Lecturas del Viernes Santo Ciclo B


ImprimirImprimirEnviarEnviarPDFPDF

Lecturas del Viernes Santo Ciclo B 

VIERNES 10 

VIERNES SANTO DE LA PASIÓN DEL SEÑOR

Santos: Macario de Gante, obispo; Miguel de los Santos el Extático, presbítero, y Ezequiel, profeta. 

El día de hoy y el de mañana, por una antiquiima tradición, la Iglesia omite por completo la celebración del sacrificio eucarístico. 

El altar debe estar desnudo por completo: sin cruz, sin candelabros y sin manteles. 

Después del mediodía, alrededor de las tres de la tarde, a no ser que por razón pastoral se elija una hora más avanzada, se celebra la Pasión del Señor, que consta de tres partes: Liturgia de la Palabra, adoración de la Cruz y Sagrada Comunión. 

En este día la Sagrada comunión se distribuye a los fieles únicamente dentro de la celebración de la Pasión del Señor; pero a los enfermos que no puedan tomar parte en esta celebración, se les puede llevar a cualquier hora del día. 

El sacerdote y el diácono, revestidos de color rojo como para la misa, se dirigen al altar y, hecha la debida reverencia, se postran rostro en tierra o, si se juzga mejor, se arrodillan, y todos oran en silencio durante algún tiempo.

Después el sacerdote, con los ministros, se dirige a la sede, donde vuelto hacia el pueblo, con las manos juntas, decide una de las oraciones siguientes:

ORACIÓN 

No se dice "Oremos" 

Padre nuestro misericordioso, santifica y protege siempre a esta familia tuya, por cuya salvación derramó y, su Sangre y resucitó glorioso Jesucristo, tu Hijo. El cual vive y reina por los siglos de los siglos. R/. Amén. 

O bien: 

Tú, que con la Pasión de Cristo, Hijo tuyo y Señor nuestro, nos libraste de la muerte, que heredamos todos a consecuencia del primer pecado, concédenos, Señor, a cuantos por nacimiento somos pecadores, asemejamos, plenamente, por tu gracia, a Jesucristo, que vive y reina contigo por los siglos de los siglos. R/. Amén. 

Primera parte 

LITURGIA DE LA PALABRA 

Luego todos se sientan y se hace la primera lectura, tomada del profeta Isaías, con su salmo. 

PRIMERA LECTURA 

Lectura del libro del profeta Isaías: 52, 13-53, 12 

He aquí que mi siervo prosperará, será engrandecido y exaltado, será puesto en alto. Muchos se horrorizaron al verlo, porque estaba desfigurado su semblante, que no tenía ya aspecto de hombre; pero muchos pueblos se llenaron de asombro. Ante él los reyes cerrarán la boca, porque verán lo que nunca se les había contado y comprenderán lo que nunca se habían imaginado. 

¿Quién habrá de creer lo que hemos anunciado? ¿A quién se le revelará el poder del Señor? Creció en su presencia como planta débil, como una raíz en el desierto. No tenía gracia ni belleza. No vimos en él ningún aspecto atrayente; despreciado y rechazado por los hombres, varón de dolores, habituado al sufrimiento; como uno del cual se aparta la mirada, despreciado y desestimado. 

Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo tuvimos por leproso, herido por Dios y humillado, traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Él soportó el castigo que nos trae la paz. Por sus llagas hemos sido curados. Todos andábamos errantes como ovejas, cada uno siguiendo su camino, y el Señor cargó sobre Él todos nuestros crímenes. Cuando lo maltrataban, se humillaba y no abría la boca, como un cordero llevado a degollar; como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca. 

Inicuamente y contra toda justicia se lo llevaron. ¿Quién se preocupó de su suerte? Lo arrancaron de la tierra de los vivos, lo hirieron de muerte por los pecados de mi pueblo, le dieron sepultura con los malhechores a la hora de su muerte, aunque no había cometido crímenes, ni hubo engaño en su boca. 

El Señor quiso triturado con el sufrimiento. Cuando entregue su vida como expiación, verá a sus descendientes, prolongará sus años y por medio de él prosperarán los designios del Señor. Por las fatigas de su alma, verá la luz y se saciará; con sus sufrimientos justificará mi siervo a muchos, cargando con los crímenes de ellos. 

Por eso le daré una parte entre los grandes, y con los fuertes repartirá despojos, ya que indefenso se entregó a la muerte y fue contado entre los malhechores, cuando tomó sobre sí las culpas de todos e intercedió por los pecadores. Palabra de Dios. Te alabamos, Señor. 

Este poema recoge el motivo del sufrimiento solidario. Un hombre lastimado y desfigurado al punto que entrega su vida, rehabilitará al resto de sus hermanos. 

Del salmo 30 R/. Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. 

A ti, Señor, me acojo, que no quede yo nunca defraudado. En tus manos encomiendo mi espíritu y tú, mi Dios leal, me librarás. R/. 

Se burlan de mí mis enemigos, mis vecinos y parientes de mí se espantan, los que me ven pasar huyen de mí. Estoy en el olvido, como un muerto, como un objeto tirado en la basura. R/. 

Pero yo, Señor, en ti confío. Tú eres mi Dios, y en tus manos está mi destino. Líbrame de los enemigos que R me persiguen. R/. 

Vuelve, Señor, tus ojos a tu siervo y sálvame, por tu misericordia. Sean fuertes y valientes de corazón, ustedes, los que esperan en el Señor. R/. 

A continuación se hace la segunda lectura, tomada de la carta a los hebreos, con el canto antes del Evangelio.

Lectura de la carta a los hebreos: 4, 14-16; 5, 7-9 

Hermanos: Jesús, el Hijo de Dios, es nuestro sumo sacerdote, que ha entrado en el cielo. Mantengamos firme la profesión de nuestra fe. En efecto, no tenemos un sumo sacerdote que no sea capaz de compadecerse de nuestros sufrimientos, puesto que Él mismo ha pasado por las mismas pruebas que nosotros, excepto el pecado. Acerquémonos, por lo tanto, con plena confianza al trono de la gracia, para recibir misericordia, hallar la gracia y obtener ayuda en el momento oportuno. 

Precisamente por eso, Cristo, durante su vida mortal, ofreció oraciones y súplicas con fuertes voces y lágrimas, a aquel que podía librarlo de la muerte, y fue escuchado por su piedad. A pesar de que era el Hijo, aprendió a obedecer padeciendo, y llegado a su perfección, se convirtió en la causa de la salvación eterna para todos los que lo obedecen. Palabra de Dios. Te alabamos, Señor. 

Jesús obedece al Padre, acoge su voluntad confiadamente. Esa obediencia lo consuma como sumo sacerdote y nos allana así el camino para acceder al Padre. 

ACLAMACIÓN (Flp 2, 8-9) R/. Honor y gloria a ti, 1 Señor Jesús. 

Cristo se humilló por nosotros y por obediencia aceptó incluso la muerte y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todas las cosas y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre. R/. 

Finalmente se lee la Pasión del Señor según san Juan, del mismo modo que el domingo precedente. 

PASIÓN DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO SEGÚN SAN JUAN (18,1-19,42) 

Apresaron a Jesús y lo ataron 

En aquel tiempo, Jesús fue con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, y entraron allí Él y sus discípulos. Judas, el traidor, conocía también el sitio, porque Jesús se reunía a menudo allí con sus discípulos. 

Entonces Judas tomó un batallón de soldados y guardias de los sumos sacerdotes y de los fariseos y entró en el huerto con linternas, antorchas y armas. 

Jesús, sabiendo todo lo que iba a suceder, se adelantó y les dijo: 

"¿A quién buscan?". 

Le contestaron: 

"A Jesús, el nazareno". 

Les dijo Jesús: "Yo soy". 

Estaba también con ellos Judas, el traidor. Al " decirles 'Yo soy', retrocedieron y cayeron a tierra. Jesús les volvió a preguntar: 

"¿A quién buscan?". 

Ellos dijeron: "A Jesús, el nazareno". 

Jesús contestó: "Les he dicho que soy yo. Si me buscan a mí, dejen que éstos se vayan". 

Así se cumplió lo que Jesús había dicho: 'No he perdido a ninguno de los que me diste'. Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió a un criado del sumo sacerdote y le cortó la oreja derecha. Este criado se llamaba Malco. Dijo entonces Jesús a Pedro: 

"Mete la espada en la vaina. ¿No voy a beber el cáliz que me ha dado mi Padre?". 

Llevaron a Jesús primero ante Anás 

El batallón, su comandante y los criados de los judíos apresaron a Jesús, lo ataron y lo llevaron primero ante Anás, porque era suegro de Caifás, sumo sacerdote aquel año. Caifás era el que había dado a los judíos este consejo: 'Conviene que muera un solo hombre por el pueblo'. 

Simón Pedro y otro discípulo iban siguiendo a Jesús. Este discípulo era conocido del sumo sacerdote y entró con Jesús en el palacio del sumo sacerdote, mientras Pedro se quedaba fuera, junto a la puerta. Salió el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote, habló con la portera e hizo entrar a Pedro. La portera dijo entonces a Pedro:

"¿No eres tú también uno de los discípulos de ese hombre?". 

Él dijo: 

"No lo soy". 

Los criados y los guardias habían encendido un brasero, porque hacía frío, y se calentaban. También Pedro estaba con ellos de pie, calentándose. 

El sumo sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de su doctrina. Jesús le contestó: 

"Yo he hablado abiertamente al mundo y he enseñado continuamente en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada a escondidas. ¿Por qué me interrogas a mí? Interroga a los que me han oído, sobre lo que les he hablado. Ellos saben lo que he dicho". 

Apenas dijo esto, uno de los guardias le dio una bofetada a Jesús, diciéndole: 

"¿Así contestas al sumo sacerdote?". 

Jesús le respondió: 

"Si he faltado al hablar, demuestra en qué he faltado; pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas?". 

Entonces Anás lo envió atado a Caifás, el sumo sacerdote. 

¿No eres tú también uno de sus discípulos? No lo soy 

Simón Pedro estaba de pie, calentándose, y le dijeron: 

¿No eres tú también uno de sus discípulos?". 

El lo negó diciendo: 

"No lo soy". 

Uno de los criados del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro le había cortado la oreja, le dijo: 

"¿Qué no te vi yo con Él en el huerto?".

Pedro volvió a negarlo y en seguida cantó un gallo. 

Mi Reino no es de este mundo 

Llevaron a Jesús de casa de Caifás al pretorio. Era muy de mañana y ellos no entraron en el palacio para no incurrir en impureza y poder así comer la cena de Pascua. 

Salió entonces Pilato a donde estaban ellos y les dijo: 

"¿De qué acusan a este hombre?". 

Le contestaron: 

"Si éste no fuera un malhechor, no te lo hubiéramos traído". 

Pilato les dijo: 

"Pues llévenselo y júzguenlo según su ley". 

Los judíos le respondieron: 

"No estamos autorizados para dar muerte a nadie". 

Así se cumplió lo que había dicho Jesús, indicando de qué muerte iba a morir. 

Entró otra vez Pilato en el pretorio, llamó a Jesús y le dijo: 

"¿Eres tú el rey de los judíos?". 

Jesús le contestó: 

"¿Eso lo preguntas por tu cuenta o te lo han dicho otros?". 

Pilato le respondió: 

"¿Acaso soy yo judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué es lo que has hecho?". 

Jesús le contestó: 

"Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuera de este mundo, mis servidores habrían luchado para que no cayera yo en manos de los judíos. Pero mi Reino no es de aquí". 

Pilato le dijo: 

"¿Con que tú eres rey?". 

Jesús le contestó: 

"Tú lo has dicho. Soy rey. Yo nací y vine al mundo para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz". 

Pilato le dijo: 

"¿Y qué es la verdad?". 

Dicho esto, salió otra vez a donde estaban los judíos y les dijo: 

"No encuentro en Él ninguna culpa. Entre ustedes es costumbre que por Pascua ponga en libertad a un preso. ¿Quieren que les suelte al rey de los judíos?". 

Pero todos ellos gritaron: "¡No, a ése no! ¡a Barrabás!" (El tal Barrabás era un bandido). 

¡Viva el rey de los judíos! 

Entonces Pilato tomó a Jesús y lo mandó azotar. Los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza, le echaron encima un manto color púrpura, y acercándose a Él, le decían: 

"¡Viva el rey de los judíos!", 

y le daban de bofetadas. 

Pilato salió otra vez afuera y les dijo: 

"Aquí lo traigo para que sepan que no encuentro en Él ninguna culpa". 

Salió, pues, Jesús, llevando la corona de espinas y el manto color púrpura. Pilato les dijo: 

"Aquí está el hombre". 

Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y sus servidores, gritaron:

"¡Crucificalo, crucificalo!". 

Pilato les dijo: 

"Llévenselo ustedes y crucifíquenlo, porque yo no encuentro culpa en Él". 

Los judíos le contestaron: 

"Nosotros tenemos una ley y según esa ley tiene que morir, porque se ha declarado Hijo de Dios". 

Cuando Pilato oyó estas palabras, se asustó aún más, y entrando otra vez en el pretorio, dijo a Jesús: 

"¿De dónde eres tú?". 

Pero Jesús no le .respondió. Pilato le dijo entonces. 

"¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y autoridad para crucificarte?". Jesús le contestó: 

"No tendrías ninguna autoridad sobre mí si no te la hubieran dado de lo alto. Por eso, el que me ha entregado a ti tiene un pecado mayor". 

¡Fuera, fuera! Crucifícalo 

Desde ese momento Pilato trataba de soltarlo, pero los judíos gritaban: 

"¡Si sueltas a ése, no eres amigo del César!; porque todo el que pretende ser rey, es enemigo del César". 

Al oír estas palabras, Pilato sacó a Jesús y lo sentó en el tribunal, en el sitio que llaman "el Enlosado" (en hebreo Gábbata). Era el día de la preparación de la Pascua, hacia el mediodía. Y dijo Pilato a los judíos: 

"Aquí tienen a su rey". 

Ellos gritaron: 

"¡Fuera, fuera! ¡Crucificalo!". 

Pilato les dijo: 

"¿A su rey voy a crucificar?". 

Contestaron los sumos sacerdotes: "No tenemos más rey que el César". 

Entonces se los entregó para que lo crucificaran. 

Crucificaron a Jesús y con Él a otros dos 

Tomaron a Jesús, y Él, cargando con la cruz se dirigió hacia el sitio llamado "la Calavera" (que en hebreo se dice Gólgota), donde lo crucificaron, y con Él a otros dos, uno de cada lado, y en medio Jesús. Pilato mandó escribir un letrero y ponerlo encima de la cruz; en él estaba escrito: 'Jesús el nazareno, el rey de los judíos'. Leyeron el letrero muchos judíos, porque estaba cerca el lugar donde crucificaron a Jesús y estaba escrito en hebreo, latín y griego. Entonces los sumos sacerdotes de los judíos le dijeron a Pilato: 

"No escribas: 'El rey de los judíos', sino: 'Éste ha dicho: Soy rey de los judíos' ". 

Pilato les contestó: "Lo escrito, escrito está". 

Se repartieron mi ropa 

Cuando crucificaron a Jesús, los soldados cogieron su ropa e hicieron cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica sin costura, tejida toda de una pieza de arriba a abajo. Por eso se dijeron: 

"No la rasguemos, sino echemos suertes para ver a quién le toca". 

Así se cumplió lo que dice la Escritura: Se repartieron mi ropa y echaron a suerte mi túnica. Y eso hicieron los soldados. 

Ahí está tu hijo - Ahí está tu madre 

Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María la de Cleofás y María Magdalena. Al ver a su madre y junto a ella al discípulo que tanto quería, Jesús dijo a su madre: 

"Mujer, ahí está tu hijo". 

Luego dijo al discípulo: 

"Ahí está tu madre". 

Y desde aquella hora el discípulo se la llevó a vivir con él. 

Todo está cumplido 

Después de esto, sabiendo Jesús que todo había llegado a su término, para que se cumpliera la Escritura dijo: 

Tengo sed". 

Había allí un jarro lleno de vinagre. Los soldados sujetaron una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo y se la acercaron a la boca. Jesús probó el vinagre y dijo: 

"Todo está cumplido", 

E inclinando la cabeza, entregó el espíritu. 

Aquí se arrodillan todos y se hace una breve pausa. 

Inmediatamente salió sangre y agua 

Entonces los judíos, como era el día de la preparación de la Pascua, para que los cuerpos de los ajusticiados no se quedaran en la cruz el sábado, por que aquel sábado era un día muy solemne, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y los quitaran de la cruz. Fueron los soldados, le quebraron las piernas a uno y luego al otro de los que habían sido crucificados con Él. Pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le traspasó el costado con una lanza e inmediatamente salió sangre y agua. 

El que vio da testimonio de esto y su testimonio es verdadero y él sabe que dice la verdad, para que también ustedes crean. Esto sucedió para que se cumpliera lo que dice la Escritura: No le quebrarán ningún hueso; y en otro lugar la Escritura dice: Mirarán al que traspasaron. 

Vendaron el cuerpo de Jesús y lo perfumaron 

Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, pero oculto por miedo a los judíos, pidió a Pilato que lo dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato lo autorizó. Él fue entonces y se llevó el cuerpo. Llegó también Nicodemo, el que había ido a verlo de noche, y trajo unas cien libras de una mezcla de mirra y áloe. 

Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos con esos aromas, según se acostumbra enterrar entre los judíos. Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto, un sepulcro nuevo, donde nadie había sido enterrado todavía, y como para los judíos era el día de la preparación de la Pascua y el sepulcro estaba cerca, allí pusieron a Jesús. Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús. 

La madre de Jesús y el discípulo preferido permanecen al pie de la cruz. Quien decida vivir al servicio de Jesús, deberá honrarle en la persona de cualquier necesitado. 

Después de la lectura de la Pasión, se tiene, si parece oportuno, una breve homilía, después de la cual el sacerdote puede exhortar a los fieles a orar durante un breve espacio de tiempo. 

ORACIÓN UNIVERSAL 

La Liturgia de la Palabra se termina con la oración Universal, que se hace de esta manera: el diácono, junto al ambón, dice el invitatorio, en el cual se expresa la intención. En seguida oran todos en silencio durante un breve espacio de tiempo y luego el sacerdote, de pie junto a la sede o ante el altar, dice la oración con las manos extendidas. Los fieles pueden permanecer arrodillados o de pie durante todo el tiempo de las oraciones.

Las Conferencias Episcopales pueden aprobar algunas aclamaciones del pueblo antes de cada oración del sacerdote o disponer que se conserve la invitación tradicional del diácono: "Arrodillémonos, levantémonos ", y la costumbre de que los fieles se arrodillen en silencio durante la oración. 

Cuando hay una grave necesidad pública, el Ordinario del lugar puede permitir o prescribir que se añada alguna intención especial. 

De las oraciones que se presentan en el Misal, el sacerdote puede escoger las que sean más apropiadas para las circunstancias del lugar, cuidando, sin embargo, de que se conserve la serie de intenciones establecidas para la oración Universal (Instrucción General del Misal Romano, n. 46). 

I. Por la santa Iglesia. 

Oremos, hermanos, por la santa Iglesia de Dios, para que el Señor le conceda la paz y la unidad, la proteja en todo el mundo y nos conceda una vida serena, para alabar a Dios Padre todopoderoso. 

Se ora un momento en silencio. Luego prosigue el sacerdote: 

Dios todopoderoso y eterno, que en Cristo revelaste tu gloria a todas las naciones, conserva la obra de tu amor, para que tu Iglesia, extendida por todo el mundo, persevere con fe inquebrantable en la confesión de tu nombre. Por Jesucristo, nuestro Señor. R/. Amén. 

II. Por el Papa. 

Oremos también por nuestro santo padre el Papa N., para que Dios nuestro Señor, que lo eligió entre los obispos, lo asista y proteja para bien de su Iglesia, como guía y pastor del pueblo santo de Dios. 

Se ora un momento en silencio. Luego prosigue el sacerdote: 

Dios todopoderoso y eterno, cuya providencia gobierna todas las cosas, atiende nuestras súplicas y protege con tu amor al Papa que nos has elegido, para que el pueblo cristiano, confiado por ti a su guía pastoral, progrese siempre en la fe. Por Jesucristo, nuestro Señor. R/.Amén. 

III. Por el pueblo de Dios y sus ministros. 

Sobre la forma de mencionar al obispo, Cfr. Instr. Gen. n. 109 

Oremos también por nuestro obispo N., por todos los obispos, presbíteros, diáconos, por todos los que ejercen algún ministerio en la Iglesia y por todo el pueblo de Dios. 

Se ora un momento en silencio. Luego prosigue el sacerdote: 

Dios todopoderoso y eterno, que con tu Espíritu santificas y gobiernas a toda tu Iglesia, escucha nuestras súplicas y concédenos tu gracia, para que todos, según nuestra vocación, podamos servirte con fidelidad. Por Jesucristo, nuestro Señor. R/. Amén. 

IV. Por los catecúmenos. 

Oremos también por los (nuestros) catecúmenos para que Dios nuestro Señor los ilumine interiormente y les comunique su amor; y para que, mediante el bautismo, se les perdonen todos sus pecados y queden incorporados a Cristo nuestro Señor. 

Se ora un momento en silencio. Luego prosigue el sacerdote: 

Dios todopoderoso y eterno, que sin cesar concedes nuevos hijos a tu Iglesia, aumenta en los (nuestros) catecúmenos el conocimiento de su fe, para que puedan renacer por el bautismo a la vida nueva de tus hijos de adopción. Por Jesucristo, nuestro Señor. R/. Amén. 

V. Por la unidad de los cristianos. 

Oremos también por todos los hermanos que creen en Cristo, para que Dios nuestro Señor les conceda vivir sinceramente lo que profesan y se digne reunidos para siempre en un solo rebaño, bajo un solo pastor. 

Se ora un momento en silencio. Luego prosigue el sacerdote: 

Dios todopoderoso y eterno, tú que reúnes a los que están dispersos y los mantienes en la unidad, mira con amor a todos los cristianos, a fin de que, cuantos están consagrados por un solo bautismo, formen una sola familia, unida por el amor y la integridad de la fe. Por Jesucristo, nuestro Señor. R/. Amén. 

VI. Por los judíos. 

Oremos también por el pueblo judío, al que Dios se dignó hablar por medio de los profetas, para que el Señor le conceda progresar continuamente en el amor t a su nombre y en la fidelidad a su alianza. 

Se ora un momento en silencio. Luego prosigue el sacerdote: 

Dios todopoderoso y eterno, que prometiste llenar de bendiciones a Abraham y a su descendencia, escucha las súplicas de tu Iglesia, y concede al pueblo de la primitiva alianza alcanzar la plenitud de la redención. Por Jesucristo, nuestro Señor. R/. Amén.  

VII. Por los que no creen en Cristo. 

Oremos también por los que no creen en Cristo, para que, iluminados por el Espíritu Santo, puedan encontrar el camino de la salvación. 

Se ora un momento en silencio. Luego prosigue el sacerdote: 

Dios todopoderoso y eterno, concede a quienes no creen en Cristo buscar sinceramente agradarte, para que encuentren la verdad; y a nosotros tus fieles, concédenos progresar en el amor fraterno y en el deseo de conocerte más, para dar al mundo un testimonio creíble de tu amor. Por Jesucristo, nuestro Señor. R/. Amén. 

VIII. Por los que no creen en Dios. 

Oremos también por los que no conocen a Dios, para que obren siempre con bondad y rectitud, y puedan llegar así a conocer a Dios. 

Se ora un momento en silencio. Luego prosigue el sacerdote: 

Dios todopoderoso y eterno, que has hecho a los hombres en tal forma que en todo, aun sin saberlo, te busquen y sólo al encontrarte hallen descanso, concédenos que, en medio de las adversidades de este mundo, todos reconozcan las señales de tu amor y, estimulados por el testimonio de nuestra vida, tengan por fin la alegría de creer en ti, único Dios verdadero y Padre de todos los hombres. Por Jesucristo, nuestro Señor. R/. Amén. 

IX. Por los gobernantes. 

Oremos también por los jefes de Estado y todos los responsables de los asuntos públicos, para que Dios nuestro Señor les inspire decisiones que promuevan el S bien común, en un ambiente de paz y libertad. 

Se ora un momento en silencio. Luego prosigue el sacerdote: 

Dios todopoderoso y eterno, en cuya mano está mover el corazón de los hombres y defender los derechos de los pueblos, mira con bondad a nuestros gobernantes, para que, con tu ayuda, promuevan una paz duradera, un auténtico progreso social y una verdadera libertad religiosa. Por Jesucristo, nuestro Señor. R/. Amén. 

X. Por los que se encuentran en alguna tribulación. 

Oremos, hermanos, a Dios Padre todopoderoso, para que libre al mundo de todas sus miserias, dé salud a los enfermos y pan a los que tienen hambre, libere a los encarcelados y haga justicia a los oprimidos, conceda o seguridad a los que viajan, un pronto retorno a los que se encuentran lejos del hogar y la vida eterna a los moribundos. 

Se ora un momento en silencio. Luego prosigue el sacerdote: 

Dios todopoderoso y eterno, consuelo de los afligidos y fortaleza de los que sufren, escucha a los que te invocan en su tribulación, para que experimenten todos la alegría de tu misericordia. Por Jesucristo, nuestro Señor. R/. Amén.

Segunda parte.

ADORACIÓN DE LA SANTA CRUZ 

Terminada la Oración Universal, se hace la adoración solemne de la santa Cruz. De las dos formas que se proponen a continuación para el descubrimiento de la cruz, elíjase la que se juzgue más apropiada pastoralmente, de acuerdo con /os circunstancias. 

Primera forma de mostrar la santa Cruz 

Se lleva a al altar la cruz, cubierta con un velo y acompañado por dos acólitos con velas encendidas. 

El sacerdote, de pie ante el altar, recibe la cruz, descubre un poco su extremo superior, la eleva y comienza a cantar el invitatorio. Mirad el árbol de la Cruz, cuyo canto prosigue juntamente con los ministros sagrados o, si es necesario, con el coro. Todos responden: venid y adoremos. 

Terminado el canto, todos se arrodillan y adoran en silencio, durante algunos instantes, la cruz que el sacerdote, de pie, mantiene en alto. 

En seguida el sacerdote descubre el brazo derecho de la cruz y, elevándola de nuevo, comienza a cantar (en el mismo tono que antes) el invitatorio “Mirad el árbol de la Cruz”, y se prosigue como la primera vez.

En seguida, acompañado de dos acólitos con velas encendidas, el sacerdote lleva la cruz a la entrada del presbiterio o a otro sitio adecuado y la coloca ahí o la entrega a los ministros o acólitos para que la sostengan, y se ponen las dos velas encendidas a los lados de la cruz. 

Se hace luego la adoración de la santa Cruz: como se indica más abajo. 

Segunda forma de mostrar la santa Cruz 

El sacerdote, el diácono u otro ministro idóneo, van a la puerta del templo juntamente con los acólitos. Allí reciben la cruz ya descubierta. Los acólitos toman los ciriales encendidos. Y todos avanzan en forma de procesión hacia el presbiterio a través del templo. 

Cerca de la puerta del templo, el que lleva la cruz la levanta y canta el invitatorio Mirad el árbol de la Cruz. Todos responden: Venid y adoremos Y se arrodillan después de la respuesta, adorando un momento en silencio. Esto mismo se repite a la mitad de la iglesia y a la entrada del presbiterio. (El invitatorio se canta las tres veces en el mismo tono.) 

En seguida se coloca la cruz a la entrada del presbiterio y se ponen a sus lados los ciriales, como se indicó anteriormente al final de la primera forma. 

INVITATORIO AL PRESENTAR LA SANTA CRUZ 

Mirad el árbol de la Cruz donde estuvo clavado Cristo, el Salvador del mundo. 

Venid y adoremos. 

ADORACIÓN DE LA SANTA CRUZ

El sacerdote, el clero y los fieles se acercan procesionalmente y adoran la cruz, haciendo delante de ella una genuflexión simple o algún otro signo de veneración (como el de besarla), según la costumbre de la región.

Mientras tanto, se canta la antífona. Tu Cruz adoramos, los Improperios u otros cánticos apropiados. Todos, conforme van terminando de adorar la cruz, regresan a su lugar y se sientan. 

Expóngase solamente una cruz a la adoración de los fieles. Si por el gran número de asistentes no todos pudieren acercarse, el sacerdote, después de que una parte de los fieles haya hecho la adoración, toma la cruz y, de pie ante el altar, invita a todo el pueblo, con breves palabras, a adorar la santa Cruz. Luego la levanta en alto por un momento, para que los fieles la adoren en silencio. 

Terminada la adoración, la cruz es llevada al altar y puesta en su lugar. Los ciriales encendidos son colocados a los lados del altar o junto a la cruz. 

CANTOS PARA LA ADORACIÓN DE LA SANTA CRUZ 

Las partes que corresponden al primer coro se indican con el número 1: las que corresponden al segundo, con el número 2: las que deben cantarse juntamente por los dos coros, con los números 1 Y 2. 

1 Y 2. ANTÍFONA 

Tu Cruz adoramos, Señor, y tu santa resurrección alabamos y glorificamos, pues del árbol de la Cruz ha venido la alegría al mundo entero. 

1. SALMO 66, 2 

Que el Señor se apiade de nosotros y nos bendiga, que nos muestre su rostro radiante y misericordioso. 

1 Y 2. ANTÍFONA 

Tu Cruz adoramos, Señor, y tu santa resurrección alabamos y glorificamos, pues del árbol de la Cruz ha venido la alegría al mundo entero. 

IMPROPERIOS I 

1 y 2. Pueblo mío, ¿qué mal te he causado o en qué cosa te he ofendido? Respóndeme. 

l. ¿Porque yo te saqué de Egipto, tú le has preparado una cruz a tu Salvador? 

2. Pueblo mío, ¿qué mal te he causado o en qué cosa te he ofendido? Respóndeme. 

l. . Sanctus Deus. 2. Santo Dios. 

1. Santos Fortis. 2. Santo fuerte. 

1. Santos Immortalis, 2. Santo inmortal, 

miserere nobis. ten piedad de nosotros. 

1 y 2. ¿Porque yo te guié cuarenta años por el desierto, te alimenté con el maná y te introduje en una tierra fértil, tú le preparaste una cruz a tu Salvador? Sanctus Deus, etc. 

1 y 2. ¿Qué más pude hacer o qué dejé sin hacer por ti? Yo mismo te elegí y te planté, hermosa viña mía, pero tú te has vuelto áspera y amarga conmigo, porque en mi sed me diste de beber vinagre y has plantado una lanza en el costado a tu Salvador. Sanctus Deus, etc. 

IMPROPERIOS II 

1. Por ti yo azoté a Egipto y a sus primogénitos, y tú me has entregado para que me azoten. 

2. R/. Pueblo mío, ¿qué mal te he causado o en qué cosa te he ofendido? Respóndeme. 

1. Yo te saqué de Egipto y te libré del faraón en el mar Rojo, y tú me has entregado a los sumos sacerdotes. 2. R/. 

1. Yo te abrí camino por el mar y tú me has abierto el costado con tu lanza. 2. R/. 

1. Yo te serví de guía con una columna de nubes y tú me has conducido al pretorio de Pilato. 2. R/. 

1. Yo te di de comer maná en el desierto, y tú me has dado de bofetadas y de azotes. 2. R/. 

1. Yo te di a beber el agua salvadora que brotó de la peña, y tú me has dado a beber hiel y vinagre. 2. R/. 

l. Por ti yo herí a los reyes cananeos y tú, con una caña, me has herido en la cabeza. 2. R/. 

1. Yo puse en tus manos un cetro real y tú me has puesto en la cabeza una corona de espinas. 2. R/. 

1. Yo te exalté con mi omnipotencia y tú me has hecho subir a la deshonra de la Cruz. 2. R/. 

HIMNO 

Después de cada estrofa, se van diciendo alternados los versos R. l y R. 2. 

R. 1. Cruz amable y redentora, 

árbol noble, espléndido. 

Ningún árbol fue tan rico, 

ni en sus frutos ni en su flor. 

Cuando Adán, movido a engaño, 

comió el fruto del Edén, 

el Creador, compadecido, 

desde entonces decretó 

que un árbol nos devolviera 

lo que un árbol nos quitó.

R. 2. Dulce leño, dulces clavos, 

dulce el fruto que nos dio. 

Quiso, con sus propias armas, 

vencer Dios al seductor, 

la sabiduría a la astucia 

fiero duelo le aceptó, 

para hacer surgir la vida 

donde la muerte brotó. R. 1

Cuando el tiempo hubo llegado, 

el Eterno nos envió 

a su Hijo desde el cielo, 

Dios eterno como Él, 

que en el seno de una Virgen 

carne humana revistió. R. 1

Ya se enfrenta a las injurias,

a los golpes y al rencor,

ya la sangre está brotando

de la fuente de salud.

En qué río tan divino

se ha lavado la creación. R. 1

Árbol santo, cruz excelsa,

tu dureza ablanda ya,

que tus ramas se dobleguen

al morir el Redentor

y en tu tronco, suavizado,

lo sostengas con piedad. R. 2

Feliz puerto preparaste

para el mundo náufrago

y el rescate presentaste

para nuestra redención,

pues la Sangre del Cordero

en tus brazos se ofrendó. R. 1

Conclusión que nunca

debe omitirse:

Elevemos jubilosos

a la augusta Trinidad

nuestra gratitud inmensa

por su amor y redención,

al eterno Padre, al Hijo,

y al Espíritu de amor. Amén.

Tercera parte: 

SAGRADA COMUNIÓN 

Se extiende un mantel sobre el altar y se ponen sobre él un corporal y el libro. En seguida el diácono o, en su defecto, el mismo sacerdote traen el Santísimo Sacramento del lugar del depósito directamente al altar, mientras todos permanecen de pie y en silencio. Dos acólitos, con candelabros encendidos, acompañan al Santísimo Sacramento y depositan luego los candelabros a los lados del altar o sobre él. 

Después de que el diácono ha depositado el Santísimo Sacramento sobre el altar y ha descubierto el copón, se acerca el sacerdote y, previa genuflexión, sube al altar. Ahí, teniendo las manos juntas, dice con voz clara: 

Fieles a la recomendación del Salvador, y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir: 

El sacerdote, con las manos, extendidas, dice junto con el pueblo: 

Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea, tu nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. 

El sacerdote, con las manos extendidas, prosigue en voz alta: 

Líbranos de todos los males, Señor, y concédenos la paz en nuestros días, para que, ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo. 

Junta las manos, El pueblo concluye la oración, aclamando: 

Tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria por siempre, Señor. 

A continuación el sacerdote, con las manos juntas, dice en secreto: 

Señor Jesucristo, la comunión de tu Cuerpo no sea para mí un motivo de juicio y condenación, sino que, por tu piedad, me aproveche para defensa de alma y cuerpo y como remedio saludable. 

En seguida hace genuflexión, toma una partícula, la mantiene un poco elevada sobre el pixis y dice en voz alta de cara al pueblo: 

Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Señor. 

Y, juntamente con el pueblo, añade una sola vez: 

Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme. 

Luego, comulga reverentemente el Cuerpo de Cristo.

Después distribuye la comunión a los fieles. Durante la comunión se pueden entonar cantos apropiados.

Acabada la comunión, un ministro idóneo lleva el pixix a algún lugar especialmente preparado fuera de la iglesia, o bien, si lo exigen las circunstancias, lo reserva en el sagrario.

Después el sacerdote, guardarlo si lo cree oportuno un breve silencio dice la oración siguiente. 

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN 

Oremos. Dios todopoderoso y eterno, que nos has redimido con la gloriosa muerte y resurrección de Jesucristo, por medio de nuestra participación en este sacramento prosigue en nosotros la obra de tu amor y ayúdanos a vivir entregados siempre a tu servicio. Por N Jesucristo, nuestro Señor. R/. Amén. 

Como despedida, el sacerdote, de pie y vuelto hacia el pueblo, extendiendo las manos sobre él, dice la oración siguiente: 

ORACIÓN SOBRE EL PUEBLO 

Envía, Señor, tu bendición sobre estos fieles tuyos que han conmemorado la muerte de tu Hijo y esperan resucitar con Él; concédeles tu perdón y tu consuelo, fortalece su fe y condúcelos a su eterna salvación. Por Jesucristo, nuestro Señor. R/. Amén. 

Y todos se retiran en silencio. A. su debido tiempo se desnuda el altar. 

Los que asistieron a esta solemne acción litúrgica de la tarde, no están obligados a rezar vísperas.