Dar a la ciencia lo que es de la ciencia...
Fernando Pascual
Los desarrollos de la medicina son cada vez más
rápidos. Las noticias nos ponen continuamente ante nuevos
descubrimientos, nuevas fronteras, nuevas posibilidades. Las
empresas farmacéuticas sueñan con ofrecer continuamente medicinas
más eficaces. Los adultos y los jóvenes, los niños y los ancianos,
cada día pueden recibir nuevas ayudas técnicas para mejorar la
propia salud.
Sin embargo, hay momentos en los que se exige
una reflexión sobre lo que se está haciendo, sobre lo que se ofrece
al mundo de los hombres y a la vida del planeta. El político y el
filósofo, el sacerdote y el economista, el hombre de la calle y el
técnico de comunicaciones, todos podemos preguntarnos: ¿existen
límites éticos que el científico no puede traspasar?
Alguno puede sentirse inquieto ante una
pregunta de este tipo. Tal vez piense que hablar de "límites éticos"
de la ciencia es algo así como caer en formas de censura que no
permitan al científico desarrollar todas sus intuiciones. Pero si la
ciencia es una actividad humana, que toca a los demás, que beneficia
(o perjudica) a otros, que conlleva grandes cantidades de dinero y
que puede servir para detener enfermedades o para provocarlas, está
claro que debemos poner muros firmes y seguros para que no se dañen
a seres inocentes o "culpables" (no nos parece justo que se realicen
experimentos sobre criminales o prisioneros, cosa que por desgracia
se ha hecho en algunos momentos de la historia).
¿Cuáles son los límites mínimos que podemos
pedir al científico en su trabajo de investigación? Podemos aplicar
un esquema sencillo: límites en los fines u objetivos, en los
medios, en los resultados y en los costos económicos y sociales.
Límites en los fines: está claro que una
investigación que tenga como objetivo destruir vidas humanas debe
quedar totalmente fuera de nuestro horizonte. Por desgracia es algo
que se hizo en la Alemania nazi, donde se veían qué gases y qué
métodos eran más adecuados para los asesinatos de masa. Y es algo
que se sigue realizando cuando se buscan maneras más o menos
refinadas de abortos, infanticidios, eliminación de adultos o
ancianos enfermos, etc.
Límites en los medios: una vieja sentencia
ética afirma que un fin bueno no puede justificar un medio malo.
Curar a una persona que tiene graves problemas de riñones no puede
permitir el que se elimine a un enfermo más o menos grave que puede
convertirse, así, en donante anónimo de un riñón que hará feliz a
otro... Descubrir una vacuna contra el SIDA a costa de someter a esa
enfermedad a voluntarios "forzados" que se verán seguramente
contagiados por el terrible virus no puede ser lícito, aunque se
pueda curar, luego, a miles de enfermos necesitados. Nunca la muerte
de un inocente quedará justificada con el posible beneficio de otras
personas (aunque sean cientos o miles).
Límites en los resultados y en los costos
económicos y sociales: cada acto que realizamos implica un pequeño
cambio en el planeta. Si existe un riesgo alto por activar en la
especie humana un virus peligroso, el científico sabe que no puede
poner en marcha un proceso que podría escapársele de las manos. Si
la búsqueda de una nueva vacuna para pocos implica gastos enormes
del presupuesto de un estado que no ha garantizado todavía el acceso
al agua potable de miles o millones de sus ciudadanos, es obvio que
tal investigación quedará aplazada hasta que se cubran antes
necesidades más urgentes. Desde luego, esto no significa que haya
que cerrar los grifos a los científicos y dejarles sin ayuda. Lo que
sí está claro es que antes que mejorar las técnicas de cirugía
estética habría que seguir invirtiendo más y más fondos en la
eliminación del cáncer o en asegurar a las mujeres un embarazo sin
peligro de muerte del niño o de la madre.
Pero todos estos límites no deben quitar nunca
al científico su libertad más profunda: la del buscador de la verdad
y del bien. Todo científico tiene, por esencia, vocación a abrir
nuevas fronteras para el bien de la humanidad. A pesar de las
críticas que todavía se alzan en muchas partes, hay que reconocer
que gracias a importantes mejoras de algunos vegetales hoy comen
millones de personas que, quizá, se encontrarían sumergidas en el
hambre o la desesperación. Y esas mejoras las lograron científicos
que, con responsabilidad y con amor, supieron dedicar sus vidas y su
mente a descubrimientos que hoy son patrimonio de la humanidad.
A la ciencia hay que darle su lugar, sin que se
vea pisoteada por políticos que sólo quieren el aplauso inmediato ni
por ideólogos que quizá se asustan ante la posibilidad de que
alguien ayude al trigo a dar más granos con menos desgaste de la
tierra. Pero sin que el científico llegue a creerse una especie de
divinidad que dicte lo que sea bueno y lo que sea malo, que decida
quién deba vivir y quién deba morir... En esto, como en todo, hay
que seguir dando a la ciencia lo que es de la ciencia, y a la
sociedad y a cada conciencia ética lo que les pertenece,
especialmente a la hora de juzgar lo que es el bien y lo que es el
mal.
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