Mejor que con los cuates

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Hace
unos días, platicando con una amiga, ella me comentaba que su hijo de
siete años decidió hacer una "limpia" en su cuarto. Sacó juguetes,
libros, lápices, libretas y algunas otras cosas que ya no ocupaba, para
regalarlos, y el niño le pidió a su mamá que le ayudara.

Por supuesto mi amiga - que es una madre entregada a sus hijos -
accedió y se puso a ayudarle. Los dos sacaron cosas y de pronto la mamá
le dijo: Oye, y estos juguetes, ¿por qué no los regalas también? el
niño le dijo: "no, porque son los más nuevos", en seguida pensó un poco
y cambió de opinión: "bueno, total, no tengo tiempo para jugar con
ellos".

Lógicamente mi amiga se quedó sorprendida con la respuesta del hijo
y ya que terminaron ella se fue muy pensativa a su habitación. Durante
un buen rato se hizo esta pregunta: ¿cómo es posible que un niño de
escasos siete años no tenga tiempo para jugar? Esto es grave - pensó -
y hay que ponerle atención.

El activismo.

Y de verdad que este asunto, en algunos casos puede ser un gran
problema, pues ahora algunos niños tienen tantas actividades fuera de
casa que ya no tienen tiempo para jugar.

Durante el año escolar, la mayoría de los niños al salir del
colegio están "atiborrados" de clases como por ejemplo: karate, baile,
piano, inglés, computación y más. No dudo en ningún momento del
beneficio que les aportan estas clases extraescolares pues les ayudan a
desarrollar habilidades y a descubrir su vocación.

Sin embargo a veces olvidamos que una forma en que el niño
desarrolla su creatividad, y que le ayuda a su formación en la
infancia, es el juego, pero no el jugar solo, sino el jugar y compartir
con los demás miembros de la familia o con los amiguitos. ¡Esto es muy
importante para el niño!

Las convivencias en familia, son excelentes medios para aprender.
Ahí se le educa en los hábitos que deseamos desarrollen desde ahora y
para su vida adulta. Es la niñez, etapa decisiva para su vida futura,
la que debe estar llena de juegos libres y dirigidos por los padres
modernos, además de lo que puedan aprender con la enseñanza en la
escuela.

Esa conversación que tuve con mi amiga y una experiencia que acabo
de vivir hace unas semanas, cuando acudí con mis dos hijos pequeños a
una piñata en un salón de esos que rentan para fiestas infantiles, me
movieron a la reflexión.

Observé que en esa fiesta (donde había muchos niños, en su mayoría
mujercitas), éramos únicamente ocho mamás y todos los pequeños - entre
los tres y siete años - iban acompañados de la empleada del hogar.

Eran demasiadas las chicas de servicio que había en la fiesta
(hasta en eso son excelente apoyo para la familia) y yo me pregunté:
bueno y ¿dónde estarán las mamás de todos estos niños? Esto me ha hecho
también reflexionar y me digo: ¿no es más importante el convivir con
nuestros hijos en una fiesta?

¿Para el niño no será mejor que sea la mamá quién comparta con él
los juegos de esos salones, el que la mamá le tome la mano y lo lleve a
pegarle a la piñata?, ¿qué no vale la pena que nuestros hijos sientan
más seguridad porque van con su mamá?, ¿qué no vale la pena destinar el
tiempo suficiente para divertirnos, para jugar, para convivir con
nuestros hijos?

Mucha de la gente solitaria de la que el mundo está lleno es así,
quizás porque no tuvieron de niños ese apoyo, ese diálogo y convivencia
con las personas que son las más importantes en su niñez: sus padres.

Hay quien cree que todos los niños son felices, que no se enteran
de nada, que no saben de dolor, y la realidad no es así, no nos
imaginamos la cantidad de niños solitarios que no tienen con quién
platicar, ni quién los escuche, tampoco con quién jugar.

Es cierto que la vida moderna ha puesto en el mercado muchas
comodidades: video juegos, computadoras, juguetes, pero esas sólo son
máquinas que no pueden suplir en ningún momento el calor, el cariño, la
ternura de unos padres.