25 DIOS CERCANO
1. ¿QUIEN ES JESÚS?
¿Quién decís que soy yo? Esta pregunta de Cristo ha recibido, a lo largo
de los siglos, las respuestas más diversas, y aun en nuestros días continúa
suscitando los más apasionados debates.
Para los historiadores la respuesta es relativamente sencilla. Jesús es
un judío de Nazaret, pequeña ciudad de Galilea, en Palestina. A los ojos de
todos es el hijo de un carpintero, José, y de una mujer llamada María. Eran
conocidos sus "hermanos" y sus "hermanas", como se decía entones para
designar a los parientes. Ha nacido bajo el Emperador Augusto en el cuarto
año antes de nuestra era, "en la inmensa majestad de la paz romana" Quirino
era entonces gobernador de Siria; Poncio Pilato, tetrarca de Judea; Heredes
Antipas, tetrarca de Galilea. Hacia los treinta años Jesús recorre Palestina
anunciando a todos una "buena nueva" que suscita inmensa esperanza en unos,
en otros un odio tenaz e implacable. Condenado a muerte, es crucificado bajo
el Emperador Tiberio, el 14 o
Estas preguntas se las habían ya planteado los discípulos de Jesús Si hoy
nos las hacemos igualmente es para aclarar nuestra mirada e intentar
entrever, más allá de las palabras, el sorprendente misterio de Cristo el
Señor al que no se llega más que por el corazón.
2. ¿QUIEN ES DIOS?
Jesús revela su identidad como el Hijo del Padre.
"INTRODUCCIÓN"
La expresión "hijo" o "hijo de Dios" tenía para el pueblo hebreo 'un
significado amplio y genérico, en cuanto que todos los hombres lo son. Más,
precisamente por esto, cuando Jesús de Nazaret lanzó la pretensión de ser
"Hijo de Dios" de una forma totalmente diversa y exclusiva, sus oyentes se
sublevaron y formaron un frente de resistencia contra El. La declaración
suprema, entre tantas con que Jesús afirmó ser el verdadero y único Hijo de
Dios, es la respuesta que dio al supremo sacerdote Caifas, durante el
interrogatorio ante el Sanedrín: "Y el Pontífice le dijo: "¡Te conjuro por
el Dios vivo que nos digas si Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios!" Dijóle
Jesús: "Tú lo has dicho" (Mt.26, 63 y ss.; Mc. 14, 61 y ss.; Lc. 22, 70 y ss.).
a) Los datos.
Pasajes importantes en que aparece el título "Hijo de Dios"

Esta tabla demuestra que sólo con el andar del tiempo y por efecto del
ahondamiento de la fe operado por el Espíritu Santo (evangelio de Juan), el
título de "Hijo de Dios" ha sido empleado cada vez con más frecuencia en el
pensamiento y en el lenguaje de los primeros testimonios cristianos. Una de
las muchas causas de este fenómeno puede hallarse en el hecho de que con su
mentalidad, educada en el formulario monoteístico del Antiguo Testamento, a
los Apóstoles les resultaba dificultoso transfundir su fe en Jesús, "Hijo de
Dios, en las expresiones trinitarias del Nuevo Testamento Cuando exponen los
episodios de la salvación, recaen con demasiada facilidad en las fórmulas
veterotestamentarias. Los discursos de Pedro, transmitidos por los Hechos de
los Apóstoles, permiten precisamente seguir este proceso de transformación
del lenguaje y ver, por ejemplo, cómo en el mensaje apostólico la
resurrección y las apariciones de Jesucristo no son presentadas como obras
de Cristo, sino de Dios Padre. Casi siempre se afirma que Cristo "ha sido
resucitado" y no que "ha resucitado" (Act.2, 24-323 3, 15-26; 4, 20-40; cf.
Act. 2,22-36; 3, 13-20; 1 Cor. 15, 3-5).
b) Jesús lo afirma.
Jesús ha mantenido su afirmación de ser Hijo de Dios con los milagros y
sobre todo con el poder de perdonar los pecados. Los mismos escribas se han
visto obligados a preguntarse: "¿Quién puede perdonar los pecados, sino sólo
Dios?" (Mc. 2, 7; Lc. 5, 21).
El distingue con extraordinaria claridad su filiación divina de la
relación filial que une a todo hombre con Dios. En boca de Jesús, la
expresión "mi Padre" (Mt. 7, 21; 10, 32 y ss; 11, 27; 12, 50; Lc. 2, 49; 22,
29; 24, 49) adquiere un significado totalmente distinto que en la plegaria
de los otros hombres. Esto lo subraya El también cuando habla de modo
explícitamente distinto del "Padre mío y Padre vuestro, Dios Mío y Dios
vuestro&qi siempre se afirma que Cristo "ha sido
resucitado" y no que "ha resucitado" (Act.2, 24-323 3, 15-26; 4, 20-40; cf.
Act. 2,22-36; 3, 13-20; 1 Cor. 15, 3-5).
b) Jesús lo afirma.
Jesús ha mantenido su afirmación de ser Hijo de Dios con los milagros y
sobre todo con el poder de perdonar los pecados. Los mismos escribas se han
visto obligados a preguntarse: "¿Quién puede perdonar los pecados, sino sólo
Dios?" (Mc. 2, 7; Lc. 5, 21).
El distingue con extraordinaria claridad su filiación divina de la
relación filial que une a todo hombre con Dios. En boca de Jesús, la
expresión "mi Padre" (Mt. 7, 21; 10, 32 y ss; 11, 27; 12, 50; Lc. 2, 49; 22,
29; 24, 49) adquiere un significado totalmente distinto que en la plegaria
de los otros hombres. Esto lo subraya El también cuando habla de modo
explícitamente distinto del "Padre mío y Padre vuestro, Dios Mío y Dios
vuestro" (Jn. 20, 18) Cristo hace remontar su ciencia y su potencia a la
comunión de vida y a la unión de la voluntad con el eterno Padre. "Mi Padre
me confió todas las cosas, y nadie conoce perfectamente al Hijo, sino el
Padre, y nadie conoce al Padre enteramente, sino el Hijo, y a quien el Hijo
quisiera revelárselo" (Mt. 11, 27).
La íntima relación existente entre Jesús y Dios Padre es descrita sobre
todo, en el Evangelio de Juan, donde Cristo dirige no menos de 115 veces a
Dios el apelativo de "¡Padre!" "Yo y el Padre somos una sola cosa" (Jn. 10,
30); "El Padre está en Mí y Yo en el Padre" (Jn. 10, 38); "El que me ha
visto, ha visto al Padre" (Jn. 14, 9); "El Padre que está en Mí, hace sus
obras"(Jn. 14, 10).
Cristo define camino, verdad y vida: "Nadie va al Padre sino por Mí" (Jn.
14, 6). Bajo la inspiración del Espíritu Santo, el cuarto Evangelio
desarrolla una "teoría cristológica del conocimiento" (Osear Cullmann), tan
profunda como rica de tensión.
c) No la comunidad.
No fueron las primeras comunidades cristianas las que pusieron en boca de
Jesús la afirmación de su filiación divina; ésta forma parte del núcleo
vital el mensaje de Jesús. Una idea de la filiación divina, que hubiera sido
inventada o considerablemente retocada sólo a continuación, no habría
suscitado todos los problemas no resueltos y los candentes interrogantes que
dieron pábulo a las controversias cristológicas de los siglos III y IV. Los
Apóstoles y autores del Nuevo Testamento han relatado las palabras de Jesús
respecto a su misteriosa filiación divina, sin suprimir aquellas expresiones
que están en aparente contradicción con ella: "El Padre es mayor que Yo" (Jn.
14, 28); "Pero aquel día y aquella hora, nadie la conoce, ni los ángeles del
cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre" (Mc. 13, 32). Una figura de Cristo
elaborada con cuidado tendría otro aspecto. El contraste duro y esquinado,
que se nota en las declaraciones de Jesús, constituye un argumento a favor
de la fidelidad con que nos han sido transmitidas sus palabras.
Los Apóstoles anunciaron con simplicidad y franqueza lo que habían visto
y oído. No se estrujaron el cerebro para conciliar las propias afirma,
clones sobre la humanidad, la ciencia limitada y susceptible de progreso de
Jesús (Lc. 2, 52) con sus declaraciones referentes a la divinidad, la
omnipotencia y la omnisciencia de Cristo. Fijaron por escrito su experiencia
y su confesión de Cristo, sin pretender armonizar nada y sin cristalizar la
relación entre la humanidad y la divinidad de Jesús en la fórmula dogmática.
3. Y CRISTO ES DIOS HECHO HOMBRE.
Tras esta hondura, que podemos medir respetuosamente, pero solo hasta
cierto punto, se abre el abismo de Dios. A el se refiere el concepto Verbo
ya citado al principio y del que nos habla el cuarto Evangelio: "Al
principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios".
Allí se trata de Dios. Junto a El hay, además, alguien "cerca de él",
"vuelto hacia él", como dice el texto griego, que es llamado el "verbo". El
primero expresa su ser, su plenitud de vida, su pensamiento. Este seguido
también es Dios, como lo es el que expresa este Verbo y, con todo, sólo hay
un Dios. De este segundo se dice que ha venido "a lo que era suyo", a lo que
él había creado, es decir, al mundo (Jn. 1, 10-11). Vamos a fijarnos en el
significado de estas palabras. No domina solamente el mundo como creedor
omnipresente y omnipotente, sino que ha rebasado, en un instante
determinado, si se puede hablar así, un límite que no llegamos a comprender.
El, el sempiterno, inaccesible y trascendente, ha penetrado personalmente en
la órbita de la Historia.
¿Cómo podemos representarnos las relaciones de Dios con el mundo? Acaso
creyendo que, una vez creado el mundo, vivió por encima de él, en una
lejanía infinita, en beatitud excelsa y bastándose a sí mismo, dejando
seguir a la creación su camino fijado de una vez y para siempre?... O bien
imaginando que estaba en el mundo como primer principio creador del que
surgiría todo lo creado, como potencia universal que lo informaría todo,
como pensamiento ¿que se expresaría en todo?... En el primer caso sería el
ser infinitamente alejado e inaccesible; en el segundo, la esencia de todo
lo que existe. Si queremos pensar la Encarnación ajustándonos a la primera
imagen, veremos a un hombre, subyugado por el pensamiento e inflamado por el
amor de Dios hasta tal punto que se podría afirmar que Dios mismo habla a
través de él. La segunda representación sugiere la idea de que Dios se
expresa en todo, cosas y seres humanos, y en este ser en concreto con tal
pujanza y claridad que en El se nos aparece Dios mismo... Pero vemos en
seguida que no es éste el concepto expresado por la Sagrada Escritura.
El relato evangélico nos presenta las relaciones de Dios con el mundo y
la Encarnación de forma muy diversa. Dios ha entrado en el tiempo de una
forma especial, porque El lo ha decidido a su manera, con soberana libertad.
El Dios eterno y libre no tiene destino; sólo el hombre está sometido a su
destino en la Historia. La Sagrada Escritura nos dice aquí que Dios ha
querido entrar en la Historia y cargar sobre sus espaldas un "destino".
Que Dios haya salido de la eternidad para entrar en lo temporal y caduco,
que haya cruzado el "umbral" de la Historia, no puede ser comprenda do por
ninguna mente humana; su "puro" concepto de Dios le pondrá en guardia contra
lo que parece ser contingente humano, pero debe reconocerse que en ello
estriba la esencia del cristianismo. Poco adelantaremos en este dominio si
nos fiamos de nuestro pensamiento... Un amigo me dijo unas palabras gracias
a las cuales acerté a comprender mucho más que mediante la simple
"reflexión". Estábamos hablando de problemas de esta índole y me dijo: "El
amor hace cosas así". Estas palabras me ayudan con frecuencia. No es que
aclaren algo a mi pensamiento, sino que dirigen una llamada al corazón y le
hacen presentir el misterio de Dios.
Aunque el misterio no llegue a ser comprendido, queda más cercano y
desaparece el peligro del escándalo. Ninguna de las grandes cosas humanas ha
surgido del pensamiento solo. En cambio, todas del corazón y del amor. Pero
el amor tiene sus propias razones y finalidades, y para entenderlas hay que
estar dispuesto a captarlas, pues de lo contrario no se entiende nada...
Pero, ¿si es Dios quien ama? ¿Si son la profundidad y la potencia de Dios
las que se elevan? ¿De qué no será capaz entonces el amor? Llegará a ser tan
sublime que deberá parecer una locura y un absurdo a todo aquel que no lo
tome como punto de partida.
4. Entre todos los niños que fueron dados a Israel como fruto de una
promesa, Jesús representa la cima más alta. Cuando él vino al mundo, había
todo un pueblo que pedía su nacimiento; una larga historia lo había
prometido. Era hijo de la promesa como ningún otro.
El más profundo anhelo del género humano encontró en él su cumplimiento.
Esta misma es la razón por la que tal cumplimiento sobrepasa mucho más las
posibilidades humanas que supone la venida al mundo de cualquier otro niño.
No hay nada en el seno de la humanidad, ni en la fecundidad humana que pueda
engendrar a aquel de quien depende toda fecundidad humana y todo el
desarrollo de nuestra estirpe, pues todo ha sido creado en él.
El misterio del grandioso regulo que Dios ha hecho a los hombres en la
persona de Jesús, lo podemos ver también señalado por el acontecimiento
igualmente lleno de misterio de la concepción virginal de Jesús, que nos
presentan en su Evangelio San Mateo y San Lucas: Jesús no ha sido engendrado
por intervención de un hombre, sino que fue concebido por obra del Espíritu
Santo, y nació de una mujer, joven llena de gracia y elegida por Dios para
ser la Madre de su Hijo. Esta enseñanza del Evangelio fue recogida por todas
las antiguas profesiones de fe y por la ininterrumpida tradición de los
padres de la Iglesia y del magisterio; bajo el cual todos nosotros
confesamos que "Jesús fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo y
nació de Santa María virgen".
La participación única de la Madre de Dios en el misterio de la
Encarnación, explica el papel, asimismo único, que ella ha desempeñado en
dependencia de su Hijo, en la obra de nuestra redención.
Siempre que nos paremos a considerar este acontecimiento debemos poner
cuidado en no perder de vista en ningún momento la idea rectora de los
evangelios, que proclaman el misterio de nuestra salvación. Y así, hemos de
contemplar este acontecimiento en su significación salvadora siempre actual.
Era lo más adecuado que la venida del Hijo de Dios a este mundo fuese
acogida por el hombre "fiat" de una madre cuyo corazón había sido entregado
a Dios en virginidad. Era también conveniente que quien es el Hijo único de
Dios desde toda la eternidad y que como hombre debió estar unido filialmente
a su Padre como ningún otro hombre lo estará jamás, no tuviese otro Padre,
en el sentido pleno de la palabra, que Dios. A quien cree en la encarnación
del Hijo de Dios, le resultará posible creer también que la entrada de
Emmanuel en la historia estuviese acompañada de un acontecimiento
extraordinario en armonía con este misterio divino.
Alguna vez se ha llamado la atención sobre el hecho de que la concepción
virginal sólo es dos veces explícitamente mencionada en todo el Nuevo
Testamento, mientras que, por ejemplo, la muerte y resurrección del Señor
son proclamadas casi en cada página. A ello diremos en primer lugar, que
ciertamente la muerte y resurrección del Señor constituyen el mensaje gozoso
por excelencia. Como hemos visto, el Nuevo Testamento relata los primeros
años de la vida de Jesús en función con este núcleo del mensaje. Pero hay
que advertir que los dos únicos textos de la Escritura que describen estos
años hacen mención de la concepción virginal del Señor; ésta aparece como si
fuese el punto central de los relatos evangélicos de la infancia.
5. Y, ¿POR QUE?
Cuando decimos: Jesús es el Hombre Dios. ¡Atención a las fórmulas
abstractas! Jesús no fue "Hombre" en general; fue "tal hombre", vivió en una
sociedad concreta, tomó posición, estuvo en el origen de los conflictos y,
finalmente, sus enemigos se unieron para eliminarle.
Tampoco "Dios es una idea a priori" que se aplique a Jesús como si se
conociese a Dios antes de conocer a Cristo. Las palabras y sobre todo los
hechos de Jesús son los que nos ponen en camino de un conocimiento nuevo de
Dios. Es necesario aprender de Jesús quién es Dios.
El Dios de Jesús... Entonces nos damos cuenta de que el Dios de Jesús es
muy diferente del que presentan los judíos de su tiempo. Para él, Dios no
está ligado al Templo, como creían los saduceos; no está ligado a la Ley,
como creían los fariseos; no está ligado por la pureza ritual, como creían
los esenios. No pedía que tomasen las armas, como creían los zelotes. Al
contrario el Dios de Jesús llama al culto "en espíritu y en verdad", invita
a los pecadores y a los excluidos, mira al corazón de los hombres y se
preocupa: poco de las observancias exteriores; viene también para los
extranjeros y para la humanidad entera. Este Dios no viene para ejercer un
dominio sino que, por el contrario, da y se hace servidor. ¡Qué cambio en la
manera de concebir a Dios!
Dios se hizo hombre entre los hombres para que nosotros pudiéramos ser
hijos de Dios. ¡Qué admirable cambio!
El Creador del género humano
tomando un cuerpo vivo,
se ha dignado nacer de una Virgen,
y, haciéndose hombre sin concurso de varón,
nos ha regalado su divinidad.
(Vísperas del 1 de enero)
¿Se os ha ocurrido alguna vez pensar que, naciendo en Balén, Jesús tomaba
prestado algo del mundo de los hombres y se convertía en cierto modo en su
deudor?
La Liturgia de Navidad se expresa en estos términos, tan audaces. El
Creador del género humano posee todo el poder sobre sus criaturas. Si toma
un cuerpo y un alma, no toma más que lo que le pertenece.
Pero el Creador no ha querido usar de su derecho soberano. Ha preferido
recibir, como un regalo, lo que de derecho le pertenece.
Los amigos intercambian regalos. Dios, queriendo entablar amistad con los
hombres, ha recibido de ellos un cuerpo y un alma.
A cambio, él les da lo que ellos no podían esperar: la vida divina.
DIOS ESTABLECE UNA ALIANZA. Muy a moñudo, en el curso de la historia, ha
intervenido Dios para proponer a los hombres un contrato o, como se decía
entonces, una "alianza". A Noé primero, después a Abraham, les dijo: "Yo
establezco una alianza contigo". En el Sinaí, se encuentra todo el pueblo
israelita que Dios ha elegido para establecer su alianza: "Vosotros seréis
mi pueblo y Yo seré vuestro Dios.
Una alianza es un compromiso recíproco. Dios y el hombre van a colaborar.
Eso es algo inusitado. Pero hay más: toda alianza, para ser sólida, supone
una estima, un afecto recíproco. Primero con Moisés y después con los
profetas va a aparecer, se va a desarrollar y extender un intercambio de
amor: Dios ama a su pueblo y su pueblo debe aprender a amarlo.
UNA ALIANZA DE AMOR. ¿De qué amor se trata, pues? Del que exi ge la mayor
espontaneidad, frescura, sentimiento, fidelidad y que supone la entrega
total de uno mismo: "Te uniré a mí para siempre en la gracia y en la
ternura". En estos términos, habla Dios a su pueblo.
Cuando llegó la hora de esa unión divina, fue enviado., por Dios, un
ángel a María. Le ofrece una alianza nueva; porque en ella van a unirse la
humanidad y la divinidad. La Virgen responde al ángel: "Hágase en mí según
tu palabra" (Lc.1, 38). Su respuesta, su "sí" expresa la aceptación alegre y
reconocida de toda la humanidad.
Es la Virgen María quien ratifica la alianza, porque, es ella la que, con
su cuerpo y su sangre, y a dar al hijo de Dios un cuerpo, una naturaleza
humana. Ella da lo que pertenece a la humanidad.
Y he aquí ahora el don de Dios: nos hace participar de su vida. El no
solamente da su vida humana, la que Jesús ofrecerá en la cruz; da también su
vida divina. La vida de Dios se convierte en nuestra vida. Como podemos
leerlo en el evangelio de la Misa de
Navidad.
A todos los que han recibido les ha dado el poder de convertirse en hijos
de Dios.
Es un intercambio, 'una adopción recíproca; Dios se hace hijo de los
hombres y éstos se convierten en hijos de Dios. SOMOS HIJOS DE DIOS. Quizás
parezca exagerado decir que somos hijos de Dios. Leamos algunos textos donde
se expresa la fe de los Apóstoles:
"Envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar
a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación
adoptiva. La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nues tros
corazones el Espíritu de su Hijo, que clama ¡Abba, Padre! (Pablo a los
Gaitas 4, 4-7).
"Así, pues, ya no sois extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los
santos y familiares de Dios" (Pablo a los Efesios 2, 19).
Somos de la "Raza de Dios" (Pablo a los Atenienses, Actas 17, 29).
Somos participes de la naturaleza divina (Pedro 2, carta 1,4).
Finalmente, después de haber dicho que podemos convertirnos en hijos de
Dios, Juan añade que se trata de un nuevo nacimiento; no de un nacimiento
terrestre, sino de un nacimiento divino:
"Pero a todos los que le recibieron
les dio poder de hacerse hijos de Dios,
a los que creen en su nombre;
que no nacieron de sangre,
ni de deseo de carne,
ni de deseo de hombre,
sino que nacieron de Dios".
Juan 1, 12-13)
"Ved que amor nos ha mostrado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios
y lo seamos, por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoce a Él.
Carísimo, ahora somos hijos de Dios, aunque no se ha manifestado lo que
hemos de ser", (la de Juan, 3, 1-2)
Los términos empleados no dejan duda: se trata de que nosotros nacemos de
Dios, de ser de la raza de Dios, de participar de la naturaleza divina,
Pablo, Pedro y Juan lo testimonian. Pero ya Jesús nos invitaba a decir a
Dios: "Padre nuestro".
DIOS NOS DA SU VIDA.
Ya sería suficientemente hermoso que Dios se hubiera hecho hombre que
habitara entre nosotros en la tierra, que fuera uno de nosotros. Pero ése no
es más que uno de los aspectos del misterio de la Encarnación. Existe una
contrapartida: el Hijo de Dios nos da su divinidad.
En el ofertorio de cada Misa decimos:
Como esta agua que se mezcla al vino...
así pódennos nosotros estar unidos a la divinidad
del que ha tomado nuestra humanidad.
Esta oración, que era antiguamente una oración de Navidad, figura hoy en
todas las misas. En efecto, cada misa nos aporta la gracia de Navidad; nos
hace participes de la divinidad del que ha tomado nuestra humanidad. Es
celebración del misterio pascual y celebración del misterio de la
Encarnación.
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