20 RESUCITÓ
1. CENTRALIDAD DE LA RESURRECCIÓN DE JESÚS EN LA VIDA CRISTIANA
Aquel Jesús de Nazaret vive hoy y es el Señor. El da sentido a la
historia y revela al hombre su vocación. Su Espíritu nos hace ser como El,
hombres nuevos capaces de renovar el mundo.
Nuestra fe está centrada en Jesús. El hombre cuya personalidad nos
apasiona, cuya vida es estímulo y horizonte para nosotros, cuya muerte es
reveladora y está en plena coherencia con su vivir. Todo esto es verdad.
Pero si aquí termina la aventura de Jesús de Nazaret, tenemos que volvernos
.a casa como los discípulos de Emaús al tercer día. Pero no. ¡Cristo ha
resucitado! Esto es lo que creyeron y confesaron los apóstoles, y esto mismo
es lo que creemos y confesamos nosotros. La fe cristiana se juega todo en
esta carta: Cristo Resucitado. De ahí pende nuestra fe en Dios; nuestra
forma de existir y de esperar; el modo de afrontar la realidad de cada día;
la aceptación de nuestra muerte. Ahora bien, si ésta es la cues tión
decisiva en nuestra vida, no podemos contentarnos con repetir una y otra vez
"Cristo ha resucitado", sino que hemos de preguntarnos qué significado tiene
esto en mi existir, en la vida de la comunidad cristiana y en la his toria
del mundo para su presente y, sobre todo, para su futuro. Sólo desde este
afrontamiento, abordando el problema en sus repercusiones existenciales
nuestra fe se vuelve significante y con sentido; de lo contrario, queda
reducida a una fórmula vacía.
Nuestro punto de partida debe ser la experiencia de los primeros
creyentes. Comenzaremos viendo qué creyeron los apóstoles; qué supuso para
ellos el acontecimiento de las apariciones; en qué fundaron su decisión y su
compromiso radical. De este modo nos será más fácil descubrir y reexpresar
lo que significa para nosotros creer en el Resucitado.
2. EXPLICACIÓN DEL HECHO DE LA RESURRECCIÓN.
Lo que la ciencia histórica puede decir acerca del hecho de la
resurrección de Jesús, es que sus discípulos dieron testimonio de ella. El
proceso de la resurrección en cuanto a tal, quedó substraído a toda mirada
humana y escapa a toda verificación científica.
Las apariciones de Jesús después de su muerte fueron únicamente algunos
encuentros con sus amigos y discípulos. La ciencia histórica se ha de
detener por fuerza en estos testigos. Puede sopesar su credibilidad. El
cristiano debe hacerlo. No puede creer "al azar" (1 Cor. 15, 2).
Pero el último paso que se le pide es la fe.
a) La piedra angular de la fe.
No es la opinión de unos pocos, que fue imponiéndose poco a poco y vino a
ser opinión común. No; desde el principio esta convicción es el centro y
piedra angular de la predicación de todos; "En conclusión, sea yo, sean
ellos los otros apóstoles, así predicamos y así habéis creído" (1 Cor. 15,
11)
De la resurrección depende la fe. "Y si Cristo no ha sido resucitado,
vacía, por tanto, es nuestra proclamación; vacía también vuestra fe...aún
estáis en vuestros pecados" (1 Cor.15, 14 - 17)
Si no hay resurrección, prosigue Pablo, los apóstoles somos unos
impostores, y vosotros engañados de la manera más lamentable, somos los más
desgraciados de todos los hombres "si nuestra esperanza en Cristo solo es
para esta vida" (1 Cor. 15, 19).
En tal caso, mejor que conformarse con un Cristo imaginario, prefiere
asociarse a los que dicen, entre tristes y contentos: "Comamos y bebamos,
que mañana moriremos" (1 Cor. 15, 32).
Tal es la actitud de los primeros testigos. No aparecen para nada como
gentes que se refugian en una ilusión, llevados de la angustia v la
fantasía, por no tener valor para mirar cara a cara la realidad. No.
Cualquier cosa antes que construir su vida sobre un embuste. Pero ellos
pueden decir con toda sencillez: "Cristo ha resucitado de entre los muertos"
(1 Cor. 15. 20)
El más antiguo testimonio escrito que poseemos sobre la resurrección es
el de Pablo, lo mismo que respecto de la eucaristía. Y lo mismo que allí,
encabeza aquí sus palabras con la advertencia especial de que también él ha
recibido de otros este testimonio. Estas palabras, son pues, más antiguas. Y
así tropezamos con el estrato más antiguo, con la piedra roqueña del Antiguo
Testamento, y leemos: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez
recibí; que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras que fue
sepúltala do y que al tercer día fue resucitado según las Escrituras que se
le apareció a Cefas, después a los doce; más tarde se apareció a más de
quinientos hermanos juntos, de los cuales, la mayor parte viven todavía;
otros han muerto; después se le apareció a Santiago, más tarde a todos los
apóstoles; al último de todos, como un aborto, se me apareció también a mí"
(1 Cor.15, 3-8) Este mensaje, este kerigma coincide con todo lo que sabemos,
por los Hechos de los Apóstoles, sobre la primera predicación de los
apóstoles.
Del relato de Pablo se deduce que Jesús se apareció probablemente a Pedro
antes que a nadie. Esta primera aparición está mentada de paso en Lc. 24,34;
pero en ningún evangelio se describe con detalle.
b) La mañana del primor domingo.
Todos los evangelios comienzan por una narración muy modesta y sencilla;
las mujeres que el domingo por la mañana van a ver el sepulcro. Una palabra
clave para entender plenamente el sentido de esta narración, es la mención
del color "blanco". Junto al sepulcro es visto un "joven" (Mc. un ángel, Mt.).
Joven o ángel lleva vestiduras blancas. Blanco es el color de la santidad de
Dios, el color del fin de los tiempos, cuando Dios reinará; es el color del
"día de Yahveh".
Ahora inmediatamente después del sábado, cuando por vez primera en la
historia universal sale el sol sobre una mañana de domingo, sobre un "día
del Señor" (Apoc. l, 10), unas mujeres son recibidas por alguien vestido de
las blancas ropas del fin de los tiempos. Su reacción es de miedo.
En Marcos, esta escena está penetrada toda por la consternación; en
Mateo, la tierra tiembla al descender el ángel; en Lucas, las mujeres se
postran rostro en tierra. Es la reacción del hombre al entrar Dios en el
mundo. Pero toda esto es mera envoltura de lo que importa, el engarce donde
brilla el verdadero diamante de la narración: "¡Ha resucitado!" He ahí la
palabra tranquilizante y gozosa. Es el mismo mensaje de pascua que en Pablo:
El Señor vive.
Los cuatro evangelistas ofrecen el mensaje de la resurrección de Jesús en
forma narrativa. Si se comparan sus relatos entre sí, observamos que estos
difieren entre sí mucho más que, por ejemplo, las historias de la pasión.
Los distintos autores aducen apariciones distintas, y, cuando tratan el
mismo hecho, difieren en pormenores.
De esto deduce legítimamente la ciencia bíblica que estas narraciones
tardaron más en llegar a una forma narrativa fija, que la precedente
historia de la pasión. Es decir, mientras que el mensaje pascual es muy
antiguo y central, las narraciones del mismo no consiguieron tan
inmediatamente un puesto fijo. La .cosa es comprensible. La pasión era un
acontecimiento único; pero los acontecimientos de pascua fueron muchos:
"También con muchas pruebas se les mostró vivo después de su pasión" (Act.
l, 3). '.i Pablo, ni ninguno de los evangelistas, tratan de reproducirlos
todos. Hacen una selección, no mayor de lo que se requiere para proclamar
debidamente el mensaje pascual señero. Tal es la razón de que no apareciera
tan rápidamente una forma narrativa fija para describirla resurrección. Se
formaron diversas líneas de tradición y surgieron diferencias de pormenor.
Lo mismo hay que decir del relato sobre el sepulcro vacío. Marcos y Lucas
hablan de tres mujeres junto al sepulcro (aunque no las mismas) Mateo de
dos, Juan de una (aunque ésta dice en 20, 2"no sabemos..."). En Mateos se
dice también: "No dijeron nada a nadie" (16,8), mientras en Mateo (28 8)
leemos: "Fueron corriendo a contárselo a los discípulos". En Lucas se echa
de menos el mandato de ir a Galilea.
Además, Mateo y Marcos hablan do la aparición de un solo ángel, Lucas y
Juan de dos. Pero en Juan sucede esto en una segunda visita y los ángeles no
dan recado alguno. En el relato de Mateo, el ángel está sentado sobre una
piedra; según los otros tres evangelistas, en el interior del sepulcro.
Después de la escena del sepulcro vacío, añade Mateo una aparición a las
mujeres, que probablemente tuvo lugar en otro momento.
Se ve, pues, lo poco armonizados que están los cuatro relatos. Sin
embargo, están acordes en los temas capitales: el sepulcro vacío, las
apariciones, y', sobre todo, el mensaje propiamente dicho: El Señor vive. En
sus divergencias nos permiten tal vez reconocer algo del gozoso azoramiento
de aquella mañana, en que fue anunciada la vida cuando se aguardaba la
confirmación de la muerte. Lo que sin duda ponen de relieve en sus
diferencias, es la certidumbre y honradez de la naciente Iglesia, que no
alisó secretamente estas desigualdades, sino que, con entera libertad de
espíritu, dejó que circularan casi como estaban. Pero lo que sobre todo
aparece claro en estas diferencias, es la unidad y prevalecía del mensaje de
pascua. Esto es lo que importa en las narraciones.
Toda la vida de Jesús está escrita, como ya hemos visto, para
presentarnos un mensaje.
Nos hemos detenido algo más en esta cuestión, porque se trata del mensaje
central de nuestra fe, de la base y fundamento de nuestra certidumbre. Con
ello seguimos también el consejo, ya mentado, de San Pablo de "no creer al
azar".
c) Las apariciones.
Entre tanto, nada hemos dicho sobre las apariciones de Jesús. En la
narración sobre el sepulcro vacío, no lo vimos a El mismo.
¿Cómo aparecerá? ¿Cómo una llamarada de fuego? ¿Entre gritos de triunfo?
La alegría que ahora empieza, no se expresa en formas grandiosas. Dios no
quiso ponérnosla ante los ojos en manifestaciones sobrecogedoras, sino
sencillamente, humana y casi idílicamente.
María Magdalena piensa que es el hortelano. Pero él no tiene más que
decir: "María", para darse a conocer. A las mujeres las saluda simplemente:
"Dios os guarde". En Jerusalén, se presenta en medio de los apóstoles, sopla
sobre ellos, come con ellos pescado y miel, y les dice: "La paz sea con
vosotros". En Galilea aparece sobre un monte, se acerca a los allí presentes
y habla con ellos. Con Pedro y otros toma su desayuno a orillas del lago.
También a Pablo se le aparece, más aun, se le muestra entre esplendores
deslumbrantes, pero también con palabras tan humanas como éstas: "Yo soy
Jesús, a quien tu persigues".
Consuela como un amigo. Dondequiera tropieza con gentes desalentadas.
En estos relatos de apariciones asoma, entre líneas, pero con claridad
meridiana, el contraste entre lo que hace Dios y lo que hacen los hombres,
es decir, las mujeres, los apóstoles, los testigos que nos representan
Tienen miedo, se sienten impotentes y se arrebujan unos con otros como
gentes a quienes se les ha acabado toda sabiduría y toda confianza. Su
esperanza no tiene ya base alguna.
"Habría que poner cabeza abajo todos los relatos de pascua, si hubiera
que cifrarlos en las palabras de Fausto; "Celebran la resurrección del
Señor, porque ellos mismos han resucitado". No, ellos no han resucitado. Lo
que experimentan primero con temor y angustia y después con alegría y júbilo
es precisamente que ellos, los discípulos, están señalados por la muerte el
día de pascua; en cambio, el crucificado y sepultado vive".
No es posible imaginarse, por tanto, que la resurrección pueda exp
licarse por el estado de espíritu de los apóstoles. No dieron, sin quererlo,
forma de visiones a sus expectaciones. Para asegurar esto habría que
comenzar por poner realmente cabeza abajo los relatos pascuales. Los textos
dan a entender claramente que los apóstoles no abrigaban expectación alguna.
Por lo que atañe a las predicciones de Jesús sobre su propia resurrección,
los apóstoles no las entendieron cuando las hizo, y menos después de su
muerte.
Después de una de esas predicciones leemos en Lucas: "Sin embargo, ellos
nada de esto comprendieron; pues estas cosas resultaban para ellos
ininteligibles, ni captaban el sentido de lo que les había dicho"(Lc. 18.
34)
Otras hipótesis que quieren explicar la resurrección de Jesús como
invención humana, son todavía más inverosímiles. Un embuste planeado a
ciencia y conciencia por apóstoles y discípulos pugna con su carácter tal
como nos lo pintan los evangelios. Un embuste de otros, que habrían robado
el cadáver y engañado así a los mismos apóstoles, pugna con el
desenvolvimiento de los hechos: a la postre no los convenció el sepulcro
vació, sino las apariciones.
Ha habido también otra teoría, la de un mito de primavera que se habría
creado a base de la vida renaciente. Esta fantasía puede rechazarse sin más,
pues no tiene nada que ver con la Biblia.
La tesis, finalmente, de que Jesús no murió siquiera, pugna no solo con
la historia de la pasión, sino también con el nuevo modo con que Jesús se
presenta entre los suyos. Su modo de existir es distinto. Se lo ve y
súbitamente se lo deja de ver. Las puertas cerradas no le impiden entrar
donde quiere.
En conclusión, lo que comienza a renovar la historia universal no es una
obra humana, sino una acción de Dios. La cabeza humillada de Jesús se
levanta para siempre. El reino de Dios se despliega en un hombre que se ha
hecho nuevo.
d) Las apariciones visibles, signos de su presencia invisible.
En los relatos de apariciones del Señor, nos llama la atención el que los
discípulos no lo reconozcan de pronto. Por otra parte, comprueban que es El.
Esto tiene un profundo sentido. Naturalmente, es ante todo una prueba más de
que la imagen del Señor resucitado les viene de la realidad y no es creación
de su fantasía. Necesitan tiempo hasta reconocerlo. Pero esto nos hace ver
algo aún más profundo que atañe al mismo Jesús, su novedad Jesús no es ya
enteramente el mismo. Sus apariciones no significan que Quiera continuar
unas semanas más su vida terrena, sino que inicia a sus discípulos y a su
Iglesia en una nueva manera de su presencia. El hecho de que súbitamente
pueda ser visto en medio de sus discípulos, no significa sólo que puede
entrar "con las puertas cerradas", sino que está siempre presente aunque no
lo vean. El Señor resucitado es la nueva creación entre nosotros. Las
apariciones son indicios tácitos de su presencia permanente.
A María en el hureto, a los discípulos en el cenáculo, sobre un monte y a
orillas del mar, se le manifiesta en su palabra.
Esto nos llama señaladamente la atención en el relato de Lucas sobre los
discípulos de Emaús Se les junta en persona en el camino, pero esto parece
no decirles nada. Sin embargo: "¿Verdad que dentro de nosotros ardía nuestro
corazón cuando nos venía hablando por el camino y nos explicaba las
Escrituras?" (Lc. 24,32) En la palabra encontraron al Señor.
Una segunda manera de darse a conocer es un gesto preciso: la "facción
del pan" en Emaús. Que Jesús celebrara entonces la eucaristía con los
discípulos de Emaús o no la celebrara, es punto irrelevante. En ambos casos
tenía este gesto el sentido de aludir a la eucaristía, en que en adelante se
daría a conocer. También el pescado y la miel, que Jesús come, alude a ella
pues antiguamente se juntaba a la celebración eucarística dicha comida. Son
indicaciones de su presencia en la eucaristía. Así pues, al aparecerse
visiblemente, ilustró sobre»su presencia invisible.
Por lo mismo soplo también sobre sus discípulos y les dio el Espíritu
Santo, por el que en lo sucesivo nos uniríamos con El.
En las apariciones se habla igualmente del oficio pastoral de Pedro y del
perdón de los pecados. Esto todo son modos de la presencia de Jesús.
3. SIGNIFICADO DE LA RESURRECCIÓN SEGÚN LAS ESCRITURAS.
a) Lo que creen los apóstoles. Admitir y confesar que Jesús ha resucitado
significa reconocer que Dios ha testificado a favor de Jesús; ha garantizado
de un modo roas definitivo y radical por medio de sus milagros o de su
estilo de vida, que él es el enviado al que tenemos que escuchar (Mt. 3, 16
ss.; 17, 5); en quien está la salvación. Al resucitarle de entre los muertos
Dios hace suyo el escándalo de la cruz, que se convierte desde entonces en
signo de esperanza.
Este reconocimiento significa un cambio radical de su perspectiva en la
esperanza de los apóstoles y de sus contemporáneos que cifraban la
expectativa mesiánica en otros objetivos bien distintos (por ejemplo, un rey
que asegura el alimento; o la liberación política inmediata de la opresión
romana; o el restablecimiento del esplendor pasado, etc.) Se trata, para los
apóstoles, de una verdadera conversión, de un reajuste de sus criterios y
esperanzas. Esto es lo que implica creer y confesar que Jesús ha resucitado.
Ahora se ha manifestado que Dios nos salva de la muerte, que da sentido
al mundo y a la humanidad en Jesucristo. En él está la esperanza y el
futuro, en él se supera la muerte, el fracaso.
Desde las apariciones, y por la iluminación interior que reciben, los
apóstoles creen que Jesús es Señor, que está a la derecha de Dios, que es el
Hijo de Dios. Esta nueva relación de Jesús con el Padre es lo que pone de
relieve el episodio de la Ascensión. Confesar que Jesucristo es Señor, es
reconocer en ellos atributos divinos; la capacidad de dar vida a todos los
hombres; el señorío sobre todas las cosas; la presencia que supera el
espació y el tiempo; ser, en definitiva, lo único capaz de dar sentido al
hombre y al mundo. Creer en el Señor Jesús es creer y experimentar que lo
sucedido en Jesús marca la dirección, el sentido y la suerte de cada hombre.
Confesar que Jesús vive en Dios, que ha resucitado, es decir, que ha
pasado a existir de una manera que sólo negativamente podemos explicar, pero
que supone la superación de todas las limitaciones del existir humano.
Existe de otro modo; inmortal; incorruptible; enteramente libre. No está
fuera de la historia; está metido en ella más que cualquiera de nosotros. Y
sin embargo, no está sujeto a sus limitaciones; traspasando los tiempos y
los espacios, se hace presente a todos los hombres. Si consideramos la
sucesión histórica como una circunferencia. Cristo sería equidistante a
todos los momentos y presente en cada uno. La resurrección es así una nueva
forma de estar presente: "Estoy con vosotros hasta la consumación de los
siglos" (Mt.28, 20).
Se cree en Jesús como el primogénito, el primero de los muertos, porque
lo sucedido en Jesús es garantía y seguridad de que Dios salva a los hombres
de la muerte (1 Cor.15, 12-22).
Significa también que en El y a. partir de El, se difunde la capacidad de
Dios de comunicarnos la vida, de hacernos partícipes de su amor
interpersonal, pues nos da su Espíritu. El gesto del Resucitado de soplar
sobre los discípulos diciendo; "Recibid el Espíritu Santo", hace pensar en
seguida en la primera página de la Biblia en que Dios sopla para comunicar
la vida al hombre. La vida es un hecho que pasa, ni siguiera un suceso que les
marca, pero que pertenecería ya al pasado. Es una realidad presente
dinámicamente en ellos. El Resucitado vive y está entre ellos.
- En la comunión con el resucitado. Los relatos de las apariciones no son
únicamente el testimonio de las experiencias inefables vividas por los
apóstoles. Encierran, además, una catequesis riquísima sobre la nueva
presencia del Resucitado.
Jesús se acerca mientras conversa. El resucitado está realmente cercano y
presente, aunque no caigan en la cuenta de que es él. Mateo pondrá en labios
de Jesús esta afirmación: "Donde dos o tres estén reunidos en mi nombre,
allí estaré Yo". (Mt. 18, 20; 28, 20). Y reunidos en este caso lo podríamos
traducir diciendo: cuando se tome en serio la vida; cuando se comparte lo
vivido; cuando se dialoga, se sufre y se goza juntos.
Más concretamente los discípulos de Emaús reconocen que Jesús está con
ellos cuando se lee y comenta la Escritura "¿No ardía nuestro corazón
mientras hablaba?" (Le. 24, 32). Esta narración de Lucas expresión de la fe
de la Iglesia quiere indicar que en la Escritura, en la Palabra de Dios, la
comunidad experimenta la presencia del Resucitado. Por eso los creyentes se
congregan y permanecen unidos en la doctrina de los apóstoles (Hch.2, 42).
De modo especial le reconocen en el gesto de partir el pan, alusión clara
a la cena en memoria del Señor (1 Cor.12). Para la comunidad de los
discípulos será una necesidad gozosa el reunirse para partir el pan. El
culto de la nueva comunidad es una epifanía o aparición del Señor.
Pero en la comunidad está presente el Señor resucitado también como
deseo, como anhelo; es una presencia misteriosa y sencilla; presencia que es
ausencia, un inicio que es deseo de plenitud: ¡Ven, Señor Jesús! La
resurrección de Jesucristo hace que sea más fuerte el deseo de la cercanía y
de la comunicación; un deseo que incluye la muerte como etapa ("desearía
morir, ser transformado y estar con el Señor" Flp. 1, 23-26); pero es un
deseo y una espera que no se traduce en una evasión intimista. Ellos saben
que de este anhelo fruto de la fe en el Resucitado participa la creación
entera, que gime y sufre oprimida, esperando la liberación. Ellos saben que
es un deseo que madura en el aguante y en la tarea: "No os toca a vosotros
conocer los tiempos y momentos que el Padre tiene reservado; sino que
'seréis mis testigos..." (Hch.l, 7 ss.).
Este deseo es fuerza para la misión de hacer discípulos, es decir de
invitar a los hombres a participar de la libertad, de la alegría, de la
esperanza que ellos han comenzado a experimentar. Y esta misión será como la
de Jesús motivo de división y de discernimiento.
Este nuevo modo de estar presente se concreta sobre todo en el Espíritu
que nos comunica. Por eso el significado de la Pascua solo lo entendemos a
la luz de Pentecostés, que revela la nueva relación del Resucitado con
nosotros. El Espíritu, es el don por excelencia del Resucitado; resucitar
significa para Jesús llegar a ser espíritu vivificante, fuente de agua viva,
que salta hasta la vida eterna. El Espíritu de una manera visible, universal
y consciente aun no había sido dado, porque él no había resucitado de entre
los muertos (Jn. 7, 37-39).
El Espíritu es quien nos hace vivir el misterio de Cristo. Grábelas al
Espíritu que nos comunica, el Señor no está ya simplemente con nosotros,
como estaba con los apóstoles y discípulos antes del viernes santo; desde
Pascua está en ellos. Por eso ahora nuestro vivir es vivir en Cris to Jesús,
gracias a su Espíritu que llena nuestros corazones. Para Pablo son
expresiones sinónimas: "Vivir en Cristo" y "vivir en el Espíritu".
El Espíritu es quien nos hace vivir el misterio de Cristo. Grábelas al
Espíritu que nos comunica, el Señor no está ya simplemente con nosotros,
como estaba con los apóstoles y discípulos antes del viernes santo; desde
Pascua está en ellos. Por eso ahora nuestro vivir es vivir en Cris to Jesús,
gracias a su Espíritu que llena nuestros corazones. Para Pablo son
expresiones sinónimas: "Vivir en Cristo" y "vivir en el Espíritu".
El Espíritu es el don de Pascua: "Recibid el Espíritu Santo"; fueron
llenos del Espíritu... Es un Espíritu locuaz, manifestativo; se concede como
don; no como posesión exclusiva, sino como fuerza para testificar las
maravillas de Dios, las que obró en Jesús resucitándole de entre los
muertos, y las que obra en nosotros constantemente haciendo por él y desde
él nuevas todas las cosas.
Esto es el Espíritu de la verdad que ayuda a los apóstoles y a los
creyentes de todos los tiempos a penetrar en el misterio de
Jesús, a conocer la verdad, a descubrir las intimidades de Dios que sólo
el Espíritu conoce. El asegura la permanencia indefectible de la comunidad
creyente. Al mismo tiempo es el Espíritu quien nos hace ser y sentirnos
hijos y no esclavos. Hijos como él, Jesús, el primogénito.
-Continuando su tarea y misión. Los apóstoles y los primeros discípulos
tomaron conciencia de que ellos continuaban la obra de Jesús. A través de su
testimonio de vida y de sus palabras anuncian que en Jesucristo Dios nos
salva de la muerte, nos descubre la vocación del hombre a una profunda
conversión para que la vida nueva del Resucitado se manifieste en ellos.
Lucas, al redactar los Hechos de los Apóstoles, tiene especial interés en
poner de relieve la continuidad y la semejanza entre la misión histórica de
Cristo y la vida de los primeros creyentes, Señalamos algún ejemplo:
-El Reino de Dios se manifiesta en la persona de Jesús, con sus milagros
y acciones (Mc. l, 31; 5, 41; 9,27). Los apóstoles, en nombre de Jesús,
realizan milagros y prodigios que hacen patente la salvación (Hch.3, 1-10).
-Jesús es tentado, perseguido, y, por fin consiguen matarlo. Los
creyentes, los apóstoles son llevados igualmente a los tribunales y
procesados por el nombre de Jesús (Hch. 4, 1-22; 7, 55 ss.).
-También en la narración de Juan sobre la pesca milagrosa, descubramos un
profundo significado. En el tiempo posterior a Pascua, el trabajo y la
misión van a gravitar exclusivamente sobre los discípulos. En ocasiones no
cogerán nada, pero también pescarán hasta que se les rompan las redes. Esta
pesca milagrosa símbolo de la tarea de los apóstoles y de la Iglesia ("os
haré pescadores de hombres; no temáis; mayores milagros haréis vosotros...")
es otra forma de significar que, aun antes de que lo reconozcan, está con
ellos hasta el final de los siglos (Mt. 28, 20), y que por él realizan la
tarea y consiguen recoger fruto. "Uno es el que siembra y otro el que
recoge". Pero estos frutos se deben a él que sembró y murió como grano de
trigo y, en definitiva a Dios que en Cristo resucitado da el incremento,
hace crecer (Jn. 4, 37 y ss.).
Así pues, la misión, la vida y el Espíritu de Jesús están presentes y
actúan en los discípulos. Esto nos lleva a fijarnos más directamente en la
comunidad naciente.
La comunidad del Resucitado. Con la fe pascual nace la comunidad
creyente. Los que creen en Cristo Resucitado se sienten unidos entre sí con
un lazo nuevo y profundo. Más concretamente, la experiencia de la fe en la
resurrección no existe al margen del grupo.
Y esto no sólo porque la fe nos viene de la predicación (Rm. 10, 17)
sino, sobre todo, porque únicamente en el grupo de los creyentes se
experimenta que el Señor vive; se entra en contacto con El (leer de nuevo la
narración de los de Emaús. Le.24). La misma experiencia de Pablo (caído en
Damasco, etc. Hch.9, 1-30) que podía parecer una excepción, está
evidentemente referida al grupo de creyentes: "Yo soy Jesús a quien tú
persigues".
Pablo explica esta relación entre Cristo y la comunidad con la imagen de
la cabeza y el cuerpo: Cristo no solamente es el jefe, el maestro, el
modelo, el Señor, sino que él es, además, principio de vida para los
creyentes él les hace ser fermento, luz y sal del mundo. Lo mismo quiere
expresar Juan con la imagen de, la vid y los sarmientos (Jn. 15).
En este grupo, como en un primer círculo concéntrico, se despliega el
nuevo ser, el estilo que el hombre Jesús encarnó en su vida, y que desde su
resurrección se irradia en el mundo a través de los creyentes:
-La especial relación y absoluta confianza en el Padre, hecha abandono
filial Abba que supera toda servidumbre.
-La renovación de la mente y el corazón;
-La apertura a la salvación definitiva;
-Sobre todo, el dinamismo de la caridad, el amor radical y eficaz "que
supera todos los demás dones.
Esta acción de Cristo en la comunidad de los creyentes es signo, garantía
e instrumento de su acción salvadora en toda la humanidad, en el universo
entero. De este modo la comunidad Cristian»está llamada a. ser la
"avanzadilla" del Reino, fermento inquietante, signo y anticipo de la tras
cendencia del mundo. La Iglesia se presenta como aquella porción de la
humanidad en que debe manifestarse la transformación que se está obrando en
el interior de la historia y de cada hombre. Por eso, el empeño constante
del creyente y de la comunidad, es el de revivir con toda verdad la
existencia y misión de Jesús de Nazaret.
En resumen:" el encuentro con el Resucitado se realiza siempre en la
comunidad; es ahí donde vive y actúa. Más aún, cada hombre todo hombre pasa
a ser sacramento de Cristo, lugar en donde se juega nuestra aceptación o
rechazo del Resucitado (Mt. 25, 40
ss.).
4. SIGNIFICADO DE LA RESURRECCIÓN PARA EL HOMBRE DE HOY.
Cada época tienen que hacerse ineludiblemente esta pregunta: ¿qué
significa para nosotros creer en Jesucristo Resucitado?
Arriesgamos ahora algunas formulaciones, pero la verdadera respuesta a
esta pregunta tiene que darla cada creyente desde la vida y con la vida.
a) Revelación del hombre. El hombre supera infinitamente al hombre. Esta
frase de Pascal podría condensar toda la revelación, toda la buena noticia
de la resurrección de Jesucristo para nosotros. Nuestra voluntad de vivir y
de ser es más fuerte que la muerte; ningún cliché o canon de realización
intramundana da la medida del hombre. En definitiva el hombre es aquel trozo
de cosmos y de materia, de historia y de barro en que Dios se hace intimidad
y presencia. El hombre reconoce que lo mejor de sí mismo y el fundamento de
su ser es el Amor Personal, el Dios viviente, el distinto que no llega a
sentirse extraño y que, siendo intimidad de cada uno, es centro unificador
de todos.
A la luz del misterio de Cristo vemos mejor la vocación del hombre. La
resurrección nos desvela el destino de cada uno de nosotros. Pablo dice: si
Cristo no ha resucitado, nuestra fe es algo vacío (1 Co.15, 17), quiere
decir que nuestra vida sin esta clave no tiene sentido. Aceptar a Cristo en
cambio es saber, aunque oscuramente, hacia dónde caminamos. Porque nuestro
porvenir es El.
Así, la vocación del hombre, es llegar a ser:
-Señor, con Cristo, de toda la creación, libre del espacio, del tiempo y
de las limitaciones;
-Heredero con él del universo;
-Y, sobre todo, hijo en él (expresión de Pablo llena de sentido) Un día
llamaremos a Dios Padre como jamás le habíamos llamado antes. De una vez
para siempre, definitivamente, en un instante de plenitud total. Y
advertiremos que El nos estaba llamando desde siempre "hijo mío" en Cristo.
Desde la opción vital por Cristo Resucitado comprendemos que el hombre es
una vocación al amor, y que "ser para los demás" hasta la muerte es la mejor
forma de realización personal; que en este desgaste y la •vejez son
únicamente el dolor del alumbramiento al que estábamos abocados. Por eso el
creyente desde la fe puede apostar "aún más", frente a cualquier humanismo o
ideología, para el hombre y su destino.
Llamado a un amor de hermandad, de servicio mutuo en Cristo, pasado y
futuro, más allá de cuanto él mismo se atrevía a soñar: tal es el destino
del hombre, el futuro hacia el que camina. Desde ese futuro se entiende el
caminar actual y desde éste se prepara aquél.
En la medida que cada cual haya trabajado aquí por construirlo, habrá
creado en Cristo, lo sepa nocionalmente o no.
b) Revelación del mundo. El hombre de hoy está más dispuesto para oír y
entender las dimensiones cósmicas y universales del acontecimiento "Cristo
Resucitado".
El universo y la historia toda está sometida a un proceso de crecimiento,
cuyo dinamismo concreto quizá desconocemos, pero cuya dirección se nos ha
revelado en Cristo. La resurrección de Cristo, en efecto, nos da la
seguridad de que la historia y el mundo tienen sentido; de que todos los
pasos que ahora se den en pro de una auténtica humanización del universo,
preparan de algún modo la plenitud final (Ig.M.39), aunque desconozcamos el
tiempo y el modo en que esto se realizará. El fruto absoluto del mundo está
garantizado.
Y así la clave de la historia se nos desvela en Cristo; a saber; que la
humanidad, la historia, que es un todo por su origen común, lo es mucho más
por esta llamada definitiva a la plenitud de Cristo. Y lo que por la marcha
misma de la historia presentimos: que la humanidad tiene un común destino,
lo vemos con nueva luz desde el dinamismo de Cristo Resucitado.
Sabemos también que la ley suprema de la transformación del universo es
el amor. Un amor que es dinámico; que encuentra oposición y que es asumido
en la muerte y resurrección de Jesucristo.
En las manos del hombre está la construcción del mundo; sobre sus hombros
pesa la responsabilidad de orientar el progreso técnico y social a favor del
hombre, de todos los hombres, en una línea siempre ascendente. Pero
esperando siempre como don gratuito de Dios la salvación definitiva. El
destino individual y comunitario de la humanidad es llegar a ser capaces de
recibir como don libre y personal la comunicación de Dios viviente que vence
la muerte y que libera al mundo, al hombre y a su entorno de las
limitaciones de este espacio y de este tiempo.
c) Revelación de Dios. Esto nos lleva a fijar nuestra atención en Dios
mismo y en Cristo que son en definitiva los grandes protagonistas, el objeto
de nuestra fe.
Toda la vida e incluso la muerte de Jesús fue para nosotros manifestación
del Dios verdadero, pero es sobre todo la luz de su resurrección, la que nos
revela al Dios amor más fuerte que la muerte; cuya pasión es hacer que el
hombre crezca. Que considera al hombre interlocutor válido, digno de sí. Que
comparte con nosotros su intimidad y señorío. El es horizonte fundamental y
sustrato de nuestro propio ser. Dios de vivos y no de muertos. . El que hace
nuevas todas las cosas. El futuro Absoluto del hombre y del mundo.
Dios que se nos ha revelado hombre en Cristo para descubrir cuál es
nuestro destino y vocación. Dios presente en Jesucristo al que, por ser
futuro y promesa, experimentamos ya presente. El hombre Jesús orienta y
sostiene nuestro vivir.
5. COMO VIVIR EN EL MUNDO DE HOY EL TESTIMONIO DE LA RESURRECCIÓN
Dice el Concilio:
Cada seglar cada cristiano debe ser ante el mundo testigo de la
resurrección y de la vida de nuestro Señor Jesucristo, y señal del Dios
verdadero. Todos en conjunto como cuerpo de Cristo y cada uno en particular,
deben alimentar al mundo con frutos espirituales (Ga.5, 22), e infundirle el
espíritu del que están animados aquellos pobres, mansos y pacíficos a
quienes el Señor en el Evangelio proclamó bienaventurados.
En una palabra, lo que es el alma en el cuerpo es decir: la libertad, la
responsabilidad, el amor, el último sentido esto han de ser los cristianos
en el mundo (Ig.38).
a) Testigos de la Resurrección de Jesucristo. Testigos, por habernos
encontrado personalmente con Cristo Resucitado, De este encuentro deriva un
nuevo conocimiento, un conocimiento experimental, nuevo conocimiento vital,
que desborda el entendimiento; una posesión viva por todas las facultades,
una visión por los ojos del corazón (Ef. l, 18).
Esto significa que Cristo es sentido como un contemporáneo: como alguien
que murió, pero está vivo y actuando, y su paso por la tierra es el paso
decisivo de la historia.
Su actuación consiste en que, en virtud de un pasado definitivo, nos
proyecta, nos lanza hoy a un Futuro Absoluto.
Necesitamos, por tanto, tener presente, experimentar en nosotros el hecho
de la resurrección y su significado actual. Sin comprender este significado
aquel hecho pierde interés, se convierte en un dato arqueológico.
Y el significado actual radica en esto; el Espíritu de Cristo Resucitado
actúa en nosotros como un dinamismo, una fuerza personal, que empuja a cada
hombre y a la totalidad de la historia a ver y aceptar el Amor del Padre, a
sentirse hijo, y por tanto libre en
Cristo, y a trabajar por el amor y la fraternidad, como El mismo.
Los creyentes cada uno a su estilo estamos llamados a ser la avanzadilla
de este dinamismo histórico.
b) Testigos activos de la Resurrección. La resurrección de Cristo y la
nueva realidad que ella supone, no es sólo objeto de conocimiento, sino que
pasa al nivel vital en la experiencia y en la acción. En la vida misma y en
sus expresiones externas, comunicamos esta experiencia que estamos viviendo.
Hay una recreación progresiva del hombre que le lleva a dejar las obras del
egoísmo y a obrar en Cristo. "Los que son de Cristo Jesús crucificaron su
carne con sus pasiones y sus concupiscencias. Si el Espíritu es nuestra vida
obremos también por el Espíritu" (Ga. 5,24).
Bajo el influjo de Cristo y de su don personal ya no puede el hombre
"buscar su propio interés" (Rm.15, 3), sino "los intereses de los demás"
(Flp.2.4).
Pero esto supone que el creyente ha sido invadido, como por una savia,
por Cristo resucitado, fuente de vida, "espíritu vivificante", quien por su
Espíritu le comunica la caridad de Dios, infundiéndola en su corazón.
Esta experiencia la vivimos en la Iglesia; es la experiencia mis ma de la
Iglesia, la experiencia comunitaria, no sólo la íntima personal, que avala
nuestro testimonio activo.
Ser testigo activo es entonces ser colaborador en el dinamismo de la
resurrección de Cristo, Uno vive a Cristo Resucitado, lo experimenta en sí
dentro de la comunidad, de la Iglesia, y lo comunica como noticia y como
realización progresiva.
Ser testigo:
· Alimentar al mundo con frutos "espirituales" de plenitud en el
Espíritu, porque se tiene fe en que la ley suprema del desarrollo es el
mandamiento nuevo del amor aprendido en Cristo (Ig. M.38).
· Vivir el trabajo, las iniciativas, los encuentros, el descanso, como la
resurrección de Cristo que está sucediendo hoy, en cada uno de nosotros, en
la historia.
· Atentos a los riesgos de la libertad, pero libres, porque donde está el
Espíritu del Señor, está. la libertad (2 Cor.3, 17).
· Totalmente comprometidos en el compromiso de Cristo.
· Y alegres, incluso con el desgaste; porque la actitud fundamental del
cristianó les la de un humilde agradecimiento.
· Con actitud filial, incluso cuando no sentimos a Dios. Actitud como la
de Cristo: Padre, ¿por qué me has abandonado?...Pero enseguida: Padre, me
echo en tus brazos.
· Todo el mundo, como campo de nuestra responsabilidad, de nues tra tarea
de colaboración.
· Y cada hecho concreto, pequeño o grande, cada trabajo, cada dolor, cada
compromiso, como un momento resurreccional, en esta marcha hacia la plenitud
universal que ya ha comenzado, que tendrá fracasos parciales y aparentes,
pero que no vuelve atrás.(Ig.M.48)
c) DOS 'TAREAS QUE ES NECESARIO SUBRAYAR.
Para los ya creyentes es preciso reconocer al Señor, como los de Emaús,
no sólo en los signos eclesiales, sino allí donde adviertan que comienzan a
hacerse nuevas todas las cosas; donde alguien se decide a vivir y morir por
los otros; donde ha y .un compromiso en la liberación de los oprimidos donde
hay un amor silencioso y doliente.
Expresan vigorosamente este mensaje las estrofas de José Antonio Olivar
(música de M. Manzano).
"Con vosotros esta y no le conocéis;"
con vosotros está su nombre es El Señor..."
"Su nombre es el Señor y está en la cárcel,
está en la soledad de cada preso
y nadie lo visita y hasta dicen:
tal vez ése no era de los nuestros.
Su nombre es el Señor, el que sed tiene,
él pide por la boca del hambriento,
está preso, está enfermo, está desnudo,
pero El nos va a Juzgar por todo eso.
"Cuando sufre un hombre y logra su consuelo,
cuando espera y no se cansa de esperar,
cuando amamos aunque el odio nos rodee,
va Dios mismo en nuestro mismo caminar".
* Y junto con ésta, la tarea ineludible (porque ningún otro puede
hacerla) de "nombrarle", de descubrirle, de revelarle, ¡Sólo en la comunidad
cristiana el Resucitado tiene nombre y rostro! ¡Sólo ahí se le puede
reconocer como María, y como Tomás hasta llegar a decir: Maestro mío! Lo
cual, más que un privilegio, es un problema; más que una meta ya asegurada
es un reto y un quehacer permanente.
Las comunidades cristianas cumplirán esta misión de revelar, de hacer
presente en ellos al Resucitado, de contagiar a todo hombre y a toda cultura
la alegría de la Pascua, en la medida en que exista en ellos una vida nueva;
opción por Jesús; superación del egoísmo; decisión concreta y arriesgada por
el futuro; compromiso político en la liberación del hombre; distanciamiento
crítico suficiente frente a toda situación para decir "aún no hemos llegado
a la meta"; dedicación plena y arriesgada (pobreza, celibato...) por los
valores del Reino; testimonios de vida familiar que encarnen el amor ya
presente; oración y espera; duda y certeza; muerte y resurrección. Sin
olvidar que la experiencia básica de la resurrección es ésta: "sabemos que
hemos pasado de muerte a vida porque amamos a los hermanos" (1 Jn.3, 14)
Pero al mismo tiempo este testimonio olvidarlo sería ingenuo, esta vida
nueva, aparecerá en la cobertura pobre del hortelano, del caminante es
decir, en medio del pecado, la torpeza, el miedo y las limitaciones de este
tiempo. Sigue siendo necesario "estar dispuesto", tener el nuevo sentido de
la fe para reconocer y confesar qué en este cuerpo, en este pueblo está
presente el Señor; que la comunidad cristiana, especialmente congregada en
la Eucaristía, es el sacramento de nuestra fe.
|