14 JESÚS Y LA OPINIÓN PÚBLICA
1. COMO TRATARON A JESÚS LOS DEMÁS.
Se ha hecho casi axiomático que un hombre de extraordinaria grandeza de
carácter, de genio profundo y fuerza espiritual creadora tenga que quedar
incomprendido para su tiempo. Hasta tal punto que se nos antoja una suerte
que la comprensión no le llegue demasiado tarde. Un hombre que en su ser
vivo trae condiciones de antemano está por encima de la generalidad; que por
educación y destino se ha desarrollado de manera particular; que en
profundas luchas y extraordinarias experiencias internas ha llegado a ideas
nuevas, ha sido tocado por valores no vistos aún y ha columbrado fines y
posibilidades hasta entonces encubiertos un hombre así no puede ser aceptado
sin más por la generalidad. En el mejor de los casos se le rodeará de
respeto; pero tendrá que seguir solo su camino. Y en el peor de los casos
hallará desconfianza y hostilidad. Más adelante, ¿cuando haya terminad? su
batalla, cuando haya tal vez desaparecido, los hombres aceptarán su persona
y su obra Y entonces aparece como el precursor de lo que luego es ya en
cierto modo bien común.
No es eso exactamente lo que pasa con Jesús. No podemos medir su destino
por estos hechos una y otra vez repetidos en la historia. Jesús no es
meramente un grande que no es comprendido por su tiempo. Hay algo más hondo.
Pensamos sólo en esto: Jesús es un judío. Viene de la más noble sangre de
su pueblo, de alcurnia regia. Está profundamente enraizado en la vida de su
pueblo. No sin razón se ha dicho que, aun ahora, por lo que atañe a su
humanidad inmediata, son los judíos quienes mejor pueden entenderle.
Jesús está profundamente en la tradición de su pueblo. Se siente
hondamente ligado a aquel acontecer sagrado. El, tan poderosamente penetrado
de su inmediata misión divina, dice: "No creáis que vine a abolir la Ley o
los profetas, sino a cumplirlos" (Mt. 5, 17) Ni una letra, ni una tilde de
la ley ha de ser destruida. Todo ha de cumplirse.
Es más: Jesús se siente sostenido, en el sentido de su existencia y de su
misión, por aquel pasado sagrado: "Examináis las Escrituras porque vosotros
pensáis que tenéis en ellas la vida eterna; éstas son las que darán
testimonio sobre Mí" (Jn. 5, 39). Aquellos acontecimientos lo señalaron a
El. Toda la antigua alianza estaba dirigida hacia un futuro, llena de la
expectación de algo venidero, del
Mesías y del Reino de Dios que El tenia que inaugurar. Jesús se pone
dentro de esa expectación: El es Aquel de quien se habla.
Cuando habla por vez primera en su patria, en la Sinagoga, lo hace sobre
el pasaje de Isaías: "El espíritu del Señor está sobre Mí, porque me ungió
ara dar la Buena Noticia a los pobres; me envió a anunciar a los prisioneros
la liberación y a los ciegos que verían otra vez, a llevar la ibertad a los
oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor" (Lc. 4, 18 y ss.). Y
comienza su homilía con estas palabras: "Hoy se ha umplido esta Escritura en
vuestros oídos...". Cuando Juan Bautista le envía su embajada (Lc. 7, 18 y
ss.): "Eres Tú el que tiene que venir, esperamos a otro". Jesús responde con
las palabras de la profecía mesiánica de Isaías: "Id a anunciar a Juan lo
que visteis y oísteis: los ciegos ven, los tullidos caminan, los leprosos
quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les
da la Buena Noticia. Y feliz el que no me toma a mal".
Pero, ¿qué hace su pueblo? Su pueblo no lo recibe. Lo repudia Se vuelve
contra El. Lo elimina.
Y esto no sólo a la manera como repetidamente sucedió con los hombres
enviados por Dios, los profetas, que fueron casi todos negados o perseguidos
por su pueblo para ser luego tanto más fervorosamente acogidos en su figura
y en su doctrina. No, Jesús sigue repudiado, y desde hace dos mil años
estamos asistiendo al espectáculo inaudito de que un pueblo mira como
traidor a su hijo más poderoso, aun en el plano puramente histórico.
¿Cómo pudo suceder esto?
Que muy tempranamente al entusiasmo se mezclara la desconfianza y
oposición, no es de maravillar, sabiendo cómo andan las cosas humanas. Lo
maravilloso es con qué unanimidad, casi pudiera decirse natural y
espontánea, se cerró el cuadro contra él.
Inmediatamente aparecen en torno a las figuras suspicaces, que lo
observan y acechan, y bien pronto se toman decisiones para quitarlo de en
medio. En ninguna parte oímos que se abordara realmente la cuestión de sus
pretensiones o de su doctrina. En ninguna parte que vinieran a El y le
preguntaran: Tú afirmas ser un enviado: ¿en qué fundas tu pretensión?... Haz
hecho milagros para confirmarla: Haznos ver lo que demuestran... Te pones en
contexto con la esperanza mesiánica: ¿En qué postura te colocas respecto a
la imagen mesiánica de un Isaías, Jeremías, Malaquías o como quieran
llamarse?...Críticas muchas que hoy existen: dinos en qué se apoya esta
crítica i Tú traes algo propio y nuevo: Dinos cómo se comparece con lo
antiguo... Acaso se replique que discusiones de esta naturaleza no se
producen de modo tan material. Puede ser, pero queda claro lo que queremos
decir: la manera como fue recibida esta enorme aparición, y cómo, desde el
primer momento, no hay apertura, no hay voluntad alguna de comprensión, no
hay disposición alguna para una discusión seria de ninguna clase. Breve
tiempo más, y se cierra la muralla de la incomprensión y del repudio. Y la
muralla se torna cada vez más dura y estrecha, hasta que por fin lo sofoca.
En el fondo, lo mismo acontece cotí el pueblo. A los comienzos lo
'recibieron con entusiasmo. Tuvieron hambre de su pan, de sus palabras y de
su virtud salvadora. Lo siguieron y quisieron alzarlo rey. Pero en Juan (2,
24 y ss.) se halla la palabra taladrante, sin ilusión: "Pero el propio Jesús
no confiaba en ellos..., porque les conocía a todos". Es lo que realmente El
quería, no le entendieron.
Ni siquiera de manera sencilla y cordial. También de parte del pueblo se
alzó en torno de El una muralla, la impenetrable pesadez y pereza del
corazón.
De sus discípulos hemos hablado ya varias veces. Estuvieron durante todo
el tiempo a su lado. Habían acudido a El con el corazón abierto. Habían oído
sus palabras y contemplado sus obras. ¡Le habían visto! ¡Ah! Si se nos
concediera a nosotros ver cómo pasa por la calle. Contemplar su rostro
mientras habla. Seguir un movimiento de su mano. Si pudiéramos nosotros oír
su voz, percibir su timbre, el tono particular de su lenguaje. ¿No es así
que, de sólo oírlo, nos volveríamos otros hombres? ¿No es así que un gesto
suyo se nos grabaría en lo vivo del corazón, como marcado a fuego?... Todo
esto lo tuvieron ellos en abundancia y, no obstante, no le entendieron.
Los Evangelios nos revelan reiteradamente que no lo comprendieron y no
olvidemos que los Evangelios fueron escritos por los discípulos mismos y
desde la inteligencia del tiempo posterior. Son pues, fidedignos contra sí
mismos. No comprenden lo que quiere (Lc. 9, 45) dice: "Pero ellos no entera
dieron esta frase, y les quedó velada, de modo que no la comprendían". Y lo
que sigue hace aún más desesperado el no entender: "Y les daba miedo
preguntarle sobre esas palabras". Tergiversan la grandeza de su mensaje, el
fiel no de Dios. Lo llevan a lo mundano y político. Todavía en el último
momento, cuando se había ya consumado el hecho enorme de la pasión y la
resurrección, sobre el mismo monte de los Olivos en que aquel hecho había
comenzado, n hay quienes le malentienden: "¿Señor, vas a restablecer ahora
el reino de Israel?" Hch.1,6). ¿Llega por fin la gloria terrena?... Nunca
experimenta el Señor que el espíritu de sus discípulos se abra y comprenda
lo que Él quiere; que el corazón de sus discípulos reciba y transmita el
impulso divino de su voluntad.
Todo permanece siempre estrecho, difícil, minúsculo y seco. La
inteligencia llega a lo grotesco cuando, tras la multiplicación de los
panes, navegan sobre el lago y El va aún totalmente absorto en lo que ha
obrado, en lo que había acontecido... Y de pronto, como saliendo de profunda
reflexión, les previene: "Guardaos de la levadura de los fariseos y de la
levadura de Heredes".
Los pobres piensan en el pan y en la panadería y se dicen unos a otros
con espanto: "Es que no tenemos pan". Y El, como estallando de tortura
íntima: "¿Qué discurrís entre vosotros de que no tenéis panes? ¿Todavía no
entendéis ni comprendéis? ¿Tenéis cerrado vuestro corazón?" (Mc. 8, 14 y ss).
Otra vez se levanta en torno a El la muralla, y ahora de parte de quienes
más terriblemente tenían que oprimirle el corazón: de los más próximos a Él.
Y por lo que atañe a su propia familia, cuánto no delata el pasaje de
Juan (7, 3 y ss.) en que sus parientes le dicen: "Vete a Judea para que
también tus discípulos vean las obras que haces. Porque nadie actúa en lo
oculto, si busca a la vez ser conocido. Si haces estas cosas, muéstrate al
mundo. Porque ni sus hermanos creían en Él".
Y su madre, con quien tan profundo amor lo unía... También sobre ella hay
una palabra, que no es lícito remover; acerca de ella y de José (Lc. 2, 50);
"Ellos no comprendieron las palabras que les dijo". Cierto que sigue lo
otro, de que ella guardaba toda palabra en su corazón. Siembra preciosa que
brotaría en puro conocimiento de amor, más adelante, cuando el Espíritu
Santo viniera también sobre ella. Pero para entonces, ahí estaba la grave
palabra: "Y ellos no entendieron".
2. JESÚS CAMINA ENTRE ELLOS SIN MIRAR ATRÁS.
Jesús estuvo en soledad indecible. Juan, que había descansado sobre su
pecho y fue él solo de entre los discípulos que, después de huir, también
él, se animó y volvió sobre sus pasos y perseveró al pie de la cruz, penetró
más profundamente que los demás en el interior de Jesús. Su Evangelio es
para nosotros una clave de todo el Nuevo Testamento. Ahora bien, su
Evangelio y sus cartas están transidos de estremecimiento ante la
incomprensibilidad de este misterio; cómo pudo ser que el Señor vino al
mundo, que fue hecho por El, y el mundo no lo recibió.
Porque hay que representarse lo que significa que haya un hombre lleno de
profunda inteligencia para la salud de todos, lleno de puro amor, dispuesto
a abrirse, a dar, a ayudar. Y ahora va, habla con éste y con el otro, y
tropieza aquí con desconfianza, allí con incomprensión, con risa u
hostilidad Y así le aconteció a Jesús. Sólo que de manera infinitamente
peor, divinamente espantosa.
Porque El llevaba en sí la verdad que salta de Dios. En El brotaba, en su
fuente, la inmensidad de la virtud salvadora que pudo decir: "Venid a mí
todos, que *yo os "aliviaré". El veía cómo están los hombres y el mundo, y
tenía poder de arrancar de cuajo la miseria. Pero tropezó en todas partes
con un paredón oscuro. ¡Espantosa hubo de ser esta pasión!
Pero lo más espantoso fue que no cedió lentamente, que las tinieblas no
se aclamaron y la cerrazón no se abrió. Todo se fue volviendo cada vez más
duro, más tenebroso, más hostil, hasta que llegó la hora del poder de las
tinieblas. Aquí barruntamos bien lo que es el pecado, lo que es la caída de
la creación, cuando esto fue posible, esta ceguera y endurecimiento del
corazón.
Y barruntamos también algo de lo que quiere decir la redención: que Él,
para expiar el pecado, pasara por toda esa miseria hasta el fin. Que El
soportara esta amurallamiento en sí mismo, este no ser recibido de aquellos
a quienes venía a redimir, y lo sufriera sin evasión, sin mitigación, hasta
la muerte. Si fuéramos capaces de sentir lo extremo, lo más recio, lo más
inexorable habríamos comprendido algo de lo que significó la redención.
Jesús no pudo soportar esto, sino desde el misterio de que habla, a su vez,
Juan: "El
Padre está siempre conmigo".
Pero aún aquí penetro la soledad. El Evangelio mismo narra el grito de
Jesús en su postrera angustia: "¿Dios mío. Dios mío, por qué me has
abandonado?".
Nos narra que, en la consumación postrera de la entrega redentora, en la
más profunda oscuridad del tener que morir, se retiró también la cercanía
del Padre, y allí estuvo Jesús enteramente solo y abandonado. Pero tampoco
esta soledad le frenó. A pesar de los rechazos humanos Jesús sigue fiel su
recorrido hasta la muerte.
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