El
Espíritu Santo nunca
abandona ala Iglesia
Prefacio
del libro Leyendas Negras de la Iglesia de Vittorio Messori
Por
Cardenal Giacomo
Biffi,
Arzobispo de Bolonia
Publicado con permiso escrito de la Editorial
Planeta Testimonio.
PREFACIO
Cuando un muchacho, educado
cristianamente por la familia y la comunidad parroquial, a tenor de los
asertos apodícticos de algún profesor o algún texto empieza a sentir
vergüenza por la historia de su Iglesia, se encuentra objetivamente en el
grave peligro de perder la fe. Es una observación lamentable, pero
indiscutible; es más, mantiene su validez general incluso fuera del contexto
escolástico.
Aquí tenemos un problema
pastoral de los más punzantes; y sorprende constatar la poca atención que
recibe en los ambientes eclesiales.
Para salvar nuestra alegría y
orgullo de pertenecer al «pequeño rebaño» destinado al Reino de Dios, no
sirve la renuncia a profundizar en las cuestiones que se plantean. Es
indispensable, por el contrario, la aptitud para examinar todo con tranquila
ecuanimidad: en oposición a lo que comúnmente se piensa, la escéptica
cultura contemporánea no carece de cuentos, sino de espíritu crítico; por
eso el Evangelio se encuentra tan a menudo en posición desfavorable.
Tal como he dicho en
repetidas ocasiones, el problema más radical a consecuencia de la
descristianización no es, en mi opinión, la pérdida de la fe, sino la
pérdida de la razón: volver a pensar sin prejuicios ya es un gran paso hacia
adelante para descubrir nuevamente a Cristo y el proyecto del Padre.
Por otra parte, también es
verdad que la iniciativa de salvación de Dios tiene una función sanadora
integral: salva al hombre en su totalidad; incluida, por lo tanto, su
natural capacidad cognoscitiva.
La alternativa de la fe no
es, en consecuencia, la razón y la libertad de pensamiento, tal como se nos
ha repetido obsesivamente en los últimos siglos; sino, al menos en los casos
de extrema y desventurada coherencia, el suicidio de la razón y la
resignación a lo absurdo.
Con respecto a la historia de
la Iglesia y a las dificultades pastorales que provoca, conviene recordar la
necesidad de un triple análisis.
El primero es de carácter
esencialmente teológico tal que puede ser compartido sólo por quien posee
«los ojos de la fe». Se trata fundamentalmente de adquirir y llevar al nivel
de la conciencia una eclesiología digna de este nombre. Se podrá llegar a
comprender en ella que la Iglesia es, como decía san Ambrosio, ex maculatis
immaculata una realidad intrínsecamente santa constituida por hombres todos
ellos, en grado y medida diferente, pecadores.
Aquí está precisamente su
prodigio y su encanto: el Artífice divino, usando la materia pobre y
defectuosa que la humanidad le pone a su disposición, consigue modelar en
cada época una obra maestra, resplandeciente de verdad absoluta y
sobrehumana belleza; verdad y belleza que también son nuestras, de cada uno
de nosotros, según la proporción de nuestra efectiva participación en el
cuerpo de Cristo.
Se muestra así verdadero y
agudo teólogo‑‑sea cual sea su especialización académica y su cultura
reconocida ‑‑no tanto el que se indigna y escandaliza porque hay obispos
que, en su opinión, son asnos, como el que se conmueve y entusiasma porque
admítase la irreverencia‑‑hay asnos que son obispos.
Bajo este aspecto, el
creyente puede acercarse a las vicisitudes y acontecimientos de la historia
de la Iglesia con ánimo mucho más emancipado que el que no es creyente: su
eclesiología le permite no considerar a priori inaceptable ningún dato que
resulte realmente establecido y cierto, por deshonroso que parezca para el
nombre cristiano; mientras que el incrédulo se sentirá obligado a rechazar o
banalizar todo heroísmo sobrehumano, los valores trascendentes, los milagros
que encuentra sobrenaturalmente motivados. Más o menos lo que ocurre en el
caso del Santo Sudario, por mencionar un tema que apasiona a Messori.
Formalmente, como sabemos,
nuestra fe no resulta afectada, cualquiera que sea el modo en que la ciencia
decida pronunciarse: incluso podríamos permitirnos el lujo de no creer en lo
que ella diga. Aceptar la autenticidad de esa sábana, en cambio, es
moralmente imposible para quien no reconoce en Jesús de Nazaret el Cristo,
hijo del Dios viviente, por lo inexplicable que es el cúmulo de eventos
extraordinarios que caracterizan su origen y su conservación. La sospecha de
prejuicio, ya se ve, cae, en este caso, en el campo de Agramante más que en
el de los Paladinos.
El segundo tipo de análisis
es de índole filosófica, y pueden compartirlo todos los que dispongan de un
mínimo de honestidad intelectual.
Cuando se habla de culpas
históricas de la Iglesia, no hay que desestimar el hecho de que ésta es la
única realidad que permanece idéntica en el curso de los siglos, y por tanto
acaba siendo también la única llamada para responder de los errores de
todos.
¿A quién se le ocurre
preguntarse, por ejemplo, cuál fue, en la época del caso Galileo, la
posición de las universidades y otros organismos de relevancia social
respecto a la hipótesis copernicana? ¿Quién le pide cuentas a la actual
magistratura por las ideas y las conductas comunes de los jueces del siglo
XVII? O, para ser aún más paradójico, ¿a quién se le ocurre reprochar a las
autoridades políticas milanesas (alcalde, prefecto, presidente de la región)
los delitos cometidos por los Visconti y los Sforza?
Es importante observar que
acusar a la Iglesia viva de hoy en día de sucesos, decisiones y acciones de
épocas pasadas, es por sí mismo un implícito pero patente reconocimiento de
la efectiva estabilidad de la Esposa de Cristo, de su intangible identidad
que, al contrario de todas las demás agrupaciones, nunca queda arrollada por
la historia; de su ser «casi‑persona» y por lo tanto, sólo ella, sujeto
perpetuo de responsabilidad.
Es un estado de ánimo
que‑‑precisamente a través de las actitudes de venganza y la vivacidad de
los rencores ‑‑revela casi un initium fidei en el misterio eclesial: lo que,
posiblemente, provoca la hilaridad de los ángeles en el Cielo.
Pero una vez asimiladas estas
anotaciones, digamos, de «eclesiología sobrenatural y natural», uno no puede
eximirse de analizar con mayor concreción la cuestión: se hace por lo tanto
necesario examinar la credibilidad de lo que comúnmente se dice y se escribe
sobre la Iglesia.
Hay que averiguar la verdad,
salvarla de las alteraciones, proclamarla y honrarla, cualquiera que sea la
forma en la que se presenta y la fuente de información.
Más de una vez santo Tomás de
Aquino nos enseña que omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est
(«cualquier verdad, quienquiera la diga, viene del Espíritu Santo»); y sería
suficiente esta cita para observar la envidiable amplitud de espíritu que
caracterizaba a los maestros medievales.
Recíprocamente, también hay
que decir que las falsedades, las manipulaciones y los errores deben ser
desenmascarados y condenados, cualquiera que sea la persona que los proponga
y cuán amplia sea su difusión.
Ahora bien, es necesario que
nos demos cuenta de una vez‑‑dice, entre otras cosas, Vittorio Messori en
estas páginas‑‑del cúmulo de opiniones arbitrarias, deformaciones
sustanciales y auténticas mentiras que gravitan sobre todo lo que
históricamente concierne a la Iglesia. Nos encontramos literalmente sitiados
por la malicia y el engaño: los católicos en su mayoría no reparan en ello,
o no quieren hacerlo.
Si recibo un golpe en la
mejilla derecha, la perfección evangélica me propone ofrecer la izquierda.
Pero si se atenta contra la verdad, la misma perfección evangélica me obliga
a consagrarme para restablecerla: porque allá donde se extingue el respeto a
la verdad, empieza a cerrarse para el hombre cualquier camino de salvación.
De esta firme convicción, me
parece, ha nacido este libro, que esperamos se convierta de inmediato en un
instrumento indispensable para la moderna acción pastoral.
Algunas veces me imagino que
el cuerpo de la cristiandad actual padece, por así decirlo, algún tipo de
deficiencia inmunitaria.
La agresión al Reino de Dios
iam praesens in mysterio es fenómeno de todos los tiempos, y de ello
el Señor nos ha avisado repetidamente, aunque en las últimas décadas no
hemos escuchado mucho sus palabras sobre el tema.
En cambio, lo que
especialmente caracteriza nuestra época es el principio de que no se debe
reaccionar: la retórica del diálogo a toda costa, un malentendido irenismo,
una rara especie de masoquismo eclesial parecen inhibir todas las defensas
naturales de los cristianos, de manera que la virulencia de los elementos
patógenos puede realizar sin obstáculos sus devastaciones.
Afortunadamente, el Espíritu
Santo nunca deja sin intrínseca protección a la Esposa de Cristo. Permanece
siempre activo, estimulando las antitoxinas necesarias bajo diferentes
formas y a diferentes niveles.
El presente volumen‑‑que
recoge gran parte de lo apreciados artículos del «Vivaio» de Vittorio
Messori sección del diario católico nacional‑‑es precisamente uno de estos
remedios providenciales para nuestros males: su aparición es una señal de
que Dios no ha abandonado a su pueblo.
Messori es, gracias a Dios,
autor original y muy personal. Y no es obligatorio compartir singularmente
todas sus geniales opiniones, pero no podemos dejar de comparar, todos‑‑y
apreciar todos‑‑su valiente servicio a la verdad y su amor por la Iglesia.
Cardenal GIACOMO BIFFI
Arzobispo de Bolonia
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