El mejor regalo…

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El mejor regalo…

Llegamos a las 3 de la madrugada, después de haber organizado a los 240 misioneros en las 40 comunidades que tiene este santo sacerdote. Al llegar me dejó su cama y me proporcionó ropa los restantes días. Es un sacerdote joven, de 32 años de edad. Ha sido formador en el seminario y trabajó un año en la catedral. Ahora está apenas al frente de estas 40 comunidades de la sierra veracruzana. Necesia mucha ayuda económica, para construir la parroquia y otras iglesias. Quiere enviar a dos evangelizadores de tiempo completo.

El domingo de Ramos lo celebré en dos comunidades: Amatepec y Xochiojca. La zona que me tocó es náhualt. Dicen las estadísticas que es la más pobre de todo México. Las casas son tablones y lámina. No hay pavimento. La gente viste los trajes tradicionales, blancos y floreados. Los señores con su calzón hasta la rodilla. Van descalzos. Hay mucho borracho, pocos hombres –pues se trasladan al Norte en busca de trabajo- y con serios problemas familiares. Los hijos son numerosos y la educación precaria. Se sustentan del café y de los animalitos que cada familia cultiva. No obstante son ricos en Dios y en amor. Son muy cariñosos, hospitalarios y dan todo. Antes de las misas le coronan y le cuelgan a uno bugambilias. Es un signo de devoción, de honor y de respeto.

El lunes fui a Porvenir y allí confesé. Aprovechamos para visitar a otras comunidades donde estaban los misioneros. Las distancias eran largas y con el Jeep nos trasladábamos de un lugar a otro.

El jueves Santo fue muy hermosa la hora santa, pues estuve confesando desde las 10 de la noche hasta las 2,30 de la madrugada. Fue una experiencia profunda de Getsemaní. Yo quería acompañar a Cristo, rezar… pero Él quería que yo estuviera ahí, sentado, perdonando pecados, viviendo la pasión, entendiendo el sentido de su sangre derramada, de sus gotas de sudor, de su temor y miedo hasta la muerte por esas almas.

El Viernes Santo participé en el Via Crucis, llavando con los misioneros y, luego, con los lugareños, la cruz de 250 kilos. Por la tarde, dos celebraciones en los mismos lugares.

El sábado Santo celebré dos vigilias con 7 bautizos en la primera de ellas, en Amatepec. Confesé mucho tiempo y la gente se encariñó tanto que me dejaron cartas para el Papa Venedicto (lo habían escrito con V), para Juan Pablo II. Al despedirme lanzaron cohetes. No era a mí, era a Dios, a la presencia de Cristo que veían en el sacerdote.

El domingo, al volver a la Anáhuac, recibí un gran regalo. Me sentí pagado. Al final de la misa, uno de mis misioneros me abrazó y, lleno de lágrimas, me dijo que ya se había decidido. Quería ser sacerdote. ¿Cuándo? ¿En qué momento? –Cuando usted, padre, me encargó llevar el Santísimo y darlo en comunión. Ahí sentí que Dios me quería para sí.