El juicio de Dios

ImprimirImprimirEnviarEnviarPDFPDF

El juicio de Dios

De repente el ruido de las llantas al frenar, y un fuerte golpe, gracias a Dios, sin que se produjeran lesiones personales, todo quedó en daños materiales, al fin y al cabo: “hierros”, y todo por la imprudencia de aquel joven que no respetó la señal. Sin embargo, la parte inocente, en este caso es una joven profesionista que está pagando su auto nuevo, escucha la súplica del causante, y le permite moverse del sitio del accidente pues “si llega la policía él tendrá problemas serios ya que no tiene sus papeles en orden”, eso sí, habiéndole prometido que cumplirá su responsabilidad de pagar los daños.

Pasan los días, y el responsable del percance, avalado por un señor adinerado y poderoso, con actitud cínica, simplemente se niega a pagar el golpe. No cabe duda: nos encontramos con una injusticia ante la que las autoridades ya no pueden intervenir, aunque quieran. . . Ella ha aprendido a desconfiar, de ahora en adelante, cuando alguien le pida un favor. ¡Qué tristeza: perder la confianza en los demás!

¿Y las injusticias por los abusos de los jefes en los trabajos. . . y los delitos de viciosos que agreden a menores, y a mujeres pobres e incultas? ¿Qué pasará con los ultrajes de quienes se valen de su autoridad civil o militar para pasar por encima de los derechos humanos? ¿Quedarán impunes los delitos de quienes pudieron escapar antes de que los descubrieran; de quienes le quitaron la vida a un hombre honrado por robarle su cartera, y con ello una familia pierde al hijo, al padre, al esposo, al abuelo, al hermano. . .?

¿Será justo que Hitler reciba, en la otra vida, el mismo premio que la Madre Teresa de Calcuta?

¿Pero Dios no es un ser misericordioso? ¿Es acaso un soberano cruel que cobra venganza y castiga a quienes se portan mal? ¿No nos hablan las Sagradas Escrituras de un Padre bondadoso que ama a los pecadores? Resulta curioso que muchos se niegan a aceptar la existencia del infierno, pero son contados quienes niegan el cielo.

¿Y las alabanzas, los honores, los desfiles, las comidas y los regalos para festejar a los delincuentes poderosos sin que nadie se atreva a decirles lo que muchos piensan de ellos? ¿Esos buenos tratos y deferencias que no se tienen con los pobres por el simple hecho de serlo, aunque como personas valgan más que los primeros por su honradez, su laboriosidad, su espíritu de servicio? ¿Tendremos que esperar que la Historia les haga justicia? Tengo para mí que la Historia es un poco desmemoriada y, a veces, bastante injusta.

Claro que hay que defender las causas justas aquí y ahora, y, cuando son suficientemente valiosas, hasta arriesgar la propia vida. Pero por otra parte me resulta reconfortante saber que hay un Dios que siendo compasivo, (y del cual yo necesitaré su misericordia pues me sé sin derecho a arrojar la primera piedra) también es justo.

La justicia es una virtud fundamental que dispone la voluntad, de forma constante, para dar a cada quien lo que le corresponde: premio o castigo; alabanza o reprensión, en la medida y en el momento adecuados; por lo cual, siendo virtud capital, no puede estar ausente de la perfección divina.

La Fe Católica profesa que, además del juicio personal, vendrá un juicio universal en el cual todos nuestros pensamientos, palabras, obras y omisiones -buenas y malas- quedarán patentes ante todos los seres humanos. Ese día no se publicarán periódicos que alteren la verdad: todos estaremos presentes en primera fila y también -en nuestro turno- ocupando el banquillo de los acusados. ¡No se lo pierdan: se va a poner buenísimo!