Jesús, el hijo del hombre

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En 1928 Gibrán Khalil Gibrán escribió uno de los libros más bellos y profundos que se hayan escrito sobre Jesús. A lo largo de 76 relatos en los que da voz a diversos personajes que acompañaron al Señor en su vida y predicación, este pensador libanés logra que el lector se haga imágenes que le permiten ver al Nazareno, escuchar sus palabras y situarse dos mil años atrás en el tiempo. “Jesús, el hijo del hombre, sus palabras y sus acciones relatadas y recordadas por los que le conocieron” es también una colección de dichos y hechos que provocan emociones de dicha, tristeza, compasión y triunfo; mueven a la alegría y al llanto consolador, y provocan nobles sentimientos de paz, reconciliación, de perdón y de amor.  

En labios de María Magdalena pone las siguientes palabras: “Y de nuevo me dijo: -Todos los hombres te aman para sí mismos; yo te amo para ti misma.- Y luego se alejó. Pero ningún hombre caminaba como él. ¿Acaso fue una brisa de mi huerto que iba rumbo al oriente? ¿O fue una tempestad capaz de sacudir todas las cosas desde sus cimientos? No lo supe; empero ese día el crepúsculo de sus ojos aniquiló al dragón que había en mí y me convertí en mujer, en Miriam, Miriam de Magdala”.

Gibrán nació en la ciudad de Becharre, Líbano, en 1883 y creció bajo una formación católica-maronita, de la que recibió la sabiduría y los conocimientos filosóficos y teológicos que le ayudaron a escribir la prosa y la poesía en los que refleja la misericordia de Dios y el amor al prójimo.

En uno de los relatos, en el que hace hablar a san Lucas, pone en boca de Jesús este dicho: “-Los débiles, aquellos que tú llamas pecadores, son como los pájaros cuyas alas, aún débiles, los hacen caer del nido. Los hipócritas, en cambio, son los buitres que aguardan sobre la roca la muerte de su presa. Débiles son los hombres perdidos en un desierto. Pero los hipócritas no están perdidos, pues conocen el camino y se ríen entre la arena y el viento. Por ese motivo no los acepto-”. Luego Lucas medita lo siguiente: “Así habló el Maestro y no le entendí; pero ahora ya entiendo todo. Después, los hipócritas le aprehendieron y le condenaron; y con esto se creyeron justificados; porque citaron la Ley de Moisés en el Sanhedrín como prueba inapelable en contra de él. Y ellos, que violan la ley al amanecer de cada día y vuelven a violarla al crepúsculo, son los que tramaron su muerte”

Gibrán Khalil Gibrán vivió en París entre 1908 y 1910, donde se formó como artista plástico, para luego residir en Boston. 

En otro relato de “Jesús el hijo del hombre” pone en labios de una de las mujeres que le siguieron, de nombre María, la siguiente apreciación: “Cuando sonreía, su sonrisa era como el hambre de aquellos verdaderamente ávidos de lo desconocido. Era como el polvo de los astros sobre los párpados de los niños y era como la gota de miel para el refinado paladar. Jesús era triste, pero de una tristeza que podía elevarse a los labios y ahí apagarse en una sonrisa. Y era como un velo dorado en la selva cuando el otoño envuelve al mundo. Y a veces, parecía como luz de luna sobre las orillas del lago”.

En un relato en el que hace hablar a Barrabás narra lo siguiente: “Me soltaron a mí y escogieron a Jesús. Después él se elevó y yo descendí. Y le capturaron cual víctima de sacrificio para la Pascua. Fui libertado de las cadenas y caminé tras de él con la multitud; pero yo era un vivo caminando hacia mi propia sepultura. Debí haberme fugado al desierto, donde la vergüenza es quemada por el sol, en lugar de acompañar la procesión que le había escogido para cargar con mi crimen”.

En el relato del apóstol Felipe, él dice que: “Cuando nuestro Bienamado murió, toda la humanidad murió… Las estaciones se cansarán y los años pasarán antes que desaparezcan estas palabras: –Padre, perdónalos por no saber lo que hacen-”.

Gibrán murió a los 48 años de edad, el 10 de abril de 1931, a causa de cirrosis hepática agravada por trastornos pulmonares. Su cuerpo fue trasladado a Líbano y sepultado en el antiguo monasterio carmelita de Mar Sarkis. En sus propias palabras, en una carta, deja este mensaje a sus lectores: “No hablen de mi partida con lágrimas en la voz; cierren más bien los ojos y me verán entre ustedes, hoy y mañana”.