Lo que Alex no se llevó

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Seguimos viendo en los noticieros las secuelas del huracán “Alex”, que ha dejado un rastro de desastre. En Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas, ciudades grandes y pequeñas se inundaron, varias personas perdieron la vida, carreteras y puentes destruidos, miles de millones de pesos en pérdidas de infraestructura. ¿Qué ha quedado en pie?

 Me considero “ciudadano del mundo” pues he vivido en seis ciudades de tres países, y de todas ellas me he considerado “oriundo”. Nací en Sabinas, Coahuila, lugar en el que viví mis primeros años, y donde tengo sólidas raíces de varias generaciones.
Al hablar por teléfono con mis familiares y amigos, y al contemplar las fotos de la inundación de mi ciudad natal, me llevé una doble impresión. Mientras que las imágenes me mostraban la inundación de lugares tan entrañables para mí, como la Plaza principal y la Iglesia de Guadalupe, por contraste, las conversaciones me conmovieron, por estar llenas de fe y de serenidad.

Entonces me di cuenta que “Alex” destruyó lo que se había construido a lo largo de 130 años, pero no se pudo llevar el espíritu y la esperanza de mi gente. Y esta actitud espiritual ha sido una experiencia constante no sólo en estos Estados del norte ahora afectados, sino también, en fechas recientes, en las tragedias del desbordamiento del río Grijalva en Tabasco, en las inundaciones del Estado de México y de la Capital, y en la marejada que azotó Baja California Sur.

Las maneras de afrontar las dificultades varían de persona a persona y, ante eventos de esta naturaleza, hay quienes reaccionan con optimismo, y no faltan –sinceramente los entiendo– quienes lo hacen con abatimiento. Sin embargo, me parece destacable que hay un claro trasfondo espiritual en la mayoría.

Y ese modo de ver la vida y de afrontar las grandes dificultades se llama, en cristiano, “esperanza”, la cual se ha manifestado en la profunda convicción de que Dios cuidó de los damnificados, porque aunque perdieron sus casas y enseres, conservaron sus vidas y sus familias.
Esta misma visión espiritual es la que noté, cuando alguno me comentó que, al ver la ciudad inundada, le vino a la mente el pensamiento de “¿qué querrá Dios de nosotros?”, y se contestó a sí mismo, “seguramente, que me de cuenta de que lo material no es lo único”.

Una vez más, volví a notar que durante las tragedias naturales, la mayoría de la gente de nuestra Patria pide primero una oración, convencidos de que luego ya vendrá la necesaria ayuda material. Aunque no todos los mexicanos profesamos el mismo credo, el “humus cristiano” está en la base de nuestra visión, y es la fuente de nuestra solidaridad.
Siguen momentos difíciles, pues se requieren arduas labores de limpieza y de reconstrucción. Y entonces vienen bien las palabras de Benedicto XVI: hay esperanza en todo esfuerzo humano por lograr un mundo mejor, “pero el esfuerzo cotidiano por continuar nuestra vida y por el futuro de todos nos cansa o se convierte en fanatismo, si no está iluminado por la luz de aquella esperanza más grande, que no puede ser destruida ni siquiera por frustraciones en lo pequeño, ni por el fracaso en los acontecimientos de importancia histórica”. Y esta “esperanza más grande”, religiosa, es lo que “Alex” no nos podrá arrebatar.

Quisiera con estas líneas dar un testimonio de la esperanza espiritual de mi paisanos, y expresarles un signo de la solidaridad de parte de todos los que hemos sido testigos a distancia de estos acontecimientos.