Desde la Fe
Buscando respuestas
Tashia Gutiérrez de Vallenilla
Buscando el encuentro con Dios, el alma es
conducida de la noche de la incredulidad al amanecer de la fe, de
tal manera que después de salir de las tinieblas, se abre al
esplendor de la verdad, sin embargo, como acontece con la
naturaleza, al despuntar el alba recibimos el anuncio que la noche
va pasando, pero sin mostrarnos todavía la radiante luz del día,
porque en esta transición entre la noche y el día, se conserva algo
de tinieblas y de luz al mismo tiempo, por ello decimos de los que
van por el camino de la verdad, que transitan “el camino
claroscuro de la fe”, lo que quiere significar que parte de nuestro
obrar es según la luz, pero conservando en parte también restos de
las tinieblas, como nos lo enseña san Pablo cuando dice: “La noche
va pasando, el día está encima” (Rm 13,12), advirtiéndonos la
palabra ‘encima’ que se anuncia lo que no ha llegado todavía, con
lo cual, somos advertidos que somos peregrinos que caminan hacia la
eternidad, donde entraremos de lleno en el “día que no tiene ocaso”
(Ap 20,10), ni antes ni después del tiempo previsto para ello.
La fe siempre habrá
de descubrir a Dios, sin embargo, la fe no se ‘siente’, error
demasiado frecuente, por medio del cual se cree que la verdadera
historia de nuestra vida espiritual se centra en todo lo que hemos
‘sentido’: ¡La vida espiritual no se siente!, como no podemos sentir
tampoco el aumento o la disminución de la gracia en nuestras almas,
o el efecto propio del sacramento, que produce en el alma; tampoco
somos capaces de sentir la muerte espiritual del alma por el pecado
mortal, ni menos aún tenemos la capacidad de sentir la presencia
real de Jesús en la Eucaristía. No cabe duda que nuestro Señor en
algunas oportunidades se ‘DEJA SENTIR’, pero no es precisamente la
gracia la que se siente, sino alguna otra manifestación que Dios
otorga por medio de sus instrumentos, que nos ayudan en esas etapas
en que la vida espiritual se hace consciente, pero ni es lo mismo
tener conciencia de algo que sentir propiamente, ni toda la vida
espiritual se nos presenta así.
Si estudiamos con
atención la vida de los santos comprobaremos esta realidad, como
sucede en el caso de santa Teresita del Niño Jesús, quien muy pocas
veces tuvo el sentimiento de su vida espiritual, gustando raras
veces de los consuelos sensibles que Dios otorga a su parecer, y que
tanto nos llaman la atención: ella vivió de fe, fe oscura además, y
es uno de los ejemplos más maravillosos de la vida de fe. En su
Autobiografía podemos leer - entro otros muchos ejemplos - que no la
desconcertaba el quedarse dormida después de recibir la comunión,
como tampoco la desconcertó aquella desolación espantosa que tuvo en
los últimos días de su vida, cuando parecía que la luz de la fe se
extinguiría en su corazón, y es precisamente en estos momentos en
que la voluntad, impulsada por la fuerza misteriosa de la gracia, se
agiganta para pasar la prueba, con ese grito, que se escapa,
luminoso y vivificante ¡CREO!, porque sé en quien he puesto mi
confianza! (2 Tim 1,12b).
En el caso de la prueba, a la que todos, sin
excepción, estamos sujetos en nuestro devenir cotidiano, nos
encontramos a la búsqueda de respuestas que nos permitan entender,
hasta donde es posible, la realidad del sufrimiento humano, cuestión
de difícil explicación y de sabia aceptación, que habrá de requerir
la unión entre la fe y la razón, camino que se emprende desde la
contemplación del misterio revelador de Cristo en cruz.
En el imponderable cuadro que reposa en el
Museo del Prado, en Madrid, obra del pincel magistral del pintor
Diego de Velásquez, titulado “Nuestro Señor Crucificado” el gran
escritor español, Miguel de Unamuno y Jugo se inspiró para
escribir su profunda y hermosísima poesía intitulada “El Cristo de
Velásquez” de casi 150 páginas impresas, el cual toma la forma de
una exquisita y maravillosa contemplación-oración a Cristo muerto,
resucitado y vivificante; lectura que arroja comprensión, entre
luces y sombras - como el devenir humano - sobre el gran misterio de
amor que pende del madero redentor.
Me permito transcribir una de sus secuencias,
no sin antes recomendar altamente su lectura completa: III Cabeza
“Sobre tu pecho la cabeza doblas
cual sobre el tallo una azucena ajada
por el sol; dobla tu frente ebúrnea
de la ciencia del mal la pesadumbre.
Tu rostro como oculto y despreciado
con la vergüenza del común linaje.
Dormido de dolor sufres del mundo
todo el pesar. El mal que obran los hombres
sólo Tú en sus raíces lo conoces,
y a Ti te pesa, pues que te lo apropias
con tu visión de su más honda peste
-pues se hace el alma aquello que conoce -,
Con tu visión de amor a cuyo atisbo
nada se escapa, envuelves al pecado,
y al perdonar al hombre de su culpa
no te perdonas a Ti mismo, el único
hijo del Hombre de pecado libre,
mas el único, Tú, que lo comprende.
Y así tomaste sobre Ti el pecado,
del bien y del mal la triste ciencia amarga,
la que te hace ser Dios siendo al par hombre,
pues te has hecho pecado por nosotros,
y el cielo pueblas de almas que le arrancas
al mundo, de energías al ladrón”.
Nos cuestionamos mucho sobre nuestros
“sentires” en el camino de la vida espiritual, pero raramente nos
cuestionamos sobre nuestra naturaleza humana: ¿sentimos la sangre
que corre por nuestras venas y arterias sintiendo su paso por
nuestro corazón cuando se purifica? o ¿somos capaces de sentir las
complicadas operaciones de nuestro cerebro, o el crecimiento de los
cabello, y el de nuestras uñas? Sin embargo, todo esto sucede para
que podamos tener vida biológica y solo nos acordamos de esta
realidad cuando surge alguna enfermedad o irregularidad en nuestra
salud.
La luz de la fe con la cual siempre hemos de
encontrarnos con Dios es única, porque en este mundo todas las
formas de conocerlo y amarlo tienen como elemento indispensable la
fe, sin embargo, el Espíritu Santo nos ayuda en esta búsqueda de
Dios a través de la fe, otorgándonos sus dones, que no la sustituye,
(la fe) sino que la perfecciona, refiriéndome especialmente a los
dones de ciencia, inteligencia y sobre todo, el de sabiduría.
Por ello podemos asumir que el primer secreto
para encontrarnos con nuestro Señor es la fe, llamada que Él
responde y de la cual no quiere escapar, porque es la verdadera
llamada del amor, la que nunca encuentra obstáculos, la que penetra
todas las sombras, descorre todos los velos - hasta donde es posible
en nuestro tiempo histórico - para llevarnos velozmente al encuentro
con Dios, descubriéndose para nosotros el gran secreto de la vida
interior !Vivir en fe!
La fe no es para sentir y saborear, sino para
conocer y amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a
nosotros mismos.
Conocer la raíz del sufrimiento es enfrentarnos
con la nequicia del pecado, el mal, que corroe nuestra naturaleza, a
la cual Dios Padre nos da respuesta cuando Cristo asume nuestro
pecado, haciéndose pecado por nosotros, quien nunca lo conoció, para
que alcancemos por esta única vía, la perfecta justicia de Dios.
Misterio incomprensible, ¡Teología profunda!
Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, sí comprendió en toda
su humana dimensión la raíz de nuestro mal, captando “su mas honda
peste” y comprendiendo “la triste ciencia amarga” que mantiene al
hombre sujeto...
Todas las teorías de la expiación que el hombre
ha trabajado y trabajará por dilucidar, por entender, por asimilar,
no podrán ni abarcar ni mucho menos explicar a cabalidad ni una
infinitesimal de la obra redentora de Cristo.
Hemos de caminar guiados por la luz de la razón
de la mano de la fe, entre luces y sombras, a veces entre
esplendores, a veces en profundas tinieblas, a veces entre clara
niebla, entre sol y lluvia, otras totalmente a ciegas, pero siempre
en fe, que nos hace exclamar “Creo, Señor, pero aumenta mi fe”.
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