25 de Diciembre La Natividad de
Nuestro Señor Jesucristo
Llamado "Día de Navidad"
Cuando se hubieron cumplido los acontecimientos
que debían preceder al advenimiento del Mesías, de acuerdo con los
vaticinios de los antiguos profetas, Jesús llamado el Cristo, Hijo de Dios
eterno, se encarnó en el seno de la Virgen María y, hecho hombre, nació de
ella para la redención de la humanidad. Desde la caída de nuestros
primeros padres, la sabía y misericordiosa providencia de Dios había
dispuesto gradualmente todas las cosas para la realización de sus promesas
y el cumplimiento del más grande de sus misterios: la encarnación de su
divino Hijo.
Por aquel entonces, el emperador Augusto había
emitido un decreto para llevar a cabo un censo en el cual todas las
personas debían registrarse en un lugar determinado, de acuerdo con sus
respectivas provincias, ciudades y familias. El mencionado decreto fue la
ocasión para que se manifestara al mundo entero que Jesucristo era
descendiente de la casa de David y de la tribu de Judá, puesto que a todos
los miembros de aquella familia se les ordenó registrarse en Belén,
pequeña ciudad de la tribu de Judá, cerca de diez kilómetros al sur de
Jerusalén, donde estuvo la casa de David. Hasta Belén habían llegado José
y María, procedentes de Nazaret, población galilea situada a noventa
kilómetros al norte de Jerusalén. Siglos antes, el profeta Miqueas había
vaticinado que Belén-Efrata (es decir casa del pan, la abundante),
quedaría ennoblecido por el nacimiento del "regidor de Israel" o sea
Cristo. Por lo tanto, María y su esposo José, en acatamiento a las órdenes
del emperador para los registros del censo, hicieron la larga jornada. Al
llegar a Belén, encontraron que las posadas y hospederías estaban colmadas
y no era posible encontrar hospedaje. Llenos de inquietud al cabo de
buscar en vano durante largo tiempo se refugiaron en una cueva de las
colinas a cuyo pie se encuentra la ciudad de Belén, y que se utilizaba
como establo para guarecer al ganado. La tradición universalmente admitida
afirma que en la cueva se hallaban un asno y un buey*.
En aquel lugar, llegada la hora del parto, la
Virgen María trajo al mundo a su divino Hijo, lo envolvió en lienzos y lo
recostó en la paja del pesebre**. Dios dispuso que Su Hijo, no obstante
haber llegado al mundo en la oscuridad de la pobreza, fuese inmediatamente
reconocido por los hombres y recibiese los primeros homenajes de su
devoción; pero esos fueron los humildes pastores, puesto que los grandes
de la tierra, los más sabios entre los judíos y los gentiles, los ancianos
y los príncipes, los que parecían estar encima del nivel común de la
humanidad, fueron pasados por alto. Sólo algunos pastores que en aquellos
momentos vigilaban los rebaños junto a las majadas, tuvieron el privilegio
de ver a un ángel que se les apareció rodeado por una luz resplandeciente.
En el primer momento, los pastores se sintieron sobrecogidos por el temor,
pero entonces, el ángel les habló: "¡No temáis!" les dijo. "Son buenas las
nuevas que os traigo y serán motivo de gran júbilo para todas las gentes.
Porque en este día os ha nacido un Salvador, que es Cristo, el Señor, en
la ciudad de David. Estas son las señas que os doy: encontraréis al recién
nacido envuelto en lienzos y recostado en un pesebre". Junto con el ángel,
aparecieron en el cielo multitudes de espíritus celestiales que alababan a
Dios y decían: "¡Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los
hombres de buena voluntad!". Los pastores, asombrados, se dijeron entre
sí: "Vayamos a Belén y veamos ese suceso prodigioso que acaba de suceder y
que el Señor nos ha manifestado". Se fueron pues, a toda prisa; y hallaron
a María, a José y al Niño reclinado en un pesebre. "Y al verle, se
convencieron de cuanto se les había dicho de aquel Niño. Y todos los que
supieron el suceso se maravillaron igualmente de lo que contaban los
pastores (pero María guardaba todas estas cosas dentro de sí,
ponderándolas en su corazón)". Los pastores rindieron homenaje al Mesías
como al rey espiritual de los hombres y regresaron a sus rebaños, no
cesando de alabar y glorificar a Dios.
El mensaje del ángel a aquellos pastores, iba
dirigido a nosotros, a "todas las gentes". Por aquellas palabras, se nos
invita a adorar a nuestro recién nacido Salvador y sería necesario que
nuestros corazones fuesen impenetrables a todas las cosas del espíritu, si
no se colmasen de regocijo al considerar la divina bondad y la
misericordia infinita que se manifiestan en la Encarnación y el
advenimiento del Mesías prometido. Ya la idea y la previsión de este
misterio consolaron a Adán cuando fue expulsado del Paraíso; la promesa
del advenimiento endulzó la amarga peregrinación de Abraham; alentó a
Jacob para no tener a ningún adversario y a Moisés para hacer frente a
todos los peligros y vencer todas las dificultades, cuando libró a los
israelitas de la esclavitud en Egipto. Todos los profetas vieron al Mesías
en espíritu, lo mismo que Abraham, y todos se regocijaron. Si ya la
esperanza dio tanta alegría a los patriarcas, ¡cuánta mayor felicidad
debería darnos su realización! "La carta de un amigo", dice San Pedro
Crisólogo, "es reconfortante, pero lo es mucho más su presencia; un pagaré
es útil, pero su pago lo es en mayor grado; las flores son bellas, pero
las supera la hermosura de su fruto. Los antiguos padres recibieron las
amistosas misivas de Dios, nosotros gozamos de su presencia; ellos
tuvieron su promesa, nosotros el cumplimiento; ellos el pagaré, nosotros
el pago. Solamente amor nos pide Dios como tributo particular para
celebrar este misterio; sólo ese pago pide a cambio de todo lo que ha
hecho y de lo que ha sufrido por nosotros. '¡Hijos!', nos llama. '¡Dadme
vuestro corazón!' Amarle es nuestra suprema felicidad y la más alta
dignidad de la criatura humana".
La vida en Cristo es la práctica del Evangelio.
Desde el momento de nacer, nos enseña, primero a practicarlo y después a
predicarlo. El pesebre fue su primer pulpito y desde ahí nos enseñó a
curar nuestras enfermedades espirituales. Vino entre nosotros a buscar
nuestras miserias, nuestras pobrezas, nuestras humillaciones, a reparar el
deshonor que nuestro orgullo le había inflingido a Dios Padre y aplicar un
remedio a nuestras almas. Y para ello, eligió una madre pobre, un poblado
pequeño, un establo. Aquél que adornó al mundo y visitó a los lirios del
campo con una majestad mayor a la de Salomón, estuvo envuelto en zaleas y
reclinado en un pesebre. Eso fue lo que escogió como señal de su
identidad. "Que os sirva de señal", había dicho el ángel a los pastores,
"encontrar al Niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre". En todo
ello hay una poderosa enseñanza. "La gracia de Dios, nuestro Salvador,
había aparecido a todos los hombres para instruirnos", afirma el apóstol.
A todos los hombres, al rico y al pobre, al grande y al pequeño, a todo el
que quiera compartir Su gracia y Su reino y, para todo eso, nos dio su
primera lección de humildad. ¿Qué es todo el misterio de la Encarnación
sino el más asombroso acto de humildad de un Dios? Para expiar nuestro
orgullo, el Hijo de Dios, se despojó de su gloria y tomó la forma del
hombre con todas sus condiciones y en todas sus circunstancias, salvo en
el pecado. ¿Quién puede dejar de imaginarse que toda la creación se colmó
con la gloria de Su presencia y se estremeció de júbilo ante El? Pero nada
de esto pudieron ver los hombres. "No vino", dice San Juan Crisóstomo,
"para sacudir al mundo con la presencia de su Majestad; no llegó entre
rayos y truenos, como en el Sinaí; sino que lo hizo calladamente, sin que
nadie lo supiera".
En el año 5199 de la Creación del mundo, cuando
Dios, en el principio, hizo de la nada los cielos y la tierra; el año 2957
después del diluvio; el año 2015 del nacimiento de Abraham; el año 1510
desde Moisés y la salida de Egipto del pueblo de Israel; el año de 1032
desde que David fue ungido rey; en la sexagésima quinta semana, de acuerdo
con la profecía de Daniel;
durante la centésima nonagésima cuarta olimpiada;
en el año 752 de la fundación de Roma; en el cuadragésimo segundo año del
reinado de Octavio Augusto, cuando toda la tierra estaba en paz, en la
sexta edad del mundo: Jesucristo, Dios eterno e Hijo del eterno Padre, con
el deseo de consagrar al mundo con su arribo, concebido por el Espíritu
Santo y cuando hubieron pasado nueve meses desde su concepción, nació en
Belén de Judá', de la Virgen María y se hizo hombre. Ese fue el nacimiento
de Nuestro Señor Jesucristo según la carne.
En esta forma tan solemne y detallada, el
Martirologio Romano, como no lo hace para ninguna otra fiesta del Año
Cristiano, ni siquiera la de Pascua, anuncia la Navidad. Sin embargo -y
esto parece particularmente extraño a los pueblos sajones de habla inglesa
para quienes la Navidad es la máxima fiesta religiosa del año- esta
solemnidad no figura entre las que celebraba la Iglesia primitiva y,
considerada desde el punto de vista litúrgico, no sólo queda por debajo de
la Pascua, sino también de Pentecostés y de la Epifanía. La conmemoración
del nacimiento de Nuestro Señor con fiesta propia no comenzó hasta el
siglo cuarto (antes del 336) en Roma, de donde la festividad se extendió
al oriente; hasta entonces, se conmemoró la Navidad como un complemento
secundario de la fiesta de Epifanía.
Las fechas que figuran en la cita del Martirologio
Romano que reproducimos en la página anterior, no todas son estrictamente
correctas desde el punto de vista histórico ni es posible verificarlas. En
la actualidad sabemos, por ejemplo, que la creación del mundo no tuvo
lugar 5199 años antes del nacimiento del Señor, sino muchísimos años más,
y también tenemos conocimiento de que, posiblemente, la natividad haya
sido anterior al año 752 de la fundación de la ciudad de Roma. Pero si es
incierto el año en que nació Nuestro Señor, lo es todavía más la fecha del
día, y autoridades respetabilísimas han colocado esa fecha en casi todos
los meses del año. No se saben las razones positivas por las que se eligió
el 25 de diciembre para conmemoración de esta festividad, y el caso ha
sido objeto de acaloradas discusiones. La idea de que tuvo su origen en
una Saturnalia romana de diciembre, no puede ser pasada por alto,
pero es más probable que la festividad solar de Natalis Invicti
(Nacimiento del Invicto (el Sol)), que se celebraba en el solsticio de
invierno, más o menos por el 25 de diciembre, haya dado origen al Día de
Navidad. De cualquier manera, la costumbre romana de conmemorar el
nacimiento de Cristo con una festividad especial en la fecha señalada se
generalizó y así ha persistido en toda la cristiandad, con algunas
excepciones aisladas. Se dice que los nestorianos no aceptaron la
festividad especial hasta el siglo catorce; los armenios disidentes nunca
lo han hecho, hasta hoy, celebran el Nacimiento de Nuestro Señor junto con
su Bautismo, el día de la Epifanía, y es así como los armenios
separatistas son los únicos cristianos en el mundo que no festejan el día
de la Navidad***.
El padre Delehaye, en su comentario sobre
el Hieronymianum, subraya la resistencia de la iglesia de Jerusalén
a aceptar lo que consideraba como una nueva fiesta del nacimiento de
Nuestro Señor, no obstante que San Juan Crisóstomo aclara en uno de sus
sermones que la festividad ya había sido adoptada en la ciudad Siria de
Antioquía desde el año 376. Al parecer, en el siglo sexto, Cosme
Indicopleustes consideraba escandaloso que no se hubiese adaptado la
celebración de la Navidad en Jerusalén; pero antes de la muerte del
patriarca San Sofronio, ocurrida alrededor del 638, es evidente que
Jerusalén se había conformado con las costumbres del resto de la
cristiandad, puesto que así lo dijo el patriarca en uno de sus sermones.
Tras el estudio del padre Delehaye, el monje Dom B. Botte publicó una
discusión sistemática, y a veces excesivamente minuciosa, sobre el origen
de la fiesta de Navidad, estudio éste donde el autor afirma que todas las
pruebas nos obligan a admitir que la asignación de la fecha del nacimiento
de Nuestro Señor al 25 de diciembre se debe a la celebración pagana del
Natalis Invicti precisamente en ese día. En apoyo de esta idea, debe
recordarse que mientras dominaba o prevalecía extensamente el paganismo,
los cristianos, las gens lucífuga, tenían poderosas razones para
ocultarse y disimular sus creencias y sus prácticas bajo celebraciones o
símbolos que no llamasen la atención de sus perseguidores. Por otra parte,
Mons. Duchesne sostiene que el nacimiento de Cristo se identificó con la
fecha del 25 de diciembre, porque existía la creencia de que la
Encarnación de Cristo había ocurrido en la misma fecha en que murió y que
ambas coincidían con el equinoccio de primavera, el 25 de Marzo. También
existía la creencia ampliamente aceptada de que igual fecha correspondió a
la creación del mundo. De acuerdo con las investigaciones del padre Michel
Andrieu, esas teorías no son enteramente irreconciliables y hay algo de
verdad en ambas. El breve tratado De solstitiis etaequinoctiis, que
data del siglo cuarto y sobre el cual publicó Dom Botte un texto crítico,
no está en contradicción con las mencionadas sugerencias. Dom Botte
coleccionó asimismo cierto número de testimonios en relación con las
celebraciones paganas, en tierras de oriente, del nacimiento de un "aeon",
o sea una gran divinidad, el día 6 de enero. En vista de que aquellas
celebraciones estaban vinculadas con las festividades en honor de
Dionisio, durante las cuales el vino reemplazaba el agua de las fuentes,
es posible que hayan encontrado su expresión en las características
singularmente mezcladas de la festividad de Epifanía en las que se
combinaban el homenaje de los Reyes Magos, el bautismo de Nuestro Señor y
el milagro de las bodas de Caná.
Cuando la peregrina Eteria visitó Jerusalén, hacia
fines del siglo cuarto, la Navidad se observaba todavía como parte de la
Epifanía el día 6 de enero, pero ya se daba mayor importancia al aspecto
del nacimiento del Señor. Eteria describe de qué manera, en la víspera del
6 de Enero, el obispo, los sacerdotes, los monjes y el pueblo de
Jerusalén, se trasladaban a Belén y hacían una estación solemne en la
cueva de la Natividad. A la media noche, se organizaba una procesión que
marchaba de regreso a Jerusalén mientras entonaba el oficio de la aurora.
Después, durante el día, los cristianos volvían a reunirse para una
celebración solemne de la Santa Eucaristía, que se iniciaba en la gran
basílica de Constantino (el Martyriorí) y culminaba en la capilla
de la Resurrección (la Anastasis). En el siglo sexto, las
festividades que se llevaban a cabo en Jerusalén, fueron imitadas en Roma.
A la hora "del canto del gallo", es decir después de la media noche, el
Papa celebraba la misa en la Basílica Liberiana (Santa María la Mayor), a
donde fueron trasladadas las supuestas reliquias del pesebre de madera
donde estuvo recostado el Niño Jesús. Después del alba, marchaban los
fieles en procesión hasta San Pedro donde el Papa cantaba la segunda misa.
Entre la media noche y el alba, había otra celebración en la iglesia de
Santa Anastasia, junto al Palatino. A mediados del siglo doce, comenzó a
cantarse la tercera misa, la del día de Navidad, en Santa María la Mayor,
debido a la gran distancia que había entre la basílica de San Pedro y la
de Letrán, donde vivía el Papa por entonces. Este fue el origen de las
tres misas que todo sacerdote debe celebrar en la Navidad. Estas misas se
encuentran hasta hoy marcadas en el misal, con los nombres de sus
respectivas estaciones: Misa a Medianoche, estación en Santa María la
Mayor, junto al Pesebre; Misa a la Aurora, estación en Santa Anastasia; y
Misa en el Día, estación en Santa María la Mayor. Posteriormente, se le
dio un significado místico a esta conmemoración: las misas llegaron a
representar la triple manifestación, la original, la judaica y la
cristiana, es decir que representaron "el triple nacimiento" de Nuestro
Señor: por el que procede del Padre antes de todos los tiempos, por su
nacimiento natural de la Virgen María y, por su renacimiento espiritual en
nuestras almas, mediante la fe y la caridad. O bien, de otra manera, se
las puede considerar así: la Misa de Medianoche conmemora el eterno
nacimiento de Jesús, el Verbo divino. "El Señor me dijo: Tú eres mi
Hijo... En Ti está el principado en el día de tu poder... yo te concebí en
el vientre antes que al lucero de la mañana". La Misa de la Aurora
contempla a Jesús como la luz verdadera, el sol espiritual. "una luz
brillará sobre nosotros en este día... Nos inunda la luz nueva del Verbo
encarnado". Y en la tercera misa, al Niño de Belén se le honra como a
Cristo el Rey, Dios y hombre. "Un niño nos ha nacido... lleva el reino
sobre sus hombros... Hasta los confines de la tierra se ha visto la
salvación de nuestro Dios... ¡Venid, todas las naciones y adorad al
Señor!... Justicia y juicio son los preparativos para tu trono".
* Esa tradición, que ya existía en el siglo
quinto, es absolutamente lógica y aun puede decirse que un versículo de
Isaías (1,3) la sostiene (con ciertos acomodos, naturalmente), puesto que
dice así:" El buey conoció a su dueño y el asno el pesebre de su amo...”.
** Otra tradición muy antigua de autenticidad,
dice que la cueva es la que se encuentra bajo la Basílica de la Natividad
en Belén. En el piso de esa cueva hay una gran estrella de plata con esta
inscripción: Híc de Virgine María Jesús Christus natus est: "Aquí
nació Jesucristo de la Virgen María".
*** Entre los protestantes de una de las sectas
más estrictas de Inglaterra y especialmente de Gales, subsiste la
reminiscencia de la tradición puritana de que, si la Navidad cae en
domingo, se observa en la forma penitenciaria propia de su culto en el día
del Señor o Sabbath, como ellos le llaman, por considerar que éste es más
importante que la Navidad. Las fiestas navideñas se difieren hasta el
lunes. Algunos presbiterianos de Escocia ignoran por completo la Navidad.
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