Los misterios de la vida de Cristo

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PRIMERA PARTE
LA PROFESIÓN DE LA FE

SEGUNDA SECCIÓN:
LA
PROFESIÓN DE LA FE CRISTIANA

CAPÍTULO SEGUNDO
CREO EN
JESUCRISTO, HIJO ÚNICO DE DIOS

ARTÍCULO 3
"JESUCRISTO FUE CONCEBIDO POR OBRA Y
GRACIA
DEL ESPÍRITU SANTO Y NACIÓ DE SANTA MARÍA VIRGEN"

Párrafo 3
LOS MISTERIOS DE LA VIDA DE CRISTO

512 Respecto a la vida de Cristo, el Símbolo de la Fe no habla más que
de los misterios de la Encarnación (concepción y nacimiento) y de la Pascua
(pasión, crucifixión, muerte, sepultura, descenso a los infiernos,
resurrección, ascensión). No dice nada explícitamente de los misterios de la
vida oculta y pública de Jesús, pero los artículos de la fe referente a la
Encarnación y a la Pascua de Jesús iluminan toda la vida terrena de Cristo.
"Todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el principio hasta el día en que
... fue llevado al cielo" (Hch 1, 1-2) hay que verlo a la luz de los
misterios de Navidad y de Pascua.

513 La Catequesis, según las circunstancias,
debe presentar toda la riqueza de los Misterios de Jesús. Aquí basta indicar
algunos elementos comunes a todos los Misteri os de la vida de Cristo (I), para
esbozar a continuación los principales misterios de la vida oculta (II) y
pública (III) de Jesús.

I Toda la vida de Cristo es
misterio

514 Muchas de las cosas respecto a Jesús que interesan a la curiosidad
humana no figuran en el Evangelio. Casi nada se dice sobre su vida en Nazaret, e
incluso una gran parte de la vida pública no se narra (cf. Jn 20, 30). Lo que
se ha escrito en los Evangelios lo ha sido "para que creáis que Jesús es
el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre"
(Jn 20, 31).

515 Los Evangelios fueron escritos por hombres que pertenecieron al grupo
de los primeros que tuvieron fe (cf. Mc 1, 1; Jn 21, 24) y quisieron compartirla
con otros. Habiendo conocido por la fe quién es Jesús, pudieron ver y hacer
ver los rasgos de su Misterio durante toda su vida terrena. Desde los pañales
de su natividad (Lc 2, 7) hasta el vinagre de su Pasión (cf. Mt 27, 48) y el
sudario de su resurrección (cf. Jn 20, 7), todo en la vida de Jesús es signo
de su Misterio. A través de sus gestos, sus milagros y sus palabras, se ha
revelado que "en él reside toda la plenitud de la Divinidad
corporalmente" (Col 2, 9). Su humanidad aparece así como el
"sacramento", es decir, el signo y el instrumento de su divinidad y de
la salvación que trae consigo: lo que había de visible en su vida terrena
conduce al misterio invisible de su filiación divina y de su misión redentora.

Los rasgos comunes en los Misterios de Jesús

516 Toda la vida de Cristo es Revelación del Padre: sus palabras
y sus obras, sus silencios y sus sufrimientos, su manera de ser y de hablar.
Jesús puede decir: "Quien me ve a mí, ve al Padre" (Jn 14, 9), y el
Padre: "Este es mi Hijo amado; escuchadle" (Lc 9, 35). Nuestro Señor,
al haberse hecho para cumplir la voluntad del Padre (cf. Hb 10,5-7), nos
"manifestó el amor que nos tiene" (1 Jn 4,9) con los menores rasgos
de sus misterios.

517 Toda la vida de Cristo es Misterio de Redención. La
Redención nos viene ante todo por la sangre de la cruz (cf. Ef 1, 7; Col 1,
13-14; 1 P 1, 18-19), pero este misterio está actuando en toda la vida de
Cristo: ya en su Encarnación porque haciéndose pobre nos enriquece con su
pobreza (cf. 2 Co 8, 9); en su vida oculta donde repara nuestra insumisión
mediante su sometimiento (cf. Lc 2, 51); en su palabra que purifica a sus
oyentes (cf. Jn 15,3); en sus curaciones y en sus exorcismos, por las cuales
"él tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades" (Mt
8, 17; cf. Is 53, 4); en su Resurrección, por medio de la cual nos justifica
(cf. Rm 4, 25).

518 Toda la vida de Cristo es Misterio de Recapitulación. Todo lo
que Jesús hizo, dijo y sufrió, tuvo como finalidad restablecer al hombre
caído en su vocación primera:

Cuando se encarnó y se hizo hombre, recapituló en sí mismo la larga historia
de la humanidad procurándonos en su propia historia la salvación de todos, de
suerte que lo que perdimos en Adán, es decir, el ser imagen y semejanza de
Dios, lo recuperamos en Cristo Jesús (S. Ireneo, haer. 3, 18, 1). Por lo
demás, esta es la razón por la cual Cristo ha vivido todas las edades de la
vida humana, devolviendo así a todos los hombres la comunión con Dios (ibid.
3,18,7; cf. 2, 22, 4).

Nuestra comunión en los Misterios de Jesús

519 Toda la riqueza de Cristo "es para todo hombre y constituye el
bien de cada uno" (RH 11). Cristo no vivió su vida para sí mismo, sino para
nosotros
, desde su Encarnación "por nosotros los hombres y por nuestra
salvación" hasta su muerte "por nuestros pecados" (1 Co 15, 3) y
en su Resurrección para nuestra justificación (Rom 4,25). Todavía ahora, es
"nuestro abogado cerca del Padre" (1 Jn 2, 1), "estando siempre
vivo para interceder en nuestro favor" (Hb 7, 25). Con todo lo que vivió y
sufrió por nosotros de una vez por todas, permanece presente para siempre
"ante el acatamiento de Dios en favor nuestro" (Hb 9, 24).

520 Toda su vida, Jesús se muestra como nuestro modelo (cf. Rm
15,5; Flp 2, 5): él es el "hombre perfecto" (GS 38) que nos invita a
ser sus discípulos y a seguirle: con su anonadamiento, nos ha dado un ejemplo
que imitar (cf. Jn 13, 15); con su oración atrae a la oración (cf. Lc 11, 1);
con su pobreza, llama a aceptar libremente la privación y las persecuciones
(cf. Mt 5, 11-12).

521 Todo lo que Cristo vivió hace que podamos vivirlo en El y que
El lo viva en nosotros. "El Hijo de Dios con su encarnación se ha
unido en cierto modo con todo hombre"(GS 22, 2). Estamos llamados a no ser
más que una sola cosa con él; nos hace comulgar en cuanto miembros de su
Cuerpo en lo que él vivió en su carne por nosotros y como modelo nuestro:

Debemos continuar y cumplir en nosotros los estados y Misterios de Jesús, y
pedirle con frecuencia que los realice y lleve a plenitud en nosotros y en toda
su Iglesia ... Porque el Hijo de Dios tiene el designio de hacer participar y de
extender y continuar sus Misterios en nosotros y en toda su Iglesia por las
gracias que él quiere comunicarnos y por los efectos que quiere obrar en
nosotros gracias a estos Misterios. Y por este medio quiere cumplirlos en
nosotros (S. Juan Eudes, regn.).

II Los
misterios de la infancia y de la vida oculta de Jesús

Los preparativos

522 La venida del Hijo de Dios a la tierra es un acontecimiento tan
inmenso que Dios quiso prepararlo durante siglos. Ritos y sacrificios, figuras y
símbolos de la "Primera Alianza"(Hb 9,15), todo lo hace converger
hacia Cristo; anuncia esta venida por boca de los profetas que se suceden en
Israel. Además, despierta en el corazón de los paganos una espera, aún
confusa, de esta venida.

523 San Juan Bautista es el precursor (cf. Hch 13, 24) inmediato
del Señor, enviado para prepararle el camino (cf. Mt 3, 3). "Profeta del
Altísimo" (Lc 1, 76), sobrepasa a todos los profetas (cf. Lc 7, 26), de
los que es el último (cf.Mt 11, 13), e inaugura el Evangelio (cf. Hch 1, 22;Lc
16,16); desde el seno de su madre ( cf. Lc 1,41) saluda la venida de Cristo y
encuentra su alegría en ser "el amigo del esposo" (Jn 3, 29) a quien
señala como "el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo" (Jn 1,
29). Precediendo a Jesús "con el espíritu y el poder de Elías" (Lc
1, 17), da testimonio de él mediante su predicación, su bautismo de
conversión y finalmente con su martirio (cf. Mc 6, 17-29).

524 Al celebrar anualmente la liturgia de Adviento, la Iglesia
actualiza esta espera del Mesías: participando en la larga preparación de la
primera venida del Salvador, los fieles renuevan el ardiente deseo de su segunda
Venida (cf. Ap 22, 17). Celebrando la natividad y el martirio del Precursor, la
Iglesia se une al deseo de éste: "Es preciso que El crezca y que yo
disminuya" (Jn 3, 30).

El Misterio de Navidad

525 Jesús nació en la humildad de un establo, de una familia pobre (cf.
Lc 2, 6-7); unos sencillos pastores son los primeros testigos del
acontecimiento. En esta pobreza se manifiesta la gloria del cielo (cf. Lc 2,
8-20). La Iglesia no se cansa de cantar la gloria de esta noche:

La Virgen da hoy a luz al Eterno
Y la tierra ofrece una gruta al Inaccesible.
Los
ángeles y los pastores le alaban
Y los magos avanzan con la estrella.
Porque
Tú has nacido para nosotros,
Niño pequeño, ¡Dios eterno!

(Kontakion, de Romanos el Melódico)

526 "Hacerse niño" con relación a Dios es la condición para
entrar en el Reino (cf. Mt 18, 3-4); para eso es necesario abajarse (cf. Mt 23,
12), hacerse pequeño; más todavía: es necesario "nacer de lo alto"
(Jn 3,7), "nacer de Dios" (Jn 1, 13) para "hacerse hijos de
Dios" (Jn 1, 12). El Misterio de Navidad se realiza en nosotros cuando
Cristo "toma forma" en nosotros (Ga 4, 19). Navidad es el Misterio de
este "admirable intercambio":

O admirabile commercium! El Creador del género humano, tomando cuerpo y alma,
nace de una virgen y, hecho hombre sin concurso de varón, nos da parte en su
divinidad (LH, antífona de la octava de Navidad).

Los Misterios de la Infancia de Jesús

527 La Circuncisión de Jesús, al octavo día de su nacimiento
(cf. Lc 2, 21) es señal de su inserción en la descendencia de Abraham, en el
pueblo de la Alianza, de su sometimiento a la Ley (cf. Ga 4, 4) y de su
consagración al culto de Israel en el que participará durante toda su vida.
Este signo prefigura "la circuncisión en Cristo" que es el Bautismo
(Col 2, 11-13).

528 La Epifanía es la manifestación de Jesús como Mesías de
Israel, Hijo de Dios y Salvador del mundo. Con el bautismo de Jesús en el
Jordán y las bodas de Caná (cf. LH Antífona del Magnificat de las segundas
vísperas de Epifanía), la Epifanía celebra la adoración de Jesús por unos
"magos" venidos de Oriente (Mt 2, 1) En estos "magos",
representantes de religiones paganas de pueblos vecinos, el Evangelio ve las
primicias de las naciones que acogen, por la Encarnación, la Buena Nueva de la
salvación. La llegada de los magos a Jerusalén para "rendir homenaje al
rey de los Judíos" (Mt 2, 2) muestra que buscan en Israel, a la luz
mesiánica de la estrella de David (cf. Nm 24, 17; Ap 22, 16) al que será el
rey de las naciones (cf. Nm 24, 17-19). Su venida significa que los gentiles no
pueden descubrir a Jesús y adorarle como Hijo de Dios y Salvador del mundo sino
volviéndose hacia los judíos (cf. Jn 4, 22) y recibiendo de ellos su promesa
mesiánica tal como está contenida en el Antiguo Testamento (cf. Mt 2, 4-6). La
Epifanía manifiesta que "la multitud de los gentiles entra en la familia
de los patriarcas"(S. León Magno, serm.23 ) y adquiere la
"israelitica dignitas" (MR, Vigilia pascual 26: oración después de
la tercera lectura).

529 La Presentación de Jesús en el Templo (cf.Lc 2, 22-39) lo
muestra como el Primogénito que pertenece al Señor (cf. Ex 13,2.12-13). Con
Simeón y Ana toda la expectación de Israel es la que viene al Encuentro
de su Salvador (la tradición bizantina llama así a este acontecimiento).
Jesús es reconocido como el Mesías tan esperado, "luz de las
naciones" y "gloria de Israel", pero también "signo de
contradicción". La espada de dolor predicha a María anuncia otra
oblación, perfecta y única, la de la Cruz que dará la salvación que Dios ha
preparado "ante todos los pueblos".

530 La Huida a Egipto y la matanza de los inocentes (cf. Mt 2,
13-18) manifiestan la oposición de las tinieblas a la luz: "Vino a su
Casa, y los suyos no lo recibieron"(Jn 1, 11). Toda la vida de Cristo
estará bajo el signo de la persecución. Los suyos la comparten con él (cf. Jn
15, 20). Su vuelta de Egipto (cf. Mt 2, 15) recuerda el Exodo (cf. Os 11, 1) y
presenta a Jesús como el liberador definitivo.

Los misterios de la vida oculta de Jesús

531 Jesús compartió, durante la mayor parte de su vida, la condición
de la inmensa mayoría de los hombres: una vida cotidiana sin aparente
importancia, vida de trabajo manual, vida religiosa judía sometida a la ley de
Dios (cf. Ga 4, 4), vida en la comunidad. De todo este período se nos dice que
Jesús estaba "sometido" a sus padres y que "progresaba en
sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres" (Lc 2, 51-52).

532 Con la sumisión a su madre, y a su padre legal, Jesús cumple con
perfección el cuarto mandamiento. Es la imagen temporal de su obediencia filial
a su Padre celestial. La sumisión cotidiana de Jesús a José y a María
anunciaba y anticipaba la sumisión del Jueves Santo: "No se haga mi
voluntad ..."(Lc 22, 42). La obediencia de Cristo en lo cotidiano de la
vida oculta inaugurada ya la obra de restauración de lo que la desobediencia de
Adán había destruido (cf. Rm 5, 19).

533 La vida oculta de Nazaret permite a todos entrar en comunión con
Jesús a través de los caminos más ordinarios de la vida humana:

Nazaret es la escuela donde se comienza a entender la vida de Jesús: la escuela
del Evangelio ...Una lección de silencio ante todo. Que nazca en
nosotros la estima del silencio, esta condición del espíritu admirable e
inestimable ... Una lección de vida familiar. Que Nazaret nos enseñe lo
que es la familia, su comunión de amor, su austera y sencilla belleza, su
carácter sagrado e inviolable ... Una lección de trabajo. Nazaret, oh
casa del "Hijo del Carpintero", aquí es donde querríamos comprender
y celebrar la ley severa y redentora del trabajo humano ...; cómo querríamos,
en fin, saludar aquí a todos los trabajadores del mundo entero y enseñarles su
gran modelo, su hermano divino (Pablo VI, discurso 5 enero 1964 en Nazaret).

534 El hallazgo de Jesús en el Templo (cf. Lc 2, 41-52) es el
único suceso que rompe el silencio de los Evangelios sobre los años ocultos de
Jesús. Jesús deja entrever en ello el misterio de su consagración total a una
misión derivada de su filiación divina: "¿No sabíais que me debo a los
asuntos de mi Padre?" María y José "no comprendieron" esta
palabra, pero la acogieron en la fe, y María "conservaba cuidadosamente
todas las cosas en su corazón", a lo largo de todos los años en que
Jesús permaneció oculto en el silencio de una vida ordinaria.

III Los misterios
de la vida pública de Jesús

El Bautismo de Jesús

535 El comienzo (cf. Lc 3, 23) de la vida pública de Jesús es su
bautismo por Juan en el Jordán (cf. Hch 1, 22). Juan proclamaba "un
bautismo de conversión para el perdón de los pecados" (Lc 3, 3). Una
multitud de pecadores, publicanos y soldados (cf. Lc 3, 10-14), fariseos y
saduceos (cf. Mt 3, 7) y prostitutas (cf. Mt 21, 32) viene a hacerse bautizar
por él. "Entonces aparece Jesús". El Bautista duda. Jesús insiste y
recibe el bautismo. Entonces el Espíritu Santo, en forma de paloma, viene sobre
Jesdre?" María y José "no comprendieron" esta
palabra, pero la acogieron en la fe, y María "conservaba cuidadosamente
todas las cosas en su corazón", a lo largo de todos los años en que
Jesús permaneció oculto en el silencio de una vida ordinaria.

III Los misterios
de la vida pública de Jesús

El Bautismo de Jesús

535 El comienzo (cf. Lc 3, 23) de la vida pública de Jesús es su
bautismo por Juan en el Jordán (cf. Hch 1, 22). Juan proclamaba "un
bautismo de conversión para el perdón de los pecados" (Lc 3, 3). Una
multitud de pecadores, publicanos y soldados (cf. Lc 3, 10-14), fariseos y
saduceos (cf. Mt 3, 7) y prostitutas (cf. Mt 21, 32) viene a hacerse bautizar
por él. "Entonces aparece Jesús". El Bautista duda. Jesús insiste y
recibe el bautismo. Entonces el Espíritu Santo, en forma de paloma, viene sobre
Jesús, y la voz del cielo proclama que él es "mi Hijo amado" (Mt 3,
13-17). Es la manifestación ("Epifanía") de Jesús como Mesías de
Israel e Hijo de Dios.

536 El bautismo de Jesús es, por su parte, la aceptación y la
inauguración de su misión de Siervo doliente. Se deja contar entre los
pecadores (cf. Is 53, 12); es ya "el Cordero de Dios que quita el pecado
del mundo" (Jn 1, 29); anticipa ya el "bautismo" de su muerte
sangrienta (cf Mc 10, 38; Lc 12, 50). Viene ya a "cumplir toda
justicia" (Mt 3, 15), es decir, se somete enteramente a la voluntad de su
Padre: por amor acepta el bautismo de muerte para la remisión de nuestros
pecados (cf. Mt 26, 39). A esta aceptación responde la voz del Padre que pone
toda su complacencia en su Hijo (cf. Lc 3, 22; Is 42, 1). El Espíritu que
Jesús posee en plenitud desde su concepción viene a "posarse" sobre
él (Jn 1, 32-33; cf. Is 11, 2). De él manará este Espíritu para toda la
humanidad. En su bautismo, "se abrieron los cielos" (Mt 3, 16) que el
pecado de Adán había cerrado; y las aguas fueron santificadas por el descenso
de Jesús y del Espíritu como preludio de la nueva creación.

537 Por el bautismo, el cristiano se asimila sacramentalmente a Jesús
que anticipa en su bautismo su muerte y su resurrección: debe entrar en este
misterio de rebajamiento humilde y de arrepentimiento, descender al agua con
Jesús, para subir con él, renacer del agua y del Espíritu para convertirse,
en el Hijo, en hijo amado del Padre y "vivir una vida nueva" (Rm 6,
4):

Enterrémonos con Cristo por el Bautismo, para resucitar con él; descendamos
con él para ser ascendidos con él; ascendamos con él para ser glorificados
con él (S. Gregorio Nacianc. Or. 40, 9).

Todo lo que aconteció en Cristo nos enseña que después del baño de agua, el
Espíritu Santo desciende sobre nosotros desde lo alto del cielo y que,
adoptados por la Voz del Padre, llegamos a ser hijos de Dios. (S. Hilario, Mat
2).

Las Tentaciones de Jesús

538 Los Evangelios hablan de un tiempo de soledad de Jesús en el
desierto inmediatamente después de su bautismo por Juan: "Impulsado por el
Espíritu" al desierto, Jesús permanece allí sin comer durante cuarenta
días; vive entre los animales y los ángeles le servían (cf. Mc 1, 12-13). Al
final de este tiempo, Satanás le tienta tres veces tratando de poner a prueba
su actitud filial hacia Dios. Jesús rechaza estos ataques que recapitulan las
tentaciones de Adán en el Paraíso y las de Israel en el desierto, y el diablo
se aleja de él "hasta el tiempo determinado" (Lc 4, 13).

539 Los evangelistas indican el sentido salvífico de este acontecimiento
misterioso. Jesús es el nuevo Adán que permaneció fiel allí donde el primero
sucumbió a la tentación. Jesús cumplió perfectamente la vocación de Israel:
al contrario de los que anteriormente provocaron a Dios durante cuarenta años
por el desierto (cf. Sal 95, 10), Cristo se revela como el Siervo de Dios
totalmente obediente a la voluntad divina. En esto Jesús es vencedor del
diablo; él ha "atado al hombre fuerte" para despojarle de lo que se
había apropiado (Mc 3, 27). La victoria de Jesús en el desierto sobre el
Tentador es un anticipo de la victoria de la Pasión, suprema obediencia de su
amor filial al Padre.

540 La tentación de Jesús manifiesta la manera que tiene de ser Mesías
el Hijo de Dios, en oposición a la que le propone Satanás y a la que los
hombres (cf Mt 16, 21-23) le quieren atribuir. Es por eso por lo que Cristo
venció al Tentador a favor nuestro: "Pues no tenemos un Sumo
Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo
igual que nosotros, excepto en el pecado" (Hb 4, 15). La Iglesia se une
todos los años, durante los cuarenta días de Cuaresma, al Misterio de
Jesús en el desierto.

"El Reino de Dios está cerca"

541 "Después que Juan fue preso, marchó Jesús a Galilea; y
proclamaba la Buena Nueva de Dios: El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios
está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva" (Mc 1, 15).
"Cristo, por tanto, para hacer la voluntad del Padre, inauguró en la
tierra el Reino de los cielos" (LG 3). Pues bien, la voluntad del Padre es
"elevar a los hombres a la participación de la vida divina" (LG 2).
Lo hace reuniendo a los hombres en torno a su Hijo, Jesucristo. Esta reunión es
la Iglesia, que es sobre la tierra "el germen y el comienzo de este
Reino" (LG 5).

542 Cristo es el corazón mismo de esta reunión de los hombres como
"familia de Dios". Los convoca en torno a él por su palabra, por sus
señales que manifiestan el reino de Dios, por el envío de sus discípulos.
Sobre todo, él realizará la venida de su Reino por medio del gran Misterio de
su Pascua: su muerte en la Cruz y su Resurrección. "Cuando yo sea
levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí" (Jn 12, 32). A esta
unión con Cristo están llamados todos los hombres (cf. LG 3).

El anuncio del Reino de Dios

543 Todos los hombres están llamados a entrar en el Reino.
Anunciado en primer lugar a los hijos de Israel (cf. Mt 10, 5-7), este reino
mesiánico está destinado a acoger a los hombres de todas las naciones (cf. Mt
8, 11; 28, 19).

Para entrar en él, es necesario acoger la palabra de Jesús: La palabra de Dios
se compara a una semilla sembrada en el campo: los que escuchan con fe y se unen
al pequeño rebaño de Cristo han acogido el Reino; después la semilla, por sí
misma, germina y crece hasta el tiempo de la siega (LG 5).

544 El Reino pertenece a los pobres y a los pequeños, es decir a
los que lo acogen con un corazón humilde. Jesús fue enviado para
"anunciar la Buena Nueva a los pobres" (Lc 4, 18; cf. 7, 22). Los
declara bienaventurados porque de "ellos es el Reino de los cielos"
(Mt 5, 3); a los "pequeños" es a quienes el Padre se ha dignado
revelar las cosas que ha ocultado a los sabios y prudentes (cf. Mt 11, 25).
Jesús, desde el pesebre hasta la cruz comparte la vida de los pobres; conoce el
hambre (cf. Mc 2, 23-26; Mt 21,18), la sed (cf. Jn 4,6-7; 19,28) y la privación
(cf. Lc 9, 58). Aún más: se identifica con los pobres de todas clases y hace
del amor activo hacia ellos la condición para entrar en su Reino (cf. Mt 25,
31-46).

545 Jesús invita a los pecadores al banquete del Reino: "No
he venido a llamar a justos sino a pecadores" (Mc 2, 17; cf. 1 Tim 1, 15).
Les invita a la conversión, sin la cual no se puede entrar en el Reino, pero
les muestra de palabra y con hechos la misericordia sin límites de su Padre
hacia ellos (cf. Lc 15, 11-32) y la inmensa "alegría en el cielo por un
solo pecador que se convierta" (Lc 15, 7). La prueba suprema de este amor
será el sacrificio de su propia vida "para remisión de los pecados"
(Mt 26, 28).

546 Jesús llama a entrar en el Reino a través de las parábolas,
rasgo típico de su enseñanza (cf. Mc 4, 33-34). Por medio de ellas invita al
banquete del Reino(cf. Mt 22, 1-14), pero exige también una elección radical
para alcanzar el Reino, es necesario darlo todo (cf. Mt 13, 44-45); las palabras
no bastan, hacen falta obras (cf. Mt 21, 28-32). Las parábolas son como un
espejo para el hombre: ¿acoge la palabra como un suelo duro o como una buena
tierra (cf. Mt 13, 3-9)? ¿Qué hace con los talentos recibidos (cf. Mt 25,
14-30)? Jesús y la presencia del Reino en este mundo están secretamente en el
corazón de las parábolas. Es preciso entrar en el Reino, es decir, hacerse
discípulo de Cristo para "conocer los Misterios del Reino de los
cielos" (Mt 13, 11). Para los que están "fuera" (Mc 4, 11), la
enseñanza de las parábolas es algo enigmático (cf. Mt 13, 10-15).

Los signos del Reino de Dios

547 Jesús acompaña sus palabras con numerosos "milagros, prodigios
y signos" (Hch 2, 22) que manifiestan que el Reino está presente en El.
Ellos atestiguan que Jesús es el Mesías anunciado (cf, Lc 7, 18-23).

548 Los signos que lleva a cabo Jesús testimonian que el Padre le ha
enviado (cf. Jn 5, 36; 10, 25). Invitan a creer en Jesús (cf. Jn 10, 38).
Concede lo que le piden a los que acuden a él con fe (cf. Mc 5, 25-34; 10, 52;
etc.). Por tanto, los milagros fortalecen la fe en Aquél que hace las obras de
su Padre: éstas testimonian que él es Hijo de Dios (cf. Jn 10, 31-38). Pero
también pueden ser "ocasión de escándalo" (Mt 11, 6). No pretenden
satisfacer la curiosidad ni los deseos mágicos. A pesar de tan evidentes
milagros, Jesús es rechazado por algunos (cf. Jn 11, 47-48); incluso se le
acusa de obrar movido por los demonios (cf. Mc 3, 22).

549 Al liberar a algunos hombres de los males terrenos del hambre (cf. Jn
6, 5-15), de la injusticia (cf. Lc 19, 8), de la enfermedad y de la muerte (cf.
Mt 11,5), Jesús realizó unos signos mesiánicos; no obstante, no vino para
abolir todos los males aquí abajo (cf. LC 12, 13. 14; Jn 18, 36), sino a
liberar a los hombres de la esclavitud más grave, la del pecado (cf. Jn 8,
34-36), que es el obstáculo en su vocación de hijos de Dios y causa de todas
sus servidumbres humanas.

550 La venida del Reino de Dios es la derrota del reino de Satanás (cf.
Mt 12, 26): "Pero si por el Espíritu de Dios expulso yo los demonios, es
que ha llegado a vosotros el Reino de Dios" (Mt 12, 28). Los exorcismos
de Jesús liberan a los hombres del dominio de los demonios (cf Lc 8, 26-39).
Anticipan la gran victoria de Jesús sobre "el príncipe de este
mundo" (Jn 12, 31). Por la Cruz de Cristo será definitivamente establecido
el Reino de Dios: "Regnavit a ligno Deus" ("Dios reinó desde el
madero de la Cruz", himno "Vexilla Regis").

"Las llaves del Reino"

551 Desde el comienzo de su vida pública Jesús eligió unos hombres en
número de doce para estar con él y participar en su misión (cf. Mc 3, 13-19);
les hizo partícipes de su autoridad "y los envió a proclamar el Reino de
Dios y a curar" (Lc 9, 2). Ellos permanecen para siempre permanecen
asociados al Reino de Cristo porque por medio de ellos dirige su Iglesia:

Yo, por mi parte, dispongo el Reino para vosotros, como mi Padre lo dispuso para
mí, para que comáis y bebáis a mi mesa en mi Reino y os sentéis sobre tronos
para juzgar a las doce tribus de Israel (Lc 22, 29-30).

552 En el colegio de los doce Simón Pedro ocupa el primer lugar (cf. Mc
3, 16; 9, 2; Lc 24, 34; 1 Co 15, 5). Jesús le confía una misión única.
Gracias a una revelación del Padre , Pedro había confesado: "Tú eres el
Cristo, el Hijo de Dios vivo". Entonces Nuestro Señor le declaró:
"Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas
del Hades no prevalecerán contra ella" (Mt 16, 18). Cristo, "Piedra
viva" (1 P 2, 4), asegura a su Iglesia, edificada sobre Pedro la victoria
sobre los poderes de la muerte. Pedro, a causa de la fe confesada por él, será
la roca inquebrantable de la Iglesia. Tendrá la misión de custodiar esta fe
ante todo desfallecimiento y de confirmar en ella a sus hermanos (cf. Lc 22,
32).

553 Jesús ha confiado a Pedro una autoridad específica: "A ti te
daré las llaves del Reino de los cielos; y lo que ates en la tierra quedará
atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los
cielos" (Mt 16, 19). El poder de las llaves designa la autoridad para
gobernar la casa de Dios, que es la Iglesia. Jesús, "el Buen Pastor"
(Jn 10, 11) confirmó este encargo después de su resurrección:"Apacienta
mis ovejas" (Jn 21, 15-17). El poder de "atar y desatar"
significa la autoridad para absolver los pecados, pronunciar sentencias
doctrinales y tomar decisiones disciplinares en la Iglesia. Jesús confió esta
autoridad a la Iglesia por el ministerio de los apóstoles (cf. Mt 18, 18) y
particularmente por el de Pedro, el único a quien él confió explícitamente
las llaves del Reino.

Una visión anticipada del Reino: La Transfiguración.

554 A partir del día en que Pedro confesó que Jesús es el Cristo, el
Hijo de Dios vivo, el Maestro "comenzó a mostrar a sus discípulos que él
debía ir a Jerusalén, y sufrir ... y ser condenado a muerte y resucitar al
tercer día" (Mt 16, 21): Pedro rechazó este anuncio (cf. Mt 16, 22-23),
los otros no lo comprendieron mejor (cf. Mt 17, 23; Lc 9, 45). En este contexto
se sitúa el episodio misterioso de la Transfiguración de Jesús (cf. Mt 17,
1-8 par.: 2 P 1, 16-18), sobre una montaña, ante tres testigos elegidos por
él: Pedro, Santiago y Juan. El rostro y los vestidos de Jesús se pusieron
fulgurantes como la luz, Moisés y Elías aparecieron y le "hablaban de su
partida, que estaba para cumplirse en Jerusalén" (Lc 9, 31). Una nube les
cubrió y se oyó una voz desde el cielo que decía: "Este es mi Hijo, mi
elegido; escuchadle" (Lc 9, 35).

555 Por un instante, Jesús muestra su gloria divina, confirmando así la
confesión de Pedro. Muestra también que para "entrar en su gloria"
(Lc 24, 26), es necesario pasar por la Cruz en Jerusalén. Moisés y Elías
habían visto la gloria de Dios en la Montaña; la Ley y los profetas habían
anunciado los sufrimientos del Mesías (cf. Lc 24, 27). La Pasión de Jesús es
la voluntad por excelencia del Padre: el Hijo actúa como siervo de Dios (cf. Is
42, 1). La nube indica la presencia del Espíritu Santo: "Tota Trinitas
apparuit: Pater in voce; Filius in homine, Spiritus in nube clara"
("Apareció toda la Trinidad: el Padre en la voz, el Hijo en el hombre, el
Espíritu en la nube luminosa" (Santo Tomás, s.th. 3, 45, 4, ad 2):

Tú te has transfigurado en la montaña, y, en la medida en que ellos eran
capaces, tus discípulos han contemplado Tu Gloria, oh Cristo Dios, a fin de que
cuando te vieran crucificado comprendiesen que Tu Pasión era voluntaria y
anunciasen al mundo que Tú eres verdaderamente la irradiación del Padre
(Liturgia bizantina, Kontakion de la Fiesta de la Transfiguración,)

556 En el umbral de la vida pública se sitúa el Bautismo; en el de la
Pascua, la Transfiguración. Por el bautismo de Jesús "fue manifestado el
misterio de la primera regeneración": nuestro bautismo; la
Transfiguración "es es sacramento de la segunda regeneración":
nuestra propia resurrección (Santo Tomás, s.th. 3, 45, 4, ad 2). Desde ahora
nosotros participamos en la Resurrección del Señor por el Espíritu Santo que
actúa en los sacramentos del Cuerpo de Cristo. La Transfiguración nos concede
una visión anticipada de la gloriosa venida de Cristo "el cual
transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el
suyo" (Flp 3, 21). Pero ella nos recuerda también que "es necesario
que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios" (Hch
14, 22):

Pedro no había comprendido eso cuando deseaba vivir con Cristo en la montaña
(cf. Lc 9, 33). Te ha reservado eso, oh Pedro, para después de la muerte. Pero
ahora, él mismo dice: Desciende para penar en la tierra, para servir en la
tierra, para ser despreciado y crucificado en la tierra. La Vida desciende para
hacerse matar; el Pan desciende para tener hambre; el Camino desciende para
fatigarse andando; la Fuente desciende para sentir la sed; y tú, ¿vas a
negarte a sufrir? (S. Agustín, serm. 78, 6).

La subida de Jesús a Jerusalén

557 "Como se iban cumpliendo los días de su asunción, él se
afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén" (Lc 9, 51; cf. Jn 13, 1). Por
esta decisión, manifestaba que subía a Jerusalén dispuesto a morir. En tres
ocasiones había repetido el anuncio de su Pasión y de su Resurrección (cf. Mc
8, 31-33; 9, 31-32; 10, 32-34). Al dirigirse a Jerusalén dice: "No cabe
que un profeta perezca fuera de Jerusalén" (Lc 13, 33).

558 Jesús recuerda el martirio de los profetas que habían sido muertos
en Jerusalén (cf. Mt 23, 37a). Sin embargo, persiste en llamar a Jerusalén a
reunirse en torno a él: "¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos,
como una gallina reúne a sus pollos bajo las alas y no habéis querido!"
(Mt 23, 37b). Cuando está a la vista de Jerusalén, llora sobre ella y expresa
una vez más el deseo de su corazón:" ¡Si también tú conocieras en este
día el mensaje de paz! pero ahora está oculto a tus ojos" (Lc 19, 41-42).

La entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén

559 ¿Cómo va a acoger Jerusalén a su Mesías? Jesús rehuyó siempre
las tentativas populares de hacerle rey (cf. Jn 6, 15), pero elige el momento y
prepara los detalles de su entrada mesiánica en la ciudad de "David, su
Padre" (Lc 1,32; cf. Mt 21, 1-11). Es aclamado como hijo de David, el que
trae la salvación ("Hosanna" quiere decir "¡sálvanos!",
"Danos la salvación!"). Pues bien, el "Rey de la Gloria"
(Sal 24, 7-10) entra en su ciudad "montado en un asno" (Za 9, 9): no
conquista a la hija de Sión, figura de su Iglesia, ni por la astucia ni por la
violencia, sino por la humildad que da testimonio de la Verdad (cf. Jn 18, 37).
Por eso los súbditos de su Reino, aquel día fueron los niños (cf. Mt 21,
15-16; Sal 8, 3) y los "pobres de Dios", que le aclamaban como los
ángeles lo anunciaron a los pastores (cf. Lc 19, 38; 2, 14). Su aclamación
"Bendito el que viene en el nombre del Señor" (Sal 118, 26), ha sido
recogida por la Iglesia en el "Sanctus" de la liturgia eucarística
para introducir al memorial de la Pascua del Señor.

560 La entrada de Jesús en Jerusalén manifiesta la venida del
Reino que el Rey-Mesías llevará a cabo mediante la Pascua de su Muerte y de su
Resurrección. Con su celebración, el domingo de Ramos, la liturgia de la
Iglesia abre la Semana Santa.

Resumen

561 "La vida entera de Cristo fue una continua enseñanza: su
silencio, sus milagros, sus gestos, su oración, su amor al hombre, su
predilección por los pequeños y los pobres, la aceptación total del
sacrificio en la cruz por la salvación del mundo, su resurrección, son la
actuación de su palabra y el cumplimiento de la revelación" (CT 9).

562 Los discípulos de Cristo deben asemejarse a él hasta que él
crezca y se forme en ellos (cf. Ga 4, 19). "Por eso somos integrados en los
misterios de su vida: con él estamos identificados, muertos y resucitados hasta
que reinemos con él (LG 7)
.

563 Pastor o mago, nadie puede alcanzar a Dios aquí abajo sino
arrodillándose ante el pesebre de Belén y adorando a Dios escondido en la
debilidad de un niño.

564 Por su sumisión a María y a José, así como por su humilde
trabajo durante largos años en Nazaret, Jesús nos da el ejemplo de la santidad
en la vida cotidiana de la familia y del trabajo.

565 Desde el comienzo de su vida pública, en su bautismo, Jesús es
el "Siervo" enteramente consagrado a la obra redentora que llevará a
cabo en el "bautismo" de su pasión.

566 La tentación en el desierto muestra a Jesús, humilde Mesías que
triunfa de Satanás mediante su total adhesión al designio de salvación
querido por el Padre.

567 El Reino de los cielos ha sido inaugurado en la tierra por Cristo.
"Se manifiesta a los hombres en las palabras, en las obras y en la
presencia de Cristo" (LG 5). La Iglesia es el germen y el comienzo de este
Reino. Sus llaves son confiadas a Pedro
.

568 La Transfiguración de Cristo tiene por finalidad fortalecer la fe
de los Apóstoles ante la proximidad de la Pasión: la subida a un "monte
alto" prepara la subida al Calvario. Cristo, Cabeza de la Iglesia,
manifiesta lo que su cuerpo contiene e irradia en los sacramentos: "la
esperanza de la gloria" (Col 1, 27) (cf. S. León Magno, serm. 51, 3).

569 Jesús ha subido voluntariamente a Jerusalén sabiendo
perfectamente que allí moriría de muerte violenta a causa de la contradicción
de los pecadores (cf. Hb 12,3).

570 La entrada de Jesús en Jerusalén manifiesta la venida del Reino
que el Rey-Mesías, recibido en su ciudad por los niños y por los humildes de
corazón, va a llevar a cabo por la Pascua de su Muerte y de su Resurrección.

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