El juicio del futuro

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Yo no sé si sólo me ocurre a mí o si es algo que sucede a todos los hombres en uno o en varios momentos de sus vidas. La cosa es que a veces pienso en el juicio que los habitantes del futuro harán de nosotros, quienes para entonces seremos la humanidad del pasado, aquella que viviera los inicios del siglo XXI; y lo que pienso es que, o se van a atacar de risa o se van a morir de vergüenza. De risa, si es que nos verán ignorantes o hasta inocentes, como ahora vemos a los trogloditas; pero de vergüenza, si resulta que nos mirarán como una humanidad relativista y egoísta al grado de ser despiadada hacia los demás, como ahora vemos a los nazis de la II guerra mundial.
 
En efecto, la nuestra podría ser considerada en el futuro como la humanidad del consumo desmesurado hasta el desperdicio, del gasto en lo superfluo hasta la banalidad, de la búsqueda de placer hasta el vicio, pues esta humanidad se ha convertido en la vivencia cotidiana de la gula, del egocentrismo y de la lujuria; es una humanidad que acude a sus médicos por trastornos alimentarios, por adicciones, depresiones, neurosis y psicosis; es la humanidad cuyas cárceles están pobladas por políticos corruptos, secuestradores y narcotraficantes, es la humanidad que mata a sus hijos antes de nacer y que busca a la muerte antes del momento de su llegada natural.

Hace 40 años ya que el hombre puso por primera vez sus pies en la Luna; hace 40 años que el Papa Paulo VI dedicó numerosas intervenciones a aquel prodigio de la técnica. Aquel 20 de julio de 1969, durante el rezo del Angelus dominical en la plaza de San Pedro del Vaticano, el Papa dijo: “¡Hoy es un día grande, un día histórico para la humanidad, si de verdad esta noche dos hombres pisan la Luna, nosotros, con todo el mundo tembloroso y exultante, esperamos que pueda ocurrir felizmente!”. Era evidente el entusiasmo que sentía el Papa, pero más adelante y en el mismo discurso dirigió su atención a los problemas sin resolver de la humanidad –el hambre y las guerras- y dijo: “¿Dónde está la auténtica humanidad, dónde la fraternidad y la paz? Que el progreso, cuya sublime victoria festejamos hoy pueda dirigirse hacia el verdadero bien, temporal y moral, de la humanidad”. Entonces resultó evidente que el Papa tenía el corazón puesto en el sorprendente contraste entre la técnica que lograba llegar a la Luna y la ausencia de fraternidad que se hacía presente en ese momento histórico a través de guerras y de hambre.

Paulo VI había publicado la encíclica Populorum Progressio con la esperanza de que la inteligencia humana y la prodigiosa capacidad de la ciencia y de la técnica se pusieran al servicio del bien.

Ahora el Papa Benedicto XVI nos ha entregado una encíclica más, de nombre Caritas in veritate o “La Caridad en la verdad” que es la tercera de su pontificado, que es una encíclica más de doctrina y de desarrollo social, pero que retrata de manera dramática a la humanidad de hoy, pues en este documento, que el Papa ha dedicado íntegramente a lo que es el auténtico desarrollo, establece que la humanidad no debe ser esclava de una nueva ideología que consiste en la omnipotencia de la técnica, sino que debe perseguir con responsabilidad el desarrollo integral que tiene su fuerza impulsora en la caridad y en la verdad.

Hoy estamos parados en un momento en el que orgullosamente volvemos la mirada cuarenta años atrás para afirmar que nos hemos parado sobre la Luna concretando lo que para Julio Verne había sido ciencia ficción, pero también estamos parados en un tramo histórico en el que si miramos hacia el futuro podemos sentirnos avergonzados ya desde ahora por lo que se dirá de nosotros, pues hoy sabemos que no hemos conseguido eliminar el hambre, que ya hemos alcanzado la espantosa cifra de un billón de seres humanos hambrientos en el planeta, y que esta cifra crece cada día porque tres cuartas partes de la población mundial se alimenta con sólo una cuarta parte de la producción de alimentos mientras una cuarta parte de la humanidad se alimenta con las tres cuartas partes de los alimentos que se producen en el mundo.

La tercera encíclica de Benedicto XVI ha venido a proponer una revolución en el modo en el que estamos conviviendo los hombres en este inicio de siglo. Es necesario leerla, releerla y aplicarla, pues así como vamos seremos una vergüenza en el juicio del futuro.