Los tres amores de un santo

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Hace 35 años entregaba su alma a Dios un hombre profundamente enamorado y por ello profundamente feliz, cuya vida ha tenido un eco universal y creciente con el paso del tiempo: San Josemaría Escrivá. Cada santo refleja de un modo particular la vida del único modelo, Jesucristo, el único mediador entre Dios y los hombres; y a su vez, en la vida de cada santo pueden descubrirse diferentes brillos y multitud de matices que invitan a seguir al Maestro más de cerca. San Josemaría fue calificado por Juan Pablo II como el “santo de lo ordinario”, precisamente porque enseñó a santificar la vida corriente y las circunstancias normales de la cotidianidad. Pero uno de esos “brillos” particulares, que reluce especialmente en la actualidad es su amor al Papa.

El cariño al Romano Pontífice y a la Iglesia no constituía un aspecto marginal, anecdótico o decorativo de su vida; todo lo contrario, debía situarse en el centro de la misma: “Cristo, María y el Papa” eran para él los tres amores de su vida y deberían ser los tres amores de todo cristiano. Efectivamente no es pensable imitar a Cristo sin amar a su Madre, ni amar a Cristo sin amar aquello por lo que Él se entregó y derramó toda su Sangre: la Iglesia, según la teología paulina. “Cristo, María y el Papa” deben estar en lo más profundo del corazón de todo creyente, en la medida en que su creencia no sea superficial.

El amor a la Iglesia, que es Católica, es decir universal, le impedía ceder a particularismos comprensibles. Desde 1928 entendió que Dios le pedía sacar adelante una institución concreta, que recordara perennemente en el seno de la Iglesia la llamada universal a la santidad y proporcionara los medios precisos para poder coronar ese ideal. Sin embargo no dudó en varias ocasiones en encararse con el Señor valientemente para decirle: “si la Obra no es para servir a la Iglesia, ¡destrúyela ahora mismo!”

Ese amor a la catolicidad le llevó a amar y respetar todos los caminos legítimamente surgidos en el corazón de la Iglesia, discerniendo muy bien que la unidad no es uniformidad, y que la multitud de carismas enriquecen el Rostro de la Esposa de Cristo y manifiestan la presencia vivificante del Espíritu en su interior. Prueba de ello es que envió cantidad de vocaciones al estado sacerdotal y religioso, y el afecto que multitud de congregaciones religiosas profesan hacia la institución por él fundada, de corte radicalmente distinto.

Desde pequeño tuvo cariño por el Papa, pero ese amor fue creciendo y madurando a lo largo de su vida: se fue haciendo cada vez más profundo, más teológico. La primera noche que pasó en Roma, en 1946 tuvo la fortuna de alojarse en una casa cercana al Vaticano, desde donde podía verse la habitación papal. La emoción de estar tan cerca del Papa le llevó a pasar toda la noche en vela, de rodillas, en la terraza de ese alojamiento, orando por el Papa y mirando su habitación. Años más tarde, en las diferentes audiencias que mantuvo con los diversos papas (Pio XII, Juan XXIII y Pablo VI) siempre conservó la profunda emoción de estar con él. Cuando acudía a San Pedro solía rezar el credo, y al recitar “creo en la Iglesia, Una, Santa, Católica y apostólica”, solía agregar “a pesar de los pesares…”, cuando alguien le preguntaba a que se refería, contestaba con sencillez: “tus pecados y los míos”. 

Sin embargo, fue al final de su vida, ante el espectáculo de la profunda crisis postconciliar, marcada particularmente por mucha desobediencia al Papa dentro de la Iglesia, que su amor a Ella y al Papa alcanzó la cima. Rezó e hizo rezar mucho por la Iglesia y el Papa, animó a muchas personas a ofrecer sus dolencias, enfermedades y trabajos por esta intención, y él particularmente ofreció su vida con frecuencia a Dios por eso, cosa que por cierto hizo su último día sobre la Tierra, el 26 de junio de 1975.

Podemos aprender de San Josemaría a querer al Papa, sabiendo que no se trata de algo anecdótico o periférico, sino medular. Es un aspecto de nuestra fe que hoy resulta más urgente resaltar, de forma que aprovechemos las críticas desamoradas que ha recibido para manifestar más decididamente nuestro afecto y unión. No se trata de un personaje público más, de un ideólogo o de un político, sino del Vicario de Cristo, del “Dulce Cristo en la Tierra”, como le gustaba decir a Santa Catalina de Siena y repetir a San Josemaría. Recientemente el Papa ha recibido numerosas pruebas de afecto al concluir el año sacerdotal, pero esa debe ser una actitud de fondo en el cristiano, para que salga fortalecido y acrisolado en su fe durante la tribulación. Para eso es indispensable el sustento de la doctrina: no se trata de que me caiga bien o me guste lo que dice; sino de que considere lo que es. Por ello haríamos muy bien en leer con atención y meditar lo que este Papa dice –sin la criba mediática- para comprender y vivir con mayor profundidad nuestra fe.