6 ¿QUÉ IMPRESIÓN PRODUCE JESÚS?
Jesús visto desde fuera hacia adentro.
1.- ORIGEN HUMANO.
Su estirpe queda relacionada con la antigua progenie de reyes, en
indicaciones genealógicas y en observaciones sueltas (Mat. 1, 1 ss.; Lc. 3,
23 ss.) ha perdido poder, posesiones e importancia, de modo que este
descendiente tardío vive completamente inobservado.
No crece en la miseria propiamente dicho., pero en condiciones muy
sencillas; en la casa de un pequeño trabajador, de un carpintero. También da
testimonio de costumbres muy sencillas la restante actitud de Jesús en la
vida; aunque no se ha de olvidar que trata con naturalidad a los pudientes,
por ejemplo, a Simón el fariseo, que le invita, pero no considera necesario
mostrarle amistad, como lo evidencia su proceder (Lc. 7, 44 ss.).
En el aspecto espiritual, no sabemos que tuviera ninguna formación
cultural. El asombro que se manifiesta en diversos lugares sobre de dónde ha
sacado su conocimiento de la Escritura y su sabiduría, muestra que no ha
tenido lugar tal formación (Lc. 2, 47 ss.; Mc. 1, 22).
2.- MODO DE VIDA.
El modo de vida de Jesús es el del maestro religioso, vagabundo. Va de
lugar en lugar, según lo requieren las ocasiones exteriores -tales como una
peregrinación a una fiesta o la necesidad interior, la "hora". A veces se
queda más tiempo en un lugar, para desde allí ir por los alrededores y
regresar luego; así, por ejemplo, al principio de su actuación en Cafarnaún
(Mt. 8, 5; 9, 35), o en los últimos tiempos en Betania (Mt. 21, 17-18-26-6).
Este modo de vida procede del sentido de su misión, no de una inclinación
personal al vagabundeo. Lo podemos inducir de su respuesta cuando uno quiere
ir con El: "Los zorros tienen madrigueras y los pájaros del cielo tienen
nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza" (Mt. 8,
20). De entre los que le escuchan, reúne en torno suyo un grupo de algunos
especialmente receptivos, y los hace entrar más profundamente en su misión.
De entre ellos a su vez, elige un grupo más pequeño, de doce. La importancia
de esta elección queda subrayada por nombrarse a los elegidos con sus
propios nombres (Mc. 3, 14 y ss.); también se relata que El pasó la noche
anterior en .oración (Lc.6, 12).
3.- SUS COSTUMBRES.
Todavía hay algo que decir sobre sus costumbres de vida.
No tiene ningún lugar fijo para enseñar, algo como un arrimo al Templo o
una escuela de rabino, sino que va de lugar en lugar.
También se ha dicho ya que esta forma de vida no es expresión de un afán
errabundo natural. Las indicaciones que da a sus discípulos enviados podrían
muy bien, con ciertas limitaciones, reflejar la vida que lleva El mismo, y
las experiencias que ha te nido en ella (Mt. 10, 5 y ss.). Enseña en
cualquier sitio que sea; en las sinagogas, donde, en efecto, podía hablar
todo mayor de edad (Mt. 4, 23 etc.); en los corredores y patios del Templo (Mt.
21, 12 y ss.; 21, 23-22, 14); en la plaza y en la calle (Mt. 9, 9 y ss.); en
casa (Mc. 7, 17); junto al pozo a donde van las que sacan agua (Jn. 4, 5 y
ss.); en la orilla del mar (Mc. 3, 9); en alturas como aquella que ha dado
su nombre al Sermón de la Montaña (Mt. 5, 1); en el campo (Mt. 12, 1); en el
"desierto", esto es, en lugar despoblado (Mc. 8, 4) y así sucesivamente.
Si se le invita, va a comer (Jn. 2, 1 y ss.); incluso a casa de los que
no le quieren bien (Lc. 7, 36 y ss.). Cura a los enfermos donde quiera que
le encuentren; incluso va a verles a su casa (Mc. 1, 30 y ss.).
Pero luego vuelve a separarse de la multitud, aún de los discípulos y de
los mejores amigos, se retira a la soledad. La actuación pública empieza con
el largo ayuno en oración en el desierto (Mt. 4, 1 y ss.). Siempre se repite
que se va a la soledad para rezar (Mt. 14, 13; 17, 1). En especial lo hace
así antes de acontecimientos importantes como la elección de los Apóstoles (Lc.
6, 12 y ss.), en la Transfiguración (Lc. 9, 18) y en Getsemani, antes de la
Pasión (Mt. 26, 36 y ss.).
En lo que se refiere a uso y culto, es decir, en lo que se refiere a la
Ley, El, por lo pronto, se comporta como todos. Pero, por otro lado, El
también se pone, a su vez, por encima de la Ley. Y no sólo de modo de
intérprete, la Ley de modo más razonable e interior que sus celadores, como
ocurre por ejemplo en las diversas discusiones a propósito del mandato del
descanso festivo (Mt. 12, 9 y ss.), sino de modo radical. El la considera
como algo sobre lo cual tiene poder: "El Hijo del Hombre es dueño del día
festivo" (Mt. 12, 8). Pero, si es dueño del día festivo, también es dueño de
la Ley entera, de la cual forma el mandato del descanso festivo una de las
partes importantes. Igualmente es señal de ello el que anticipe un día la
cena de la Preparación de Pascua. Y con más fuerza todavía salen a la luz
sus palabras en la Cena. No sólo porque en esta sacratísima solemnidad deje
fundada su "memoria", sino que expresamente a la vez deja abolida y asumida
toda la Antigua Alianza y anuncia la "Nueva Alianza" y la nueva Cena en su
memoria (Lc. 22, 20). Aquí habría debido incluirse la cuestión del aspecto
exterior y las actitudes personales de Jesús pero es difícil de plantear.
4.- ASPECTO EXTERIOR.
Preguntar qué aspecto ha tenido alguien, cómo hablaba y se presentaba,
presupone una imparcialidad en que no aparece la figura de Jesús desde dos
mil años. Pero surge la cuestión, por ejemplo, en las diversas tradiciones
de la verdadera imagen de su rostro, parece, sin embargo, tener un carácter
de segunda fila. Además, la cuestión es difícil de plantear, porque los
relatos, cuyo interés se orienta hacia algo completamente distinto, no dicen
nada directo sobre estas cosas. De lo que trata en ellos es de su
importancia en el orden de Dios y para la salvación humana; es lo absoluto
que hay en El, ante lo cual retrocede lo relativo. Por eso la imagen de
Jesús ha tenido siempre un carácter fuertemente estilizado. La nota personal
ha procedido siempre, en cada caso, de la persona concreta que se ocupa de
ello; de la índole especial de su encuentro religioso o del ideal especial
de perfección humana que enlazara con la imagen del Redentor, según su
época; pensemos, por ejemplo, en los artistas plásticos, o en los intentos
de literatura religiosa. Por eso nosotros tampoco intentamos una solución,
sino que sólo señalamos por dónde podría estar, en cierto modo.
5.- LA IMPRESIÓN.
¿Qué impresión produce, en conjunto, la presencia de Jesús, cuando
ponemos a su lado a los portadores de la Revelación en el Antiguo
Testamento, tales como un Moisés o un Elías?
Ante todo, la impresión de una gran calma y suavidad. Ahora bien, 'estas
palabras fácilmente hacen pensar en una cierta debilidad: ¿Es débil Jesús?
¿Tiene su figura, por ejemplo, la fragilidad de una hora tardía de la
Historia respecto a las anteriores? ¿Es el hombre posterior, sutilmente
organizado, frágil, cohibido por un exceso de saber, frente a las figuras
creadoras y luchadoras de la época primitiva? ¿Es solamente el bondadoso,
solamente el compasivo? ¿O el sufridor, el que aguanta el destino y la vida?
Por desgracia, el arte y la literatura han trabajado a menudo en esa
dirección; pero la verdad no se puede hablar de ello.
La impresión que hizo la presencia de Jesús en sus coetáneos, fue
patentemente la de una fuerza misteriosa. En los relatos, las personas que
le ven quedan subyugadas, más aún, conmocionadas. Sus palabras se perciben -como
llenas de fuerza (Mt. 7, 29; Lc. 4, 36).
Sus acciones manifiestan prescindiendo de su influjo en el individuo una
energía de espíritu que escapa a todas las medidas naturales, de tal modo
que, para señalar su naturaleza se echa mano del concepto ya preparado de
"Profeta" (Mt. 16, 14; Lc. 7, 16). Alguna vez esa energía se echa de ver
poderosamente, como en la escena con Pedro después de la pesca milagrosa (Lc.
5, 8), en la tempestad en el mar (Mt. 8, 23 y ss.) No se encuentra señal de
reflexión vacilante, de retraimiento frágil, de timidez sensible, ni de
dejarse ir pasivamente más allá de sí mismo. Está lleno de un podar que
sería capaz de toda irrupción y toda violencia; pero que no sólo está
dominado, sino transformado por una mensura que viene de lo íntimo por una
profunda bondad y suavidad, por una libertad enteramente soberana. Se puede
expresar así lo indicado: en Jesús hay una "Humanidad" milagrosamente pura,
pero no a pesar de su enorme poder de Espíritu, sino precisamente en él.
6. HUMANIDAD DIVINA.
La unidad de poder y humanidad, tomando esta palabra en toda su pureza,
es uno de los rasgos más enérgicos de la figura de Jesús, sobre todo tal
como aparece en los tres primeros Evangelios. La fuerza de voluntad, la
conciencia de la misión, la disposición a sacar todas las consecuencias, el
dominio del Espíritu, todo eso se ha traducido en El en pura humanidad; tan
entera creativamente, que se podría expresar su significación rectamente
diciendo que es capaz de llevar al hombre a la pura conciencia y a la
realización de lo que se llama humanidad; aunque o precisamente .porque El
es más que solamente hombre.
Aplicado todavía de otro modo, podría expresarse lo indicado diciendo que
es parte esencial de la presencia de Jesús el no ser chocante.
Hay que compararla alguna vez con otras presencias bíblicas o
extrabíblicas para ver cómo faltan en ella las palabras gigantescas, las
actitudes violentas, las acciones trastornadas, las situaciones fuera de lo
habitual, etc. Por extraña que pueda parecer la afirmación: aún en sus
milagros falta el carácter de lo insólito. Ciertamente, son grandes; algunos
como las resurrecciones de muertos, o el dar de comer a millares, o el
caminar sobre el mar, se elevan a lo inaudito. Pero incluso que casi se
diría que se hacen naturales.
Vuelve a aparecer esa "humanidad" de que se hablaba.
El comportamiento de Jesús debe haber sido muy sencillo; por su parte,
era de tal manera que no se observaba necesariamente. Su acción brotaba de
la situación con tranquila necesidad; fidedigna, en el más hondo sentido.
También sus palabras tienen esta falta de carácter insólito. Si se las
compara con las de un Isaías o un San Pablo, por ejemplo, dan la impresión
de una extremada mesura, más aún, de economía. Puestas junto a las de un
Buda, parecen a menudo mezquinas, casi cotidianas. Claro está que esa
impresión la dan en tanto se las entiende de modo meramente filosófico, o
estético, o religioso contemplativo. Si se las toma con la existencia y se
las toma en serio, entonces se ve que manifiestan una fuerza que va más allá
de la "profundidad" o la "sabiduría" o la "sublimidad": ponen en movimiento
la existencia misma.
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