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Pescadores de hombres

Por Thasia Vallenilla

"Tu, has venido a la orilla, no has buscado ni a sabios ni a ricos, tan sólo quieres que yo te siga..." .

Así da comienzo una de las hermosas canciones que cuenta la historia de un hombre que cambio el mundo, de un hombre que encerraba en su ser el misterio de la divinidad, Jesucristo... después de Él, el dato histórico se sitúa en: antes de Cristo y después de Cristo.

En la Última Cena, el Señor Jesús instituyo la Eucaristía y el Sacerdocio, en un acto que podríamos definir como una "locura de amor", amor ciertamente inmerecido y totalmente gratuito, amor infinito por ese hombre que vino a redimir con el precio de su sangre, de su dolor, de su entrega en el servicio. En esa noche se quedó con nosotros hasta su nueva venida, dejándole a sus discípulos la misión de ser "Alter Christus" es decir: "otros Cristos", ser Sacerdotes.

Algunos son llamados de manera especial a servir a Dios y a la comunidad. Son llamados a ser sacerdotes. Son llamados a ser instrumentos de la gracia de Dios, portadores de su perdón, predicadores de la Palabra que da la vida eterna, celebrantes de los misterios de Dios en los momentos más significativos y en los ordinarios de la vida de las personas. Ellos son llamados a seguir a Jesús totalmente con la misma generosidad y perseverancia que Él demostró durante toda su vida. Este llamado al sacerdocio viene de Dios, que permite al elegido discernir su vocación.

Una vocación es una invitación, una llamada de Dios a servirlo de una manera específica. La vocación primaria y común de todo bautizado católico es ser santo, es amar a Dios y a todos los demás, sin excepción, sin embargo, un candidato al sacerdocio está llamado a ir más allá de lo «ordinario» y a convertirse en pastor de otros mientras que peregrinan hacia la patria eterna al encuentro definitivo con su Dios y Creador. El sacerdote es un servidor de sus hermanos, que abandonándolo todo, se entrega a vivir para servir.

Te has preguntado alguna vez cómo es la vida de un sacerdote, qué es un sacerdote, te has preocupado por él como ser humano y necesitado, o lo ves como aquellos que siempre deben de estar ahí cuando los necesitamos y muchas veces hasta olvidamos que son tan humanos como nosotros... ¿Qué es un sacerdote?

El sacerdote es un ser humano como tú, sin embargo, a través de la gracia de Dios ha encontrado la fuerza para dedicar su vida a anunciar a Cristo y a actuar como un «embajador de Cristo» en la tierra, como lo diría san Pablo. Esto significa que él predica la palabra a tiempo y a destiempo; él representa a Cristo en aquellos momentos en que Él está sacramentalmente presente, Bautismo, Eucaristía, Confirmación, Reconciliación, Matrimonio, Orden sacerdotal y en la Unción de los Enfermos. Los sacerdotes hacen presente a Cristo como cabeza de Su Iglesia y mediante su cuidado y celo pastoral, los sacerdotes son un poderoso signo de la presencia de Cristo en una comunidad específica del pueblo de Dios.

Cuando san Pedro fue llamado por Jesús a seguirlo, su reacción inmediata fue un rechazo: «Señor, apártate de mí, que soy un pecador». Pedro tenía la razón en esa ocasión, pero Jesús no invita a personas perfectas a seguirlo de cerca, Jesús llama a personas humildes, honestas, que se dejan guiar y enseñar, y aceptan su propuesta a seguirlo.

No hay un solo sacerdote que se haya sentido alguna vez digno del don del sacerdocio, ni siquiera después de años de servicio fiel a Cristo y a los demás. Todo sacerdote sabe que no es más que una «vasija de barro»; Cristo lo sabe también. Pero nosotros creemos que la gracia de Jesucristo les dará aquello que les falta para responder a su llamado. «No temas —dice Jesús— busca primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se te dará por añadidura».

Es verdad que pueden tener días malos y períodos difíciles, como toda persona, pero la mayoría de los sacerdotes te dirán que son muy felices como sacerdotes. Ellos reconocerán, no obstante, que no siempre es fácil ser sacerdote, pero las recompensas personales y espirituales son inmensas y profundas. A veces los medios de comunicación difunden la impresión de que los sacerdotes sufren de infelicidad crónica, que son hombres frustrados y amargados. Eso simplemente no es verdad en la inmensa mayoría de los sacerdotes. El sacerdote que se entrega de lleno a Cristo y a vivir su ministerio sin reservas, encuentra que Cristo es la fuente cristalina y fresca de su felicidad. En ellos se manifiesta aquél amor fraterno que es "sacramental", que hace visible la comunión vivida por el Señor con los Apóstoles, haciendo de fermento a la comunión de la Iglesia y que sirve a la única causa de la edificación del Reino de Dios.

Si nos detenemos por un momento y pensamos en cuántas veces ellos renuevan el Sacrificio divino, su razón de ser y el sitio de su identidad, si pensamos en cuántas veces han levantado su diestra para absolvernos y para bendecirnos en el nombre de Cristo, si recordamos cuántas veces nos han aconsejado y consolado, cuántas veces nos han evangelizado, cuántas veces nos han socorrido a nosotros pobres pecadores, material y espiritualmente, no olvidando nunca que el hombre es cuerpo y alma y necesita el Pan del cielo y el pan de la tierra, cuántas veces nos acompañan en ese paso definitivo a la eternidad, dándonos el consuelo del último perdón.

Cuántas ansias, cuántos entusiasmos, cuántas amarguras y pruebas, cuántos obstáculos y tentaciones superadas, cuántas incomprensiones y también cuántas alegrías han probado sus corazones en tantos y tantos años de ministerio, no podemos y no debemos más que conmovernos y de agradecer a Dios por sus vidas.

El sacerdocio no es una simple "función" -no se "hace" el sacerdote, sino que se "es" sacerdote para profundizar en el sentido contemplativo de la vida sacerdotal, para descubrir el alma de todo apostolado, la verdad profunda de aquello por lo que se fatiga en la obra cotidiana: para hacer florecer de nuevo el sentido del fin, para clarificar la distinción entre lo que es instrumento y lo que es esencial, para repetirse a sí mismo los principios y las verdades objetivas, indeclinables y cómo todo en sus vidas y en su ministerio debe de medirse sobre lo Absoluto que es Cristo y no sobre lo cambiante que es el mundo. Para evidenciar cómo el compromiso por el hombre descienda de tal criterio de medida, cómo la pastoral auténtica, sabia, provisoria y sus iniciativas dignas de respeto florezcan exclusivamente en el terreno de aquella "caridad pastoral" que no es otra cosa sino la santidad propia del pastor, de cuantos han sido modelados como Cristo Pastor y Cabeza.

No podemos olvidar que el sacerdote es puro don del amor de Dios a la humanidad. No son sus capacidades ni sus fuerzas las que salvan: es el Amor misericordioso del Redentor que salva y para hacerlo, de ordinario, se quiere servir de aquellos que oída su llamada, ha acudido a ella y se consideran, sin embargo "siervos inútiles" que por amor han sido "llamados" a entregarse de una manera radical en una donación total. Ellos son propiedad de Dios y de los demás hombres, sus hermanos.

Los sacerdotes han de predicar en la Iglesia y al mundo que el ministerio ordenado no puede ser entendido como un servicio "ad tempus", generado "desde abajo" o en definitiva restringido solo a algunos aspectos celebrativos, aunque sean fundamentales, sino que deben afirmar a todos, la magnífica integralidad pastoral del sacerdocio ordenado.

Entre otras cosas esta integralidad constituye también una garantía de auténtica promoción de todas las otras "vocaciones", de la laical a la consagrada, en su rica pluriformidad. Aquel que es ordenado en modo alguno disminuye el sacerdocio común, al contrario, lo sirve, para que se exprese en plenitud y madure en la caridad.

Estos "otros Cristos", aunque los consideres miserables, débiles, inadecuados y pecadores, son cosa sagrada, apartada para Dios y, precisamente por esto, constituidos para los hombres. Ellos están fuera de la batalla para estar inmersos dentro de ella. Son un misterio para si mismos, mas un misterio resplandeciente, un misterio de amor. ¡Alabado y bendito sea Dios! Ellos están cercanos a todo hombre porque son "separados", son padres de todos y disponibles para todos, porque viven el don de una entrega total, revestidos de una dignidad asombrosa, ante la que se inclinan reverentes los mismos ángeles, pero no para dominar, sino para servir.

En una cultura que cada día atribuye mayor importancia a la visualidad, a los símbolos, a los signos, el hábito mismo que llevan con fidelidad consciente es signo externo de servicio y disponibilidad. El sacerdote es "sacramento" del sacerdocio de Jesucristo y por ello han de ser para nosotros una verdadera acción de gracias.

Nada se podrá mejorar en las sociedades por cuyo bien ellos gastan y desgastan sus vidas, si no somos capaces de ir a la raíz, de escuchar el mensaje del Evangelio que ellos nos predican, de ser capaces de entablar una lucha sin cuartel contra el pecado, de abrir las puertas del alma para que se verifique el cambio del corazón de los individuos, en una palabra, a la conversión.

Pescadores de hombres... son pocos, deberían ser muchos, demos gracias continuamente al Dios de la Misericordia por el don del sacerdocio, y aprendamos a valorar, a cuidar y a respetar a estos "otros Cristos" que viven entre nosotros.

 


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