Fe y Razón
Verdad y Libertad
Tashia Gutiérrez de Vallenilla
La existencia de Dios es la clave que da consistencia y sentido a
toda la realidad - humana y mundana – y asienta sólidamente la
estructura de la racionalidad conductora de la personalidad en sus
más hondas aspiraciones.
Para los cristianos, todas las susceptibilidades y prejuicios
racionales se desvanecen cuando se dan de frente con la obra
realizada por Dios, en la que está inmerso el hombre y sus valiosas
realizaciones: la obra de la creación. Tanto la existencia de Dios
como su obra creativa se alcanzan, se tiene conciencia de ellas y,
en este sentido, también se tiene la experiencia de que se está
coexistiendo con la realidad de Dios, tal y como se coexiste con las
cosas con que diariamente entablamos relación.
Al aceptar esta realidad divina, no empírica, no debemos de forzar,
ni violentar las naturales categorías del conocimiento, de la
volición o de la afectividad-emotiva para dejar espacio y cabida a
Dios en la proximidad de la condición humana, sino que, la realidad
divina es tan íntima, tan soldada a la raíz de la existencia humana,
que no le es posible al hombre permanecer una décima de segundo en
la existencia, en el ser, si Dios retira su finísima acción de
Absoluto del recinto infinito del hombre.
El ser humano, al contemplar la hermosura de la creación adornada
con toda la belleza que la rodea, se abre al deseo de lo infinito,
se percata de esa necesidad que existe dentro de sí, necesidad de
permanencia, por medio de la cual intuye su propia grandeza que le
reclama conocer su origen y su fin; el sentido de trascendencia, el
sentido de inmortalidad que forma parte de la esencia de su
naturaleza; entonces, cuando el ser humano piensa en estas
realidades, toma conciencia de la semilla de eternidad que lleva
dentro de sí, percibiendo en estos momentos de intensa luz, su alma
inmortal.
La historia del “hombre” tiene un comienzo y tiene un fin en la
temporalidad de su devenir cotidiano; por ello sabemos que estamos
de “paso” y que nuestro destino final será la eternidad, eternidad
que habremos de construir en el día a día de nuestra existencia.
Podemos construir en el bien o podemos destruir con el mal: fuimos
creados libres, podemos decidir sobre nuestra vida... por ello
debemos de preguntarnos y preguntar: ¿Cuál es el sentido de mi vida?
¿En que quiero creer? para que podamos vivir según esa elección
adoptando como estilo de vida lo que decimos creer.
La libertad se encuentra realmente en el conocimiento de la VERDAD,
infinita, inmutable, absoluta; es decir, Dios (Jn 8, 32), sólo Él
puede darnos respuesta a todas nuestras inquietudes e incógnitas;
Él, quién nunca se contradice, ni se desmiente; Él, que es siempre
fiel y veras, porque cumple lo que promete, dándonos una respuesta
definitiva, inequívoca y sobreabundante a todas y a cada una de las
interrogantes que el hombre se ha de plantear sobre la finalidad de
su vida, es decir sobre su sentido.
Cuando el hombre se detiene y se cuestiona:
¿De dónde vengo, quién me creó?
¿Quién soy y para qué o quién existo?
¿Hacía dónde voy y por qué voy?
¿Qué significado tiene la libertad y qué me mueve a defenderla?
¿Qué sentido tiene mi vida?
Estas y tantas otras preguntas que el individuo pensante se hace y
que le llevan a cuestionar su identidad, su propia realidad y la
realidad de todo lo que lo circunscribe, es el momento crucial desde
dónde y por dónde se construye...
Ante el avance vertiginoso de la ciencia y de las nuevas técnicas,
nos encontramos cada día con preguntas que parecieran no tener una
respuesta segura y cónsona con la dignidad del ser humano. Estas
preguntas las oímos en boca de los médicos, de los que nos surten la
gasolina, del tendero, de los esposos, del estudiante, abogado,
pescador, ingeniero, etc., todos necesitamos tener una respuesta a
las interrogantes que estos avances científicos y técnicos nos
plantean: ¿Qué pensamos sobre la eutanasia? ¿Podemos tener un hijo
con la fecundación artificial? ¿Y el uso de píldoras
anticonceptivas? ¿Qué nos propone nuestra cultura?, y para el
creyente ¿Qué dice la Iglesia?
Estas y otras muchas otras preguntas nos indican que urge una seria
reflexión en torno a las cuestiones actuales que nos presenta
nuestro mundo, y que los ciudadanos responsables puedan recibir
respuestas morales-éticas sobre la conducta a seguir en cada caso
específico.
Bajo el nombre de Bioética, nombre de reciente cuño, podemos
encontrar una variadísima gama de problemas que tocan directamente
la vida humana, problemas, muchos de ellos nuevos, que han sido
causados por los singulares avances de la medicina, que ha colocado
en las manos del hombre moderno posibilidades insospechadas hasta
hace poco, pero que a la vez le plantean situaciones que no sabe
como manejar…
Nos encontramos ante una máquina que avanza de una manera
descontrolada y sin freno, por ello, nos hallamos con la
estremecedora realidad, por ejemplo, de que nada impide a la técnica
utilizar un embrión fabricado en un laboratorio, con la “materia
prima” óvulos y esperma obtenidos de algún “banco” anónimo para ser
implantado o anidado en el seno de una mujer no casada.
Asimismo, contemplamos casos de abortos masivos con la llamada
píldora del segundo día (RU 486) recientemente aprobada por las
Constituciones de países “civilizados” y en “estudio” para su
discusión por otras tantas naciones del orbe; como también podemos
hablar de la utilización de las técnicas de: esterilización,
fecundación in vitro, trasplantes, experimentación sobre embriones,
manipulaciones genéticas, eutanasia, la cual ha llegado a ser más
conocida por el término de “muerte feliz”; prácticas aberrantes
todas ellas, que desfiguran la esencia del ser humano, produciendo
una montaña de situaciones nuevas, problemáticas desconocidas,
cuestiones espinosas y delicadas, que tocan el corazón mismo de la
vida del hombre y que claman por ser definidas con valentía y
VERDAD.
¿Cómo abordar estos hechos que desfiguran el sentido de la vida?
Quizás abordando el porque de esta actitud asumida por nuestro
entorno – mundo - que nos ha llevado a olvidar la razón de “ser” del
hombre: El sentido de su vida, el misterio de su esencia.
Preguntémonos: ¿Cuál es el sentido de mi vida, hacia dónde me
dirijo, que inherencia tiene para mi todo lo que hago y, para qué o
quién lo hago?
El hombre, ser racional, creado para dominar la tierra, pareciera
que no puede o no quiere dominarse a sí mismo, ni darle el justo
valor a su existencia.
Este hombre “racional” supuestamente pensante, dotado de cuerpo y
alma, llamado a ser feliz en la tierra, tiene que tomar conciencia
de que su “valor” le viene de manos de su Creador: su origen y su
fin; que su vida no se agota en si misma, sino que trasciende hacia
la eternidad para la cual fue creado.
Busca el hombre su camino, la verdad de su destino, da a su vida un
propósito, una finalidad, encauza su potencial hacia la conquista de
aquellos objetivos que lo han motivado a..., es un ser en constante
búsqueda, que, en la mayoría de los casos no es totalmente
consciente de lo que busca, ni para que lo busca; sabe que necesita
de algo, y lo busca de espaldas a la realidad de la dignidad de su
ser, conformándose con la propuesta del mundo donde reina el culto
del “tener” sobre la del “ser”; y, para lograr ese algo empeña toda
su capacidad, se pone metas y se lanza a la conquista de lo
perecedero..., sordo y ciego, persiguiendo un falso ideal que lo
hace completamente infeliz cuando logra alcanzarlo.
El hombre por instinto busca ser feliz, siendo consecuencia de su
elección errada el que no lo logre, porque la verdadera felicidad se
centra y concentra en la siembra de los valores morales, éticos y
religiosos que permiten la construcción de la eternidad y garantizan
la felicidad en esta vida, en tanto cuanto ella es posible en la
temporalidad del devenir humano.
El hombre que vive para “tener” se vuelve esclavo del mundo,
alienándose y perdiendo la armonía interior, porque cada vez deseará
más y más cosas, pensando que encontrará la felicidad en ellas y al
no encontrarla, lleno de hastío, de soledad y de vaciedad terminará
aniquilándose, condenado a siempre buscar y nunca encontrar, porque
sencillamente ha rechazado la grandeza de su dignidad: ser hijo de
Dios.
De esta manera camina el hombre hacia su autodestrucción, porque
tarde o temprano se dará cuenta que lo material no tiene la
capacidad de contentar el alma, que el haber dado rienda suelta a
sus pasiones, instintos y sentimientos (de suyo buenos), en vez de
haberlos orientado y encauzado, siendo dirigidos por sus facultades
superiores (razón, memoria y voluntad) hacia el bien en vez de hacia
el mal objetivo, lo ha llevado al deplorable estado de convertirlo
en un “animal pensante”, nueva especie cuyo autor es el propio
hombre que ejerce equivocadamente el don de la libertad, que le
fuera otorgado por su Creador cuando lo creo a su imagen y
semejanza. Recordemos que el paso del psiquismo simple a la
conciencia reflexiva es lo que nos diferencia de los animales ¡que
lastima que el hombre elija vivir como animal!, no siendo este el
caso de los animales, para los cuales no hay otra opción...
No puede el ser humano vivir de espaldas a su conciencia, donde se
encuentra inscrita la ley natural, y si lo intenta, pasará a
engrosar las filas de tantos seres que pululan por el mundo,
perdidos, inestables, llenos de “todo” pero completamente vacíos.
Buscando lo que no han sabido o querido buscar donde se encuentra,
eternos inconformes que nada les satisface, se condenan a vivir
entre el sillón de su abandono y la vaciedad del mundo, para
terminar llevando una existencia que solo podemos catalogar como la
de: “muertos en vida”, “cadáveres vivientes” como los llegó a llamar
Su Santidad Pío XII.
Por el contrario, el hombre que se reconoce hijo de Dios, que sabe y
comprende de donde le viene su dignidad, enfoca la búsqueda de la
felicidad bajo el prisma de la fe, que le dice que es creado a
imagen y semejanza de Dios, que está llamado a ser feliz, porque su
destino es la vida eterna, vive el sentido trascendente que lo eleva
y sustenta para construir esa eternidad desde el presente en el
bien.
La clave del misterio del hombre, su felicidad, se encuentra en el
misterioso don de la fe, que lo compromete a vivir de cara a Dios en
el libre ejercicio de las virtudes: teologales, cardinales, morales
y humanas, mandamientos del amor de Dios plasmados en la vida de
gracia, plataforma desde donde se construirá sobre roca firme
!Cristo y su Iglesia! un mundo de verdadera armonía y paz. Todos
estamos llamados a construir la Civilización del amor y, como la
fuente del amor es Dios, Uno y Trino, es desde Él que lograremos la
realización de una vida plena, equilibrada, justa, integra y
coherente con nuestra dignidad.
Podemos cuestionarnos si este estilo de vida es posible, aún cuando
vayamos en contra de las tendencias equivocadas que nos propone el
“mundo”, cuando nos presenta como modelo a imitar: el facilísimo,
infantilismo, fanatismo, hedonismo, inmanentismo, materialismo,
relativismo etc., ese cúmulo de “ismos” que se nos presentan como el
ideal de la felicidad, en contraposición de los valores
trascendentes que han llevado a los que supieron elegir
correctamente y por ello llegaron a la meta, siendo testimonios de
la verdad que salva y redime, seres que eligieron vivir de acuerdo a
su dignidad, vidas plenas de contenido humano, ricas en aportes a la
humanidad, hombres y mujeres que nos han interpelado con su vida y
nos señalan el camino a seguir tras las huellas de Cristo:
El Santo Padre Juan Pablo II, peregrino infatigable del amor, de la
concordia, del diálogo, de la fraternidad, adalid de la paz y de la
verdad, testimonio indomable de lucha por rescatar la vivencia de la
caridad entre la humanidad...
La Madre María de San José, venezolana, testimonio de sencillez, de
calidez humana, vida de callado y oculto servicio a Dios en sus
hermanos, quien supo vivir el ‘tu” antes que el “yo” signo de la
caridad evangélica y del profundo conocimiento de la verdad del que
sigue a Cristo: ¡vivir para servir...!
La Madre Teresa de Calcuta y todas sus hermanas, verdaderas hijas de
la caridad, en quienes los desamparados y maltratados por la vida
encuentran un refugio donde morir con una palabra de amor...
Ellos lo han logrado, porque supieron darle a su vida el sentido
real y verdadero que sella la raza humana con el distintivo de la
inmortalidad: ser hijos de Dios. Ellos optaron por seguir a Cristo,
modelo de sus vidas, seguir al Cristo Total, quien camina con su
Iglesia en cada uno de sus hermanos, porque es un Dios vivo.
Este estilo de vida nos hace saber que al procurar la felicidad del
prójimo el hombre se crece sobre si mismo y aprende a reconocerse
piedra viva que construye sobre la solidez de la roca, CRISTO, para
un fin trascendente, aprende que vivir de amor para dar amor, es
saber que se vive para salvarse, salvando en caridad fraterna y
darle el sentido profundo, verdadero y real a la vida: que es vivir
en paz; es saber que se camina hacia una meta sólida, que este
caminar es exigente, pero que no estamos solos; es saber que cada
minuto estamos construyendo, no destruyendo; es comprender,
asimilar, disfrutar el reto de una vida realizada a la luz de la fe,
que entraña el complejo misterio de la humanidad herida por el
pecado y rescatada por la Sangre Redentora de Cristo en obediencia
de amor al Padre Eterno y que peregrina hacia las cumbres de la
gloria sostenida y acompañada por el Santo Espíritu: Amor de Dios.
Dejarse guiar por la razón iluminada por la luz del Santo Espíritu,
es entregarse por completo a vivir el reto de la felicidad desde el
hoy de nuestra existencia para ir construyendo la eternidad,
sabiéndonos hijos de Dios y coherederos de su Reino, que no es
precisamente un reino de este mundo.
El deseo de ser libre es un anhelo que está íntimamente ligado a la
naturaleza humana, ya que todo hombre ansía vivir a plenitud la
libertad... lo increíble es que no todos los hombres comprenden el
sentido de “perfección” que implica el hecho de haber sido creados
en libertad, no todos asimilan la dignidad que nos fue conferida en
el acto creador por medio del cual fuimos llamados a la vida: a
“imagen y semejanza de Dios”, nuestro Creador, por ello, somos
libres; siendo la fuente o el origen de esta libertad, el infinito y
gratuito amor de Dios hacia su criatura, única obra de sus manos que
amó por sí misma; emanando de allí nuestra dignidad, unida al
señorío, que habremos de ejercer para dominar toda la tierra (Gn 1,
26-28).
En la inquietante búsqueda de esta realidad que involucra la esencia
misma del hombre, sólo podremos encontrar el verdadero significado
de la libertad si nos esforzamos por encontrarnos con la VERDAD.
¿Qué es la Verdad?
La verdad revelada es Cristo, unigénito de Dios, quien nos guía en
nuestro tiempo histórico hacia la eternidad por medio de su Santo
Espíritu, Trilogía Divina de Amor ¡Un solo Dios!
Por el contrario, la “verdad” que el mundo emplea, se asemeja a una
gran esfera de cristal con múltiples facetas que brillarán de
acuerdo al lado por el que se esté mirando, encontrando la luz de
esa faceta, pero, dejando a unas en la semioscuridad y a las otras
en la oscuridad total; esto nos conduce a vislumbrar una verdad
parcial, no la totalidad de la verdad, por ello, se nos hace fácil
constatar como en nuestro entorno se tejen múltiples razones de
verdades parciales, que sólo logran confundirnos y desviarnos de la
posibilidad de ser libres; esto en el mejor de los casos, ya que,
por lo general, se nos presentan la falsedad y la mentira como una
verdad, vendiéndonos la increíble filosofía ¡todo es mentira, nada
es verdad! Léase la “ley” de la relatividad o el relativismo.
La primera frase que encontramos en la obra de Aristóteles titulada
“Metafísica”, escrita hace 25 siglos, es que “el hombre por
naturaleza apetece saber”. Por su parte, Platón, en su diálogo “Fedro”,
refiriéndose a la misma idea de Aristóteles, hace decir a uno de los
dialogantes que “hay ya insita cierta filosofía en el entendimiento
humano”, o sea, cierto gusto o predilección por el saber. A su vez,
ese deseo o impulso de saber es hijo del asombro, de esa “agitación
afectiva” –como define Heidegger al asombro-, de esa pasión que
surge con fuerza en el hombre al advertir éste que hay el ser y no
la nada.
El origen de todo saber estaría entonces en esa disposición
espiritual que llamamos “asombro”, en esa agitación afectiva que nos
lleva a fijarnos en las cosas, a quedarnos en ellas y a movilizarnos
con el fin de conocerlas.
El proceso de esta disposición estaría en ser capaces de transformar
la información en conocimiento y el conocimiento en sabiduría.
En cuanto a la información, se trata de una acción, pero también de
un efecto, que tiene que ver con dar noticia de algo, de la manera
más completa y menos interferida posible por los intereses de quien
la proporciona o recopila, y que tiene que ver, asimismo, con la
acumulación de datos relevantes para la subsiguiente adopción de
decisiones razonadas en un campo dado.
En cuanto al conocimiento, que se basa por cierto en la información,
salvo, quizás en el caso especial de la intuición, consiste en
percibir algo como distinto de todo lo que es, como diverso de todo
lo demás, así como en percibir la índole, cualidades y relaciones de
las cosas.
Sabiduría, en fin, es saber de las cosas por referencia a la
totalidad de las demás.
Dios es la Sabiduría y la sabiduría de Dios es Cristo mismo.
Vivimos en una época en que la información, en todos los niveles, -
léase fenómeno de la Globalización - ha pasado a constituir una
clave decisiva en el dominio del presente y en la configuración del
futuro. Es por ello, que para acompañar como seres pensantes este
acontecer, siendo responsables de nuestros actos, debemos tomarnos
la molestia de estar, no solamente bien informados sobre los
conceptos y terminologías en boga, por medio de los cuales se nos
plantean propuestas que incidirán de manera positiva o negativa en
nuestra toma de decisiones, y por ende, en nuestra conducta, llamada
a canalizar nuestra manera de vivir; sino, por el contrario, y, de
mayor relevancia e importancia será la procura de una formación
integral, que le permita al ser humano encauzar su vida de acuerdo a
su origen y a su fin trascendente. No basta estar informados, es
necesario formarnos en los principios y valores rectores de la
humanidad cuyo fundamento deberá estar enraizado en la ley moral:
natural enclavada en la revelada, la cual producirá una Jerarquía de
valores ajustada al bien objetivo.
Los valores en conjunto son el alma de los pueblos, son el dinamismo
que los hace actuar de tal o cual manera, y si dentro de estos
valores que orientan y rigen una nación, el bien común no ocupa
ningún lugar, o ocupa un lugar secundario, la existencia de este
pueblo será también nula o defectuosa.
El valor es la razón de la bondad, es ese algo por el cual juzgamos
como conveniente, como buena, o como inconveniente o mala la
realidad, es por lo tanto la fuente de la acción. A valores
equivocados corresponden acciones equivocadas.
Detectar los valores es una acción innata que todos hacemos, pero
que se perfecciona al reflexionar sobre la misma, y cuando así lo
concebimos, encontramos que estos – los valores – no están
disparados, sino que se relacionan unos con otros, según su mayor o
menor capacidad de ser satisfactorios, y así se configura lo que
llamamos “escala de valores”. Esta escala de valores tiene mucho que
ver con la óptica propia de cada quién, según la cual contempla la
realidad que le circunda; esta óptica del mundo circundante (Weltanschaung)
ordena los valores a la vez que es ordenada por los mismos; es el
juicio general que brota de una conducta inductiva y que puede
perfeccionarse, modificarse, corregirse o incluso cambiarse,
mediante la reflexión.
Todos podemos constatar la manera cómo el progreso técnico ha
transformado la vida de los humanos, pero este mismo progreso tiene
sus limitaciones y nos presenta, incluso, peligros si no está
controlado por una visión superior de las cosas. Todo aquel que
reflexione sobre este tema se dará cuenta que el progreso
científico, tecnológico, etc., no sólo no conduce al progreso moral,
sino que, además, de cierta manera hace retroceder al individuo.
Justamente la ciencia iniciática nos da esta visión superior de las
cosas: ¿Qué nos enseña?
Que cada proceso en la naturaleza posee tres aspectos: físico,
psíquico y espiritual y, por lo tanto, es posible encontrar en
nuestra vida interior las mismas manifestaciones y correspondencias
que existen en el plano físico. Si los científicos aceptaran
detenerse un poco para profundizar las leyes que rigen el universo,
comprenderían que en realidad todos los elementos, todos los
objetos, todos los fenómenos físicos que estudian les hablan de un
mundo más vasto, más rico. Y, es, precisamente porque no han
comprendido cómo actúan estas leyes, que el progreso científico no
ha aportado progresos morales.
Cada persona tiene que optar entre diversas posibilidades y, al ir
tomando acto tras acto esas decisiones, irá configurando su vida
como un proyecto más o menos coherente o incoherente, del cual será
responsable y, puede que este sea bueno o malo. Cada individuo
humano se va haciendo a sí mismo a lo largo de su vida y, hasta la
humanidad, entendida como un conjunto social de seres humanos, puede
hacerse a sí misma como proyecto a lo largo de la historia, de tal
manera que podemos decir que tenemos una realidad que consiste en el
“comportarse” en el “quehacer de la vida” entendiendo que el fin
debe ser lo bueno para el hombre. La moral resulta entonces, del
montar nuestros proyectos de vida sobre “mores” o costumbres
sociales absolutamente obligatorias en una sociedad. Por ello,
debemos aceptar que la moral social y que las “mores” de cada
sociedad contienen numerosas perspectivas de mejor comportamiento
moral de lo que le solemos atribuir.
El comportamiento del ser humano es distinto del propio de los
animales y, en buena medida el comportamiento animal es comparable,
en el lenguaje de la psicológica conductista, con una respuesta
espontánea de su estructura biológica y “psicológica” a la acción de
un estímulo, Existe en el animal una conexión directa-continua en el
lenguaje conductista, bastante unívoca entre estímulo y respuesta.
La acción del ser humano, que también tiene un constitutivo
fundamental de naturaleza biológica animal, no ésta, ni de lejos,
tan condicionada por el estímulo, ya que, entre la persona y el
estímulo medía un filtro que llamamos inteligencia, conciencia o
razón, de tal manera que existe para el hombre la libertad de
responder de manera distinta, lo que requerirá una elección entre
ellos.
Aranguren se expresa así ante este comportamiento de carácter moral
autónomo, no ligado a ninguna orientación extraña: “este sentimiento
individual y social, histórico siempre, es el primario de la palabra
moral: moral vivida que no consiste aún en la teoría sino en la
práctica de hacerse a sí mismo a través del hacer las cosas”
La base de toda organización social es el fenómeno de la interacción
y, a medida que las personas entablan relaciones o contactos entre
sí, se van percatando mutuamente de que su comportamiento modifica y
es modificado por los otros. La acción de cada uno de ellos se basa
en sus actitudes ante los demás y ante el fin inmediato que
persiguen, pudiendo tomar aquellas decisiones que beneficien sus
intereses, ergo, aparece egoísmo. Al tratar de delimitar este
proceso, podemos ver una conceptuación similar entre los expertos
que nos refieren lo siguiente: Todas las personas se tienen en
cuenta una a otra, es decir, cada una percibe la presencia de los
demás, las enjuicia o valora y trata de averiguar lo que piensan o
intentan hacer. La fuente prioritaria del proceso de la interacción
es: la cultura normativa institucionalizada o estructura social; y
las demás fuentes secundarias serian: la personalidad, el
comportamiento del organismo o grupo y el sistema cultural.
Lo que caracteriza nuestras sociedades capitalistas neoliberales es
el basarse en la producción ilimitada de mercancías (el consumismo),
y el tener el lucro con el éxito individual como único fin, y para
que este sistema pueda funcionar, es necesario crear en cada
individuo un carácter competitivo y egoísta, que sea capaz de
mantener esta organización narcisista en la cual todos trabajan para
sí mismos y en contra de los otros. Al mismo tiempo, surge o aparece
un tipo de moral que nos permite vivir con “buena conciencia! Estas
relaciones donde prevalecen el individualismo y el consumismo
“compro, luego existo”.
De esta manera nuestras sociedades provocan el surgimiento de un
carácter que, incluso en los niveles más profundos de nuestra
singularidad, fomentan y ayudan, tanto a la producción en gran
escala como a la “satisfacción del deseo” egoísticamente, por medio
de un hedonismo consumista. Esto implica, a su vez, que de alguna
manera, la moral tiende a formar un tipo de individuo que valora,
sobre todas las cosas, la actividad productiva conducente al éxito
económico personal, dominando de esta manera una moral productivista,
como el mito de que el “éxito” se valora por la cantidad del dinero
que se posee. El egoísmo, la avidez, la codicia, mantienen, a las
sociedades y a los países en un constante estado de conflicto
permanente. Cualesquiera que sean los motivos que concurran,
incluso, a menudo, los más nobles, el móvil real es siempre el de
apoderarse de algo. Si los hombres fuésemos menos egoístas, personal
y colectivamente, ¡Cuántos conflictos evitaríamos!
La moral y la economía se complementan; al crecimiento ilimitado de
mercancías y a la ganancia económica se suman el hedonismo
consumista, que refleja la moral planetaria de final del siglo XX.
La deliberación sistemática y razonada sobre la naturaleza del
comportamiento económico y la moral de los hombres envuelve una
reflexión racional y teológica, (no tiene que darse necesariamente
en la vida de muchas personas), busca las razones del por qué es
obligatorio comportarse de una manera determinada para llevar a cabo
un proyecto digno de vida que permita espacios de “deber” de
“responsabilidad” y de “culpa”.
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