Mártir Pedro Bautista Blasquez


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San Pedro Bautista Blasquez

Mártir, 6 de febrero

Etimológicamente significa “roca, piedra”. Viene de la lengua hebrea.

Cuando la lucha y la contemplación se colocan en oposición, como si hubiera que elegir una y menospreciar la otra, esta oposición llega a desgarrar las fibras del ser humano. Por el contrario, cuando hay unidad entre acción y oración, se siente un suave respiro.

La lucha interior de este joven castellano no se quedó en la mera pasividad o privacidad. No, al contrario. Sentía vivos deseos de entregarse a Dios en los lugares de más riesgo.

Una vez que terminó sus estudios en la universidad de Salamanca, lo nombraron profesor y superior de algunos conventos.

Sin embargo, nada de esto le llenaba. El soñaba con irse al Oriente para evangelizar a quien no conociera la verdad de Cristo.

Primeramente, estuvo en Filipinas trabajando con los más pobres y fundando iglesia y hospitales. De aquí pasó a Japón.

Resulta que los jesuitas habían sido expulsados. También era consciente de que a los cristianos se les perseguía a muerte.

Tanta era su insistencia, que le dieron permiso y visado para marcharse. En 1593 empezó su apostolado entre aquella gente. Vivía como un pobre y, al igual que hiciera en Filipinas, no paró de fundar conventos y hospitales para los necesitados.

La envidia de los bonzos y los mismos celos entre algunos misioneros, más las disputas entre los españoles y portugueses, hicieron que el gobernador se cansara.

Pensó que lo mejor era expulsar a los misioneros extranjeros o bien darles muerte.

Se inclinó por lo segundo. Los persiguió, los encerró en duras cárceles hasta que decidió dar un escarmiento general a todos.

Los trasladó a Nagasaki. Y, una vez que los paseó por la ciudad para escarnio y diversión de la gente, los condujo a una colina de la ciudad, en la que los crucificó a todos. Fue llevado a los altares por el Papa Urbano VIII y Pío IX. Era el año 1597.