Leyenda o verdad histórica

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Leyenda o verdad histórica
 
A lo largo de nuestra vida hemos tenido la oportunidad de encontrarnos con relatos fascinantes que nos introducen en el mundo de la fantasía y se combinan con aspectos de la realidad; estamos hablando de las leyendas.
 
Su lectura nos permite transportarnos a mundos diversos y mezclar lo verdadero con lo irreal, quedándonos las más de las veces en el puro goce de la historia.
 
Una leyenda se define como un recurso poético en el cual se relatan sucesos que poco tienen de históricos o verdaderos y mucho tienen de tradicionales y maravillosos.  En algunas culturas, todo aquello que del mundo no se podía explicar por carecer de un fundamento científico o lógico-racional, se hacía a través de la fantasía. Así encontramos muchas leyendas.
 
Ahora bien, una leyenda es en sí algo muy distinto a lo que se conoce como leyendas negras.  Estas últimas más que narrar un hecho mezcla de fantasía y realidad, son expresión de una actitud crítica negativa que se adopta para enjuiciar una ideología con el propósito de desprestigiarla.
 
Este desprestigio se puede conseguir básicamente mediante dos procedimientos:
 
1.    Por un lado se esfuerza por acallar o silenciar todo lo bueno y meritorio de la ideología que se ataca.
2.    Por otro lado, se exhibe de manera exagerada y desproporcionada defectos y fallas, y se magnifican los errores colectivos e individuales, y estos últimos se generalizan a todas las personas que la comparten.
 
Así pues toda cultura, toda ideología puede tener  una o varias leyendas negras, que de hecho en muchos casos son injustas.
 
La Iglesia Católica no puede ser la excepción y no se ha librado de esta injusticia, pues se le han creado y promovido sus propias leyendas negras, con el claro propósito de desprestigiarla.
 
Ante estos relatos y considerándolos como recursos poéticos, podemos tener una actitud de aceptación de lo que nos relata, igual que cuando niños no buscábamos la verdad de la historia, sino que simplemente nos hacía pasar un buen rato y nos brindaban la oportunidad de una amena plática.
Lo anterior se aprecia como algo que no daña, que sencillamente allí está, cuando en realidad tiene cierta gravedad sutilmente oculta. 
Nuestra actitud sería más crítica y formal si al igual que cuando fuimos creciendo y con ayuda de una formación histórica y un desarrollo lógico-racional fuimos capaces de analizar las leyendas y dejar de creer en ellas como verdades históricas o científicas, nos fuéramos formando en las verdades de la Iglesia.  Este conocimiento sólido nos llevará a no aceptar el engaño que se oculta sutilmente tras lo fantástico y atractivo de la narración. 
 
Por otra parte si consideramos a las leyendas negras en su concepción histórica, nuestra actitud tendría que llevarnos a descubrir cuáles son los aspectos meritorios y buenos de la Iglesia por un lado, y por otro, es necesario reconocer sus fallos y errores pero siempre desde su justa dimensión.  Recordemos que nuestra Iglesia es una institución (comunidad) formada por hombres y como tales somos imperfectos y cometemos errores; el reconocerlos es el primer paso para evitar cometerlos de nuevo.
 
Por último y muy importante, es el saber distinguir lo errores individuales y evitar la generalización, lo cual solo podremos lograr formándonos en un pensamiento riguroso, lógico y científico.  Dejarse engañar y llevar por la crítica negativa que enjuicia nuestros principios es más fácil que formarnos en una actitud crítica ante ella ya que al ser críticos nos comprometemos necesariamente con la verdad única.  
 
J.M. Fernández