa. Más grave aún es el hecho de que, en gran medida, se
produzcan precisamente dentro y por obra de la familia, que constitutivamente
está llamada a ser, sin embargo, «santuario de la vida». ¿Cómo se ha podido llegar a una situación semejante? Se
deben tomar en consideración múltiples factores. En el fondo hay una profunda
crisis de la cultura, que engendra escepticismo en los fundamentos mismos del
saber y de la ética, haciendo cada vez más difícil ver con claridad el
sentido del hombre, de sus derechos y deberes. A esto se añaden las más
diversas dificultades existenciales y relacionales, agravadas por la realidad de
una sociedad compleja, en la que las personas, los matrimonios y las familias se
quedan con frecuencia solas con sus problemas. No faltan además situaciones de
particular pobreza, angustia o exasperación, en las que la prueba de la
supervivencia, el dolor hasta el límite de lo soportable, y las violencias
sufridas, especialmente aquellas contra la mujer, hacen que las opciones por la
defensa y promoción de la vida sean exigentes, a veces incluso hasta el
heroísmo. Todo esto explica, al menos en parte, cómo el valor de la
vida pueda hoy sufrir una especie de «eclipse», aun cuando la conciencia no
deje de señalarlo como valor sagrado e intangible, como demuestra el hecho
mismo de que se tienda a disimular algunos delitos contra la vida naciente o
terminal con expresiones de tipo sanitario, que distraen la atención del hecho
de estar en juego el derecho a la existencia de una persona humana concreta. 12. En efecto, si muchos y graves aspectos de la actual
problemática social pueden explicar en cierto modo el clima de extendida
incertidumbre moral y atenuar a veces en las personas la responsabilidad
subjetiva, no es menos cierto que estamos frente a una realidad más amplia, que
se puede considerar como una verdadera y auténtica estructura de pecado, caracterizada
por la difusión de una cultura contraria a la solidaridad, que en muchos casos
se configura como verdadera «cultura de muerte». Esta estructura está
activamente promovida por fuertes corrientes culturales, económicas y
políticas, portadoras de una concepción de la sociedad basada en la
eficiencia. Mirando las cosas desde este punto de vista, se puede hablar, en
cierto sentido, de una guerra de los poderosos contra los débiles. La
vida que exigiría más acogida, amor y cuidado, es tenida por inútil, o
considerada como un peso insoportable y, por tanto, despreciada de muchos modos.
Quien, con su enfermedad, con su minusvalidez o, más simplemente, con su misma
presencia pone en discusión el bienestar y el estilo de vida de los más
aventajados, tiende a ser visto como un enemigo del que hay que defenderse o a
quien eliminar. Se desencadena así una especie de «conjura contra la
vida», que afecta no sólo a las personas concretas en sus relaciones
individuales, familiares o de grupo, sino que va más allá llegando a
perjudicar y alterar, a nivel mundial, las relaciones entre los pueblos y los
Estados. 13. Para facilitar la difusión del aborto, se han
invertido y se siguen invirtiendo ingentes sumas destinadas a la obtención de
productos farmacéuticos, que hacen posible la muerte del feto en el seno
materno, sin necesidad de recurrir a la ayuda del médico. La misma
investigación científica sobre este punto parece preocupada casi
exclusivamente por obtener productos cada vez más simples y eficaces contra la
vida y, al mismo tiempo, capaces de sustraer el aborto a toda forma de control y
responsabilidad social. Se afirma con frecuencia que la anticoncepción, segura
y asequible a todos, es el remedio más eficaz contra el aborto. Se acusa
además a la Iglesia católica de favorecer de hecho el aborto al continuar
obstinadamente enseñando la ilicitud moral de la anticoncepción. La objeción,
mirándolo bien, se revela en realidad falaz. En efecto, puede ser que muchos
recurran a los anticonceptivos incluso para evitar después la tentación del
aborto. Pero los contravalores inherentes a la «mentalidad anticonceptiva» —bien
diversa del ejercicio responsable de la paternidad y maternidad, respetando el
significado pleno del acto conyugal— son tales que hacen precisamente más
fuerte esta tentación, ante la eventual concepción de una vida no deseada. De
hecho, la cultura abortista está particularmente desarrollada justo en los
ambientes que rechazan la enseñanza de la Iglesia sobre la anticoncepción. Es
cierto que anticoncepción y aborto, desde el punto de vista moral, son males
especificamente distintos: la primera contradice la verdad plena del acto
sexual como expresión propia del amor conyugal, el segundo destruye la vida de
un ser humano; la anticoncepción se opone a la virtud de la castidad
matrimonial, el aborto se opone a la virtud de la justicia y viola directamente
el precepto divino «no matarás». A pesar de su diversa naturaleza y peso moral, muy a menudo
están íntimamente relacionados, como frutos de una misma planta. Es cierto que
no faltan casos en los que se llega a la anticoncepción y al mismo aborto bajo
la presión de múltiples dificultades existenciales, que sin embargo nunca
pueden eximir del esfuerzo por observar plenamente la Ley de Dios. Pero en
muchísimos otros casos estas prácticas tienen sus raíces en una mentalidad
hedonista e irresponsable respecto a la sexualidad y presuponen un concepto
egoísta de libertad que ve en la procreación un obstáculo al desarrollo de la
propia personalidad. Así, la vida que podría brotar del encuentro sexual se
convierte en enemigo a evitar absolutamente, y el aborto en la única respuesta
posible frente a una anticoncepción frustrada. Lamentablemente la estrecha conexión que, como mentalidad,
existe entre la práctica de la anticoncepción y la del aborto se manifiesta
cada vez más y lo demuestra de modo alarmante también la preparación de
productos químicos, dispositivos intrauterinos y «vacunas» que, distribuidos
con la misma facilidad que los anticonceptivos, actúan en realidad como
abortivos en las primerísimas fases de desarrollo de la vida del nuevo ser
humano. 14. También las distintas técnicas de reproducción
artificial, que parecerían puestas al servicio de la vida y que son
practicadas no pocas veces con esta intención, en realidad dan pie a nuevos
atentados contra la vida. Más allá del hecho de que son moralmente
inaceptables desde el momento en que separan la procreación del contexto
integralmente humano del acto conyugal , estas técnicas registran altos
porcentajes de fracaso. Éste afecta no tanto a la fecundación como al
desarrollo posterior del embrión, expuesto al riesgo de muerte por lo general
en brevísimo tiempo. Además, se producen con frecuencia embriones en número
superior al necesario para su implantación en el seno de la mujer, y estos así
llamados «embriones supernumerarios» son posteriormente suprimidos o
utilizados para investigaciones que, bajo el pretexto del progreso científico o
médico, reducen en realidad la vida humana a simple «material biológico» del
que se puede disponer libremente. Los diagnósticos prenatales, que no presentan
dificultades morales si se realizan para determinar eventuales cuidados
necesarios para el niño aún no nacido, con mucha frecuencia son ocasión para
proponer o practicar el aborto. Es el aborto eugenésico, cuya legitimación en
la opinión pública procede de una mentalidad —equivocadamente considerada
acorde con las exigencias de la «terapéutica»— que acoge la vida sólo en
determinadas condiciones, rechazando la limitación, la minusvalidez, la
enfermedad. Siguiendo esta misma lógica, se ha llegado a negar los
cuidados ordinarios más elementales, y hasta la alimentación, a niños nacidos
con graves deficiencias o enfermedades. Además, el panorama actual resulta aún
más desconcertante debido a las propuestas, hechas en varios lugares, de
legitimar, en la misma línea del derecho al aborto, incluso el infanticidio,
retornando así a una época de barbarie que se creía superada para
siempre. 15. Amenazas no menos graves afectan también a los enfermos
incurables y a los terminales, en un contexto social y cultural que,
haciendo más difícil afrontar y soportar el sufrimiento, agudiza la tentación
de resolver el problema del sufrimiento eliminándolo en su raíz, anticipando
la muerte al momento considerado como más oportuno. En una decisión así confluyen con frecuencia elementos
diversos, lamentablemente convergentes en este terrible final. Puede ser
decisivo, en el enfermo, el sentimiento de angustia, exasperación, e incluso
desesperación, provocado por una experiencia de dolor intenso y prolongado.
Esto supone una dura prueba para el equilibrio a veces ya inestable de la vida
familiar y personal, de modo que, por una parte, el enfermo —no obstante la
ayuda cada vez más eficaz de la asistencia médica y social—, corre el riesgo
de sentirse abatido por la propia fragilidad; por otra, en las personas
vinculadas afectivamente con el enfermo, puede surgir un sentimiento de
comprensible aunque equivocada piedad. Todo esto se ve agravado por un ambiente
cultural que no ve en el sufrimiento ningún significado o valor, es más, lo
considera el mal por excelencia, que debe eliminar a toda costa. Esto acontece
especialmente cuando no se tiene una visión religiosa que ayude a comprender
positivamente el misterio del dolor. Además, en el conjunto del horizonte cultural no deja de
influir también una especie de actitud prometeica del hombre que, de este modo,
se cree señor de la vida y de la muerte porque decide sobre ellas, cuando en
realidad es derrotado y aplastado por una muerte cerrada irremediablemente a
toda perspectiva de sentido y esperanza. Encontramos una trágica expresión de
todo esto en la difusión de la eutanasia, encubierta y subrepticia,
practicada abiertamente o incluso legalizada. Ésta, más que por una presunta
piedad ante el dolor del paciente, es justificada a veces por razones
utilitarias, de cara a evitar gastos innecesarios demasiado costosos para la
sociedad. Se propone así la eliminación de los recién nacidos malformados, de
los minusválidos graves, de los impedidos, de los ancianos, sobre todo si no
son autosuficientes, y de los enfermos terminales. No nos es lícito callar ante
otras formas más engañosas, pero no menos graves o reales, de eutanasia.
Éstas podrían producirse cuando, por ejemplo, para aumentar la disponibilidad
de órganos para trasplante, se procede a la extracción de los órganos sin
respetar los criterios objetivos y adecuados que certifican la muerte del
donante. 16. Otro fenómeno actual, en el que confluyen
frecuentemente amenazas y atentados contra la vida, es el demográfico. Éste
presenta modalidades diversas en las diferentes partes del mundo: en los Países
ricos y desarrollados se registra una preocupante reducción o caída de los
nacimientos; los Países pobres, por el contrario, presentan en general una
elevada tasa de aumento de la población, difícilmente soportable en un
contexto de menor desarrollo económico y social, o incluso de grave
subdesarrollo. Ante la superpoblación de los Países pobres faltan, a nivel
internacional, medidas globales —serias políticas familiares y sociales,
programas de desarrollo cultural y de justa producción y distribución de los
recursos— mientras se continúan realizando políticas antinatalistas. La anticoncepción, la esterilización y el aborto están
ciertamente entre las causas que contribuyen a crear situaciones de fuerte
descenso de la natalidad. Puede ser fácil la tentación de recurrir también a
los mismos métodos y atentados contra la vida en las situaciones de
«explosión demográfica». El antiguo Faraón, viendo como una pesadilla la presencia y
aumento de los hijos de Israel, los sometió a toda forma de opresión y ordenó
que fueran asesinados todos los recién nacidos varones de las mujeres hebreas
(cfr Ex 1, 7-22). Del mismo modo se comportan hoy no pocos poderosos de
la tierra. Éstos consideran también como una pesadilla el crecimiento
demográfico actual y temen que los pueblos más prolíficos y más pobres
representen una amenaza para el bienestar y la tranquilidad de sus Países. Por
consiguiente, antes que querer afrontar y resolver estos graves problemas
respetando la dignidad de las personas y de las familias, y el derecho
inviolable de todo hombre a la vida, prefieren promover e imponer por cualquier
medio una masiva planificación de los nacimientos. Las mismas ayudas
económicas, que estarían dispuestos a dar, se condicionan injustamente a la
aceptación de una política antinatalista. 17. La humanidad de hoy nos ofrece un espectáculo
verdaderamente alarmante, si consideramos no sólo los diversos ámbitos en los
que se producen los atentados contra la vida, sino también su singular
proporción numérica, junto con el múltiple y poderoso apoyo que reciben de
una vasta opinión pública, de un frecuente reconocimiento legal y de la
implicación de una parte del personal sanitario. Como afirmé con fuerza en Denver, con ocasión de la VIII
Jornada Mundial de la Juventud: «Con el tiempo, las amenazas contra la vida no
disminuyen. Al contrario, adquieren dimensiones enormes. No se trata sólo de
amenazas procedentes del exterior, de las fuerzas de la naturaleza o de los
'Caines' que asesinan a los 'Abeles'; no, se trata de amenazas programadas de
manera científica y sistemática. El siglo xx será considerado una época
de ataques masivos contra la vida, una serie interminable de guerras y una
destrucción permanente de vidas humanas inocentes. Los falsos profetas y los
falsos maestros han logrado el mayor éxito posible» . Más allá de las
intenciones, que pueden ser diversas y presentar tal vez aspectos convincentes
incluso en nombre de la solidaridad, estamos en realidad ante una objetiva «conjura
contra la vida», que ve implicadas incluso a Instituciones internacionales,
dedicadas a alentar y programar auténticas campañas de difusión de la
anticoncepción, la esterilización y el aborto. Finalmente, no se puede negar
que los medios de comunicación social son con frecuencia cómplices de esta
conjura, creando en la opinión pública una cultura que presenta el recurso a
la anticoncepción, la esterilización, el aborto y la misma eutanasia como un
signo de progreso y conquista de libertad, mientras muestran como enemigas de la
libertad y del progreso las posiciones incondicionales a favor de la vida. «¿Soy acaso yo el guarda de mi hermano?» (Gen 4, 9): una
idea perversa de libertad 18. El panorama descrito debe considerarse atendiendo no
sólo a los fenómenos de muerte que lo caracterizan, sino también a las múltiples
causas que lo determinan. La pregunta del Señor: «¿Qué has hecho?» (Gen
4, 10) parece como una invitación a Caín para ir más allá de la
materialidad de su gesto homicida, y comprender toda su gravedad en las motivaciones
que estaban en su origen y en las consecuencias que se derivan. Las opciones contra la vida proceden, a veces, de situaciones
difíciles o incluso dramáticas de profundo sufrimiento, soledad, falta total
de perspectivas económicas, depresión y angustia por el futuro. Estas
circunstancias pueden atenuar incluso notablemente la responsabilidad subjetiva
y la consiguiente culpabilidad de quienes hacen estas opciones en sí mismas
moralmente malas. Sin embargo, hoy el problema va bastante más allá del
obligado reconocimiento de estas situaciones personales. Está también en el
plano cultural, social y político, donde presenta su aspecto más subversivo e
inquietante en la tendencia, cada vez más frecuente, a interpretar estos
delitos contra la vida como legítimas expresiones de la libertad individual,
que deben reconocerse y ser protegidas como verdaderos y propios derechos. De este modo se produce un cambio de trágicas consecuencias
en el largo proceso histórico, que después de descubrir la idea de los
«derechos humanos» —como derechos inherentes a cada persona y previos a toda
Constitución y legislación de los Estados— incurre hoy en una sorprendente
contradicción: justo en una época en la que se proclaman solemnemente los
derechos inviolables de la persona y se afirma públicamente el valor de la
vida, el derecho mismo a la vida queda prácticamente negado y conculcado, en
particular en los momentos más emblemáticos de la existencia, como son el
nacimiento y la muerte. Por una parte, las varias declaraciones universales de los
derechos del hombre y las múltiples iniciativas que se inspiran en ellas,
afirman a nivel mundial una sensibilidad moral más atenta a reconocer el valor
y la dignidad de todo ser humano en cuanto tal, sin distinción de raza,
nacionalidad, religión, opinión política o clase social. Por otra parte, a estas nobles declaraciones se contrapone
lamentablemente en la realidad su trágica negación. Ésta es aún más
desconcertante y hasta escandalosa, precisamente por producirse en una sociedad
que hace de la afirmación y de la tutela de los derechos humanos su objetivo
principal y al mismo tiempo su motivo de orgullo. ¿Cómo poner de acuerdo estas
repetidas afirmaciones de principios con la multiplicación continua y la
difundida legitimación de los atentados contra la vida humana? ¿Cómo
conciliar estas declaraciones con el rechazo del más débil, del más
necesitado, del anciano y del recién concebido? Estos atentados van en una
dirección exactamente contraria a la del respeto a la vida, y representan una amenaza
frontal a toda la cultura de los derechos del hombre. Es una amenaza capaz,
al límite, de poner en peligro el significado mismo de la convivencia
democrática: nuestras ciudades corren el riesgo de pasar de ser sociedades
de «con-vivientes» a sociedades de excluidos, marginados, rechazados y
eliminados. Si además se dirige la mirada al horizonte mundial, ¿cómo no
pensar que la afirmación misma de los derechos de las personas y de los pueblos
se reduce a un ejercicio retórico estéril, como sucede en las altas reuniones
internacionales, si no se desenmascara el egoísmo de los Países ricos que
cierran el acceso al desarrollo de los Países pobres, o lo condicionan a
absurdas prohibiciones de procreación, oponiendo el desarrollo al hombre? ¿No
convendría quizá revisar los mismos modelos económicos, adoptados a menudo
por los Estados incluso por influencias y condicionamientos de carácter
internacional, que producen y favorecen situaciones de injusticia y violencia en
las que se degrada y vulnera la vida humana de poblaciones enteras? 19. ¿Dónde están las raíces de una contradicción tan
sorprendente? Podemos encontrarlas en valoraciones generales de orden
cultural o moral, comenzando por aquella mentalidad que, tergiversando e
incluso deformando el concepto de subjetividad, sólo reconoce como titular
de derechos a quien se presenta con plena o, al menos, incipiente autonomía y
sale de situaciones de total dependencia de los demás. Pero, ¿cómo conciliar
esta postura con la exaltación del hombre como ser «indisponible»? La
teoría de los derechos humanos se fundamenta precisamente en la consideración
del hecho que el hombre, a diferencia de los animales y de las cosas, no puede
ser sometido al dominio de nadie. También se debe señalar aquella lógica que
tiende a identificar la dignidad personal con la capacidad de comunicación
verbal y explicita y, en todo caso, experimentable. Está claro que, con
estos presupuestos, no hay espacio en el mundo para quien, como el que ha de
nacer o el moribundo, es un sujeto constitutivamente débil, que parece sometido
en todo al cuidado de otras personas, dependiendo radicalmente de ellas, y que
sólo sabe comunicarse mediante el lenguaje mudo de una profunda simbiosis de
afectos. Es, por tanto, la fuerza que se hace criterio de opción y acción en
las relaciones interpersonales y en la convivencia social. Pero esto es
exactamente lo contrario de cuanto ha querido afirmar históricamente el Estado
de derecho, como comunidad en la que a las «razones de la fuerza» sustituye la
«fuerza de la razón». A otro nivel, el origen de la contradicción entre la solemne
afirmación de los derechos del hombre y su trágica negación en la práctica,
está en un concepto de libertad que exalta de modo absoluto al
individuo, y no lo dispone a la solidaridad, a la plena acogida y al servicio
del otro. Si es cierto que, a veces, la eliminación de la vida
naciente o terminal se enmascara también bajo una forma malentendida de
altruismo y piedad humana, no se puede negar que semejante cultura de muerte, en
su conjunto, manifiesta una visión de la libertad muy individualista, que acaba
por ser la libertad de los «más fuertes» contra los débiles destinados a
sucumbir. Precisamente en este sentido se puede interpretar la
respuesta de Caín a la pregunta del Señor «¿Dónde está tu hermano Abel?»:
«No sé. ¿Soy yo acaso el guarda de mi hermano?» (Gen 4, 9). Sí, cada
hombre es «guarda de su hermano», porque Dios confía el hombre al hombre. Y
es también en vista de este encargo que Dios da a cada hombre la libertad, que
posee una esencial dimensión relacional. Es un gran don del Creador,
puesta al servicio de la persona y de su realización mediante el don de sí
misma y la acogida del otro. Sin embargo, cuando la libertad es absolutizada en
clave individualista, se vacía de su contenido original y se contradice en su
misma vocación y dignidad. Hay un aspecto aún más profundo que acentuar: la libertad
reniega de sí misma, se autodestruye y se dispone a la eliminación del otro
cuando no reconoce ni respeta su vinculo constitutivo con la verdad. Cada
vez que la libertad, queriendo emanciparse de cualquier tradición y autoridad,
se cierra a las evidencias primarias de una verdad objetiva y común, fundamento
de la vida personal y social, la persona acaba por asumir como única e
indiscutible referencia para sus propias decisiones no ya la verdad sobre el
bien o el mal, sino sólo su opinión subjetiva y mudable o, incluso, su
interés egoísta y su capricho. 20. Con esta concepción de la libertad, la convivencia
social se deteriora profundamente. Si la promoción del propio yo se
entiende en términos de autonomía absoluta, se llega inevitablemente a la
negación del otro, considerado como enemigo de quien defenderse. De este modo
la sociedad se convierte en un conjunto de individuos colocados unos junto a
otros, pero sin vínculos recíprocos: cada cual quiere afirmarse
independientemente de los demás, incluso haciendo prevalecer sus intereses. Sin
embargo, frente a los intereses análogos de los otros, se ve obligado a buscar
cualquier forma de compromiso, si se quiere garantizar a cada uno el máximo
posible de libertad en la sociedad. Así, desaparece toda referencia a valores
comunes y a una verdad absoluta para todos; la vida social se adentra en las
arenas movedizas de un relativismo absoluto. Entonces todo es pactable, todo
es negociable: incluso el primero de los derechos fundamentales, el de la
vida. Es lo que de hecho sucede también en el ámbito más
propiamente político o estatal: el derecho originario e inalienable a la vida
se pone en discusión o se niega sobre la base de un voto parlamentario o de la
voluntad de una parte —aunque sea mayoritaria— de la población. Es el
resultado nefasto de un relativismo que predomina incontrovertible: el
«derecho» deja de ser tal porque no está ya fundamentado sólidamente en la
inviolable dignidad de la persona, sino que queda sometido a la voluntad del
más fuerte. De este modo la democracia, a pesar de sus reglas, va por un camino
de totalitarismo fundamental. El Estado deja de ser la «casa común» donde
todos pueden vivir según los principios de igualdad fundamental, y se
transforma en Estado tirano, que presume de poder disponer de la vida de
los más débiles e indefensos, desde el niño aún no nacido hasta el anciano,
en nombre de una utilidad pública que no es otra cosa, en realidad, que el
interés de algunos. Parece que todo acontece en el más firme respeto de la
legalidad, al menos cuando las leyes que permiten el aborto o la eutanasia son
votadas según las, así llamadas, reglas democráticas. Pero en realidad
estamos sólo ante una trágica apariencia de legalidad, donde el ideal
democrático, que es verdaderamente tal cuando reconoce y tutela la dignidad de
toda persona humana, es traicionado en sus mismas bases: «¿Cómo es
posible hablar todavía de dignidad de toda persona humana, cuando se permite
matar a la más débil e inocente? ¿En nombre de qué justicia se realiza la
más injusta de las discriminaciones entre las personas, declarando a algunas
dignas de ser defendidas, mientras a otras se niega esta dignidad?» . Cuando se
verifican estas condiciones, se han introducido ya los dinamismos que llevan a
la disolución de una auténtica convivencia humana y a la disgregación de la
misma realidad establecida. Reivindicar el derecho al aborto, al infanticidio, a la
eutanasia, y reconocerlo legalmente, significa atribuir a la libertad humana un significado
perverso e inicuo: el de un poder absoluto sobre los demás y contra los
demás. Pero ésta es la muerte de la verdadera libertad: «En verdad, en
verdad os digo: todo el que comete pecado es un esclavo» (Ioh 8, 34). «He de esconderme de tu presencia» (Gen 4, 14): eclipse
del sentido de Dios y del hombre 21. En la búsqueda de las raíces más profundas de la lucha
entre la «cultura de la vida» y la «cultura de la muerte», no basta
detenerse en la idea perversa de libertad anteriormente señalada. Es necesario
llegar al centro del drama vivido por el hombre contemporáneo: el eclipse
del sentido de Dios y del hombre, característico del contexto social y
cultural dominado por el secularismo, que con sus tentáculos penetrantes no
deja de poner a prueba, a veces, a las mismas comunidades cristianas. Quien se
deja contagiar por esta atmósfera, entra fácilmente en el torbellino de un
terrible círculo vicioso: perdiendo el sentido de Dios, se tiende a perder
también el sentido del hombre, de su dignidad y de su vida. A su vez, la
violación sistemática de la ley moral, especialmente en el grave campo del
respeto de la vida humana y su dignidad, produce una especie de progresiva
ofuscación de la capacidad de percibir la presencia vivificante y salvadora de
Dios. Una vez más podemos inspirarnos en el relato del asesinato
de Abel por parte de su hermano. Después de la maldición impuesta por Dios,
Caín se dirige así al Señor: «Mi culpa es demasiado grande para soportarla.
Es decir que hoy me echas de este suelo y he de esconderme de tu presencia, convertido
en vagabundo errante por la tierra, y cualquiera que me encuentre me matará» (Gen
4, 13-14). Caín considera que su pecado no podrá ser perdonado por el
Señor y que su destino inevitable será tener que «esconderse de su
presencia». Si Caín confiesa que su culpa es «demasiado grande», es porque
sabe que se encuentra ante Dios y su justo juicio. En realidad, sólo delante
del Señor el hombre puede reconocer su pecado y percibir toda su gravedad.
Ésta es la experiencia de David, que después de «haber pecado contra el
Señor», reprendido por el profeta Natán (cfr 2 Sam 11-12), exclama:
«Mi delito yo lo reconozco, mi pecado sin cesar está ante mí; contra ti,
contra ti sólo he pecado, lo malo a tus ojos cometí» (Ps 51/50, 5-6). 22. Por esto, cuando se pierde el sentido de Dios, también
el sentido del hombre queda amenazado y contaminado, como afirma lapidariamente
el Concilio Vaticano II: «La criatura sin el Creador desaparece... Más aún,
por el olvido de Dios la propia criatura queda oscurecida» . El hombre no puede
ya entenderse como «misteriosamente otro» respecto a las demás criaturas
terrenas; se considera como uno de tantos seres vivientes, como un organismo
que, a lo sumo, ha alcanzado un estadio de perfección muy elevado. Encerrado en
el restringido horizonte de su materialidad, se reduce de este modo a «una
cosa», y ya no percibe el carácter trascendente de su «existir como hombre».
No considera ya la vida como un don espléndido de Dios, una realidad
«sagrada» confiada a su responsabilidad y, por tanto, a su custodia amorosa, a
su «veneración». La vida llega a ser simplemente «una cosa», que el hombre
reivindica como su propiedad exclusiva, totalmente dominable y manipulable. Así, ante la vida que nace y la vida que muere, el hombre ya
no es capaz de dejarse interrogar sobre el sentido más auténtico de su
existencia, asumiendo con verdadera libertad estos momentos cruciales de su
propio «existir». Se preocupa sólo del «hacer» y, recurriendo a cualquier
forma de tecnología, se afana por programar, controlar y dominar el nacimiento
y la muerte. Éstas, de experiencias originarias que requieren ser «vividas»,
pasan a ser cosas que simplemente se pretenden «poseer» o «rechazar». Por otra parte, una vez excluida la referencia a Dios, no
sorprende que el sentido de todas las cosas resulte profundamente deformado, y
la misma naturaleza, que ya no es «mater», quede reducida a «material»
disponible a todas las manipulaciones. A esto parece conducir una cierta
racionalidad técnico-científica, dominante en la cultura contemporánea, que
niega la idea misma de una verdad de la creación que hay que reconocer o de un
designio de Dios sobre la vida que hay que respetar. Esto no es menos verdad,
cuando la angustia por los resultados de esta «libertad sin ley» lleva a
algunos a la postura opuesta de una «ley sin libertad», como sucede, por
ejemplo, en ideologías que contestan la legitimidad de cualquier intervención
sobre la naturaleza, como en nombre de una «divinización» suya, que una vez
más desconoce su dependencia del designio del Creador. En realidad, viviendo «como si Dios no existiera» el hombre
pierde no sólo el misterio de Dios, sino también el del mundo y el de su
propio ser. 23. El eclipse del sentido de Dios y del hombre conduce
inevitablemente al materialismo práctico, en el que proliferan el
individualismo, el utilitarismo y el hedonismo. Se manifiesta también aquí la
perenne validez de lo que escribió el Apóstol: «Como no tuvieron a bien
guardar el verdadero conocimiento de Dios, Dios los entregó a su mente
insensata, para que hicieran lo que no conviene» (Rom 1, 28). Así, los
valores del ser son sustituidos por los del tener. El único fin
que cuenta es la consecución del propio bienestar material. La llamada
«calidad de vida» se interpreta principal o exclusivamente como eficiencia
económica, consumismo desordenado, belleza y goce de la vida física, olvidando
las dimensiones más profundas —relacionales, espirituales y religiosas— de
la existencia. En semejante contexto el sufrimiento, elemento
inevitable de la existencia humana, aunque también factor de posible
crecimiento personal, es «censurado», rechazado como inútil, más aún,
combatido como mal que debe evitarse siempre y de cualquier modo. Cuando no es
posible evitarlo y la perspectiva de un bienestar al menos futuro se desvanece,
entonces parece que la vida ha perdido ya todo sentido y aumenta en el hombre la
tentación de reivindicar el derecho a su supresión. Siempre en el mismo horizonte cultural, el cuerpo ya
no se considera como realidad típicamente personal, signo y lugar de las
relaciones con los demás, con Dios y con el mundo. Se reduce a pura
materialidad: está simplemente compuesto de órganos, funciones y energías que
hay que usar según criterios de mero goce y eficiencia. Por consiguiente,
también la sexualidad se despersonaliza e instrumentaliza: de signo,
lugar y lenguaje del amor, es decir, del don de sí mismo y de la acogida del
otro según toda la riqueza de la persona, pasa a ser cada vez más ocasión e
instrumento de afirmación del propio yo y de satisfacción egoísta de los
propios deseos e instintos. Así se deforma y falsifica el contenido originario
de la sexualidad humana, y los dos significados, unitivo y procreativo, innatos
a la naturaleza misma del acto conyugal, son separados artificialmente. De este
modo, se traiciona la unión y la fecundidad se somete al arbitrio del hombre y
de la mujer. La procreación se convierte entonces en el «enemigo» a
evitar en la práctica de la sexualidad. Cuando se acepta, es sólo porque
manifiesta el propio deseo, o incluso la propia voluntad, de tener un hijo «a
toda costa», y no, en cambio, por expresar la total acogida del otro y, por
tanto, la apertura a la riqueza de vida de la que el hijo es portador. En la perspectiva materialista expuesta hasta aquí, las
relaciones interpersonales experimentan un grave empobrecimiento. Los
primeros que sufren sus consecuencias negativas son la mujer, el niño, el
enfermo o el que sufre y el anciano. El criterio propio de la dignidad personal
—el del respeto, la gratuidad y el servicio— se sustituye por el criterio de
la eficiencia, la funcionalidad y la utilidad. Se aprecia al otro no por lo que
«es», sino por lo que «tiene, hace o produce». Es la supremacía del más
fuerte sobre el más débil. 24. En lo íntimo de la conciencia moral se produce el
eclipse del sentido de Dios y del hombre, con todas sus múltiples y funestas
consecuencias para la vida. Se pone en duda, sobre todo, la conciencia de
cada persona, que en su unicidad e irrepetibilidad se encuentra sola ante
Dios . Pero también se cuestiona, en cierto sentido, la «conciencia moral» de
la sociedad. Ésta es de algún modo responsable, no sólo porque tolera o
favorece comportamientos contrarios a la vida, sino también porque alimenta la
«cultura de la muerte», llegando a crear y consolidar verdaderas y auténticas
«estructuras de pecado» contra la vida. La conciencia moral, tanto individual
como social, está hoy sometida, a causa también del fuerte influjo de muchos
medios de comunicación social, a un peligro gravísimo y mortal, el de
la confusión entre el bien y el mal en relación con el mismo derecho
fundamental a la vida. Lamentablemente, una gran parte de la sociedad actual se
asemeja a la que Pablo describe en la Carta a los Romanos. Está formada
«de hombres que aprisionan la verdad en la injusticia» (1, 18): habiendo
renegado de Dios y creyendo poder construir la ciudad terrena sin necesidad de
Él, «se ofuscaron en sus razonamientos» de modo que «su insensato corazón
se entenebreció» (1, 21); «jactándose de sabios se volvieron estúpidos»
(1, 22), se hicieron autores de obras dignas de muerte y «no solamente las
practican, sino que aprueban a los que las cometen» (1, 32) . Cuando la
conciencia, este luminoso ojo del alma (cfr Mt 6, 22-23), llama «al mal
bien y al bien mal» (Is 5, 20), camina ya hacia su degradación más
inquietante y hacia la más tenebrosa ceguera moral. Sin embargo, todos los condicionamientos y esfuerzos por
imponer el silencio no logran sofocar la voz del Señor que resuena en la
conciencia de cada hombre. De este íntimo santuario de la conciencia puede
empezar un nuevo camino de amor, de acogida y de servicio a la vida humana. «Os habéis acercado a la sangre de la aspersión» (cfr
Heb 12, 22.24): signos de esperanza y llamada al compromiso 25. «Se oye la sangre de tu hermano clamar a mí desde el
suelo» (Gen 4 10). No es sólo la sangre de Abel, el primer inocente
asesinado, que clama a Dios, fuente y defensor de la vida. También la sangre de
todo hombre asesinado después de Abel es un clamor que se eleva al Señor. De
una forma absolutamente única, clama a Dios la sangre de Cristo de quien
Abel en su inocencia es figura profética, como nos recuerda el autor de la Carta
a los Hebreos: «Vosotros, en cambio, os habéis acercado al monte Sión, a
la ciudad del Dios vivo... al mediador de una Nueva Alianza, y a la aspersión
purificadora de una sangre que habla mejor que la de Abel» (12, 22.24). Es la sangre de la aspersión. De ella había sido
símbolo y signo anticipador la sangre de los sacrificios de la Antigua Alianza,
con los que Dios manifestaba la voluntad de comunicar su vida a los hombres,
purificándolos y consagrándolos (cfr Ex 24, 8; Lev 17, 11).
Ahora, todo esto se cumple y verifica en Cristo: la suya es la sangre de la
aspersión que redime, purifica y salva; es la sangre del mediador de la Nueva
Alianza «derramada por muchos para perdón de los pecados» (Mt 26, 28).
Esta sangre, que brota del costado abierto de Cristo en la cruz (cfr Ioh 19,
34), «habla mejor que la de Abel»; en efecto, expresa y exige una «justicia»
más profunda, pero sobre todo implora misericordia , se hace ante el Padre
intercesora por los hermanos (cfr Heb 7, 25), es fuente de redención
perfecta y don de vida nueva. La sangre de Cristo, mientras revela la grandeza del amor
del Padre, manifiesta qué precioso es el hombre a los ojos de Dios y qué
inestimable es el valor de su vida. Nos lo recuerda el apóstol Pedro:
«Sabéis que habéis sido rescatados de la conducta necia heredada de vuestros
padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de
cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo»omprometido en su mismo dinamismo de amor y de entrega de la vida, para llevar
a plenitud la vocación originaria al amor, propia de todo hombre (cfr Ioh 1,
27; 2, 18-24). Es en la sangre de Cristo donde todos los hombres encuentran la
fuerza para comprometerse en favor de la vida. Esta sangre es justamente el
motivo más grande de esperanza, más aún, es el fundamento de la absoluta
certeza de que según el designio divino la vida vencerá. «No habrá ya
muerte», exclama la voz potente que sale del trono de Dios en la Jerusalén
celestial (Apc 21, 4). Y San Pablo nos asegura que la victoria actual
sobre el pecado es signo y anticipo de la victoria definitiva sobre la muerte,
cuando «se cumplirá la palabra que está escrita: 'La muerte ha sido devorada
en la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh
muerte, tu aguijón?'» (1 Cor 15, 54-55) 26. En realidad, no faltan signos que anticipan esta victoria
en nuestras sociedades y culturas, a pesar de estar fuertemente marcadas por la
«cultura de la muerte». Se daría, por tanto, una imagen unilateral, que
podría inducir a un estéril desánimo, si junto con la denuncia de las
amenazas contra la vida no se presentan los signos positivos que se dan
en la situación actual de la humanidad. Desgraciadamente, estos signos positivos encuentran a menudo
dificultad para manifestarse y ser reconocidos, tal vez también porque no
encuentran una adecuada atención en los medios de comunicación social. Pero,
¡cuántas iniciativas de ayuda y apoyo a las personas más débiles e
indefensas han surgido y continúan surgiendo en la comunidad cristiana y en la
sociedad civil, a nivel local, nacional e internacional, promovidas por
individuos, grupos, movimientos y organizaciones diversas! Son todavía muchos los esposos que, con generosa
responsabilidad, saben acoger a los hijos como «el don más excelente del
matrimonio» . No faltan familias que, además de su servicio cotidiano a
la vida, acogen a niños abandonados, a muchachos y jóvenes en dificultad, a
personas minusválidas, a ancianos solos. No pocos centros de ayuda a la
vida, o instituciones análogas, están promovidos por personas y grupos
que, con admirable dedicación y sacrificio, ofrecen un apoyo moral y material a
madres en dificultad, tentadas de recurrir al aborto. También surgen y se
difunden grupos de voluntarios dedicados a dar hospitalidad a quienes no
tienen familia, se encuentran en condiciones de particular penuria o tienen
necesidad de hallar un ambiente educativo que les ayude a superar
comportamientos destructivos y a recuperar el sentido de la vida. La medicina, impulsada con gran dedicación por
investigadores y profesionales, persiste en su empeño por encontrar remedios
cada vez más eficaces: resultados que hace un tiempo eran del todo impensables
y capaces de abrir prometedoras perspectivas se obtienen hoy para la vida
naciente, para las personas que sufren y los enfermos en fase aguda o terminal.
Distintos entes y organizaciones se movilizan para llevar, incluso a los países
más afectados por la miseria y las enfermedades endémicas, los beneficios de
la medicina más avanzada. Así, asociaciones nacionales e internacionales de
médicos se mueven oportunamente para socorrer a las poblaciones probadas por
calamidades naturales, epidemias o guerras. Aunque una verdadera justicia
internacional en la distribución de los recursos médicos está aún lejos de
su plena realización, ¿cómo no reconocer en los pasos dados hasta ahora el
signo de una creciente solidaridad entre los pueblos, de una apreciable
sensibilidad humana y moral y de un mayor respeto por la vida? 27. Frente a legislaciones que han permitido el aborto y a
tentativas, surgidas aquí y allá, de legalizar la eutanasia, han aparecido en
todo el mundo movimientos e iniciativas de sensibilización social en favor
de la vida. Cuando, conforme a su auténtica inspiración, actúan con
determinada firmeza pero sin recurrir a la violencia, estos movimientos
favorecen una toma de conciencia más difundida y profunda del valor de la vida,
solicitando y realizando un compromiso más decisivo por su defensa. ¿Cómo no recordar, además, todos estos gestos
cotidianos de acogida, sacrificio y cuidado desinteresado que un número
incalculable de personas realiza con amor en las familias, hospitales,
orfanatos, residencias de ancianos y en otros centros o comunidades, en defensa
de la vida? La Iglesia, dejándose guiar por el ejemplo de Jesús «buen
samaritano» (cfr Lc 10, 29-37) y sostenida por su fuerza, siempre ha
estado en la primera línea de la caridad: tantos de sus hijos e hijas,
especialmente religiosas y religiosos, con formas antiguas y siempre nuevas, han
consagrado y continúan consagrando su vida a Dios ofreciéndola por amor al
prójimo más débil y necesitado. Estos gestos construyen en lo profundo la
«civilización del amor y de la vida», sin la cual la existencia de las
personas y de la sociedad pierde su significado más auténticamente humano.
Aunque nadie los advierta y permanezcan escondidos a la mayoría, la fe asegura
que el Padre, «que ve en lo secreto» (Mt 6, 4), no sólo sabrá
recompensarlos, sino que ya desde ahora los hace fecundos con frutos duraderos
para todos. Entre los signos de esperanza se da también el incremento,
en muchos estratos de la opinión pública, de una nueva sensibilidad cada
vez más contraria a la guerra como instrumento de solución de los
conflictos entre los pueblos, y orientada cada vez más a la búsqueda de medios
eficaces, pero «no violentos», para frenar la agresión armada. Además, en
este mismo horizonte se da la aversión cada vez más difundida en la
opinión pública a la pena de muerte, incluso como instrumento de
«legítima defensa» social, al considerar las posibilidades con las que cuenta
una sociedad moderna para reprimir eficazmente el crimen de modo que,
neutralizando a quien lo ha cometido, no se le prive definitivamente de la
posibilidad de redimirse. También se debe considerar positivamente una mayor atención
a la calidad de vida y a la ecología, que se registra
sobre todo en las sociedades más desarrolladas, en las que las expectativas de
las personas no se centran tanto en los problemas de la supervivencia cuanto
más bien en la búsqueda de una mejora global de las condiciones de vida.
Particularmente significativo es el despertar de una reflexión ética sobre la
vida. Con el nacimiento y desarrollo cada vez más extendido de la bioética se
favorece la reflexión y el diálogo —entre creyentes y no creyentes, así
como entre creyentes de diversas religiones— sobre problemas éticos, incluso
fundamentales que afectan a la vida del hombre. 28. Este horizonte de luces y sombras debe hacernos a todos
plenamente conscientes de que estamos ante un enorme y dramático choque entre
el bien y el mal, la muerte y la vida, la «cultura de la muerte» y la
«cultura de la vida». Estamos no sólo «ante», sino necesariamente «en
medio» de este conflicto: todos nos vemos implicados y obligados a participar,
con la responsabilidad ineludible de elegir incondicionalmente en favor de la
vida. También para nosotros resuena clara y fuerte la invitación
a Moisés: «Mira, yo pongo hoy ante ti vida y felicidad, muerte y desgracia...;
te pongo delante vida o muerte, bendición o maldición. Escoge la vida, para
que vivas, tú y tu descendencia» (Dt 30, 15.19). Es una invitación
válida también para nosotros, llamados cada día a tener que decidir entre la
«cultura de la vida» y la «cultura de la muerte». Pero la llamada del Deuteronomio
es aún más profunda, porque nos apremia a una opción propiamente
religiosa y moral. Se trata de dar a la propia existencia una orientación
fundamental y vivir en fidelidad y coherencia con la Ley del Señor: «Yo te
prescribo hoy que ames al Señor tu Dios, que sigas sus caminos y
guardes sus mandamientos, preceptos y normas... Escoge la vida, para que
vivas, tú y tu descendencia, amando al Señor tu Dios, escuchando su voz,
viviendo unido a él; pues en eso está tu vida, así como la
prolongación de tus días» (30, 16.19-20). La opción incondicional en favor de la vida alcanza
plenamente su significado religioso y moral cuando nace, viene plasmada y es
alimentada por la fe en Cristo. Nada ayuda tanto a afrontar positivamente
el conflicto entre la muerte y la vida, en el que estamos inmersos, como la fe
en el Hijo de Dios que se ha hecho hombre y ha venido entre los hombres «para
que tengan vida y la tengan en abundancia» (Ioh 10, 10): es la fe en
el Resucitado, que ha vencido la muerte; es la fe en la sangre de Cristo
«que habla mejor que la de Abel» (Heb 12, 24). Por tanto, a la luz y con la fuerza de esta fe, y ante los
desafíos de la situación actual, la Iglesia toma más viva conciencia de la
gracia y de la responsabilidad que recibe de su Señor para anunciar, celebrar y
servir al Evangelio de la vida. Capítulo II HE VENIDO PARA QUE TENGAN VIDA MENSAJE CRISTIANO SOBRE LA VIDA «La Vida se manifestó, y nosotros la hemos visto» (1 Ioh 1,
2): la mirada dirigida a Cristo, «Palabra de vida» 29. Ante las innumerables y graves amenazas contra la vida en
el mundo contemporáneo, podríamos sentirnos como abrumados por una sensación
de impotencia insuperable: ¡el bien nunca podrá tener la fuerza suficiente
para vencer el mal! Éste es el momento en que el Pueblo de Dios, y en él cada
creyente, está llamado a profesar, con humildad y valentía, la propia fe en
Jesucristo, «Palabra de vida» (I Ioh 1, 1). En realidad, el Evangelio
de la vida no es una mera reflexión, aunque original y profunda, sobre la
vida humana; ni sólo un mandamiento destinado a sensibilizar la conciencia y a
causar cambios significativos en la sociedad; menos aún una promesa ilusoria de
un futuro mejor. El Evangelio de la vida es una realidad concreta y
personal, porque consiste en el anuncio de la persona misma de Jesús, el
cual se presenta al apóstol Tomás, y en él a todo hombre, con estas palabras:
«Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida» (Ioh 14, 6). Es la misma
identidad manifestada a Marta, la hermana de Lázaro: «Yo soy la resurrección
y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree
en mí, no morirá jamás» (Ioh 11, 25-26). Jesús es el Hijo que desde
la eternidad recibe la vida del Padre (cfr Ioh 5, 26) y que ha venido a
los hombres para hacerles partícipes de este don: «Yo he venido para que
tengan vida y la tengan en abundancia» (Ioh 10, 10). Así, por la palabra, la acción y la persona misma de Jesús
se da al hombre la posibilidad de «conocer» toda la verdad sobre el
valor de la vida humana. De esa «fuente» recibe, en particular, la capacidad
de «obrar» perfectamente esa verdad (cfr Ioh 3, 21), es decir,
asumir y realizar en plenitud la responsabilidad de amar y servir, defender y
promover la vida humana. En efecto, en Cristo se anuncia definitivamente y se da
plenamente aquel Evangelio de la vida que, anticipado ya en la
Revelación del Antiguo Testamento y, más aún, escrito de algún modo en el
corazón mismo de cada hombre y mujer, resuena en cada conciencia «desde el
principio», o sea, desde la misma creación, de modo que, a pesar de los
condicionamientos negativos del pecado, también puede ser conocido por la
razón humana en sus aspectos esenciales. Como dice el Concilio Vaticano II,
Cristo «con su presencia y manifestación, con sus palabras y obras, signos y
milagros, sobre todo con su muerte y gloriosa resurrección, con el envío del
Espíritu de la verdad, lleva a plenitud toda la revelación y la confirma con
testimonio divino; a saber, que Dios está con nosotros para librarnos de las
tinieblas del pecado y la muerte y para hacernos resucitar a una vida eterna» . 30. Por tanto, con la mirada fija en el Señor Jesús
queremos volver a escuchar de Él «las palabras de Dios» (Ioh 3, 34) y
meditar de nuevo el Evangelio de la vida. El sentido más profundo y
original de esta meditación del mensaje revelado sobre la vida humana ha sido
expuesto por el apóstol Juan, al comienzo de su Primera Carta: «Lo que
existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros
ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida
—pues la Vida se manifestó, y nosotros la hemos visto y damos testimonio y os
anunciamos la Vida eterna, que estaba vuelta hacia el Padre y que se nos
manifestó— lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también
vosotros estéis en comunión con nosotros» (1, 1-3). En Jesús, «Palabra de vida», se anuncia y comunica la vida
divina y eterna. Gracias a este anuncio y a este don, la vida física y
espiritual del hombre, incluida su etapa terrena, encuentra plenitud de valor y
significado: en efecto, la vida divina y eterna es el fin al que está orientado
y llamado el hombre que vive en este mundo. El Evangelio de la vida abarca
así todo lo que la misma experiencia y la razón humana dicen sobre el valor de
la vida, lo acoge, lo eleva y lo lleva a término. «Mi fortaleza y mi canción es el Señor. Él es mi
salvación" (Ex 15, 2): la vida es siempre un bien 31. En realidad, la plenitud evangélica del mensaje sobre la
vida fue ya preparada en el Antiguo Testamento. Es sobre todo en las vicisitudes
del Éxodo, fundamento de la experiencia de fe del Antiguo Testamento, donde
Israel descubre el valor de la vida a los ojos de Dios. Cuando parece ya abocado
al exterminio, porque la amenaza de muerte se extiende a todos sus recién
nacidos varones (cfr Ex 1, 15-22), el Señor se le revela como salvador,
capaz de asegurar un futuro a quien está sin esperanza. Nace así en Israel una
clara conciencia: su vida no está a merced de un faraón que puede
usarla con arbitrio despótico; al contrario, es objeto de un tierno y fuerte
amor por parte de Dios. La liberación de la esclavitud es el don de una identidad,
el reconocimiento de una dignidad indeleble y el inicio de una historia
nueva, en la que van unidos el descubrimiento de Dios y de sí mismo. La
experiencia del Éxodo es original y ejemplar. Israel aprende de ella que, cada
vez que es amenazado en su existencia, sólo tiene que acudir a Dios con
confianza renovada para encontrar en Él asistencia eficaz: «Eres mi siervo,
Israel. ¡Yo te he formado, tú eres mi siervo, Israel, yo no te olvido!» (Is
44, 21). De este modo, mientras Israel reconoce el valor de su propia
existencia como pueblo, avanza también en la percepción del sentido y valor
de la vida en cuanto tal. Es una reflexión que se desarrolla de modo
particular en los libros sapienciales, partiendo de la experiencia cotidiana de
la precariedad de la vida y de la conciencia de las amenazas que la
acechan. Ante las contradicciones de la existencia, la fe está llamada a
ofrecer una respuesta. El problema del dolor acosa sobre todo a la fe y la pone a
prueba. ¿Cómo no oír el gemido universal del hombre en la meditación del libro
de Job? El inocente aplastado por el sufrimiento se pregunta
comprensiblemente: «¿Para qué dar la luz a un desdichado, la vida a los que
tienen amargada el alma, a los que ansían la muerte que no llega y excavan en
su búsqueda más que por un tesoro?» (3, 20-21). Pero también en la más
densa oscuridad la fe orienta hacia el reconocimiento confiado y adorador del
«misterio»: «Sé que eres todopoderoso: ningún proyecto te es irrealizable»
(Iob, 42, 2) Progresivamente la Revelación lleva a descubrir con mayor
claridad el germen de vida inmortal puesto por el Creador en el corazón de los
hombres: «Él ha hecho todas las cosas apropiadas a su tiempo; también ha
puesto el mundo ciencia de las amenazas que la
acechan. Ante las contradicciones de la existencia, la fe está llamada a
ofrecer una respuesta. El problema del dolor acosa sobre todo a la fe y la pone a
prueba. ¿Cómo no oír el gemido universal del hombre en la meditación del libro
de Job? El inocente aplastado por el sufrimiento se pregunta
comprensiblemente: «¿Para qué dar la luz a un desdichado, la vida a los que
tienen amargada el alma, a los que ansían la muerte que no llega y excavan en
su búsqueda más que por un tesoro?» (3, 20-21). Pero también en la más
densa oscuridad la fe orienta hacia el reconocimiento confiado y adorador del
«misterio»: «Sé que eres todopoderoso: ningún proyecto te es irrealizable»
(Iob, 42, 2) Progresivamente la Revelación lleva a descubrir con mayor
claridad el germen de vida inmortal puesto por el Creador en el corazón de los
hombres: «Él ha hecho todas las cosas apropiadas a su tiempo; también ha
puesto el mundo en sus corazones» (Eccl 3, 11). Este germen de
totalidad y plenitud espera manifestarse en el amor, y realizarse, por don
gratuito de Dios, en la participación en su vida eterna. «El nombre de Jesús ha restablecido a este hombre»
(cfr Act 3, 16): en la precariedad de la existencia humana Jesús
lleva a término el sentido de la vida 32. La experiencia del pueblo de la Alianza se repite
en la de todos los «pobres» que encuentran a Jesús de Nazaret. Así como el
Dios «amante de la vida» (cfr Sap 11, 26) había confortado a Israel en
medio de los peligros, así ahora el Hijo de Dios anuncia, a cuantos se sienten
amenazados e impedidos en su existencia, que sus vidas también son un bien al
cual el amor del Padre da sentido y valor. «Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan
limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia a los pobres la
Buena Nueva» (Lc 7, 22). Con estas palabras del profeta Isaías (35,
5-6; 61, 1), Jesús presenta el significado de su propia misión. Así,
quienes sufren a causa de una existencia de algún modo «disminuida», escuchan
de Él la buena nueva de que Dios se interesa por ellos, y tienen la
certeza de que también su vida es un don celosamente custodiado en las manos
del Padre (cfr Mt 6, 25-34). Los «pobres» son interpelados particularmente por la
predicación y las obras de Jesús. La multitud de enfermos y marginados, que lo
siguen y lo buscan (cfr Mt 4, 23-25), encuentran en su palabra y en sus
gestos la revelación del gran valor que tiene su vida y del fundamento de sus
esperanzas de salvación. Lo mismo sucede en la misión de la Iglesia desde sus
comienzos. Ella, que anuncia a Jesús como aquel que «pasó haciendo el bien y
curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él» (Act
10, 38), es portadora de un mensaje de salvación que resuena con toda su
novedad precisamente en las situaciones de miseria y pobreza de la vida del
hombre. Así hace Pedro en la curación del tullido, al que ponían todos los
días junto a la puerta «Hermosa» del templo de Jerusalén para pedir limosna:
«No tengo plata ni oro; pero lo que tengo, te doy: en nombre de Jesucristo, el
Nazareno, ponte a andar» (Act 3, 6). Por la fe en Jesús, «autor de la
vida» (cfr Act 3, 15), la vida que yace abandonada y suplicante vuelve a
ser consciente de sí misma y de su plena dignidad. La palabra y las acciones de Jesús y de su Iglesia no se
dirigen sólo a quienes padecen enfermedad, sufrimiento o diversas formas de
marginación social, sino que conciernen más profundamente al sentido mismo
de la vida de cada hombre en sus dimensiones morales y espirituales. Sólo
quien reconoce que su propia vida está marcada por la enfermedad del pecado,
puede redescubrir, en el encuentro con Jesús Salvador, la verdad y autenticidad
de su existencia, según sus mismas palabras: «No necesitan médico los que
están sanos, sino los que están mal. No he venido a llamar a conversión a
justos, sino a pecadores» (Lc 5, 31-32). En cambio, quien cree que puede asegurar su vida mediante la
acumulación de bienes materiales, como el rico agricultor de la parábola
evangélica, en realidad se engaña. La vida se le está escapando, y muy pronto
se verá privado de ella sin haber logrado percibir su verdadero significado:
«¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste,
¿para quién serán?» (Lc 12, 20). 33. En la vida misma de Jesús, desde el principio al fin, se
da esta singular «dialéctica» entre la experiencia de la precariedad de la
vida humana y la afirmación de su valor. En efecto, la precariedad marca la
vida de Jesús desde su nacimiento. Ciertamente encuentra acogida en los
justos, que se unieron al «sí» decidido y gozoso de María (cfr Lc 1,
38). Pero también siente, en seguida, el rechazo de un mundo que se hace
hostil y busca al niño «para matarle» (Mt 2, 13), o que permanece
indiferente y distraído ante el cumplimiento del misterio de esta vida que
entra en el mundo: «no tenían sitio en el alojamiento» (Lc 2, 7). Del
contraste entre las amenazas y las inseguridades, por una parte, y la fuerza del
don de Dios, por otra, brilla con mayor intensidad la gloria que se irradia
desde la casa de Nazaret y del pesebre de Belén: esta vida que nace es
salvación para toda la humanidad (cfr Lc 2, 11). Jesús asume plenamente las contradicciones y los riesgos de
la vida: «siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os
enriquecierais con su pobreza» (2 Cor 8, 9). La pobreza de la que habla
Pablo no es sólo despojarse de privilegios divinos, sino también compartir las
condiciones más humildes y precarias de la vida humana (cfr Phil 2,
6-7). Jesús vive esta pobreza durante toda su vida hasta el momento culminante
de la cruz: «se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de
cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el nombre que está sobre todo
nombre» (Phil 2,8-9). Es precisamente en su muerte donde Jesús
revela toda la grandeza y el valor de la vida, ya que su entrega en la cruz
es fuente de vida nueva para todos los hombres (cfr Ioh 12,32). En este
peregrinar en medio de las contradicciones v en la misma pérdida de la vida,
Jesús es guiado por la certeza de que está en las manos del Padre. Por eso
puede decirle en la cruz: «Padre, en tus manos pongo mi espíritu» (Lc 23,
46), esto es, mi vida. ¡Qué grande es el valor de la vida humana, si el Hijo
de Dios la ha asumido y ha hecho de ella el lugar donde se realiza la salvación
para toda la humanidad! «Llamados... a reproducir la imagen de su Hijo» (Rom 8,
28-29): la gloria de Dios resplandece en el rostro del hombre 34. La vida es siempre un bien. Ésta es una intuición o,
más bien, un dato de experiencia, cuya razón profunda el hombre está llamado
a comprender. ¿Por qué la vida es un bien? La pregunta recorre toda
la Biblia, y ya desde sus primeras páginas encuentra una respuesta eficaz y
admirable. La vida que Dios da al hombre es original y diversa de la de las
demás criaturas vivientes, ya que el hombre, aunque proveniente del polvo de la
tierra (cfr Gen 2ro relato de la creación:
«Tomó, pues, el Señor Dios al hombre y le dejó en el jardín de Edén, para
que lo labrase y cuidase» (Gen 2, 15). Así se reafirma la primacía del
hombre sobre las cosas, las cuales están destinadas a él y confiadas a su
responsabilidad, mientras que por ningún motivo el hombre puede ser sometido a
sus semejantes y reducido al rango de cosa. En el relato bíblico, la distinción entre el hombre y las
demás criaturas se manifiesta sobre todo en el hecho de que sólo su creación
se presenta como fruto de una especial decisión por parte de Dios, de una
deliberación que establece un vinculo particular y especifico con el
Creador: «Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra» (Gen
1, 26). La vida que Dios ofrece al hombre es un don con el que
Dios comparte algo de sí mismo con la criatura. Israel se preguntará durante mucho tiempo sobre el sentido
de este vínculo particular y específico del hombre con Dios. También el libro
del Eclesiástico reconoce que Dios al crear a los hombres «los
revistió de una fuerza como la suya, y los hizo a su imagen» (17, 3). Con esto
el autor sagrado manifiesta no sólo su dominio sobre el mundo, sino también las
facultades espirituales más características del hombre, como la razón, el
discernimiento del bien y del mal, la voluntad libre: «De saber e inteligencia
los llenó, les enseñó el bien y el mal» (Sir 17, 6). La capacidad
de conocer la verdad y la libertad son prerrogativas del hombre en cuanto
creado a imagen de su Creador, el Dios verdadero y justo (cfr Dt 32, 4).
Sólo el hombre, entre todas las criaturas visibles, tiene «capacidad para
conocer y amar a su Creador» . La vida que Dios da al hombre es mucho más que
un existir en el tiempo. Es tensión hacia una plenitud de vida, es germen de
una existencia que supera los mismos limites del tiempo: «Porque Dios creó
al hombre para la incorruptibilidad, le hizo imagen de su misma naturaleza» (Sap
2, 23). 35. El relato yahvista de la creación expresa también la
misma convicción. En efecto, esta antigua narración habla de un soplo
divino que es infundido en el hombre para que tenga vida: «El Señor
Dios formó al hombre con polvo del suelo, sopló en sus narices un aliento de
vida, y resultó el hombre un ser viviente» (Gen 2, 7). El origen divino de este espíritu de vida explica la perenne
insatisfacción que acompaña al hombre durante su existencia. Creado por Dios,
llevando en sí mismo una huella indeleble de Dios, el hombre tiende
naturalmente a Él. Al experimentar la aspiración profunda de su corazón, todo
hombre hace suya la verdad expresada por San Agustín: «Nos hiciste, Señor,
para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» . Qué elocuente es la insatisfacción de la que es víctima la
vida del hombre en el Edén, cuando su única referencia es el mundo vegetal y
animal (cfr Gen 2, 20). Sólo la aparición de la mujer, es decir, de un
ser que es hueso de sus huesos y carne de su carne (cfr Gen 2, 23), y en
quien vive igualmente el espíritu de Dios creador, puede satisfacer la
exigencia de diálogo interpersonal que es vital para la existencia humana. En
el otro, hombre o mujer, se refleja Dios mismo, meta definitiva y satisfactoria
de toda persona. «¿Qué es el hombre para que de él te acuerdes, el hijo de
Adán para que de él te cuides?», se pregunta el Salmista (Ps 8, 5).
Ante la inmensidad del universo es muy poca cosa, pero precisamente este
contraste descubre su grandeza: «Apenas inferior a los ángeles le hiciste
(también se podría traducir: 'apenas inferior a Dios'), coronándole de gloria
y de esplendor» (Ps 8, 6). La gloria de Dios resplandece en el rostro
del hombre. En él encuentra el Creador su descanso, como comenta asombrado
y conmovido San Ambrosio: «Finalizó el sexto día y se concluyó la creación
del mundo con la formación de aquella obra maestra que es el hombre, el cual
ejerce su dominio sobre todos los seres vivientes y es como el culmen del
universo y la belleza suprema de todo ser creado. Verdaderamente deberíamos
mantener un reverente silencio, porque el Señor descansó de toda obra en el
mundo. Descansó al final en lo íntimo del hombre, descansó en su mente y en
su pensamiento; en efecto, había creado al hombre dotado de razón, capaz de
imitarle, émulo de sus virtudes, anhelante de las gracias celestes. En estas
dotes suyas descansa el Dios que dijo: '¿En quién encontraré reposo, si no es
en el humilde y contrito, que tiembla a mi palabra?' (cfr Is 66, 1-2).
Doy gracias al Señor nuestro Dios por haber creado una obra tan maravillosa
donde encontrar su descanso» . 36. Lamentablemente, el magnífico proyecto de Dios se
oscurece por la irrupción del pecado en la historia. Con el pecado el hombre se
rebela contra el Creador, acabando por idolatrar a las criaturas: «Cambiaron
la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y sirvieron a la criatura en vez
del Creador» (Rom 1, 25). De este modo, el ser humano no sólo desfigura
en sí mismo la imagen de Dios, sino que está tentado de ofenderla también en
los demás, sustituyendo las relaciones de comunión por actitudes de
desconfianza, indiferencia, enemistad, llegando al odio homicida. Cuando no se
reconoce a Dios como Dios, se traiciona el sentido profundo del hombre y
se perjudica la comunión entre los hombres. En la vida del hombre la imagen de Dios vuelve a resplandecer
y se manifiesta en toda su plenitud con la venida del Hijo de Dios en carne
humana: «Él es Imagen de Dios invisible» (Col 1, 15), «resplandor de
su gloria e impronta de su sustancia» (Heb 1, 3). Él es la
imagen perfecta del Padre. El proyecto de vida confiado al primer Adán encuentra
finalmente su cumplimiento en Cristo. Mientras la desobediencia de Adán
deteriora y desfigura el designio de Dios sobre la vida del hombre,
introduciendo la muerte en el mundo, la obediencia redentora de Cristo es fuente
de gracia que se derrama sobre los hombres abriendo de par en par a todos las
puertas del reino de la vida (cfr Rom 5, 12-21). Afirma el apóstol
Pablo: «Fue hecho el primer hombre, Adán, alma viviente; el último Adán,
espíritu que da vida» (I Cor 15, 45). La plenitud de la vida se da a cuantos aceptan seguir a
Cristo. En ellos la imagen divina es restaurada, renovada y llevada a
perfección. Éste es el designio de Dios sobre los seres humanos: que
«reproduzcan la imagen de su Hijo» (Rom 8, 29). Sólo así, con el
esplendor de esta imagen, el hombre puede ser liberado de la esclavitud de la
idolatría, puede reconstruir la fraternidad rota y reencontrar su propia
identidad. «Todo el que vive y cree en mi, no morirá jamás» (Ioh
11, 26): el don de la vida eterna 37. La vida que el Hijo de Dios ha venido a dar a los hombres
no se reduce a la mera existencia en el tiempo. La vida, que desde siempre está
«en él» y es «la luz de los hombres» (Ioh 1, 4), consiste en ser
engendrados por Dios y participar de la plenitud de su amor: «A todos los
que lo recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su
nombre; el cual no nació de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de
hombre, sino que nació de Dios» (Ioh 1, 12-13). A veces Jesús llama esta vida, que Él ha venido a dar,
simplemente así: «la vida»; y presenta la generación por parte de Dios como
condición necesaria para poder alcanzar el fin para el cual Dios ha creado al
hombre: «El que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios» (Ioh 3,
3). El don de esta vida es el objetivo específico de la misión de Jesús: Él
«es el que baja del cielo y da la vida al mundo» (Ioh 6, 33), de modo
que puede afirmar con toda verdad: «El que me siga... tendrá la luz de la
vida» (Ioh 8, 12). Otras veces Jesús habla de «vida eterna», donde el
adjetivo no se refiere sólo a una perspectiva supratemporal. «Eterna» es la
vida que Jesús promete y da, porque es participación plena de la vida del
«Eterno». Todo el que cree en Jesús y entra en comunión con Él tiene la
vida eterna (cfr Ioh 3, 15; 6, 40), ya que escucha de Él las únicas
palabras que revelan e infunden plenitud de vida en su existencia; son las
«palabras de vida |