Mensaje del Papa para la Cuaresma de 2006

ImprimirImprimirEnviarEnviarPDFPDF

Mensaje del Papa para la
Cuaresma de 2006
"Al ver Jesús a las gentes se compadecía de ellas".
"La Cuaresma es el tiempo privilegiado de la peregrinación interior hacia
Aquél que es la fuente de la misericordia. Es una peregrinación en la que Él
mismo nos acompaña a través del desierto de nuestra pobreza, sosteniéndonos en
el camino hacia la alegría intensa de la Pascua".
"Incluso en el "valle oscuro" del que habla el salmista mientras el tentador nos
mueve a desesperarnos o a confiar de manera ilusoria en nuestras propias
fuerzas, Dios nos guarda y nos sostiene. Efectivamente, hoy el Señor escucha
también el grito de las multitudes hambrientas de alegría, de paz y de amor.
Como en todas las épocas, se sienten abandonadas. Sin embargo, en la desolación
de la miseria, de la soledad, de la violencia y del hambre, que afectan sin
distinción a ancianos, adultos y niños, Dios no permite que predomine la
oscuridad del horror".
"En efecto, como escribió mi amado predecesor Juan Pablo II, hay un "límite
impuesto al mal por el bien divino", y es la misericordia. En este sentido he
querido poner al inicio de este Mensaje la cita evangélica según la cual "Al ver
Jesús a las gentes se compadecía de ellas".
"A este respecto deseo reflexionar sobre una cuestión muy debatida en la
actualidad: el problema del desarrollo. La "mirada" conmovida de Cristo se
detiene también hoy sobre los hombres y los pueblos, puesto que por el
"proyecto" divino todos están llamados a la salvación. Jesús, ante las insidias
que se oponen a este proyecto, se compadece de las multitudes: las defiende de
los lobos, aun a costa de su vida. Con su mirada, Jesús abraza a las multitudes
y a cada uno, y los entrega al Padre, ofreciéndose a sí mismo en sacrificio de
expiación".
"La Iglesia, iluminada por esta verdad pascual, es consciente de que, para
promover un desarrollo integral, es necesario que nuestra "mirada" sobre el
hombre se asemeje a la de Cristo. En efecto, de ningún modo es posible dar
respuesta a las necesidades materiales y sociales de los hombres sin colmar,
sobre todo, las profundas necesidades de su corazón. Esto debe subrayarse con
mayor fuerza en nuestra época de grandes transformaciones, en la que percibimos
de manera cada vez más viva y urgente nuestra responsabilidad ante los pobres
del mundo. Ya mi venerado predecesor, el Papa Pablo VI, identificaba los efectos
del subdesarrollo como un deterioro de humanidad. En este sentido, en la
encíclica "Populorum progressio" denunciaba "las carencias materiales de los que
están privados del mínimo vital y las carencias morales de los que están
mutilados por el egoísmo... las estructuras opresoras que provienen del abuso
del tener o del abuso del poder, de las explotaciones de los trabajadores o de
la injusticia de las transacciones".
"Como antídoto contra estos males, Pablo VI no sólo sugería "el aumento en la
consideración de la dignidad de los demás, la orientación hacia el espíritu de
pobreza, la cooperación en el bien común, la voluntad de la paz", sino también
"el reconocimiento, por parte del hombre, de los valores supremos y de Dios, que
de ellos es la fuente y el fin".
"En esta línea, el Papa no dudaba en proponer "especialmente, la fe, don de
Dios, acogido por la buena voluntad de los hombres, y la unidad de la caridad de
Cristo". Por tanto, la "mirada" de Cristo sobre la muchedumbre nos mueve a
afirmar los verdaderos contenidos de ese "humanismo pleno" que, según el mismo
Pablo VI, consiste en el "desarrollo integral de todo el hombre y de todos los
hombres". Por eso, la primera contribución que la Iglesia ofrece al desarrollo
del hombre y de los pueblos no se basa en medios materiales ni en soluciones
técnicas, sino en el anuncio de la verdad de Cristo, que forma las conciencias y
muestra la auténtica dignidad de la persona y del trabajo, promoviendo la
creación de una cultura que responda verdaderamente a todos los interrogantes
del hombre".
"Ante los terribles desafíos de la pobreza de gran parte de la humanidad, la
indiferencia y el encerrarse en el propio egoísmo aparecen como un contraste
intolerable frente a la "mirada" de Cristo. El ayuno y la limosna, que, junto
con la oración, la Iglesia propone de modo especial en el período de Cuaresma,
son una ocasión propicia para conformarnos con esa "mirada". Los ejemplos de los
santos y las numerosas experiencias misioneras que caracterizan la historia de
la Iglesia son indicaciones valiosas para sostener del mejor modo posible el
desarrollo".
"Hoy, en el contexto de la interdependencia global, se puede constatar que
ningún proyecto económico, social o político puede sustituir el don de uno mismo
a los demás en el que se expresa la caridad. Quien actúa según esta lógica
evangélica vive la fe como amistad con el Dios encarnado y, como Él, se preocupa
por las necesidades materiales y espirituales del prójimo. Lo mira como un
misterio inconmensurable, digno de infinito cuidado y atención. Sabe que quien
no da a Dios, da demasiado poco; como decía a menudo la beata Teresa de Calcuta:
"la primera pobreza de los pueblos es no conocer a Cristo". Por eso es preciso
ayudar a descubrir a Dios en el rostro misericordioso de Cristo: sin esta
perspectiva, no se construye una civilización sobre bases sólidas".
"Gracias a hombres y mujeres obedientes al Espíritu Santo, han surgido en la
Iglesia muchas obras de caridad, dedicadas a promover el desarrollo: hospitales,
universidades, escuelas de formación profesional, pequeñas empresas. Son
iniciativas que han demostrado, mucho antes que otras actuaciones de la sociedad
civil, la sincera preocupación hacia el hombre por parte de personas movidas por
el mensaje evangélico. Estas obras indican un camino para guiar aún hoy el mundo
hacia una globalización que ponga en el centro el verdadero bien del hombre y,
así, lleve a la paz auténtica".
"Con la misma compasión de Jesús por las muchedumbres, la Iglesia siente también
hoy que su tarea propia consiste en pedir a quien tiene responsabilidades
políticas y ejerce el poder económico y financiero que promueva un desarrollo
basado en el respeto de la dignidad de todo hombre. Una prueba importante de
este esfuerzo será la efectiva libertad religiosa, entendida no sólo como
posibilidad de anunciar y celebrar a Cristo, sino también de contribuir a la
edificación de un mundo animado por la caridad. En este esfuerzo se inscribe
también la consideración efectiva del papel central que los auténticos valores
religiosos desempeñan en la vida del hombre, como respuesta a sus interrogantes
más profundos y como motivación ética respecto a sus responsabilidades
personales y sociales. Basándose en estos criterios, los cristianos deben
aprender a valorar también con sabiduría los programas de sus gobernantes".
"No podemos ocultar que muchos que profesaban ser discípulos de Jesús han
cometido errores a lo largo de la historia. Con frecuencia, ante problemas
graves, han pensado que primero se debía mejorar la tierra y después pensar en
el cielo. La tentación ha sido considerar que, ante necesidades urgentes, en
primer lugar se debía actuar cambiando las estructuras externas. Para algunos,
la consecuencia de esto ha sido la transformación del cristianismo en moralismo,
la sustitución del creer por el hacer. Por eso, mi predecesor de venerada
memoria, Juan Pablo II, observó con razón: "La tentación actual es la de reducir
el cristianismo a una sabiduría meramente humana, casi como una ciencia del
vivir bien. En un mundo fuertemente secularizado, se ha dado una "gradual
secularización de la salvación", debido a lo cual se lucha ciertamente en favor
del hombre, pero de un hombre a medias, reducido a la mera dimensión horizontal.
En cambio, nosotros sabemos que Jesús vino a traer la salvación integral".
"Teniendo en cuenta la victoria de Cristo sobre todo mal que oprime al hombre,
la Cuaresma nos quiere guiar precisamente a esta salvación integral. Al
dirigirnos al divino Maestro, al convertirnos a Él, al experimentar su
misericordia gracias al sacramento de la Reconciliación, descubriremos una
"mirada" que nos escruta en lo más hondo y puede reanimar a las multitudes y a
cada uno de nosotros. Devuelve la confianza a cuantos no se cierran en el
escepticismo, abriendo ante ellos la perspectiva de la salvación eterna. Por
tanto, aunque parezca que domine el odio, el Señor no permite que falte nunca el
testimonio luminoso de su amor. A María, "fuente viva de esperanza", le
encomiendo nuestro camino cuaresmal, para que nos lleve a su Hijo. A ella le
encomiendo, en particular, las muchedumbres que aún hoy, probadas por la
pobreza, invocan su ayuda, apoyo y comprensión. Con estos sentimientos, imparto
a todos de corazón una especial Bendición Apostólica".
Vaticano, 29 de septiembre de 2005.
BENEDICTUS PP. XVI