Los laicos y la renovación social

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      En su reciente viaje al Reino Unido el Papa Benedicto XVI ofrece a los fieles laicos, es decir, a los fieles comunes y corrientes, de a pie, sin ninguna consagración particular o ministerio eclesial determinado, un potente mensaje, un auténtico desafío y un horizonte atractivo para su vida y su labor cotidiana.  Quiere despertar de la apatía, de la modorra y el pesimismo a la parte más consistente –por lo menos numéricamente- de la Iglesia, la parte que puede fecundar y transformar el mundo.

     Pinta un panorama atractivo, pero no fácil. No ignora el Papa los obstáculos, pero constituye parte de la esencia más pura del cristianismo el ir contracorriente. De hecho, en general puede afirmarse que no le ha venido bien la situación de comodidad y privilegio social. Por decirlo simplificadamente, los cristianos de ahora son más próximos vivencialmente a los primeros cristianos, que los de épocas pasadas en las cuales ser cristiano era sinónimo de estatus o privilegio. Es precisamente en el Reino Unido, país fuertemente cosmopolita –lo cual resulta muy positivo- y secularista –lo que no lo es tanto- donde lanza esa invitación y denuncia el empeño consciente por relegar a la religión al ámbito de la conciencia, excluyéndola de la vida pública: “Hoy en día, algunos pretenden excluir de la esfera pública las creencias religiosas, relegarlas a lo privado, objetando que son una amenaza para la igualdad y la libertad”.

     El gran reto de los cristianos es actualmente la evangelización de la cultura. El ágora o areópago contemporáneo son los intelectuales, y a ellos hay que dirigir el anuncio evangélico, mostrando cómo la fe no es sinónimo de ingenuidad, intolerancia o ignorancia, sino por el contrario de ilustración y coherencia, con cierta dosis de apuesta y riesgo que le dan un particular atractivo. “La evangelización de la cultura es muy importante en nuestro tiempo, cuando la dictadura del relativismo amenaza con oscurecer la verdad inmutable sobre la naturaleza del hombre, sobre su destino y su bien último”. El cristianismo tiene esa capacidad de ser transcultural, de amoldarse y permear vivificando las diferentes culturas en todo tiempo y lugar, por ello es universal, católico. Pero al informar la cultura la purifica, la eleva, la dignifica, se convierte en un referente crítico social, que en ocasiones puede tornarse molesto para algunas conciencias. Ese choque –que no es violento- es sano y necesario, constituye una referencia y un punto de mira y de contraste para las personas y las culturas que anhelan la verdad.

     El recelo de la religión en la vida pública no está suficientemente justificado; es más, es resultado de un fantasma: el integrismo nada tiene que ver con la vivencia ecuánime de la fe. El terrorismo y la violencia son fruto de visiones y vivencias religiosas polarizadas, no la religión sana a la que invita el Papa y que pude fecundar la sociedad: “la religión es en realidad garantía de auténtica libertad y respeto, que nos lleva a considerar a cada persona como un hermano o una hermana”. En el fondo toda sociedad democrática parte de unos presupuestos que ella no misma no puede asegurar y que son fruto de un patrimonio religioso común. La religión en consecuencia, lejos de ser extraña a la democracia se convierte en su ingrediente necesario, entre otras cosas porque muchas de las personas que la forman son creyentes y porque los valores que le dan estabilidad son promovidos por credos religiosos.

     En ese contexto el Papa invita a los fieles cristianos a deponer cualquier tipo de complejo y participar activamente en la vida pública de la sociedad, sin esconder o camuflar su identidad: “Por esta razón, os invito en modo particular a vosotros, fieles laicos (...) a ser no sólo ejemplo de fe en público, sino también a plantear en el foro público los argumentos promovidos por la sabiduría y la visión de la fe". Tenemos el derecho de ofrecer soluciones y planteamientos a los problemas que sean acordes con nuestra fe y el concepto de hombre y de sociedad que lleva implícito; es un derecho que se convierte en deber urgente, máxime cuando se le quiere relegar o desprestigiar exclusivamente por su origen cristiano, dando de esa forma carta de autenticidad a la intolerancia religiosa y a la discriminación dentro de la sociedad.

     Evangelizar la cultura, participar activamente y sin complejos en la sociedad: sin violencia y sin imposiciones, pero también con la seguridad y la confianza que otorga el ser conscientes del calado y la riqueza que los principios cristianos pueden aportar a un mundo fuertemente secularizado y por ello mismo deshumanizado. Es un reto no fácil, pero sí atractivo y sobre todo necesario, si no queremos renunciar a una parte importante de nuestra identidad, una parte que aporta muchos de los principios que sustentan la democracia en la que vivimos. El Papa nos invita a no hacer dejación de derechos que son deberes y a no ocupar voluntaria y pacíficamente una posición secundaria en la sociedad, exclusivamente por nuestras creencias, principios y valores.