El mejor regalo para un enfermo: el sacerdote

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Los médicos no tienen duda: falta poco tiempo para que inicie la agonía. Los familiares sienten una angustia profunda. Rodean a una señora anciana, todavía consciente, que en pocas horas dejará de vivir entre los suyos.

Una enfermera que conoce la situación ha avisado al sacerdote que trabaja en el hospital. Llega el sacerdote a la habitación, y la familia se muestra sorprendida, da señales de hostilidad. “No hace falta que venga, puede retirarse”, le dicen. El sacerdote pregunta si la señora no querría hablar un momento con él. Los familiares no quieren preguntarle, se niegan a que pueda haber un encuentro. El sacerdote da un paso adelante, intenta hacerse ver. Piensa que así la señora podrá expresar su opinión, hacer tal vez un gesto de deseo, de asentimiento, una llamada al sacerdote para hablar. Pero los familiares se juntan, como un muro, para que la anciana no pueda ver al “intruso”. El sacerdote, por fin, se retira vencido, con una profunda pena en el corazón: no es nada fácil encontrarse con quienes rechazan para un familiar enfermo ese encuentro, a veces decisivo, con un sacerdote que quiere hablar de perdón y misericordia...

La escena que acabamos de evocar es real. Nos deja atónitos descubrir que cada vez hay más hogares y familias para las que el enfermo merece todo tipo de cuidados y atenciones, pero no la visita de un sacerdote. Algunos creen que la llegada del “cura” puede crear pánico, o reacciones de miedo, como si el sacerdote fuese la señal de que ya nada se puede hacer. Quizá al final la familia llame al sacerdote para los funerales, pero no quiso que se hiciese presente mientras el enfermo estaba consciente, cuando podía sentir más necesidad de un apoyo espiritual que la medicina no es capaz de ofrecer al que agoniza.

Tendríamos que promover una mentalidad radicalmente opuesta. El sacerdote que atiende al enfermo grave no es un peligro, sino una esperanza. No es señal de fracaso, sino, tal vez, un nuevo ofrecimiento de misericordia y de victoria. No es un símbolo del pasado que asusta, sino una presencia amiga que invita a mirar al cielo. No es un “hechicero” que formula palabras extrañas ante los cadáveres, sino el representante de Cristo para quienes, en la salud o en la enfermedad, buscan a cualquier hora un encuentro con el Padre de los cielos.

Ahora que se elaboran textos de “testamento vital” o de “voluntades anticipadas” para cuando lleguen los últimos momentos de la propia vida, podríamos también elaborar un texto sencillo y claro, decidido y lleno de fe, para pedir que a nuestro lado, cuando se acerque el momento de la partida, sea llamado el sacerdote. Un texto que podría expresar nuestra fe, nuestra esperanza, nuestro deseo de misericordia. Un texto que podría expresar, con sencillez y con valencia, ideas como estas:

“Soy católico. Agradezco a Dios el don de la vida. Agradezco a mis familiares y amigos su afecto y cariño. Agradezco a los que me asisten en el hospital o en casa lo que han hecho y lo que puedan hacer por mí.

Les pido, por ese mismo afecto que me tienen, que llamen a un sacerdote junto a mi lecho, mejor si todavía estoy consciente. Un sacerdote que me pueda recordar el amor del Padre de los cielos. Un sacerdote que escuche mis pecados y repita las palabras de perdón que sólo Cristo puede darme. Un sacerdote que pueda ungir mi frente, mi boca, mis manos y mi pecho, para prepararme al último combate de mi existencia cristiana, o para recuperar la salud, si esa fuese la voluntad de Dios. Un sacerdote que me coja de la mano y musite junto al oído el Padrenuestro que recité tantas veces en mi vida. Un sacerdote que conforte a los que me quieren, que les dé una palabra de aliento o un silencio respetuoso pero lleno de cariño. Un sacerdote que me haga ver que lo importante es el cielo, que el amor es lo más importante, que hasta un ladrón puede alcanzar el paraíso desde su cruz si descubre junto a sí a Cristo. Un sacerdote que me traiga, escondida junto a su pecho, esa Eucaristía que se convierta en el Viático, en el alimento que da la vida eterna y la fuerza para el último viaje de mi vida.

Les pido, de corazón, ese inmenso regalo. No teman por mi estado de ánimo, no piensen que me asusta la presencia de un amigo tan sincero. Por el amor que me tienen, por lo mucho que hacen por mí, concédanme la dicha de tener, junto a mi lecho, a un sacerdote que me traiga el olor de un Cristo que murió para salvarme del pecado”.

20-3-2004