El nacimiento de Cristo

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El nacimiento de Cristo

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Las “preferencias” de Cristo: humildad, pobreza, pureza, obediencia...

Fruto

Dios se hizo hombre para salvarnos de nuestros pecados y abrirnos el camino al Cielo.

Debemos maravillarnos con el hecho de la encarnación e imitar a Cristo en su pobreza, humildad y pureza.

 

1. Dios se hizo hombre para salvar a los hombres.

Por primera vez Dios entra a formar parte de la historia humana. Desde ese año en adelante, la historia se dividió en dos: antes y después de Cristo.

Desde el momento de la encarnación del Hijo de Dios, el mundo no ha sido igual. Llegó la Luz a vencer las tinieblas morales del hombre, llegó la Vida para imponerse a la “cultura de la muerte”, llegó el Camino para mostrar a los hombres, errantes en este “valle de lágrimas”, el rumbo al Cielo.

Hay nacimientos que han afectado todo un país o un imperio como fue el caso del Emperador Cesar Augusto, pero este nacimiento sólo tuvo repercusiones sobre los hombres de su tiempo. El nacimiento de Cristo afectó a todos los hombres de todos los tiempos y lugares. Él es el Salvador universal.

El Catecismo nos lo recuerda en muchos números:

El Verbo se encarnó para salvarnos reconciliándonos con Dios. (457);

El Verbo se encarnó para ser nuestro modelo de santidad. (n.459);

El Verbo se encarnó para hacernos participes de la naturaleza divina. (n.460).

Nos lleva a pensar en nuestra vida, tan pobre en comparación con la de Cristo. También tiene su trascendencia, pues Dios nos da una misión. Tenemos “nuestras” almas que salvar. Estas almas son las personas que Dios ha decidido salvar a través de nuestras oraciones, nuestros sacrificios, nuestra actividad apostólica.

Hoy más que nunca la Iglesia necesita a hombres generosos, dispuestos a dar todo por la causa de Cristo; hombres decididos a predicar la verdad; hombres verdaderamente santos, imitadores de Jesucristo e ilusionados por darle a conocer a los demás; hombres conquistadores, fieles a la Iglesia en todo y convencidos de su misión vital en el mundo de hoy.

2. Dios Padre escogió la pobreza para su Hijo

Es desconcertante y avasallador, -casi supera nuestra capacidad de sorpresa-, contemplar a Dios hecho Niño, acompañado de María y de José, rodeado de unos animales y metido en una cueva excavada en la montaña, en una noche fría de invierno. El que hizo el universo, el que abrió los labios y fue obedeciendo en todo, el que dio a los demás la existencia, el que pudo escoger su forma de nacimiento, ahí está pobre, rodeado de pobreza, gozoso en la pobreza de sus padres.

Esta decisión de Dios de escoger la pobreza pone en jaque la manera de pensar y especialmente de vivir de muchos hombres hoy en día. Es de suponer que Dios, sabiduría infinita, siempre escoge lo mejor. Al escoger la pobreza margina la riqueza. Más tarde Cristo iba a explicar esta opción cuando puso como primera bienaventuranza la pobreza de espíritu: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos” (Mt 5,3). La pobreza que exigió Cristo a sus seguidores no se refería a una condición socio-económica, sino a una actitud religiosa.

El “pobre de espíritu” es aquel que no pone su esperanza en las riquezas de este mundo sino en Dios. No hay duda de que las riquezas pueden atar el corazón humano y bloquearle de tal manera que ya no busca la dicha en Dios sino en las cosas. El hombre se enamora de las creaturas y se olvida del Creador. También cierra su corazón a las necesidades de los demás.

En este mundo donde el hombre lucha por poseer más y más, por acumular más y más, por tener más y más, siguiendo los instintos de su avaricia y ambición; en este mundo en que los hombres sólo se preocupan por almacenar sus bienes sin compartirlos; en este mundo en donde el pobre no es tenido en cuenta, Belén es un signo y una profecía para todos nosotros. Signo en cuanto que nos descubre que la pobreza, desde el punto de vista divino, es riqueza, es salvación, es bendición; y profecía en cuanto que nos abre a la

verdad de la pobreza como senda de felicidad y de realización personal.

3. Dios Padre escogió la pureza para su Hijo

Esta pureza brilla no sólo en Cristo sino también en su Virgen Madre y en San José, el casto esposo de María. En el pantano de la impureza del mundo nacen unos lirios blancos y puros. El mundo de hoy busca los placeres con avaricia. Los persigue y después siente náuseas al hartarse del amargo placer de la concupiscencia de la carne. Belén nos recuerda que la pureza excluye la impureza y que el sendero de la felicidad pasa por la fidelidad al sexto mandamiento de Dios.

¡Qué bella lección, también para este mundo, tan ávido de placeres fáciles, tan hundido en los goces de los sentidos, tan exultante ante lo carnal y material, nos procura la pureza de Belén! Los ojos humanos se ciegan ante tanta luz de pureza. Ojalá que la pureza de Belén quemara hoy la impureza de nuestro mundo para hacerlo más respirable y luminoso.

Más tarde Cristo explicó el por qué de esta opción: "Bienaventurados los puros de corazón, porque ellos verán a Dios" (Mt 5,8). ¿Por qué muchas personas no “ven” a Dios, no creen en Él, no lo aceptan...? Las personas impuras más difícilmente pueden ver a Dios.

Somos testigos de la triste realidad de la producción, exhibición y venta de material pornográfico por todas partes. Podemos decir, guardando las debidas distancias, que la muerte de la pureza lleva a la “muerte” de Dios en el corazón del hombre.

El Catecismo invita a la purificación del ambiente en el n.2525:

La pureza cristiana exige una purificación del clima social. Obliga a los medios de comunicación social a una información cuidadosa del respeto y de la discreción. La pureza de corazón libera del erotismo difuso y aparta de los espectáculos que favorecen el exhibicionismo y los sueños indecorosos.

4. Dios Padre escogió la obediencia para su Hijo

El hombre de hoy está orgulloso de su autonomía. Se siente libre, pero habría que poner en tela de juicio este concepto de libertad. La mayor parte de las veces la libertad humana es tragada por el libertinaje. El hombre moderno dice: “Soy libre para hacer lo que quiero”.

Pero el libertinaje lleva a remolque la verdadera libertad y el hombre termina en la peor esclavitud, la de ser prisionero de si mismo.

También aquí hay que contemplar quién es el que obedece: es el Hijo Amado del Padre, es el Verbo Eterno por quien todo se hizo, es aquel cuyo hablar nos supera, es, como el Padre, el Omnipotente, el Omnisciente, el Eterno, el Santo. Verdaderamente, ¡qué misterio y qué lección para este mundo que ha confundido libertad con el libertinaje, que se agarra a su soberbia como a su principio creador, que ha convertido el egoísmo en inspiración de sus actos, que ha canonizado el orgullo y la autosuficiencia, que sigue apegado al pecado con tal de no someterse a la providencia de Dios!

El hombre debe someterse a la autoridad, no como un esclavo que obedece a su señor porque no hay más remedio, sino como un hijo de Dios que obedece a su Padre. El Catecismo nos recuerda este origen divino de la autoridad en el n.2238:

Los que están sometidos a la autoridad deben mirar a sus superiores como representantes de Dios que los ha instituido ministros de sus dones.

El Catecismo a continuación cita a San Pablo:

«Sed sumisos, a causa del Señor, a toda institución humana... Obrad como hombres libres, y no como quienes hacen de la libertad un pretexto de maldad, sino como siervos de Dios». (Rom 13, 1-2)

En la encarnación, Dios Padre escogió los tres “consejos evangélicos”, pobreza, castidad y obediencia, para su Hijo como la mejor manera de redimir a la humanidad. Tal vez corramos el peligro de aplicar estos consejos únicamente a los religiosos, dado que son ellos quienes los profesan oficialmente. Sin embargo, estos consejos evangélicos son para todos los cristianos. Ciertamente cada uno tiene que practicarlos según su estado y condición de vida.

Unas preguntas

1. ¿Procuramos imitar a Cristo siendo humildes y obedeciendo su ley o tenemos una moral “pragmática” que ajusta todo a nuestros propios gustos y caprichos?

2. ¿Damos importancia a la pureza de corazón como requisito para tener una relación de íntima unión con Dios?

3. ¿Somos pobres de espíritu o nuestro corazón está “atado” por algo?