19 ANTE LA HORA DECISIVA
1. ¿QUÉ PENSABA DE LA MUERTE?
Si nos atenemos a las noticias evangélicas, debemos decir que en la
conciencia de Jesús no existe la muerte en nuestro sentido.
Siempre que habla de su muerte ocurre cinco veces, lo hace en relación
con su resurrección.
Para nosotros, la muerte es el fin, sin más. Nuestra conciencia vital
inmediata no va más allá. Cierto es que nos decimos lo más auténtico de
nuestra, existencia no puede tener fin con la muerte; lo expresamos ' en
diversos presentimientos, imaginaciones y esperanzas, y con la fe en la
Revelación nos aseguramos la esperanza de la vida eterna. En Jesús es
distinto. El sabe que ha de morir, y acepta la muerte; pero la considera
como tránsito hacia una existencia que abarcará no sólo el alma, sino
también el cuerpo, y que seguirá inmediatamente a la muerte. "Desde
entonces, Jesucristo empezó a ensenar a sus discípulos que tenía que ir a
Jerusalén a sufrir mucho por parte de los ancianos, de los grandes
sacerdotes y de los doctores, y a que le mataran y a resucitar en el tercer
día" (Mt. 16, 21). Esas palabras no están meramente dichas, sino que brotan
de una posición de conjunto, de una manera original de estar vivo.
Tampoco se puede interpretar una expresión como la citada a manera de
interpretaciones hechas con posteridad por los discípulos, pues entonces se
destruye todo.
La conciencia de muerte y resurrección que se expresa en ellas es central
para Jesús. Si se quita esa conciencia, no queda algo así como un hombre
real quizá, como si fuera más auténtico al quedar liberado de disfraces
legendarios, sino que desaparece su peculiaridad. Se queda desposeído hasta
lo último. Esa conciencia le es esencial. El ángulo de vida que observa
inmediatamente no termina en El, como nos pasa a nosotros, ante la muerte,
para luego proseguir andando a tientas con inseguridad, sino que atraviesa
por la muerte con perfecta claridad. La muerte no es para él fin sino
tránsito. La manera como Jesús se nota vivir espiritual y corporalmente es
más bien tal que abarca la muerte como un acontecimiento que queda dentro de
su condición de estar vivo. Por otra parte, esto no tiene nada que ver con
ninguna mitología ni conciencia del misterio. Esa integridad de vida queda
constituida desde la realidad divina, desde la cual existe él y en
referencia a la cual vive.
Sobre esta conciencia de vida de Jesús, descansa la conciencia cristiana
de la vida, la muerte y la resurrección. Esto es algo más que la confianza
en la indestructibilidad espiritual; más bien la esperanza en una eterna
existencia humana en Dios. Pero la realidad en cuya realización conjunta se
percibe, es el sentimiento de vida de Jesús. Tampoco aquí lo decisivo es lo
que El dice, sino lo que es.
Todo ello nos lleva a la conclusión de que El vivió de otra manera y
murió de otra manera que nosotros. Aquí se evidencia con grandeza y nitidez
definitivas lo que ya nos encontrábamos en el fenómeno de su "salud", y que
es algo diferente de una vitalidad natural o una voluntad espiritual de
vivir, Es una cualidad de su contextura anímico corporal, para la cual falta
toda medida por parte de la experiencia natural.
Mejor se obtendría una aproximación a ello en la energía de la paciencia
y el sufrimiento que puede emanar del amor fundado en la persona, o de la
pura voluntad creativa del espíritu, o del deber y querer auténticamente
religiosos. Solamente que en el mero hombre, esa energía debe abrirse paso
contra todo lo enredado y extraviado que hay aun en el más sano... Esto
falta absoluta mente en Jesús. Es sano y vivo; pero en un sentido especial.
Por su propia naturaleza, puede ser sano el animal. El hombre, que se ha
desprendido de Dios, querría serlo, pero no puede. Está hecho para subsistir
desde Dios; es su salud lo que ha perdido por el pecado, de una vez para
siempre... Por el contrario, esa "salud" de que habla la conciencia común es
un fenómeno nada claro en absoluto. Casi se diría que es algo aún más
enigmático que la enfermedad, pero es sencillamente enfermedad establecida
en la forma de la normalidad; la enfermedad ontológica del ser caído, que se
oculta por un relativo orden de su disposición de conjunto. En Jesús falta.
En El está la plenitud de lo que ha destruido esta confusión; el existir por
Dios y hacia el concepto de salud, que lo pensamos necesariamente por
nosotros, no se ajusta a El. Su situación queda más allá de lo que
caracterizamos como enfermedad y como salud.
2. ¿COMO LE LLEGO LA MUERTE?
Los relatos del proceso de Jesús no nos aportan toda la claridad
necesaria sobre las circunstancias en las que fue conducido a la muerte.
¿Cómo se desarrolló la comparecencia ante el supremo Tribunal judío, el
Sanedrín? ¿Qué acusación fue determinante la de haber hablado de destruir el
Templo o la de haberse declarado el Mesías, el Rey de los Judíos? ¿Hubo
proceso en buena y debida forma? ¿Cómo un procedimiento religioso desembocó
en un proceso político ante el Procurador romano? Es seguro que Jesús fue
acusado de ser un agitador. Un cierto número de judíos notables explotaron
hábilmente esta acusación ante el representante de Roma. Pilato no estaba
muy convencido de ello. Trató de salvar la vida del acusado pidiendo a la
muchedumbre que eligiese al que iba a beneficiarse de la gracia "pascual":
Barrabás o Jesús. Así, la suerte de Jesús se jugó por eliminación, mediante
la agitación de una multitud manejada por sus enemigos.
El motivo inmenso. Pero estos enemigos de Jesús que se encontraban entre
los sacerdotes, los escribas y fariseos, el hombre de la calle, ¿por qué
motivo querían su muerte? Ese motivo era inmenso. Para ellos Jesús era un
loco, un diabólico, un blasfemador; no respetaba nada, ni la moral, ni la
ley, ni el culto. Todo lo trastornaba: la sociedad, la religión y a Dios
mismo. Recordad: apenas había dejado su aldea de Galilea cuando se puso a
anunciar el Reino de Dios, la llegada de Dios como si Dios estuviera allí
con todos, sin condiciones, sin ceremonia, sin exigir certificado de buena
conducta y costumbres. Cuántas parábolas en las que mostraba a Dios yendo,
sin precaución ni previo examen, locamente, en busca de la oveja perdida o
del hijo pródigo! Aún peor: el Nazareno comía con pecadores públicos,
visitaba a los enfermos que se consideraban castigados por Dios, decía que
las prostitutas entrarían en el Paraíso antes que los ministros del culto. Y
pretendía obrar en nombre de Dios. Destruía las barreras sociales y
religiosas que dividían el Israel de su tiempo, pero destruía al Dios de la
pureza legal; aquel a quien se creía honrar observando ritos, separando a
los que tenían algunas taras mentales, físicas, morales o profesionales, y
mirando a distancia a los extranjeros y a los samaritanos, esos hermanos
bastardos y traidores.
La escalada. Y siguió la escalada. Un sábado había desafiado a las
autoridades curando a un hombre que tenía paralizada una mano. Habría podido
esperar algunas horas el fin del sábado y respetar el día consagrado a Dios.
Aquel día también lo había hecho adrede para que se tambalease una
religión rígida y un Dios que los hombres habían endurecido. Había actuado
como si el sábado no fuera en absoluto, como si fuera posible honrar más a
Dios violando el sábado que respetándolo. Por la mano paralizada de un
hombre que hubiera esperado con gusto algunas horas. Y había dicho: El
sábado se ha hecho para el hombre y no el hombre para el sábado".
Muchas veces había afrontado las trampas de algunos fariseos, escribas,
saduceos. Había tenido para muchos de ellos palabras muy duras. Los había,
tratado de hipócritas, de mentirosos, de sepulcros blanqueados. Había
criticado su altanería, pero también, sencillamente, su poder y su misión.
Les había acusado de cargar sobre los hombros de los demás cargas
insoportables. Les reprochaba el manipular a Dios, el desfigurarle, el hacer
de El un instrumento de su poder. Un día les había echado en cara el
venderse al César y el ser ladrones de Dios. "Dad al César lo que es del
César y a Dios lo que es de Dios".
Les había reprochado también la dureza de su corazón en la legislación
sobre el matrimonio, su suficiencia en la oración y hasta la arrogancia de
su paso.
El colmo de la subversión. Por fin. Jesús había cometido el acto más
subversivo: la tomó contra el Templo, el culto, la aristocracia sacerdotal.
"Destruid este Templo y yo lo reedificaré en tres días". Amenazaba al hogar
sagrado de la unidad religiosa, moral y política de Israel. En el nombre de
Dios se volvía contra la morada de Dios. Y contra el poder de los
sacerdotes.
Este hombre era universalmente peligroso. Hacia temblar a la vez el orden
social, moral y religioso. Los que detentaban estos poderes se sentían
amenazados por él; por todas partes iba prendiendo el fuego. Un día seria
mal interpretado por los romanos. Más valía terminar cuanto antes. Caifas,
gran sacerdote aquel año, lo había dicho en el Consejo de los sacerdotes y
fariseos: "No tenéis idea, no calculáis que antes que perezca la nación
entera conviene que uno muera por el pueblo" (Jn. 11, 49-50).
A la vista de todo esto; ¿por qué mataron a Jesús? A causa de su vida,
porque lo cambiaba todo: la sociedad, la religión. Dios.
Porque iba sembrando un contagio peligroso en la humanidad: el de la
libertad y el amor, el del Dios que es vida y fuego.
La causa verdadera. Pero no nos engañemos por la moda actual de hacer de
la muerte de Jesús un acontecimiento político, una historia palestina con
cierto valor ejemplar. La verdadera causa de la muerte de Jesús fue
redimirnos. Desde las profecías de Isaías y su descripción del "varón de
dolores" hasta el Evangelio, los escritos patrísticos más antiguos y
venerables, los monumentos litúrgicos paleocristianos...hasta las fórmulas
que hoy utilizamos en el Credo, siempre somos nosotros, los redimidos, la
causa de su .muerte. Una casa es lo que se pueda decir circunstancialmente,
por moda más e o menos oportuna, y otra la confesión de fe que brotando del
Antiguo Testamento llega unánime hasta nuestros días.
3. ¿COMO LA AFRONTO?
Lo más singular, sin embargo, es la libertad característica de la actitud
de Jesús ante la muerte. No es la libertad del héroe que se siente obligado
por la grandeza y sabe que la muerte es el polo opuesto de la misma. Tampoco
es la libertad del sabio que conoce lo fugaz y lo duradero y se orienta
según esto último. Hay aquí otro aspecto. En su ser más recóndito, Jesús se
siente libre con respecto a la muerte, porque no hay nada en su persona que
esté supeditado a la muerte. Jesús es incorruptible en todo su ser.
Por esto, por ser esencialmente viviente, Jesús se considera Señor
soberano ante la muerte. Pero está ligado misteriosamente a ella como al
pecado. Jesús, interiormente eximido de la muerte, se ha sometido libremente
a ella. Ha sido enviado para dar un nuevo valor a la muerte, tanto en sí
mismo como ante Dios.
La libertad de Jesús con respecto a la muerte queda expresada, ante todo,
en las tres resurrecciones: cuando devuelve el hijo a la viuda de Naím,
resucitándole sin esfuerzo alguno, como al pasar (Lc. 8, 11-17)... Luego,
cuando restituye la hijita a Jairo, con un gesto suave, amoroso y tierno la
niña sólo duerme, de manera que tenemos la impresión de que juega con la
muerte y de que este terrible ser le obedece como el sueño se desvanece y
cede bajo las manos maternales que despiertan al niño (Mc. 5, 22-43).
Finalmente, el grandioso suceso de la resurrección de Lázaro, relatado por
San Juan (9, 1-45).
Pero debemos preguntarnos cómo debe considerarse su muerte. Al principio.
Jesús no hablaba de ella. Si el pueblo le hubiese acogido, habría se
realizado la predicción de los profetas. La Redención hubiera tenido lugar
mediante la predicación y la fe y habrá quedado transformada la historia. En
tanto subsistió esta posibilidad, parece que Jesús no habló de su propia
muerte a no ser que se refiriera a ella vaga y confusamente. Luego los jefes
se obstinaron, el pueblo falla, y Jesús no sabemos en qué momento de
profundísima vivencia emprende el camino de la muerte, para asegurar con
ella la salvación de los hombres.
Desde este momento habla con precisión de su muerte. De modo decisivo, en
la hora íntima de Cesárea de Filipo, cuando pregunta a los apóstoles:
"¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?" (Mt. 16, 13). Tras la
respuesta de San Pedro, al que el Señor prodiga sus alabanzas, dicese:
"Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir
a Jerusalén para sufrir mucho de parte de los ancianos, de los príncipes de
loe sacerdotes y de los escribas y ser muerto y al tercer día resucitar" (Mt.
16, 21) Pero la idea de su muerte va siempre unida a la de su Resurrección.
Las predicciones de su pasión la unen a la muerte, como el tercer día al
primeara*''' Se evidencia por ello que Jesús no muere, como nosotros, a
consecuencia de una muerte destructora, efecto del pecado, sino que muere a
consecuencia de una muerte que El acepta libremente de las manos de su
Padre. Lo dice explícitamente:
"Porque yo doy mi vida para tomarla de nuevo. Nadie me la quita, soy yo
quien la doy de mi 'mismo" (Jn. 10, 18). Se somete a la muerte no por
necesidad, sino porque es poderoso. Así lograremos comprender mejor el
suceso misterioso de la Transfiguración, presentado por San Mateo (17), por
San Marcos y también por San Lucas (Cap. 19 respectivamente). Presiéntase lo
que va a suceder el día de Pascua. La muerte del Señor está ligada, desde el
primer momento, con la transfiguración, porque no muere por debilidad, sino
en la plenitud de la vida.
Esta se manifiesta también en la última noche, en el huerto de los Olivos
(Lc. 22, 39-46). Ciérnese sobre Él, el carácter horrible de su muerte. Es
presa de una angustia mortal, pero se somete a la voluntad del Padre. La
muerte no actúa en El desde el interior mismo, como consecuencia de una des
trucción vital. Al nacer, no se sintió herido, como cada uno de nosotros,
por la herida secreta cuya última consecuencia es la muerte real. Jesucristo
es esencialmente vivo; la muerte le llega por la voluntad del Padre, y El la
acepta con su propia voluntad, por lo cual se la asimila mucho más
profundamente que ".cualquier hombre. Nosotros la padecemos, sometidos por
la violencia; en cambio El la acepta con el amor más profundo e intimo.
Morir es por esto muy difícil para El. Se ha dicho que la muerte de muchos
ha sido más horrible que la suya, pero esto no es cierto. Nadie murió ni ha
muerto como El. La muerte es mucho más terrible cuando pone fin a una vida
muy intensa, pura, delicada. La muerte nuestra siempre está orientada hacia
la muerte misma. En realidad, e pignoramos lo que es la vida propiamente
dicha. Pero El era tan plena y únicamente viviente que pudo decir: "Yo soy
la vida". He aquí por qué apuró el cáliz de la muerte y por esto mismo la
venció y superó.
Después de Cristo, la muerte presenta otro aspecto. El mismo nos ha
dicho, sin embargo, que creer es participar de este misterio: "Quien cree en
mí vivirá, aunque muera". El que cree está encuadrado en la verdadera vida,
en la vida "eterna".
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