Misa del Papa por el bicentenario

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El 12 de diciembre de este año a las 5.30 de la tarde Benedicto XVI presidirá una solemne celebración eucarística con motivo de los 200 años de independencia de América Latina. No es casual que se elija la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, Patrona de América: si la Virgen ha sido siempre un elemento de cohesión e identidad nacional, y está en el origen mismo de México como nación; también es un icono de toda América Latina, imagen acabada de inculturación y el modelo más conseguido de lo que significa la fusión de dos culturas, característica de los pueblos latinoamericanos.
Por ello está cargado de contenido el hecho de que celebre la Eucaristía de acción de gracias por el bicentenario de la independencia de los pueblos americanos precisamente en su día: hay que ir a las raíces si queremos proyectar de modo realista y consciente el futuro. No hay que olvidar, por ejemplo, que el primer estandarte de México fue una imagen de la Virgen de Guadalupe –por mucho que le pese a quien le pese- y que los paladines del inicio de la independencia fueron dos sacerdotes: Hidalgo y Morelos, éste último piadoso y de fe sincera, si bien con debilidades como todos tenemos (“el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”).
No está demás por lo tanto recordar que la fe católica está en el origen de la nación mexicana; las otras confesiones evangélicas llegaron a la América hispanoparlante más recientemente e inicialmente con una intencionalidad política bien definida. Los primeros protestantes vinieron a México invitados por don Benito Juárez y recibieron de este algunos de los templos que previamente había incautado a la Iglesia Católica: es decir, vinieron en un contexto de beligerancia contra la Iglesia y de lucha de partido (no tengo nada en contra de ellos, mis bisabuelos paternos fueron unos de los primeros cristianos metodistas mexicanos). La segunda oleada fue financiada a principios del siglo XX con dinero de los Estados Unidos, con la clara intencionalidad de dividir la fuerte unidad espiritual de que gozaba (tristemente lo digo: gozaba, ya no la tiene) toda Latinoamérica. El presidente Wilson apoyó las misiones protestantes en toda América Latina, porque es más fácil dominar a un conjunto de naciones que no gozan de la fuerte cohesión interior que les proporciona la unidad de la fe. Hay que reconocer también que a partir de ahí han desarrollado un esfuerzo proselitista a brazo partido que los católicos haríamos bien en emular.
Cabe decir que la Virgen de Guadalupe puede considerarse como icono de la mexicanidad, al surgir precisamente en la aurora de nuestra existencia como nación. Quitando complejos indigenistas, o  -más extrañas- lamentaciones conservadoras que añoran el gobierno español, lo cierto es que México en particular y América Latina en general son el resultado de la fusión de dos culturas: somos mestizos genética y culturalmente. Esa fusión, en un principio violenta (admirablemente expresada por González Camarena) se hizo amable a partir del evento Guadalupano. Pero la Guadalupana no es patrimonio exclusivo de México: toda América Latina le guarda especial veneración, porque reconoce en Ella su origen y en cierto modo su destino. De hecho –si he de creer en cierta indiscreción de buena fuente- aunque es Patrona de toda América, no es solemnidad en los demás países, ¡porque los obispos mexicanos no han querido! A las sugerencias y peticiones de otros purpurados del continente, recelosamente han respondido: ¡es nuestra! En Perú por ejemplo es bastante frecuente ver imágenes guadalupanas en edificios y parques…
También la Santa Misa celebrada por Benedicto XVI le ofrece a la Iglesia la oportunidad de reconciliarse con las repúblicas americanas, que dicho sea de paso, representan aproximadamente el 40 % de los católicos en el mundo. En efecto, en la aurora del siglo XIX la jerarquía católica bendecía el regio patronato español sobre América. En dos ocasiones los pontífices instaron a las nacientes repúblicas a volver al dominio español, los próceres fueron excomulgados más o menos válidamente y vueltos después a la comunión, la jerarquía tomó partido por los conservadores –por lo menos en México- y vio con buenos ojos la venida de un príncipe europeo: la alianza entre el trono y el altar era todavía muy fuerte. El error se pagó caro, y supuso también un providencial proceso de purificación para la Iglesia; ahora el Papa enmienda ese error y bendice las celebraciones patrias de todos los pueblos americanos.