24 TÚ ERES EL SALVADOR DEL MUNDO
1. NECESIDAD DE LA SALVACIÓN.
La fe cristiana enseña también que el hombre no puede salvarse por sí
solo.
El contacto con Dios, nuestro fundamento, ha sido roto por el pecado, y
nosotros, sin Dios, no podemos restablecerlo. He ahí la segunda gran
característica de redención: el hombre solo no es la medida de nues tra
redención, como enseñan el humanismo y el marxismo. Ni uno ni otro pueden
liberarnos de ser simples hombres (en estado de evolución). Pero Jesús nos
levanta por encima de nuestra impotencia mediante el don de su Espíritu, que
contiene un nuevo nacimiento: victoria sobre el pecado, vida con Dios y
liberación de la muerte.
Esta acción de Dios no nos condena a renunciar a nuestra responsabilidad,
ni a la tarea de nuestro desenvolvimiento. Al contrario, Dios nos redime
para que despleguemos nuestra propia actividad, bondad y amor; para vencer
el pecado, el mal y la miseria con todos los medios de nuestra disposición.
Nuestro Dios no admite fatalismo. No hay que admitir resignadamente el
pecado ni la miseria como una fatalidad, o respetarlos como voluntad de
Dios. ¡No! La voluntad de Dioses precisamente que los venzamos. Esta es la
tarea que confía a la humanidad en su marcha a través de la historia.
El cristianismo no está llamado a interesarse por el desenvolvimiento
terreno en grado menor que el humanista o el marxista. El amor que aprende
de Jesús y el convencimiento de que toda bondad viene de Dios son las
razones por las que el cristiano se siente en la tierra, a fin de cuentas,
en su casa más que otro cualquiera. El cristiano lucha contra las miserias
de la vida con todo lo que tiene a mano.
Sin embargo, hay momentos críticos en que el progreso resulta una amarga
ironía. Ante quien tiene delante a su niño muerto en accidente de tráfico,
es cruel hablar del progreso de la humanidad. Su hijo no existe. Sabemos
también cuánta cizaña de necedad, mal y miserias de distintas clases
(alteraciones nerviosas y psíquicas) puede crecer mezclada con el buen trigo
del auténtico progreso. Hay pecado y sufrimiento al que no puede llegar el
hombre con toda su energía ni con el más bello progreso. ¿Nos redime también
de esta fatalidad el mensaje de Jesús?
La respuesta fue dada con una palabra que, según vimos, es la primera y
más antigua del cristianismo. Jesús llevó a cabo algo que no hicieron ni
Buda, ni Mahoma, ni Marx ni otro alguno; resucitó de entre los muertos. El
pecado y la muerte han sido vencidos. El niño muerto vivirá, no absorbido
por el océano del universo, sino con vida y amor propios suyos, unido con
Dios y con los hombres.
Sin la resurrección nuestra fe no tiene sentido; sin la resurrección
seríamos los más miserables de los hombres, embusteros precisamente en lo
que más importa. La resurrección de Jesús quiere decir que lo empezado en la
tierra se acabará en la gloria.
3. ¿CÓMO RECIBIMOS LA SALVACIÓN?
Cristo nos llama a convertirnos. "Yo no he venido a llamar a los justos
sino a los pecadores a penitencia" (Lc. 5, 32). Su mensaje, la Buena Nueva
de Salvación se dirige a todos los hombres. Todos estamos invitados a
volvernos hacia Dios y a adherirnos al Cristo Salvador "que tiene poder de
perdonar los pecados" (Mt. 9, 6)
La conversión es un cambio del corazón. Es una actitud filial por la cual
nos colocamos frente a Dios como niños pequeños
(Mt.18, 3). Es una actitud de confianza que nos hace decirle a Dios: "Oh
Dios, sé propicio conmigo, pecador" (Lc. 18, 13). Es el esfuerzo
perseverante de la actuación del Evangelio en nuestra vida.
La conversión es la respuesta a la llamada de Dios. Dios es quien nos
invita a convertirnos, nos propone su amor y espera nuestra respuesta. Somos
libres de rechazar este amor. Convertirse es decirle "sí" a Dios. Es
corresponder a su amor con el nuestro. Es disponernos a amarlo con todas
nuestras fuerzas, nuestra alma, nuestro corazón. Jesús dijo: "En el cielo
será mayor la alegría por un pecador que haga penitencia que por noventa y
nueve justos que no necesitan de ella" (Lc. 15, 7, 10)
Intentamos sin cesar llegar a la conversión. No es fácil adherirnos a
Cristo con todo nuestro ser. En realidad seguimos siendo débiles y
pecadores. Muchos obstáculos en nosotros mismos o nuestro alrededor: tratar
de frenar, de retardar, de comprometer y poner en duda nuestra fidelidad a
Cristo, nuestro progreso hacia la santidad. El amor al dinero, la lujuria,
el orgullo, el odio, la violencia, la mentira, la injusticia se unen para
turbar nuestro corazón y alejarnos de Dios y de su Amor. Es necesario luchar
sin descanso contra el "otro yo" que duerme en nosotros y que sólo espera la
ocasión de despertar. Eso es hacer penitencia.
Convertirse. Es responder a la llamada de Dios que nos ama y nos tiende
sus brazos.
Hacer penitencia. Es luchar contra el egoísmo, la fuerza, la impureza,
todo aquello que en nosotros obstaculiza al Amor de Dios.
Convertirse. Es "volverse hacia Dios" para corresponder mejor a su amor.
Hacer penitencia. Es esforzarse en llegar a ser "perfecto" como nuestro
Padre del Cielo es perfecto.
Durante el invierno tanto el árbol frondoso como el seco son despojados
de sus hojas, de sus frutos. Pero la primavera lleva a cabo, a su llegada,
una discriminación entre estos árboles. La raíz viva hace retoñar las hojas
y el árbol se carga de frutos. El árbol seco permanece igual que en
invierno. Así, mientras para uno de ellos se prepara el almacén de los
frutos, para el otro se afila el hacha, para cortarlo y quemarlo.
Nuestra primavera es la llegada de Cristo. Nuestro invierno es Cristo
escondido. Nuestra primavera es Cristo manifestado.
Basado en esta idea el apóstol se dirigía a los árboles buenos y fieles:
"Vosotros estabais muertos y vuestras vidas estaban ocultas con Cristo en
Dios".
No muertos verdaderamente, sino en apariencia: vivos en la raíz. • ''
Observa ahora la primavera que llega, como explica a continuación "En cuanto
Cristo, vuestra vida, llegue, entonces apareceréis vosotros también con El
en su Gloria" (Col. 3, 3 - 4).
San Agustín. |