La Madre que espera

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 La Madre que espera

 La Madre que espera

Son múltiples los recuerdos que, en la generalidad de los católicos adultos, evoca este mes de mayo: plenitud de vida, eclosión de primavera, primer enamoramiento, escarceos amorosos, recuerdo de la madre, gestas patrióticas, fiestas religiosas, celebraciones familiares, piedad mariana, mes de las flores, etcétera.

Tales remembranzas perduran al paso de los años en el niño que todos fuimos y que aún llevamos en el hondón del alma y dentro de nosotros. No se borran fácilmente.

A veces el sentimiento religioso adormecido, aflora con fuerza en la vida y nos vuelve a todos un tanto nostálgicos. Quizá recordamos la piedad e ingenuidad de los años infantiles. Aquellos ejercicios de las flores en honor de María, aquel canto tan pegajoso y emotivo de “Venid y vamos todos…”. Aquellos pequeños altares hechos por nuestras manos en las aulas del colegio, aquellos rezos y poesías en honor de la Santísima Virgen. Aquellas procesiones, comuniones, paseos vespertinos a la vieja ermita del pueblo. ¡Cómo han quedado grabados en nuestra mente y en nuestro corazón!

Es verdad que eran otros tiempos tan distintos a los de ahora –más bien felices–, cuando todavía la malicia, el cálculo y el interés no habían endurecido o secado nuestro corazón. También –la verdad sea dicha– nosotros éramos otros.

Entonces llegamos a experimentar como nunca lo que era el calor y el cariño verdaderos de la  madre de la tierra y la presencia amorosa y protectora de la Madre del cielo. Creíamos que nunca nos llegarían a faltar, pero pasaron los años y, con ellos, muchos de nuestros afectos, sentimientos, ideales y comportamientos.

La dureza de la vida, la convivencia difícil, la competencia laboral, los desengaños cotidianos, nos han ido encalleciendo el alma y casi secado el corazón. ¡Lástima!

Ya somos hombres hechos y derechos, curtidos por la vida. Dimos pronto de lado a toda aquella piedad, candor y religiosidad infantil. Tenemos para ello cada uno nuestras  justificaciones. Caminamos ya por la vida sin andaderas de ningún tipo. No necesitamos  tanto montaje religioso. Creemos saber de todo, aunque a veces ignoremos lo más esencial.

Estamos de vuelta de todo y el caso es que no sabemos ni a dónde nos dirigimos, ni vamos a ninguna parte. A veces tenemos la amarga sensación de encontrarnos solos, desamparados, huérfanos y hasta como perdidos en este mundo inhóspito y en esta sociedad competitiva y materializada.

Volvemos nuestro rostro en demanda de socorro y nadie nos responde. Tratamos de disimular nuestro miedo, nuestro desconcierto, y sólo palpamos el vacío de nuestras vidas anodinas. Pero allí en el hondón de nuestra alma anhelamos, como niños pequeños, la presencia de la Madre.

La de la tierra, quizá, hace ya bastantes años que nos dejó. La del cielo, casi la hemos dejado nosotros a ella, con nuestra autosuficiencia, con nuestros desamores y con nuestros pecados. Vivimos inmersos en la charca del materialismo y del hedonismo. ¡Necesitamos una mano!

Algo o alguien quizá nos recordará aquella letra del canto del “Salve Madre”, que con tanto fervor y entusiasmo cantamos antaño. “Mientras mi vida alentare, todo mi amor para ti; mas si mi amor te olvidare, Madre mía, Madre mía, tú no te olvides de mí”.

Si acaso, amigos, leéis estas sencillas líneas, os quisiera recordar una gran verdad. ¡No estamos solos en la vida! Tenemos una Madre, María, que está día y noche velando por todos y cada uno de nosotros. Nos está aguardando con los brazos abiertos, como auxiliadora nuestra, para llevarnos a Jesús su divino Hijo, Jesucristo.

Ella, la Madre de misericordia, no tiene misión más importante que ésta. Acudamos con fe y confianza de niños pequeños en este mes de mayo a María y experimentaremos, una vez más, que a pesar de nuestros olvidos, de nuestras incoherencias, de nuestros errores, obstinaciones y pecados, Ella busca y quiere nuestro supremo bien y felicidad, que tan sólo encontraremos en su divino Hijo Jesús. Dejémonos querer todos por nuestra bendita Madre. Lo necesitamos.