La Fuente de la Esperanza

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La Fuente de la Esperanza

Cristo nos dice: "Vengan a Mí todos los que están fatigados y agobiados por la carga y Yo los aliviaré. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de Mí que soy manso y humilde de corazón y encontrarán descanso".

Para poder entender la esperanza —virtud que el Adviento nos señala como una de las claves para entender la venida de Cristo—, tenemos que tener presente el motivo central, la fuente de ella. Cuando uno piensa en esta virtud y la intenta aplicar a la propia vida, se da cuenta que exige, de una forma muy particular, el aprender a ponerse en Dios Nuestro Señor.

Esto no quiere decir que el hombre tenga que despreciar las cosas materiales, ni tampoco despreciarse a sí mismo o sus propias cualidades y dones. Significa que el hombre tiene que aprender a orientar, a medir, a regular toda su existencia sólo y únicamente según el Señor; es decir hacer de Dios la fuente de nuestra esperanza.

Creo que este tema tendríamos que madurarlo y meditarlo muchísimo, porque se trata de aprender a usar las cosas materiales y aprender a vivir las realidades cotidianas totalmente puestos en Dios. Tenemos que buscar entre el bosque de los acontecimientos diarios de la propia persona y de los propios dones, el camino que nos lleva a confiar sólo en el Señor.

Es como cuando uno va por un sendero que no conoce, algunas piedras, determinado árbol, cierta roca, el arroyo, son en sí mismos, señales que distraen al caminante. Pero, cuando ya conoce el camino, cada uno de esos mismos elementos van indicando hasta qué punto se está llegando a la meta a la que uno se dirige.

Algo semejante pasa con la esperanza. La esperanza, que es ponerme en manos Dios para conseguir un bien que me resulta difícil obtener, la puedo ir midiendo en las cosas materiales. Y, entonces, mi vida conyugal, mi tarea educadora, mi vida social, los bienes materiales, los dones espirituales, físicos, materiales, intelectuales y morales que tengo, no son simplemente elementos que me distraen, sino que cada uno de ellos es un indicador que me va marcando la ruta por la que tengo que caminar.

Esta virtud ilumina, empapa, transfigura la realidad, porque nos permite convertir todas las circunstancias en una señal, en un recordatorio de la felicidad eterna a la que estamos llamados. De esta manera, la esperanza puesta en Dios es lo único que nos va a dar plena satisfacción, que es lo que todos buscamos.

La esperanza, cuando se mete en la cotidianeidad de nuestra vida, tiene la capacidad de hacerla explotar por dentro para proyectarnos hacia la realidad eterna, hacia la verdadera certeza de que habrá un lugar donde podamos encontrarnos con Dios Nuestro Señor. Por lo tanto, son importantes los bienes materiales, los dones intelectuales, los físicos, los morales, etc., siempre y cuando te lleven a poner tu esperanza en Dios. Entonces, por ejemplo, el amor conyugal no se encierra sobre sí mismo, sino que se convierte en un recordatorio esperanzador del amor eterno.

La comunión familiar no se encierra sobre sí misma, sino que se transforma en promesa gozosa de lo que será la comunión eterna con Dios. Y los bienes intelectuales, los bienes físicos, los bienes morales y los bienes materiales que uno puede tener, no se encierran en sí mismos, sino que nos llevan a Dios, dando al alma una gran paz.

Todos sabemos que donde hay esperanza, hay paz. Donde no hay paz, no hay esperanza. Donde hay esperanza, ahí está Dios presente en las cosas, presente en las personas, presente en las situaciones.

Cada uno de nosotros tenemos que cultivar este camino hacia Dios en medio de las cosas, de las personas y de las situaciones. Hay que aprender a ver lo que nos va acompañando en el camino de la vida como un verdadero encuentro con Nuestro Señor, como una verdadera orientación hacia Él y no como algo con lo que uno se va topando. Nunca perdamos de vista que todo puede ser un camino que conduce a Dios.

El profeta Isaías lo dice de una manera muy hermosa: "Por qué dices, Jacob, y lo repites, Israel: Mi suerte se le oculta al Señor y mi causa no le preocupa a mi Dios”. ¿Cómo es posible? ¿Cuándo sucede esto? Cuando el hombre se pierde y se enreda en las cosas materiales. Y entonces, sólo vio el arroyo o sólo vio la piedra o sólo vio el árbol, y perdió el camino, perdió la meta. Y el profeta Isaías continúa: "Esto no lo has oído: Desde siempre el Señor es Dios, Creador aun de los últimos rincones de la Tierra. Él da vigor al fatigado y al que no tiene fuerzas, energía. Hasta los jóvenes se cansan y se rinden, aquellos que ponen su esperanza en el Señor, renuevan sus fuerzas”.

Yo les invito en este Adviento a renovar nuestras fuerzas para conquistar la verdadera y eterna felicidad, en base a saber orientar todas las realidades, todos los eventos, todas las personas, todos los dones que tenemos en nuestra vida hacia Aquel que es el objeto de nuestra esperanza: Dios Nuestro Señor.

Isaías: 40, 26-34
San Lucas: 17, 1-6