Mis amigos los locos

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Mis amigos los locos

 

No entiendo por qué, pero a lo largo de mi ya no corta vida, siempre he tenido amigos locos, desquiciados, orates, chiflados, maniáticos, trastornados, idos, dementes, desequilibrados, insanos, tocados y/o excéntricos, y la verdad es que desconozco por qué me he encontrado con tanta gente así, pues aquí no se cumple el dicho aquel: “Dios los hace y ellos se juntan” ya que entre los habitantes de este planeta yo soy uno de los más normales.

Entre mis camaradas tengo: escaladores, actores, cantantes, rescatistas, bohemios; locutores, que usan corbata de moño, paracaidistas, boxeadores y muchos casados… ¡Bendita locura la del matrimonio! pero, al fin y al cabo, locura.

Soy de la idea de que gracias a las chifladuras de los locos se han logrado obras maravillosas: se han descubierto continentes, se han conquistado todas las cumbres de la Tierra , se han inventado aparatos que vuelan y atraviesan las profundidades del mar, se hace nacer y renacer ese amor que mueve al mundo, se ha creado arte, se ha amado a Dios hasta no poderse más -que en eso consiste la santidad de los grandes santos-. Todo ello acompañado de la incomprensión y crítica de los “cuerdos”, por no llamarlos -en algunos casos- cobardes o apocados.

Otra cosa muy distinta son las locuras que encadenan: las de los vicios como el alcohol, las drogas y la lujuria; las ambiciones de poder y de fama que engendra la vanidad, y de ese sentirse superior a los demás.

Las esquizofrenias, paranoias y demás patologías, son harina de otro costal, y esas las dejo a los especialistas. Son, en definitiva, enfermedades que merecen nuestra comprensión y ayuda, además de nuestras oraciones, para quienes las padecen y quienes conviven con ellos. Cuántas de ellas podrían haberse evitado si hubieran recibido el cariño que todos necesitamos.

Nos ha tocado vivir en una época en la que nos sobran ofertas sobre todo tipo de satisfactores materiales y técnicos y, sin embargo, hay un hueco muy grande y profundo de asuntos que no se venden en las tiendas: comprensión, atención, cariño, perdón y ternura. En esta penuria encontramos las causas de tantos desequilibrios psíquicos.

El tema de la locura es, pues, semejante al del colesterol. Hay colesterol bueno y colesterol malo. Necesitamos meter mucha gente en el manicomio de los buenos, de aquellos que son capaces de renunciar a su seguridad para vivir olvidados de sí mismos pensando en los demás, para que disminuyan los enfermos mentales. Para evitar que haya más, y sanar a los que ya hay. Necesitamos, también, locos que sueñen con un mundo mejor.

Reza el refrán: “De músico, poeta y loco todos tenemos un poco”. ¿Será cierto? Ojalá que sí.